Bienvenidos sean los ricos coleccionistas de arte

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“La Toilette” (1859), óleo de Camille Corot.

―¿Has conseguido la lista de precios de que hablamos ayer?
―Aquí llevo anotadas las cantidades que se han pagado en las últimas subastas ─y sacó un papel del bolsillo interior de la americana─. Veamos… Por un Courbet, El taller del pintor creo que se llamaba, se pagaron sesenta mil francos; treinta y nueve mil por La Barca, de Millet, y, ¡no te lo pierdas!, nada menos que ciento ochenta y cinco mil por La toilette, de Corot. Eso, con otros de menor cuantía, ninguno adquirido por menos de veinte mil francos, hace que en una sola mañana de subasta se haya alcanzado la cifra de ochocientos mil francos. Ahora se está organizando la venta de la colección de Mühlbacher: cuadros, dibujos, gouaches, miniaturas y pasteles de autores del siglo XVIII. Solo siendo archimillonario se podrá tomar parte en ella. Hay una extendida fiebre entre la gente de dinero por poseer obras de eximios pintores y de otros que no lo son tanto pero que los críticos se encargan de elevar al culmen del talento artístico. Ellos mismos fomentan ese coleccionismo en el que lo único que cuenta parece ser la firma del lienzo, lo que haya pintado da igual. Buen rédito sacan de sus opiniones, no lo dudéis. Así, esa extraña fascinación se extiende cada día más. Supongo que el hecho de poseer algo que nadie más puede tener en propiedad tiene mucho que ver. Algo único, que no se puede reproducir como las fotografías. Dar gato por liebre a quien de ese modo vive el arte es fácil. Te aseguro que los museos están llenos de copias falsificadas. Pero mientras dure esta moda, bienvenidos sean los ricos e ignorantes coleccionistas. Esto empieza a mover mucho dinero, mucho.

El corto tiempo de las cerezas (2015).

Nota: El salario semanal de un obrero en Francia en aquellos años era de 35 francos.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/10/08/bienvenidos-sean-los-ricos-e-ignorantes-coleccionistas-de-arte/

Los profesionales

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Como los cuadros, somos en función de nuestra cotización, de cómo se nos aprecia públicamente, o parezca que se nos aprecia. Criterios hay. Los profesionales, los expertos, se encargan de la correcta administración de bienes, personas incluidas, y deseos. Hay profesionales de toda clase: médicos, arquitectos, ingenieros, abogados, economistas, artistas, profesores, hasta políticos, y hay especialistas, analistas, certificadores de lo que está bien y de lo que no, aunque no digan que está mal, y hay también productores, que solo sirven para elaborar bienes a los que no siempre tienen acceso, que sueñan con vivir y pasan toda su existencia ansiando un mejor estatus, si no para ellos para sus hijos, que con suerte serán profesionales y podrán comprarse un piso que no siempre habrán construido los buenos profesionales y que, si van bien las cosas y no les desahucian, estarán pagando hasta aburrirse de estar encerrados en sus anónimas y monótonas paredes, oscuras aunque estén pintadas con colores claros, frías incluso si estos son cálidos, paredes sin luz, pues Rothko es patrimonio de los profesionales, y un coche con GPS aunque solo lo utilicen para ir a llevar los niños al colegio, si puede ser de pago, o concertado por lo menos, para que se eduquen el justo medio, para que olviden los extremos, para que no lleguen a conocerlos, no sea cosa que se fumen un canuto, por ejemplo, y se den cuenta del placer que se obtiene cuando no se produce y se intenta vivir. Obviamente, esto no puede suceder, sería el caos, es decir, un nuevo orden. Hay que seguir un protocolo, un proceso en cuyo desarrollo se mimeticen los comportamientos de definidores, expertos y profesionales, de los que se sienten ―lo son― superiores, los que saben dónde está la llave del interruptor y como se maneja este, los que te pueden dejar a oscuras en cualquier momento, cuando cuestiones el justo medio si decides vivir en vez de existir. Y es que ellos son cultos, educados, saben, conocen, dictan, y su buen hacer nos señala cómo hemos de comportarnos para no perdernos y tomar el camino adecuado.
[A todos] hemos de estarles agradecidos, sin ellos no sabríamos qué es la cultura, en qué ocupar nuestro tiempo libre, no conoceríamos los grandes tesoros que guardan los museos, o los conoceríamos pero no podríamos apreciarlos, como tampoco los grandes logros del conocimiento, nadie nos diría qué leer, qué música escuchar y a veces oír, qué comer, qué beber, de qué reírnos y por qué llorar, qué hemos de decir según a quién, cómo comportarnos en las diversas situaciones o ambientes que la vida nos depara, a quién amar. No tendríamos referencia alguna, nos perderíamos sin un modelo que imitar. Claro que también existen los que no son buenos profesionales, pero la gente apenas se fija en ellos al considerarlos como un igual, pues nunca salen en televisión, ni en las revistas o periódicos, ni se habla de ellos en la radio, e incluso los hay que no llevan distintivo alguno que los identifique.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/10/07/los-profesionales/

El trapero

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“El trapero” (1899). Eugène Atget.

―Pobre hombre ─dijo de pronto Brigitte.

Por delante de ellos pasaba un individuo que tiraba de un carro cargado de bultos cuyo contenido no se dejaba ver, aunque no debía ser nada valioso a tenor de las sucias telas de saco que los envolvían. El sujeto, que al parecer no disponía de medios económicos que le permitiesen contar con la ayuda de un borrico, se veía obligado a hacer él mismo de animal de carga. Llevaba un raído traje presumiblemente oscuro, pues de tan sucio que estaba resultaba casi imposible adivinar su color, y un sombrero hongo gastado y agujereado. Unos zapatos igual de viejos, atados al pie con un trozo de cuerda, completaban su indumentaria. Sudaba a mares a pesar de no ser un día caluroso, más bien comenzaba a refrescar.

―¿Por qué no le das unos francos? ─sugirió al príncipe.

Este ─sin disimular su fastidio pero sonriente con Brigitte, como si satisficiese uno de sus tantos caprichos─ le llamó blandiendo un billete de cinco francos en la mano ─el equivalente al salario medio diario de un obrero─, pero el hombre se quedó mirándole fijamente, jadeaba y se secaba el sudor con una mano mientras con la otra sujetaba una de las dos varas sobre las que se apoyaba la caja del carro. No podía soltarlo, a riesgo que volcase la mercancía. Se apreciaba a simple vista, a no ser que uno estuviera aquejado de miopía moral, como parecía ser el caso del príncipe. El sujeto le miró, escupió al suelo y siguió, cansino, su marcha, haciendo caso omiso del príncipe.

―¡Habrase visto! ─exclamó este contrariado─. Mira por donde hemos encontrado un tipo soberbio. Rara avis sin duda ─y soltó una sonora carcajada─. Está bien que siga habiendo gente para la que el orgullo siga existiendo en este mundo vuestro.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/10/06/el-trapero/