Cuando Samuel conoció a Marion

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“La brasserie” (1883), óleo de Jean Béraud.

Aquella mujer estaba realmente atemorizada. Inmediatamente pudo darse cuenta de los motivos. A un extremo y otro de la calle dos policías se habían posicionado en cada una de las cuatro esquinas y no dejaban salir a nadie sin que se identificara. Otros dos policías hacían lo mismo con las prostitutas. La mujer estaba cada vez más nerviosa, los guardias se encontraban ya cerca y disimuladamente intentaba alejarse de ellos corriéndose de lugar. Era obvio que acabarían dando con ella, si es que, y así parecía, era la persona que buscaban. Samuel se le aproximó. Nein, nein. Go! Out!, le gritaba en voz baja mientras con las manos hacía gestos manifiestos de que se fuera. Go! Out! Era evidente que, como él, no sabía alemán, o muy poco en todo caso. Aún quedaba un buen trecho hasta que los policías, que seguían interrogando a las mujeres una por una y haciendo que se identificaran, llegaran a donde ella estaba, pero en todo caso era cuestión de minutos. Imposible escapar de allí, con guardias apostados en ambas salidas de la calle. Samuel no sabía cómo explicarle que quería ayudarla, miraba a izquierda y derecha y luego a ella. Mientras, inclinaba ligeramente la cabeza hacia un lado y le decía Kommen, kommen, ofreciéndole su brazo. No había más solución que marchar con él o esperar a que la policía la detuviera. Fuera quien fuera el extraño aceptó. La intranquilidad, no obstante, no despareció; al contrario, parecía estar todavía más nerviosa. Discretamente enfilaron la calle hacia el extremo opuesto por el que acercaban los dos guardias, si bien les esperaban otros al final de la calle. Samuel quería tranquilizarla pero no sabía cómo. ¡Merde!, exclamó ella.

―¡Habla francés!, menos mal.

―Soy francesa, pero he perdido la documentación y…

―Escúcheme con atención, no disponemos de tiempo. Haga todo lo que yo le diga, y como yo le diga, ¿de acuerdo? ─la mujer asintió con la cabeza─. Debe parecer que está borracha, muy borracha, tanto que no puede ni hablar ─y la cogió fuertemente por la cintura mientras con la otra mano le hacía carantoñas en la cara─. Ría, ría fuerte.

Llegaron a donde estaban los guardias que, lógicamente, les dieron el alto y les pidieron la documentación. Samuel hizo como que no les entendía. Unterlagen, unterlagen, documentation. Samuel sacó la suya mientras apretaba con más fuerza a la desconocida hacia él y la manoseaba como si nada. Un agente miró detenidamente los papeles, se los devolvió y solicitó los de ella. Samuel se encogió de hombros y al momento levantó la mano para indicar que esperaran un momento. A ver si está por aquí, dijo entre risas mientras escarbaba descaradamente entre su escote para regocijo de los dos policías. La extraña estaba rígida, Samuel no dejaba de toquetearla para que, al menos, se moviera un poco. Empezaba a asustarse él también. Hizo un guiño de complicidad a los guardias y, como pudo, les indicó que no tenían otra intención que sentarse en una mesa de un café que había justo enfrente de la bocacalle en que se encontraban. Disimuladamente les dio dos billetes de cien coronas, uno para cada uno. Los guardias se quedaron mirándoles. Samuel pensó por un instante que iban a detenerlos, después se miraron entre ellos y les dejaron pasar.

De acuerdo con las intenciones que Samuel les había manifestado tener, se sentaron en una mesa del café al que habían dicho dirigirse, junto a una cristalera, visibles a los ojos de los guardias a los que acababa de untar Samuel para que siguieran sin sospechar nada. Desde allí les hizo un saludo. Pidió champán y tafelspitz con salsa de manzana y rábano picante.

―Disimule, ría, beba, nos miran.

Al poco los guardias se fueron, para alivio de ambos.

―Permítame que me presente: Samuel Valls.

―Marion Rouillard ─dijo ella todavía inquieta─. Creo que ya puedo irme. Agradezco de verdad su ayuda.

―Calma, mujer, calma. Yo, en su caso, no lo haría todavía. Puede quedar algún policía por ahí, ni siquiera sabemos si estos ─los guardias que habían aceptado el soborno─ realmente se han marchado, de momento solo han desaparecido de nuestra vista. Ande, coma ─se notaba que tenía hambre─ y trate de relajarse.

―¿Qué quiere de mí?

Marion se mostraba desconfiada, no creía en los milagros y recelaba de tanta amabilidad. ¿Por qué se comportaba así con ella aquel hombre al que nunca antes había visto?

―Nada, no quiero nada. Me pareció que estaba en apuros, que trataba de pasar desapercibida a la policía, y todo el que huya de la policía necesita, en principio, ser ayudado.

―Curioso razonamiento.  ¿Va usted por ahí ayudando a todos los hostigados por la autoridad? ¿Qué es, el buen samaritano de los acosados?

―¿Tan difícil le resulta aceptar que haya personas que ayuden a otras?

―Todo lo contrario, creo en la fraternidad de los desheredados, pero usted no parece ser uno de ellos, ni mucho menos.

El aspecto de Samuel ─vestía un traje “a la inglesa” que había comprado ese mismo día en la tienda de ropa masculina Goldman & Salatsch para acudir a la recepción de la Schwarzwald─ era el de un burgués adinerado, su espíritu el de un burgués decadente. Así se lo dijo Marion.

―Gracias a ello hemos salido bien parados.

―¿Puedo irme ya? ─las suspicacias de Marion no habían experimentado cambio alguno.

―Puede hacer lo que quiera, pero ¿tiene adónde ir?, ¿tiene sitio donde pasar la noche?

―¡Ah!, ya entiendo. Usted quiere cobrarse el favor.

―¿Qué le hace suponer eso?

―No ha preguntado por qué me buscaban.

―¿Quién soy yo para juzgar a nadie?

―¿Ni siquiera siente curiosidad?

―¿Quiere contármelo?

―No.

―Entonces…

―¿O ya lo sabe?

―¿Qué?

―Por qué me buscaba la policía.

―Lo imagino. ¿Adivina por qué? Por su aspecto.

―¿Qué ve en mi aspecto?

―Pelo corto, vestido recto, negro, sin maquillar… No tiene pinta de ladrona; su mirada es retadora, desafiante, pero no es la de una asesina; se la ve despierta, se expresa bien; yo diría que la buscaban por tus ideas, mejor dicho, por alguna cosa relacionada con ellas, y esas ideas supongo que contemplarán la lucha por todos los medios posibles para acabar con la opresión y crear una sociedad nueva sin gobiernos ni amos. ¿Me equivoco? ─Marion miró a Samuel fijamente, entre inquisitiva y perpleja─. Ya veo, cree que soy uno de ellos, que comportándome de este modo conseguiré sacar más información, que todo es un montaje, ¿no?

―La verdad es que da que sospechar.

Samuel le explicó quién era.

―Lo que le decía antes, uno de esos burgueses que tratan de purgar su mala conciencia en el desordenado Montmartre.

―Puede que sea eso, pero este burgués decadente parece ser en estos momentos su única ayuda posible. ¿Me equivoco?

―No, no se equivoca.

Forzada por la necesidad, Marion parecía abandonar todo recelo. Tras una serie de preguntas acerca de su vida en París, como si Samuel fuese el sospechoso y tuviera que demostrar su inocencia, tomó la determinación de confiar en él, tampoco tenía otro remedio, ni sabía adónde ir ni contaba con medios para afrontar el difícil lance que atravesaba.

―¿Y ahora qué?

―De momento terminaremos el champán, aunque también podemos beber otra cosa menos aburguesada.

Samuel levantó su copa; Marion dudó, pero al final hizo lo mismo.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/12/30/cuando-samuel-conocio-a-marion/

Cuando Violeta se convertía en puta

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Fotografía de Wick Beavers (2015). Original en color.

Don Cosme ─me contó─ llegó a intimar con una prostituta de nombre Violeta (en realidad se llamaba Ramona). Tanto que quiso casarse con ella. Si no lo hizo fue porque ya estaba casada. Tenía unos cuarenta años, Violeta; don Cosme pasaba de los sesenta en aquellos momentos. De esto hace ya algún tiempo, no mucho. Era madre, Ramona, de un chico de once años ─creo recordar─, del que desconocía quién pudiera ser el padre. Alguien que probablemente estuviera tan solo y falto de afecto como don Cosme se enamoró de ella, puede que movido por la necesidad o la conmiseración, o por ambas cosas a la vez. ¡Qué sé yo! Se casó y dio su apellido al niño. Julián ─se llamaba Julián el esposo de Violeta─ decidió sacarla de la prostitución y de aquel mundo lóbrego y gélido incluso en los días que el sol resplandece con toda su intensidad.

Durante un tiempo ─sigo el relato que me hiciera don Cosme a lo largo de nuestros encuentros─ todo fue bien. El marido de Violeta (…)  trabajaba en una fundición dedicada a la reparación y construcción de máquinas para la industria textil y a la fabricación de maquinaria oleo-vinícola. Cerró. La revolución, la crisis. Julián se quedó, pues, sin trabajo, y lo que es peor, sin sueldo. Buscó nuevo empleo, como tantos otros que atravesaban su misma situación. Como tantos otros, pasó a engrosar las filas de hombres y mujeres que ven cómo su existencia se va disipando entre la sensación de inutilidad, el desespero y la impotencia. Lo poco que cobraba del subsidio por desempleo no era suficiente para cubrir siquiera las necesidades más apremiantes del día a día. Además, el hijo de Violeta sufría un leve retraso mental y, consecuencia de este, una dependencia continua de su madre. Cambiar ahora ─un ahora que empezó cuando Violeta se casó con Julián y pudo dedicarse a su cuidado─ cualquier rutina de su vida hubiera supuesto un trauma terrible para el joven, me explicó don Cosme.

Violeta se vio obligada a ejercer de nuevo la prostitución. Probó antes limpiando casas. De una primera fue despedida el segundo día por planchar unos pantalones con raya central cuando no debían llevarla y poner en la lavadora a 30⁰ un delicado suéter de cachemir. Poco sabía Violeta de modas y no creo que hubiese tenido jamás en sus manos prenda alguna de tan delicada lana. De la segunda la echaron al mes por haber perdido las llaves de la casa. Demasiada irresponsabilidad, pensaron los propietarios de la vivienda y de su trabajo, y ni siquiera le pagaron los días ya trabajados de la semana en la que ocurrió el desdichado y mísero incidente. Debían cambiar la cerradura de la puerta acorazada, decían ellos, de conciencia más blindada aún que la puerta.

Julián se mostró reacio a que Violeta regresase otra vez al barrio chino a vender su cuerpo. Él lo conocía muy bien, sabía el placer que le proporcionaba, el deleite que alcanzaba con sus caricias, el gozo de ser correspondido del mismo modo, conocía el cuerpo de Violeta mejor que el suyo, había pasado noches enteras durmiendo en su cama, disfrutando la dicha de dos cuerpos que se aman y se entregan, que siguen necesitándose al día siguiente de todos los días, compartiendo alegrías ─pocas─, llantos y penas. No podía soportar que nadie más fuera partícipe de esas sensaciones. Sabía que Violeta le amaba, que acostarse con otro no era más que una relación contractual, efímera, que en realidad ella no se entregaba ─eso únicamente sucedía con él─, que era una mendiga sexual forzada por las circunstancias, una actriz de la noche, que actuaba, interpretaba un papel a cambio de dinero, como en definitiva hacemos todos, y eso era lo único que se llevaba a casa, nada de recuerdos. No era Ramona entonces, era Violeta. Claro que Julián, como don Cosme, a quien habían conocido era a Violeta, no a Ramona, y de ella se habían enamorado, pero Julián no soportaba siquiera pensar en ello, la sola representación mental que descarada y provocativamente se exhibía en su cerebro sin consentimiento alguno por su parte, anulando el raciocinio y cercenando argumentos, le atormentaba. Entonces Violeta se convertía de verdad en puta, una mujer cuyo cuerpo era conocido por muchos hombres que habían pagado para poseerlo sexualmente, un cuerpo público, cedido temporalmente a otras manos, conocido por todo tipo de fulanos cicateros de sentimientos y codiciosos de satisfacer frustraciones y fantasías que por mucho que se empeñaran jamás llegarían a ver cumplidas.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/12/29/cuando-violeta-se-convertia-en-puta-2/

En el Marshall

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“Harlem, Tuesday Night at the Savoy” (1936), lienzo de Reginald Marsh.

El Marshall era un hotel de la calle 53, centro de lo que se conocía como bohemia negra, lugar de encuentro de músicos, escritores y artistas afroamericanos en el que los blancos, lejos de ser rechazados, eran bien recibidos, uno de los escasos espacios en Nueva York en que negros y blancos se mezclaban y se divertían juntos en completa libertad, un sitio del todo inusual pero que rebosaba alegría.

Samuel descubrió el Marshall nada más llegar a Manhattan, fue uno de los primeros lugares que William quiso mostrar a Camila y a Samuel. Allí tenía buenos amigos de la época que trabajó para la Smithsonian Institution en la recuperación de la música autóctona norteamericana, especialmente la de los negros. Con uno de ellos, Freddy King Taylor, Samuel pronto trabó amistad. Natural de Nueva Orleans, hablaba algo de francés, lo que obviamente facilitó las cosas. La vida de King Taylor, que ya rozaba los setenta años de edad, sus experiencias, le fascinó desde el primer momento. Hablaba con voz pausada, sin duda por el paso de los años, ronca al tiempo que cálida, y todo cuanto decía lo expresaba con la misma vehemencia y coherencia con que tocaba el piano. Alto y delgado, conservaba su abundante mata de pelo ensortijado aunque completamente cano y vestía como un dandi: camisa con el característico cuello americano, traje siempre negro o gris oscuro y corbata generalmente blanca o amarilla. Tenía un cierto porte aristocrático que en absoluto se correspondía con su trayectoria vital.

King Taylor era el pianista de la orquesta que actuaba en el Marshall y hacía vibrar a los habituales al son de la nueva música sincopada. El ragtime estaba de moda y no solo entre los negros. Tanto Camila como Samuel lo conocían, en París tenía sus seguidores y William contaba con varios ragtimes entre sus composiciones. Pero aquello era otra cosa. Los tradicionales instrumentos de cuerda a los que solían limitarse las orquestas, acompañados del piano, habían sido sustituidos por otros populares como la guitarra, la mandolina o el banjo, e incluso el saxofón. La música, así, se volvía rabiosamente contagiosa, viva, frenética. El ritmo sincopado permitía a sus ejecutantes cambiar a conveniencia las notas de la melodía, se notaba que se divertían al tocar y eso se transmitía al público. Se movían, además, al ritmo de la música, bailaban y era evidente que carecían del afectado respeto hacia los instrumentos que mostraban los de la orquesta del Metropolitan o de otros teatros en los que Samuel había estado, eran una prolongación suya y los golpeaban, los volteaban, hacían de todo con ellos.

Aunque William les había hablado con entusiasmo de sus amistades del Marshall y asegurado que les agradaría tanto el hotel como quienes lo frecuentaban, Camila y Samuel no llegaron a imaginar la gran sensación que les produciría su primera visita. Nunca habían visto un ambiente como aquel. La simbiosis entre los músicos y el público era absoluta, se adivinaba lógicamente quiénes eran los primeros pero era razonable dudar del papel de los segundos; desde luego no se les podía considerar espectadores, o no solamente.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).