La paliza

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Flickr / Collin Key ©

En el pueblo habitaba un muchacho, Venancio, que nos tenía aterrorizados a los demás chicos. Su gran fuerza física contrastaba con la escasa consideración social que recibía; su padre era cabrero. Supongo que intuía, puede que incluso lo supiera, que la única ventaja frente a nosotros radicaba en su fuerza; esa era su arma. Por lo demás, tampoco podía ser otra, los mecanismos intelectuales de la dominación no llegan al alcance de un chaval que rondaría los doce años de edad (yo tendría unos diez años, puede que once, cuando ocurrió el suceso que nos ocupa).

No sé qué le había hecho, aunque tampoco es necesario el proceder de uno para generar la animadversión de otros, o bien es el proceder mismo, no sé. Igual mi simple presencia, impoluto siempre, era ya un agravio para él. Puede que mi aspecto le resultara insultante, la manera de comportarme, de vestir, y puede que razón no le faltase, nosotros íbamos al colegio, la mayoría a un colegio de pago; tal vez a él le hubiese gustado ir, o no, pero carecía de la posibilidad de elegir. Claro que nosotros tampoco la teníamos, nos obligaban nuestros padres, pero aducir este razonamiento es, como poco, obsceno; es más que probable que prefiriera nuestra forma de vivir a la suya, y que incluso fuese consciente de que no lo conseguiría jamás, no iba al colegio y se dedicaba a pasturar las cabras junto a su padre, encargándose también de ordeñarlas (su madre vendía leche y queso freso).

Resulta grotesco pensar que nosotros pudiéramos apreciar lo que nos separaba, pero cierto es que lo mirábamos por encima del hombro, lo rehuíamos por el temor que nos inspiraba o porque no era uno de los nuestros, o por ambas cosas, advertidos además como estábamos por nuestros padres de que no debíamos juntarnos con él. Tal vez era Venancio el que verdaderamente se sintiera solo. El Cabrero, Venancio El Cabrero, siempre nos referíamos a él en estos términos ─delante de él nunca, provocaba su ira─, puede que fuese de los pocos que nos veía como realmente éramos: hijos del privilegio, exhibicionistas de la desigualdad.

No era envidia, como mi madre y mi abuela me dijeron después de que Venancio descargara en mí su cólera, más bien rebeldía, una rebeldía contra un mundo que no le tenía cuenta; de ahí su agresividad, aunque en aquellos momentos ni El Cabrero ni yo podíamos interpretar su acción desde esta perspectiva. Para mí fue simplemente una paliza. ¿Para él?

Anochecía, me dirigía a casa con algunos amigos que también se retiraban y marchaban en la misma dirección. No recuerdo si es que me quedé solo (mi casa era la última del pueblo desde La Era, un terreno donde hasta no hacía mucho se trillaba y aventaba el trigo que se había convertido en una gran explanada en la que habitualmente jugábamos, generalmente a fútbol). La cuestión es que me encontré con Venancio, o tal vez Venancio se presentó de repente ante nosotros y los demás huyeron al verle; mi recuerdo me sitúa ya en el suelo, tumbado, con El Cabrero encima impidiendo que pudiera moverme, sentado sobre mí a la altura del estómago y aprisionando con sus piernas mis brazos. Se reía y me golpeaba de vez en cuando, o me tiraba del pelo; yo pedía auxilio, era lo único que podía hacer para liberarme del suplicio, lo que una vez más no dependía de mí sino de otros.

Pasaba gente por nuestro lado, por ambos lados, en una y otra dirección. Algunos miraban, llegaban incluso a detenerse un instante; otros, los más, simplemente nos ignoraban, me ignoraban, o hacían como que no veían nada, si bien era imposible que la situación les pasase desapercibida, entre otras cosas porque yo no dejaba de quejarme y pedir ayuda. Nadie sin embargo se detenía, nadie se detuvo. ¿Miedo a El Cabrero? ¿Peleas de niños? ¿Simple indiferencia? Es la vida, amigo, es lo que hay, decían aun sin articular palabra, aunque me parecía que era un coro quien repetía una y otra vez la frase como si de un eslogan se tratara. Defiéndete, no seas pusilánime, creí oír a don Rafael, el médico que me trajo al mundo, a este (ese) mundo. Eso es la vida, ¿qué creías tú?, bribón, ¡ay!, querías estar siempre en el refugio, eso no es posible. Unos pocos me animaban: Sé valiente, tú puedes, sé fuerte, lucha. Incluso me pareció ver a mi madre y mi abuela que con su mirada daban a entender que era un apocado al que no le vendrían de más experiencias como esta. Yo únicamente ansiaba que el castigo de Venancio ─ciertamente era un castigo─ terminase cuanto antes, salir de allí lo menos maltrecho posible, volver al jardín y olvidar. Allí estaba seguro a pesar de que no siempre pudiera disfrutar de la intimidad deseada.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/02/18/la-paliza/

En Le Chat Noir

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Cartel publicitario de Le Chat Noir (1896), obra de Théophile-Alexandre Steinlen.

Con la Belle Époque, los antiguos café-concerts dieron paso a los nuevos cabarets, lugares que combinaban diversión y ácida crítica a la moral y costumbres de la época, locales de todo tipo en los que se podía desde bailar un desenfrenado cancán a escuchar las canciones más mordaces.

Le Chat Noir –inaugurado el 18 de noviembre de 1881 en el bulevar Rouchechouart por Rodolphe Salis– pasa por ser el primero de estas características. Rodolphe Salis (1851-1897) fue un animador y audaz hombre del mundo del espectáculo que en 1881 tuvo la genial idea de montar Le Chat Noir. En Montmartre, lógicamente.

Aquí empezó Bruant y Erik Satie se ganó la vida un tiempo tocando el piano. Muchos fueron los chansonniers, los chanteurs y las chanteuses que encontraron en Le Chat Noir un importante espaldarazo a su carrera –como la cantante Thérésa (Emma Valladon) o el actor y compositor Vincent Hyspa–, figurando entre su clientela habitual Claude Debussy, August Strindberg, Paul Signac y Paul Verlaine.

En 1882 comenzó a publicar la revista Chat Noir, en la que destacaban la pluma del periodista, novelista  y poeta francés Émile Goudeau –fundador del club literario de los hidrópatas– y las ilustraciones de Adolphe Willette, Caran d’Ache y Théophile Alexandre Steinlen.

Una de las portadas de la revista Chat Noir

Una de las portadas de la revista “Chat Noir”.

En junio de 1885 Salis trasladó el cabaret a un local más amplio en la calle Victor Massé. Pasó a denominarse entonces Caveau du Chat Noir y su anterior emplazamiento  fue adquirido por el que había sido su estrella, Aristide Bruant, quien abrió el Mirliton. Aunque su fama estaba consolidada, no era el mismo, menos sin Bruant. A principios del siglo XX, un nuevo Chat Noir se inauguró en el bulevar de Clichy y estuvo en activo hasta los años veinte, coincidiendo su cierre prácticamente con el fin del Belle Époque.

Sobre su historia versa el vídeo que sigue. Los textos están en francés, pero no se preocupe si desconoce el idioma galo, las imágenes son lo suficientemente reveladoras.

Como hemos hecho en las otras entradas de este tipo publicadas los últimos días, en las que recorremos los cabarets de los tiempos de la Belle Époque que visitaba el protagonista de mi novela El corto tiempo de las cerezas, Samuel Valls, incluimos a continuación la descripción del mismo que en ella hacemos de Le Chat Noir:

Por la noche Montmartre se transformaba, dos mundos opuestos se confundían. [Samuel] comenzó a frecuentar los cafés y tugurios centros de reunión de poetas sin trabajo, pintores y escultores de todo tipo de obras que querían ser maestras, los lugares públicos de diversión donde los bohemios que allí se juntaban para separarse del mundo exterior atraían y divertían una clientela muy respetable y burguesa. Todo era igual y nada era lo mismo. Su gran descubrimiento fue Le Chat Noir, el célebre local de Rodolphe Salis, que encontró casualmente una tarde cuando regresaba del Louvre. Un gato negro de larga cola era su emblema, un gato que descansaba su cola desdeñosamente sobre la pata de un ganso. Es de suponer que el gato representaba el arte y el ganso la burguesía. Gansos y gatos difícilmente se llevan bien, pero en contra de la tradición y de la misma alegoría, el gato y el ganso vivían juntos y en buena amistad. Igual, pensó Samuel, nadie cayó en la cuenta de que los gatos, a veces, también se dedican a cazar piezas imaginarias.

Le Chat Noir era al mismo tiempo cervecería, restaurante, cenáculo literario, taller de pintura y teatro, un establecimiento tan heterogéneo como sus clientes. Ocupaba un edificio de tres alturas. En el primer piso, el más singular de los tres, se hallaba el famoso teatro de sombras, proyecciones de siluetas de cinc que eran iluminadas por luces de colores sobre una pequeña pantalla, mientras se acompañaban por la música del piano. Mesas rectangulares de madera, sillas también de madera y bancos apoyados en las paredes, repletas de cuadros y dibujos de famosos artistas que se mezclaban con la clientela, todo formaba parte del espectáculo. Del techo colgaba un enorme pez dorado que parecía iba a saltar de un momento a otro sobre los imprudentes que se habían sentado bajo él. Escritores, músicos, chansonniers, pintores, escultores, afamados o desconocidos, se reunían alrededor de unas cervezas, hablaban del presente y del futuro y escuchaban las canciones que solían interpretar sus propios autores sin censura de ningún tipo.

La primera vez que entró en Le Chat Noir le invadió una sensación de libertad. Uno podía ir solo y permanecer solo si ese era su deseo, sin que nadie se metiera con él, pero si deseaba compañía, sobre todo para entablar apasionadas discusiones metafísicas acerca de la incertidumbre del existir, era suficiente con manifestar en voz alta su opinión. Enseguida encontraba a alguien que se sumaba a lo expuesto o trataba de rebatirlo. No había término medio. Aquí la fantasía no tenía rival. La Butte no distinguía entre fantasía y realidad, incluso las prostitutas y los chulos, los marginados de toda clase, los carteristas, estafadores y ladrones varios, parecían contar con un aura magnética que les hacía menos peligrosos.

Cerramos la entrada con unas pocas canciones de algunas de las figuras que solían actuar en el famoso cabaret. Aunque de Bruant ya hemos hablado, no podemos obviar su canción Le chat noir: “Busco fortuna / en las inmediaciones de Le Chat Noir / a la luz de la luna / ¡en Montmartre!”. La interpreta la compañía Cabaret Aristide Bruant durante una representación en el Palais Mascotte de Ginebra de 2009.

Decíamos antes que Erik Satie se ganó la vida un tiempo tocando el piano en Le Chat Noir. Vamos a escuchar Je te veux, vals que compuso para cabaret en 1902 (con texto de Henry Pacory), en interpretación de Marie Dellevereau acompañada al piano por Cédric Tiberghien.

El vídeo que sigue recoge un breve fragmento del espectáculo de La Compagnie du Chien Jaune Goguette (Borrcahera) que recrea el ambiente de los cabarets parisinos de finales del siglo XIX y principios del XX con canciones, entre otros, de Pierre-Jean de Béranger, Jules Jouy y Thérésa (protagonista de Goguette), habituales de Le Chat Noir.

Que tengan un buen día.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/02/08/en-le-chat-noir/

En el Divan Japonais

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Le Divan Japonais (1901), acuarela de Pablo Picasso.

Famoso, entre otras cosas, por haber presentado al público el primer estriptis de la historia, este cabaret fue uno de los más populares de la Belle Époque parisina, concretamente en los años comprendidos entre 1883 y 1901. Situado en la calle Des Martyrs, ocupó el local de una sala de baile que inició su actividad a principios del siglo XIX conocida hasta entonces con los nombres de Musette de Saint Flour, Bal des Charbonniers y Brasserie des Martyrs. Con el auge de los cafés cantantes –café-concert, café-chantant o caf’conc, como se denominaban en francés este tipo de locales– en 1875 se reconvirtió en el Café de la Chanson y en 1883 –en pleno auge de la moda por el orientalismo– se redecoró, apostó fuerte en su programación con las estrellas del espectáculo de la Belle Époque, y cambió de nuevo su nombre por el de Divan Japonais, aunque también fue conocido como Concert Lisbonne, pues su dueño se llamaba Maxime Lisbonne. Como tal, aunque en algún momento fue denominado Folies Montmartre, estuvo en funcionamiento hasta que sus propietarios lo vendieron en 1900, transformándose en el Théâtre de la Comédie mondaine un año después.

El Divan Japonais era uno de los cabarets que  frecuentaba Samuel Valls, el protagonista de mi novela El corto tiempo de las cerezas. Así describimos su ambiente:

La moda por lo exótico, y concretamente por lo oriental, estaba perfectamente representada en el Divan. Su interior lucía farolillos y pinturas sobre seda con muebles de bambú y de madera esmaltada de rojo y negro, los camareros iban vestidos de mousmés. El ambiente nada tenía que ver con la solemnidad de la ópera, todo resultaba más próximo, menos envarado. La alegría, la diversión, se reflejaba en los animados rostros de los presentes, predispuestos a disfrutar y satisfacer con voluptuosidad los placeres de los sentidos, los de la vista y el oído, de los del gusto se encargaban los mousmés, en constante ajetreo, con las bandejas llenas de copas y vasos y botellas de ajenjo, cerveza, vino, coñac, champán…

Yvette Guilbert por Toulouse-Lautrec en 1894

Yvette Guilbert (1894) cuando actuaba en el Divan, óleo sobre cartón de Toulouse-Lautrec.

Aquí actuaron grandes nombres de la chanson y del mundo de las varietés como Paulus, Eugène Lemercier, Marcel Legay o Polaire. El Divan estaba de moda y se llenaba todos los días, sobre todo si quien lo hacía eran Yvette Guilbert. Vamos a escuchar a Yvette Guilbert –que también es mencionada en la novela– en dos de sus mayores éxitos de la época: Le Fiacre, canción que en 1888 compuso Léon Xanrof, y Je suis pocharde!, de 1897, con música suya y letra de Louis Byrec.

En el Divan Japonais, como decíamos al principio, tuvo lugar en 1894 el que se considera el primer estriptis de la historia. Ese año se estrenó una pantomima lírica titulada Coucher d’Yvette (coucher significa dormir, acostarse, pero también tener sexo) en el que la cantante y actriz Blanche Cavelli se desvestía con estudiada coquetería antes de irse a la cama. Causó, lógicamente, un gran escándalo y en sucesivas representaciones se quedaba con una déshabillé rosa de tul trasparente. La fórmula, como es sabido, triunfó y el estriptis pasó a ser parte de la programación de muchos music-halls y fructífero negocio para el incipiente cine. Así, en 1896, Eugène Pirou produjo una versión cinematográfica de Coucher d’Yvette que dirigió Albert Kirchner. Estrenada en 1903, pasa por ser una de las primeras películas pornográficas de la historia. La película original duraba unos 7 minutos, pero tras estar años en los Archivos de la Filmoteca Nacional de Francia solo se han conservado menos de dos, los primeros, durante los que únicamente se ve el juego precoital y que recoge el vídeo que figura bajo estas líneas (la actriz es Louis Willy, el actor se desconoce).

Entre los clientes habituales del Divan figuraban la bailarina de cancán del Moulin Rouge Jane Avril y el pintor Toulouse-Lautrec, quien la pintó en el Divan en esta litografía.

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Jane Avril en el Divan Japonais” (1892-1893), litografía de Toulouse-Lautrec.

El fragmento que sigue es también de El corto tiempo de las cerezas y recrea una vez que Samuel Valls, su hija Camila y su amigo, el marchante Claude Frossard, coinciden en el Divan con Toulouse-Lautrec, un encuentro ficticio, por supuesto, pero que bien hubiera podido ser real caso de existir los personajes de la novela.

Un hombre paticorto, bajito, de metro y medio de estatura, se acercó a ellos en ese momento con aspavientos, blandiendo una hoja garabateada en sus manos. Caminaba con dificultad, cojeando y apoyándose en un bastón. Vestía una levita gris que le cubría hasta las rodillas, un chaleco también gris, aunque más claro, camisa blanca y pañuelo rojo anudado al cuello. Se tambaleaba, más que por su cojera por el efecto del alcohol. Sus pequeños ojos, enrojecidos, parecían a punto de romper los cristales de las gafas, aunque su mirada seguía siendo persistente, la propia de quien está acostumbrado a verlo todo con los ojos de quien trata de interpretar la realidad.

―Pero si es Henri ─observó Frossard.

Saludó este con un simple movimiento de cabeza a quienes veía habitualmente en los mismos lugares con las mismas compañías y a las mismas horas. Toulouse-Lautrec se dirigió a Camila y le entregó el papel que portaba. Era un dibujo de ella, realizado con el preciso trazo que caracterizaba sus obras, con una habilidad impropia de quien, presumiblemente, debería mostrarse menos firme por la continuada y exagerada ingesta de alcohol. Sumamente expresivo, se la veía, ¡cómo no!, riendo, gesticulando, los brazos levantados, mientras el resto de quienes compartían mesa con ella eran simples garabatos sin expresión alguna.

―Para usted señorita, con mi reconocimiento por su voz y su belleza.

Le dio el dibujo a Camila pero no quiso sentarse con ellos, no estaba en condiciones. Apoyándose en el bastón y en una joven bailarina del Divan marchó inmediatamente.

Seguiremos con los cabarets de tiempos de la Belle Époque que visitaba Samuel. Que pasen un muy buen día.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/02/03/en-el-divan-japonais/