El coño de la señora Antonia

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“Three Women at the Table by the Lamp” (1912), óleo de August Macke.

[Fui con mi abuela] a por huevos a casa de la señora Antonia, que vivía en una casa de campo que contaba con una pequeña granja a las afueras del pueblo en unas tierras propiedad nuestra y, según costumbre, nos daba huevos recién puestos, tomates recién cogidos, cerezas y otros frutos.

Allí, en casa de la señora Antonia, mi abuela mantenía una amigable charla con aquella mujer que tendría, calculo, la edad de mi madre más o menos. Cada una en una silla y frente a una mesa en la que había pastas y vino dulce, creo. Mientras, yo jugaba con el hijo de la señora Antonia. Jugábamos a cualquier cosa, aquel niño, cuyo nombre no recuerdo ─mis únicos encuentros con él eran las veces que mi abuela iba a por alguna de las viandas─, y yo. Aquel día a la Oca, en el suelo, medio tumbados y situados frente a la mesa en la que departían mi abuela y la señora Antonia, apoyándonos con los codos para poder tirar el dado y mover las fichas, teniendo él ─recuerdo también, de ese día lo recuerdo casi todo─ mucha más suerte que yo. Me había ganado dos partidas e íbamos a disputar la tercera, pero esta nunca concluiría, pues de repente dije sentirme mal y tener ganas de vomitar, de repente, lo que extrañó a todos, pues nada había comido ni bebido desde el mediodía y eran las cuatro de la tarde, pero me levanté del suelo como expelido por un resorte. Nunca dije a nadie el motivo, y ninguno de los presentes en aquella escena podrá ya enterarse: la señora Antonia y su hijo murieron al cabo de unos años del suceso que comento a causa de una enfermedad hereditaria; mi abuela también murió, aunque después.

Aquella espantada, que para todos los que allí estaban carecía de sentido alguno, como tantas cosas que yo hacía, pues no había causa o motivo que la explicara, como tantas cosas que yo hacía, estaba justificada, para mí, más teniendo en cuenta que era un niño que nunca había visto un coño. El de mi madre al nacer, al nacer yo, claro, no contaba, y tampoco me fijé. La señora Antonia estaba sentada a la derecha de mi abuela y justo frente nosotros, los dos niños, quedando completamente despejado el tramo, unos dos metros, que nos separaba de la mesa, y como quiera que esta no estaba cubierta con un mantel ni nada parecido, la parte que separa el tablero del suelo a través de las cuatro patas se presentaba ante mí como si de un pequeño escenario se tratase.

Duró un santiamén, pero el espectáculo que involuntariamente presencié al desviar un instante la mirada hacia la derecha me resultó lo más asqueroso que había contemplado hasta la fecha. Vi, o imaginé, es lo mismo, el coño de la señora Antonia. No llevaba bragas, o eso me pareció ─luego da igual que las llevase o no─, mostrando una inmensa mata de pelo negro azabache que contrastaba con unos muslos blancos como la leche, blanquecinos más bien, que a la mitad volvían a ser negros de nuevo, ese era el color de sus medias, sujetas a la altura mencionada, a mitad del muslo. Aquella mata de pelo negro enmarañada me pareció que debía estar lleno de piojos, o gusanos, puede que hasta serpientes, y arañas, que también me daban mucho asco, o de pis que era preciso que hubiera quedado allí y germinado, qué sé yo, y la repugnancia se apoderó de mí, sentí náuseas, ganas de vomitar, y lo dije en voz alta, esto último, no lo demás, por lo que mi abuela me llevó otra vez a casa, diciéndole a la señora Antonia que ya volvería otro día. Sin mí, pensé yo, pues la impresión de la escena había sido tan fuerte que tardó mucho tiempo en borrarse de mi mente, reviviéndola luego unas cuantas veces, ya por la noche, al acostarme, que no dormirme, pues me lo impedía aquel coño, asqueroso, de la señora Antonia, por otra parte el primero que había visto, preguntándome en consecuencia si todos serían iguales, los coños, lo que si así era significaba que yo, al nacer ─todos veníamos al mundo en aquellos tiempos a través de un coño, lo sabían mis amigos y por ellos lo supe yo─, tenía necesariamente que haber atravesado aquella repulsiva mata de pelo, u otra igual, si es que todos eran iguales, y no tenían porque no serlo, en la que posiblemente me enganché y por eso traté de meterme otra vez para adentro en un descuido de don Rafael, el médico. Pero no me fijé yo en eso entonces.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/07/11/el-cono-de-la-senora-antonia/

Justicia y cambio social

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“El defensor” (1862-1865), acuarela de Honoré Daumier.

―A mí me soltaron al día siguiente. Vinieron unos señores muy bien vestidos a los que no conocía de nada que dijeron ser mis abogados. Camila los había contratado nada más enterarse que estaba detenido. Eran de los mejores de París, de esos que cobran una fortuna por sus servicios. Ni siquiera estuve veinticuatro horas encarcelado, rápidamente pudieron demostrar que no tenía nada que ver con el delito que me imputaban. Yo era un hombre respetable, vivía en Montmartre, me gustaba ese ambiente bohemio, los cafés y cabarets, pero eso no es ningún delito. Además, poseía una buena cuenta bancaria, mi hija era una conocida cantante de ópera… En fin, era absurdo que me dedicara a ir robando por ahí.

―¿Y ella?

―La condenaron a veinte años de cárcel. ¡Veinte años! Fue acusada de formar parte de la banda de Jacob, un grupo anarquista que había protagonizado numerosos robos con el fin de obtener dinero para la causa. Este, sin embargo, ya había sido detenido en 1903 y condenado de por vida a trabajos forzados en la Guayana. Pero, al parecer, habían encontrado en otra operación a la caza de anarquistas papeles de esos años que involucraban a Marion en algunos robos, concretamente en uno de los últimos que este dio y en el que, para escapar, tuvo que matar a un policía. Llegué a pensar que se libraría de la cárcel, o que en todo caso permanecería en ella por breve tiempo, así me lo aseguraron los abogados. No les hacía gracia alguna tener que defender a una anarquista, eran miembros de uno de los bufetes más acreditados de París, pero el dinero lo puede todo, o eso creía yo. Por su parte no hubo más problema que fijar una exorbitante cantidad por sus honorarios. Una vez acordada la cifra, la que ellos dijeron, yo estaba dispuesto a todo, encontraron enseguida una coherente argumentación que eximiría a Marion de toda culpa, o que al menos convertiría su colaboración, si es que la hubo, en un mero accidente al que, engañada, se vio forzada por las circunstancias, sin saber lo que realmente iba a suceder. Pero Marion, y me descubro ante ella, no aceptó. Mandó a los abogados a hacer puñetas cuando le contaron el plan. Con ella habían sido detenidos varios militantes más, una decena si no recuerdo mal. O todos o ninguno, nunca me prestaré a una maniobra de ese tipo, la vergüenza me acompañaría el resto de mis días, ni traicionaré a mis compañeros ni renunciaré jamás a mis ideas. Esa me explicaron los abogados que fue su reacción. ¿Todos? Un bufete de tal prestigio no podía prestarse a una defensa abocada directamente al fracaso. Marion solo aceptó ser defendida por el mismo abogado que se ocuparía también de sus camaradas. Y así terminó el asunto. Veinte años de condena, una barbaridad. Le tocó uno de los jueces más severos a la hora de condenar esta clase de… lo que sea. Iba a decir delitos, pero no. Ya ves, hubiera podido tocarle otro menos duro, menos cruel, la pena podría haber sido considerablemente menor. La justicia, amigo Taylor, la justicia… Así es la justicia. Marion diría que la justicia burguesa, yo la justicia a secas. El hombre nunca será justo consigo mismo.

―Comprendo que no creas en la justicia, pero debes contemplar la situación desde otro prisma. Su valiente actitud, por desgracia, es necesaria para conseguir cambiar el mundo. Yo soy negro y sé lo que es la lucha por la igualdad. No puede haber un dios tan cruel que castigue nuestros pecados con la eterna miseria y nos condene de por vida a la pobreza. Primero hay que sembrar las semillas, luego vendrán los frutos.

―Eso ya lo he oído antes, muchas veces. Llegará el día en que todos seremos iguales, las injusticias no tendrán cabida en la nueva sociedad, equitativa y solidaria. Siento no creerlo. Me parece bien que haya gente que, como tú, como Marion y alguno que otro que conozco, penséis y actuéis de manera tan altruista. Es muy posible que yo no tenga razón, pero las experiencias en esta ciudad no han sido precisamente las más adecuadas para hacer que modifique mi opinión. Por supuesto que cambiarán las cosas, pero todo seguirá igual, los negros explotarán a otros negros, puede que incluso a blancos.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/06/30/justicia-y-transformacion-social/

 

Los de arriba y los de abajo

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Elaboración propia a partir del gráfico publicado en “Feudalism Then & Now” (2016).

Arriba cada vez menos, abajo cada vez más. Los de arriba disfrutan de espléndidas atalayas desde las que se contemplan las mejores vistas. Nada se lo impide, están en lo alto. Desde sus suntuosas fortalezas ven todo, y a todos, controlan todo, y a todos. Nadie se lo impide, nadie está por arriba. Definen. Algunos de ellos acaparan las portadas de los informativos y periódicos más serios, que nos hablan de sus proezas al frente de las grandes sociedades o empresas multinacionales, grandes gobiernos, grandes bancos y otros grandes organismos financieros. Otros, en cambio, siquiera se dejan ver y prefieren los seudónimos: mercados, por ejemplo. Dicen que son grandes hombres. Ellos también, a sí mismos y de sí mismos; están convencidos.

Todos tienen su corte de profesionales, pues pueden pagar sus servicios: políticos que administran sus intereses, historiadores que glosan sus gestas, cronistas que nos informan de sus proezas diarias, juristas que reglamentan sus derechos, científicos e investigadores que encauzan debidamente el progreso, artistas que les hacen de bufones. Y tienen bula para todo. Eso sí, de vez en cuando eligen a uno para sacrificarlo en un ritual mediático, lo juzgan y condenan, lo meten en una cárcel y así los que se dejan ver no tienen problema para poder seguir exhibiéndose impúdicamente.

(…)

Un nivel más bajo, pegado al anterior ─tanto que algunos de este nivel se confunden y creen estar en el primero─ también hay atalayas, más pequeñas y con vistas solo hacia adelante y hacia abajo. Las ocupan quienes están al frente de sociedades o empresas menores, gobiernos menores, bancos menores y otros organismos financieros menores. Se creen llamados a decidir por los demás, y por tanto dictaminar de qué manera se aplican las fórmulas que los dictaminadores del primer nivel consideran beneficiosas para el conjunto de la sociedad, es decir, para controladores y definidores. La mayoría ha pasado por prestigiosas universidades y otros templos de adocenamiento intelectual y se consideran auténticos mesías. También cuentan con su corte de profesionales, que, como ellos, ha pasado por universidades y otros templos de adocenamiento intelectual, de donde han salido completos, atiborrados de hechos y certezas. Se llevan bien con los primeros, al fin y al cabo han salido del mismo sitio, la misma piara, algunos incluso de cloacas o estercoleros (por eso el hedor a falsedad que desprenden no les molesta).

En el nivel inferior no alcanzan a ver lo que sucede en los de arriba, un manto de indiferencia les incomunica y aísla, un manto pulcro, reluciente, sumamente cuidado, tan aparentemente real que los etéreos cachivaches que de él cuelgan se confunden con las estrellas los días de bonanza y con simples nubarrones los días encapotados. No cuentan con atalayas a pesar de que el espacio de este nivel es extraordinariamente amplio, pero son tantos sus moradores que solo los que habitan en los estratos más elevados, los inmediatos a los confines superiores, disfrutan de cierta capacidad de movimiento entre el inmutable paisaje de delirios y enajenaciones. Ocupan uniformes habitáculos de formas y tamaños distintos, burda imitación de las atalayas, menos llamativos aunque igual de anodinos, si bien sus moradores los encuentran acogedores y confortables y consideran una suerte residir en ellos, sobre todo porque pueden comparar esta, su suerte, con la de quienes habitan más abajo, a quienes sí pueden ver. Tratan de imitar el modo de vida de los de arriba ─tal vez porque observan el de los de abajo─, pues creen que pueden llegar hasta allí, a lo más alto, que algún día conseguirán traspasaran la deslumbrante bóveda que les separa.

El espacio de que disponen los estratos inmediatos va reduciéndose a medida que desciende el nivel, de modo proporcionalmente inverso al número de moradores. Las formas y tamaños de los habitáculos se van unificando hasta adquirir todos el mismo volumen. En los últimos ya no hay formas ni tamaños. Son los que alojan a los vencidos, a los derrotados, a los inútiles, a los menesterosos y, en general, a todos aquellos socialmente insolventes o cuya aportación a lo que llaman desarrollo nunca pasará de ser mera anécdota y, en consecuencia, jamás recogerá sus necesidades, aunque no parece que esto les preocupe en demasía, hace tiempo que dejaron de mirar hacia arriba y ya no saben cómo se hace, van siempre con la mirada gacha, buscan en el suelo los desperdicios que puedan haber arrojado los de los otros niveles.

Mientras que en el primer y segundo niveles el estado de ánimo imperante es la vanidad, la complacencia de quien se sabe detentador del poder y es buen conocedor de los tejemanejes inherentes a la dominación, en el resto predomina el desorden propio de quienes nunca saben a dónde van a pesar de estar dando vueltas continuamente, atenuado sin embargo por el sentimiento de creer contar con un papel en la representación continuada que los primeros proyectan y dirigen por pequeño que sea, aunque carezca de diálogo. La resignación, el fatalismo, predomina sobre cualquier otro fundamento. La indolencia, así, es común a casi todos ellos.

Estos, los indolentes, predominan y amortiguan los efectos de la actuación de los insatisfechos que no se conforman con la resignación.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).