Cuando los apaches se adueñaron de París

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Un apache y su ‘protegida’. Paris, 1938 / © Émile Savitry courtesy Sophie Malexis.

Puede que suene extraño, pero a principios del siglo XX los apaches eran los dueños de París. No de todo París, precisemos, pero sí de los bajos fondos, y por la noche de Montmartre. Por eso el famoso cuplé Si vas a París, papá, un one-step de 1929 que compuso Rafael Oropesa, advertía del peligro: “Si vas a París, papá, cuidado con los apaches”. ¿Lo recuerdan? En todo caso empecemos con él. Laura Valenzuela lo canta en la película Pierna creciente, falda menguante, dirigida en 1970 por Javier Aguirre y protagonizada por Laura Valenzuela, Fernando Fernán Gómez, Emma Cohen e Isabel Garcés.

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«Apaches» de París a principios del siglo XX.

Si vas a París, papá es un tema sobradamente conocido, de esos que forman parte de la memoria musical popular y quien más y quien menos –sobre todo si ya tiene cierta edad– ha escuchado o tarareado alguna vez. Y la frase en cuestión –“Si vas a París, papá, cuidado con los apaches”– más conocida aún. Tanto que no nos preguntamos –ese fue mi caso hasta hace relativamente poco– ¿qué demonios hacían los apaches en París?, ¿y por qué había que ir con cuidado con ellos? La palabra apache –aparte, por supuesto de referirse a los indios nómadas de las llanuras de Nuevo México– significa también “bandido o salteador de París y, por ext., de las grandes poblaciones” (RAE).

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Portada de la revista “Le Petit Journal” de 1907. “El apache es la plaga de París”, dice la leyenda.

A principios del siglo XX la pequeña plaza Du Tertre en Montmartre podía resultar por el día un tanto ruidosa dada la continua afluencia de gente, pero los animados grupos que por la noche la cruzaban en busca de manduca y jarana llegaban a convertirla en un constante guirigay. En las calles adyacentes se encontraban muchos de los lugares frecuentados tanto por la bohemia parisina como por burgueses ávidos de diversión y, a ser posible, emociones fuertes. Especialmente en el tramo comprendido entre las plazas Blanche y Pigalle garantizaba ambas cosas en los numerosos cafés y cabarets que allí se concentraban, como el Quat’z’Arts o el cada día más famoso Moulin Rouge. También a allí se había trasladado Le Chat Noir, poco a ver lo que era. La zona atraía todo el esnobismo francés y extranjero y se la consideraba la cuna del vicio, la inmoralidad y la delincuencia.

Unos nuevo tipos, poco familiares hasta entonces, vestidos con anchas camisas o camisetas de rayas, gorra y pañuelo al cuello, y armados de revólver o puñal, campaban aquí a sus anchas: los apaches, como se denominaba a los malhechores de los bajos fondos de París. Controlaban la prostitución y no había asunto turbio que escapara de sus manos. Los clientes tenían dónde elegir: desde jóvenes casi adolescentes a maduras mujeres curtidas en mil batallas cotidianas se ofrecían a las puertas de los cabarets; las más lozanas eran invitadas a pasar por sus dueños.

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“Le Petit Journal” (1904, imagen de la portada): Enfrentamiento entre la policía y los apaches.

Para ir a La Butte de noche se debían tomar, pues, las debidas precauciones; era territorio apache. En este ambiente –además de los sempiternos valses– otros bailes de moda, como el cakewalk o el tango, que no hacía mucho que se conocían en París y causaban auténtico furor, sobre todo entre los jóvenes, apreció uno nuevo: el baile apache, también conocido como tango apache, pues algo de parecido tenía con el tango argentino, tan en boga en Europa. Este baile de las clases populares pronto atrajo a otros sectores más pudientes de la sociedad parisina.

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Dos imágenes de principios de siglo XX con sendas parejas danzando un baile apache.

Imaginemos a alguien de aquella época que contemplara tan osado baile por primera vez, como es el caso del protagonista de mi novela El corto tiempo de las cerezas, Samuel Valls, cuando vivía en la plaza Du Tertre, donde todos los años se conmemoraba el 14 de julio con un baile popular:

«La orquesta paró de pronto y subió al escenario un acordeonista que se puso a tocar el ‘Valse des rayons’, del ballet de Offenbach Le Papillon. La gente formó un corro y una pareja ─él ataviado con el típico atuendo que identificaba a los hampones parisinos, ella con una blusa roja y una falda de campana negra a la altura de las canillas─ iniciaron un lascivo baile que Samuel advirtió por la brusquedad de los movimientos que se trataba de un baile apache, la última originalidad de París. Había oído hablar de él, un par de años antes empezó a popularizarlo la famosa artista del music-hall Mistinguett en un espectáculo del Moulin Rouge, sabía que era enérgico y agresivo, pues se inspiraba en las peleas de las prostitutas con sus chulos, pero aun así le sorprendió la violencia de la coreografía. El hombre, de unos treinta años, un tipo fornido, todo músculo, hacía gestos a la mujer, que parecía algo más joven, si bien era difícil precisar su edad por su abultado maquillaje, de que se acercara. Ella le ignoraba, con la mano indicaba que la dejara en paz. Rudamente, de un manotazo, el tipo la cogió del brazo y la lanzó al suelo. A continuación la levantó de los cabellos, aproximó la cara de la chica a la suya y dieron unos pasos de tango mientras él sacaba un cuchillo con el que acariciaba el rostro de su pareja, a la que zarandeaba y volteaba en todas direcciones y volvía a arrojar a los pies de los espectadores, que jaleaban con júbilo sus maniobras. Más volteretas, otro empujón, ella trataba de defenderse, otro bofetón ─puede que simulado, pero el golpe de la mano en la mejilla se oyó incluso desde la posición de Samuel─ y de nuevo al suelo. Al final, como si un fardo se tratara, la levantó, desfallecida la puso sobre sus hombros, boca abajo, de modo que la falda caía sobre la cabeza de la joven, y abandonó el círculo. Fin de la actuación. Gritos de bravo y fuertes aplausos».

Veamos el baile en cuestión en esta filmación de 1934 realizada en los estudios Pathé de Londres.

Tal fue la popularidad de la danza que tuvo su traslación al cine. Desde la década de los treinta del siglo XX el baile apache hizo apariciones esporádicas en diversas películas, como Luces de la ciudad (1931) de Charles Chaplin, Ámame esta noche (1932), Charlie Chan en París (1935), Queen of Hearts (1936) o Pin Up Girl (1944) por citar algunos ejemplos de los que vamos a ver varias secuencias a continuación. Comenzamos con una secuencia –en la que también suena la música del “Valse des rayons”– del film Charlie Chan en París (1935). La danzarina es Dorothy Appleby y él, se especula, un joven Anthony Quinn.

La actriz y cantante británica Gracie Fields –no hemos conseguido averiguar el nombre de su partenaire– es quien lo baila ahora en esta secuencia de Queen of Hearts.

De la comedia británica Old Mother Riley in Paris, dirigida por Oswald Mitchell en 1938 es la que vemos acto seguido.

Finalizamos con una secuencia de un corto de 1939, Montmartre Madness, que dirigió Arthur Dreifuss.

Que tengan un buen día.

En París. Primer día de la ocupación alemana

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Soldados alemanes en el restaurante Chez la Mere Catherine, en la plaza Du Tertre (Montmartre, París) en junio de 1940. / Bundesarchiv

Ese día amaneció nublado y los soldados alemanes, cámara fotográfica en ristre, se quejaban de la falta de luz, sus instantáneas saldrían demasiado oscuras. A no ser por el uniforme, hubieran parecido turistas que ávidamente recorrían los lugares más emblemáticos de la ciudad y se fotografiaban ante los mismos con idéntica intención que los ocasionales visitantes de la ciudad: tener un recuerdo de su paso.

―Hace un día magnífico, tan sombrío, solo falta que se ponga a llover a cántaros.

El profesor Morel confundía a Sam con estas palabras mientras tomaban unos vinos en uno de los cafés de la plaza Du Tertre, en cuyas mesas, como en las de las calles próximas, los clientes eran mayoritariamente soldados y oficiales alemanes que ocupaban las que contaban con mejor ubicación. Saludaban a las chicas que pasaban frente a ellos con lisonjas sobre su aspecto y las invitaban a sentarse a su mesa. Muchas hacían oídos sordos; otras, en cambio, veían en ellos, en mayor medida cuanto más alto era su rango, nuevos benefactores como antes hubieran hecho las grisettes que conociera el abuelo de Sam en tiempos de la Belle Époque. Alguna mirada de repulsa se adivinaba por parte de algunos viandantes, pero pocos, nadie prácticamente la mantenía ante un alemán.

―¿Le gustan los días lluviosos, melancólicos?

―En absoluto. Prefiero los días soleados, pero creo que serán pocas las ocasiones en que podremos contemplar la frustración en los rostros de los soldados alemanes.

Montmartre fue uno de los distritos de París en los que menos personas abandonaron sus hogares ante el peligro nazi. Sus calles y plazas seguían repletas de gente, pero hablaban poco y miraban a todas partes.

―Aunque se venía venir, a los montmartrenses al menos nos ha pillado por sorpresa la caída de París. Todo ha ido demasiado rápido, ha sido demasiado fácil para los alemanes. Y es que, amigo Sam, no consigo desterrar de mi pensamiento la idea de que había una especie de resignación colectiva ante la pujanza del nazismo, que por otra parte cuenta con más adeptos de lo que parece. La mayoría únicamente quiere evitar problemas y seguir su vida. Los demás, simplemente nos negábamos a creer que esto terminaría por suceder. Nos dormimos en los laureles. Veremos cómo salimos de esta, si salimos.

―Pues habrá que salir como sea, no tenemos otra opción.

―Los nazis de uniforme se identifican enseguida, los que no lo llevan son más peligrosos, nunca se sabe quién puede estar escuchando, qué escuchará, en qué se quedara de lo que escuche y, sobre todo, qué uso hará de ello. Creo que subestimamos el impacto que podría tener en la gente lo que creímos que solo era obra de un grupo de exaltados. Y no es así. Mire, ¿ve esa pareja de respetables ciudadanos que juegan con un niño pequeño, su nieto? Una pareja normal, como tantas, disfruta de un rato de asueto, se les cae la baba con el niño, se les ve contentos y no sabemos si se sienten así porque han logrado un instante un felicidad en medio de tanto desgracia o si, por el contrario, se muestran ufanos porque creen que por fin ha llegado el orden y la estabilidad a su país, que definitivamente abandona sus veleidades revolucionarias. ¿Usted qué diría?

―¿Sobre qué?

―Sobre esa pareja. Por qué se muestran satisfechos, si es que le parece que lo están.

Sam se fijó en ellos: entre cincuenta y sesenta años, correctamente vestidos, sin signo alguno de ostentación y aspecto afable.

―Pues me parece ver una pareja como tantas otras que ha salido a dar una vuelta con su nieto. No hace muy buen día para pasear, pero a ver quién aguanta a un niño pequeño dentro de casa mucho tiempo.

―Él es militante de Acción Francesa, uno de sus dirigentes. Tanto como los soldados me preocupan los civiles, los que apoyan el nazismo con su acción o su indiferencia. Se ha considerado el nacionalsocialismo como una ideología demencial y, por tanto, obra de dementes, de locos. No es eso. Claro que es demencial, para nosotros. Para ellos es perfectamente lógica. Los nazis sin uniforme son como nosotros, no tienen rabo, ni cuernos.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016, edición en papel).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/09/28/en-paris-primer-dia-de-la-ocupacion-alemana/

Un altercado en Nueva York, frente al Birdland

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Una mujer coge un taxi en Nueva York (1962). Fotografía: William Klein.

El viernes 26 de febrero de 1954 llegó el momento de la presentación de Egon en el Birdland. Los sobresaltos, sin embargo no habían acabado. Habían quedado con Greg y Diane un par de manzanas más allá, pero el resfriado de Camila no remitía y acudieron directamente. Camila, Martha y Helmut se quedaron en el club; Sam fue a por sus amigos. Salió del Birdland. Dejó pasar a una pareja; ella blanca, rubia, alta, imponente; él, negro, era el encargado de sonido del club. Sam lo conocía, había colaborado con William. Se saludaron y el hombre acompañó a la mujer a coger un taxi que había frente a la entrada. Abrió la puerta del vehículo para que entrara la mujer y se quedó despidiéndola con la mano levantada. Un policía se acercó y le pidió la documentación. El hombre no la llevaba encima. Sam se detuvo y se quedó mirando.

―Yo trabajo aquí ─decía.

―¿Y a mí qué cojones me importa donde trabajes? Venga, documentación.

―Lo que intento decirle es que al trabajar aquí tengo la documentación dentro. He salido solo un momento, a acompañar a la señora que debía marchar rápidamente, un instante.

―No llevas la documentación encima, pues.

―La tengo ahí, se lo acabo de decir. Si me deja ir a por ella…

―Vas a tener que acompañarme.

―Es un minuto, apenas un minuto. Se la traigo enseguida.

―Ya, so listo. Yo me creo tu historia y tú te largas por la puerta de atrás o por cualquier otro sitio.

―Le juro que…

―Déjate de historias. Sube al coche.

Sam, a escasos metros, no pudo más que acercarse. Estaba indignado por el comportamiento del policía. Tragó saliva y se dirigió al agente.

―Disculpe, pero no he podido evitar escucharles. Lo que dice este hombre es cierto, trabaja aquí, es el encargado de sonido. Yo respondo por él.

―¿Y usted quién leches es? Muéstreme la documentación.

Sam hizo lo que el guardia le decía.

―¿De qué se conocen?

―Mi madre es cantante, mi hijo actúa hoy en este club, hace tiempo que vengo y sé, por tanto, quién es.

―¿Y dice que responde por él? ¿Es usted uno de esos bolcheviques que predican la igualdad entre blancos y negros? Seguro que sí, aquí ─mirando la documentación─ dice que es escritor.

―¿Eso es malo?

―Ni malo ni bueno, pero ya sabemos que la mayoría de ustedes, como algunos artistas de la pantalla, son unos radicales. En fin, tire para adentro ─le dijo ásperamente mientras le devolvía sus documentos.

―¿Y él?

―Ese no es su problema. Ande, márchese.

―Seamos razonables. Este hombre, como él mismo le decía y yo refrendaba, trabaja aquí. Deje que entre por la documentación, yo esperaré con usted mientras.

―¿Usted de qué va? ¿De salvador de negros?

―¿Acaso tiene algo en contra de los negros?

―En contra de los negros y de los blancos, pero solo de quienes, como usted, se muestran impertinentes. Cuando ponen tantas trabas a la hora de colaborar por algo será.

―¿Trabas? ¿Nosotros? ¿Qué quiere, que le besemos el culo? Es usted un prepotente ─Sam no pudo aguantar más su irritación.

El policía sacó las esposas y en tono amenazante ordenó a Sam y al encargado de sonido del Birdland que se pusieran cara a la pared. Para suerte de ambos, el portero del club había presenciado toda la escena y presintiendo que el asunto acabaría mal había avisado a Camila de que su hijo se estaba metiendo en un lío. Camila sacó enseguida a relucir su genio y se levantó de la silla con tal ímpetu que parecía que iba a salir directamente a la calle a cantarle las cuarenta al policía. De pie, se quedó observando las mesas, fijó su atención en una y con paso decidido ─nadie diría que estaba fuertemente constipada y que tenía unas décimas de fiebre─ se dirigió a sus ocupantes, entre los que se encontraba Peter Wood, concejal del ayuntamiento al que conocía y a quien apremió delante de todos a que saliera a solucionar el percance que está ocasionando uno de vuestros polizontes, le espetó. Un tanto ruborizado, pero sin perder la sonrisa ─a una persona de ochenta años se le permiten conductas que no se aceptarían en edad menos avanzada─, salió afuera y solucionó la situación. Todos regresaron a su sitio y Sam fue a por Diane y Greg.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/09/26/un-altercado-en-nueva-york-frente-al-birdland/