La impudicia de tener que atravesar la ciudad

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Nelo Cerdà © 2008

El continuo trasvase de población dentro de los nuevos límites urbanos establecidos ha incrementado las distancias entre los puntos de vida y existencia y entre sus pobladores. Las distancias cada vez son mayores a pesar de dotarse la ciudad de amplias vías y han dejado de medirse en metros o kilómetros. Lo que separa un lugar de otro, y los moradores de un lugar y otro, es la indolencia. A mí me ha ido alejando progresivamente de muchos amigos y conocidos que siguen habitando a mi alrededor, a escasas manzanas, pero cada día viven más lejos.

“Metrópolis” (1916-1917), óleo de George Grosz.

“Metrópolis” (1916-1917), óleo de George Grosz.

Atravesar la ciudad sin sentir desasosiego me resultaba impúdico, me indigna tanta presunción. También la resignación, la sumisión aceptada de los ahora trashumantes urbanos, su indiferencia. Pero tengo que atravesarla de punta a punta. No hay otro modo de cruzar la ciudad: en el extremo opuesto al barrio en que hace veinte años alquilé un pequeño piso se encuentra la salida a la autopista que conduce al pueblo en que tanto mi hermano como yo nacimos (yo primero, él después). Cruzar la ciudad, de sur a norte, recorrer de nuevo lugares que la memoria ha consolidado en forma de recuerdos de un tiempo en que todavía el enojo y el desánimo no superaban las esperanzas y el apasionamiento… ¿Cómo hacerlo sin que nuestro ánimo se llene de rabia, impotencia, desánimo y, finalmente, repugnancia?

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/03/07/todas-las-ciudades-son-iguales/

Violeta

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Robert Doisneau: “Mademoiselle Anita” (1951).

Sabía que Violeta le amaba, que acostarse con otro no era más que una relación contractual, efímera, que en realidad ella no se entregaba –eso únicamente sucedía con él–, que era una mendiga sexual forzada por las circunstancias, una actriz de la noche, que actuaba, interpretaba un papel a cambio de dinero, como en definitiva hacemos todos, y eso era lo único que se llevaba a casa, nada de recuerdos. No era Ramona entonces, era Violeta. Claro que Julián, como don Cosme, a quien habían conocido era a Violeta, no a Ramona, y de ella se habían enamorado, pero Julián no soportaba siquiera pensar en ello, la sola representación mental que descarada y provocativamente se exhibía en su cerebro sin consentimiento alguno por su parte, anulando el raciocinio y cercenando argumentos, le atormentaba. Entonces Violeta se convertía en puta, una mujer cuyo cuerpo era conocido por muchos hombres que habían pagado para poseerlo sexualmente, un cuerpo público, cedido temporalmente a otras manos, conocido por todo tipo de fulanos cicateros de sentimientos y codiciosos de satisfacer frustraciones y fantasías que por mucho que se empeñaran jamás llegarían a ver cumplidas.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/03/01/cuando-violeta-se-convertia-en-puta/

¿Se puede jugar solo?

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“The Slit” (2008). Fotografía de Luis Mariano González ©

Miedo a no hacer lo correcto (entre otras cosas porque no sabía qué era lo correcto). Miedo a imaginar situaciones por si su protagonista, yo, actuaba de manera inadecuada. Miedo a no comprender, por mucha voluntad que pusiera, la manera de proceder de los adultos. Culpabilidad por lo que pudiera hacer antes de haber hecho nada. El mundo se ensanchaba, mi mundo, y con él la inseguridad, pues el otro, el de afuera, el de los mayores, se alejaba cada vez más, todo eran prohibiciones y obligaciones cuya significación nadie sabía explicar. Un miedo turbio, confuso, me hizo dudar hasta de la inviolabilidad de mi imaginación. ¿No habría alguien espiando mientras jugaba solo en el jardín? ¿Serían mis juegos observados? ¿Se podría jugar solo?

No podía entender en aquellos momentos que toda autoridad tiende a homogenizar actitudes y comportamientos, que todo poder ha de instalarse en el miedo. Nada sería igual sin el temor, sin la ansiedad que se siente frente a la posibilidad de perder las dádivas por él concedidas que creemos que son nuestras, sin sobrecogerse ante las múltiples e infinitas posibilidades con que cuenta para destruirnos, sea un dios, un representante suyo, sea el dinero, o un representante suyo. Vivir con miedo es asegurarse la existencia en un mundo exageradamente timorato, asustadizo de por sí; el miedo acompaña en todas las acciones a quienes no tienen poder, a la mayoría pues; de él no se puede escapar ni en sueños, por eso todos queremos ser poderosos. ¡Qué bien se está en el jardín!

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/02/22/miedo/