En Montmartre: 14 de julio de 1910

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“Bal du 14 juillet” (1885), óleo de Théophile Steilen.

El atardecer del 14 de julio, fiesta nacional de Francia, Samuel escuchaba en su gramófono un disco que le había mandado Camila con su versión de “Ah! Sweet Mystery of Life”, hermosa canción de Naughty Marietta que en su voz sonaba aún más bella. Dulce misterio de la vida, al fin te he encontrado. Por fin conozco el secreto de todo… El secreto era el amor, decía la canción.

Montmartre a prinpcios del siglo XX

Montmartre a principios del siglo XX.

La versión que sigue de “Ah! Sweet Mystery of Life” corresponde a la actriz y cantante Jeanette MacDonald en una grabación de 1950.

Escuchaba “Ah! Sweet Mystery of Life” una y otra vez, hasta que, ya de noche, la bulla se adueñó de la plaza Du Tertre, donde todos los años se conmemoraba el 14 de julio con un baile popular. Sobre un entarimado, una orquesta de metales interpretaba, además de los sempiternos valses, otros bailes de moda, como cakewalks o tangos, que no hacía mucho que se conocían en París y causaban auténtico furor, sobre todo entre los jóvenes. Samuel, sentado en una mecedora, contemplaba la verbena desde el portal de su casa. La noche era calurosa, pero abriendo la puerta principal y la que daba al huerto corría el aire y se estaba francamente bien. Había encendido un habano y abierto una botella de champán, tenía las luces de la casa apagadas, desde su posición atisbaba el general jolgorio.

La orquesta paró de pronto y subió al escenario un acordeonista que se puso a tocar el “Valse des rayons”, del ballet de Offenbach Le Papillon. La gente formó un corro y una pareja ─él ataviado con el típico atuendo que identificaba a los hampones parisinos, ella con una blusa roja y una falda de campana negra a la altura de las canillas─ iniciaron un lascivo baile que Samuel advirtió por la brusquedad de los movimientos que se trataba de un baile apache, la última originalidad de París. Había oído hablar de él, un par de años antes empezó a popularizarlo la famosa artista del music-hall Mistinguett en un espectáculo del Moulin Rouge, sabía que era enérgico y agresivo, pues se inspiraba en las peleas de las prostitutas con sus chulos, pero aun así le sorprendió la violencia de la coreografía. El hombre, de unos treinta años, un tipo fornido, todo músculo, hacía gestos a la mujer, que parecía algo más joven, si bien era difícil precisar su edad por su abultado maquillaje, de que se acercara. Ella le ignoraba, con la mano indicaba que la dejara en paz. Rudamente, de un manotazo, el tipo la cogió del brazo y la lanzó al suelo. A continuación la levantó de los cabellos, aproximó la cara de la chica a la suya y dieron unos pasos de tango mientras él sacaba un cuchillo con el que acariciaba el rostro de su pareja, a la que zarandeaba y volteaba en todas direcciones y volvía a arrojar a los pies de los espectadores, que jaleaban con júbilo sus maniobras. Más volteretas, otro empujón, ella trataba de defenderse, otro bofetón ─puede que simulado, pero el golpe de la mano en la mejilla se oyó incluso desde la posición de Samuel─ y de nuevo al suelo. Al final, como si un fardo se tratara, la levantó, desfallecida la puso sobre sus hombros, boca abajo, de modo que la falda caía sobre la cabeza de la joven, y abandonó el círculo. Fin de la actuación. Gritos de bravo y fuertes aplausos.

Vamos con el “Valse des rayons” en esta filmación de 1934 realizada, probablemente, en los estudios Pathé de Londres.

La orquesta prosiguió con los bailables, Samuel se sirvió otra copa de champán. Con el jaleo de la calle pocas cosas más podía hacer. Desde luego, dormir no. Tiempo atrás, y no era necesario remontarse mucho, hubiera estado en la plaza o por ahí, de juerga. Sonaban algunos de los éxitos del momento, que todo el mundo conocía: La Matchiche, Reviens o Fascination, el bello vals que había escuchado más de una vez en la dulce voz de Camila. Recostado en la mecedora, con la mirada perdida en el cielo estrellado, encendió un segundo habano, tomó la copa y la alzó mientras se decía A tu salud, por Frossard.

Plaza Du Tertre 1900

La plaza Du Tertre en 1900.

Es la actriz y cantante francesa Florelle quien interpreta este bello vals compuesto en 1905 (letra de Maurice de Féraudy y música de Fermo Marchetti) en una grabación de 1931.

Ajeno a cualquier vicisitud, el baile de la plaza Du Tertre continuaba ruidoso y alegre. La concurrencia tenía gana de más, pocos abandonaban el lugar. (…) Algunas muchachas, rezagadas, regresaban apresuradas de pasear con noveles pintores o estudiantes, era la hora del inevitable “Vámonos ya” con que sus madres, vigilantes, un poco menos si el supuesto pretendiente mostraba ser alguien con la vida bien resuelta, solían terminar las veladas. Cuando un improvisado cantante quiso deleitar a los asistentes con un tema suyo la plaza comenzó a vaciarse.

Hace dos días que no me he acostado, comentaba un joven a otro que le acompañaba. En un rato solo los desperdicios del suelo quedarían. Y Samuel, y una mujer sentada en un banco. La vio cuando ya iba a acostarse. Estaba sola, parecía esperar a alguien, a su lado un hatillo dejaba suponer que para marchar a algún sitio. A medida que se acercaba pudo comprobar que parecía algo más joven que su hija. Su indumentaria ─un sencillo vestido de algodón azul, jaspeado─ corroboraba la condición humilde que Samuel creyó advertir al observar el rudimentario embalaje que la acompañaba. Los farolillos que engalanaban la plaza estaban apagados, la luz de una farola caía sobre su morena cabellera, recogida en un moño al estilo de Claudette, muy popular en aquellas fechas.

Ya cerca, la joven se volvió. Samuel pudo entonces observar su rostro, los grandes ojos negros le recordaron los de Marion, la misma mirada contagiosa, triste y límpida, que incitaba a la melancolía tanto como a la esperanza. A punto estuvo de dar media vuelta, sobresaltado. No lo hizo, el susto que se llevó aquella mujer al toparse de pronto con un desconocido que la miraba fijamente le forzó a identificarse y manifestar las intenciones de su entremetimiento. Así, le explicó que vivía justo en frente y que, finalizada la verbena, se disponía a acostarse cuando se dio cuenta de su presencia. No era, a esas horas, el mejor lugar para una mujer joven, sola, aparentemente desamparada ─es lo que daba a entender el hatillo─, indefensa, más en un banco alumbrado por una farola. Parecía llamar a gritos a algún desaprensivo, y seguro que más de uno pasaría por allí en lo que quedaba de noche. La joven, no obstante, rechazó su ayuda. Abatida como estaba, la súbita aparición de Samuel la incomodó.

―No necesito nada, no quiero nada ─dijo secamente.

―En absoluto pretendía importunarla ─respondió Samuel, que acto seguido dio media vuelta y se dirigió para su casa.

Unos metros antes se detuvo. Se volvió. La mujer le seguía con la mirada, probablemente su reacción había sido fruto de la inquietud. Al cruzarse ambas miradas, ella agachó la cabeza y ya no se giró. Samuel se acercó a ella de nuevo.

―Es posible que me haya tomado por un crápula que ha avistado una presa fácil. No voy a tratar de convencerla de lo contrario, el pensamiento es libre y no le he dado razón alguna para que se fíe de mí, aunque tampoco para que desconfíe. Haga usted lo que quiera, pero yo, en su lugar, no me quedaría aquí. A riesgo de parecerle indiscreto, he de decirle que ese hatillo que lleva consigo puede inducir a algún rufián a la conclusión que nada ni a nadie tiene y darle ánimos para cometer cualquier villanía.

La joven permanecía en silencio, con la mirada perdida.

―Perdone que me haya entrometido en sus asuntos ─otra vez dio media vuelta.

―Espere ─escuchó enseguida.

La desconocida parecía rectificar el desdén con que lo trataba. ¿Estaba desesperada, su aspecto le había infundado confianza, una mezcla de ambas cosas?

Michelle, así se llamaba, era operaria de un taller de confección. Ella misma había cosido el vestido que llevaba, sencillo pero digno, hasta pudoroso. Era, pues, una grisette, una mujer joven que trabajaba en la confección. Las grisettes, que debían su apelativo al austero gris de su uniforme, pasaban por ser mujeres de relajadas costumbres que se prodigaban en los bailes y cabarets ─algunas, las más desesperadas, hacían la calle─ a la “caza” de una buena dote. Por supuesto, no todas las obreras del sector, eran unas busconas ni vendían su cuerpo, pero era la fama que tenían. Fue lo primero que Michelle quiso dejar claro: ella no era una puta, dijo con manifiesta aspereza.

Tardó en sincerarse, las circunstancias no eran precisamente las más favorables para confiar en nadie, y menos en un hombre, aunque tuviera la apariencia apacible de Samuel. Nada tenía que perder ya, sin embargo. Al principio le pidió unos francos para alojarse en algún hostal, carecía de dinero y de lugar donde pasar la noche. Samuel se los dio, pero por allí iba a ser difícil encontrar habitación a esas horas y le ofreció su casa. Ella retomó su inicial irascibilidad y volvió a manifestar secamente que no era una puta. Samuel se disculpó por si sus palabras habían dado a entender algo ajeno a su intención y se marchó. ¡Cojones!, ¿otra vez?, pensaba mientras se alejaba recordando su primer encuentro con Marion.

La falta de curiosidad por nuestros problemas, lejos de suscitar indiferencia, suele mover al interés. Y este se va, como si nada, yo aquí, desamparada, angustiada, y él como si lloviera, habrase visto, qué tipo más raro. A Michelle empezaba a exacerbarle la actitud de Samuel, que más que de respeto se le antojaba despectiva.

―Espere ─dijo de nuevo, pero esta vez en tono cansino a la vez que airado─. ¿Es que le da igual lo que me pase? ─Samuel se echó a reír─. ¿Le hace gracia? ¿Le divierte mi desgracia?

Se había levantado del banco, con los brazos en jarras y evidentes ademanes de mal humor. A Samuel le divertía. Sus mohines eran propios de una niña enrabietada. La miró con una cálida sonrisa.

Se sentaron ambos en el banco y Michelle le refirió los motivos de su abatimiento. Vivía en Belleville, estaba casada con un fundidor que pasaba casi todo el día fuera de casa, a donde iba solo a dormir y, cuando la libido se lo demandaba, a copular. No tenía hijos. Solía salir con algunas compañeras del taller en que trabajaba a los bailes y cafés, siendo así como conoció a un individuo que desde el primer momento se mostró atento con ella, todo un caballero, con el que mantuvo lo que, para él, era simplemente un affaire, entendiendo ella que se trataba de una relación duradera. Ese día, el sujeto en cuestión la había citado en el baile. Se suponía que para escapar juntos, pero no apareció.

Vencido el recelo, Michelle finalmente aceptó una habitación en el domicilio de Samuel para pasar la noche. Sincerarse le dio confianza, si le había mentido y sus intenciones no eran tan altruistas como sus palabras y comportamiento daban a entender, ya veríamos, su situación difícilmente podía ir a peor, a no ser que aquel extraño fuera un Landrú o un Jack el Destripador, lo que, desde luego, no parecía. Entraron en el salón.

(…)

Michelle bostezó. La curiosidad la mantenía despierta, pero sus vidriosos ojos evidenciaban su cansancio.

―¿Qué le parece si nos vamos a dormir? Está amaneciendo.

―¿A dormir?

―Cada uno en su habitación, Michelle. No se preocupe que yo no saldré de la mía. Además, puede echar el pestillo para sentirse más segura.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

NOTA: Como decían en aquel famoso de concurso de televisión “Hasta aquí puedo leer”, pues lo que sigue afecta sustancialmente a la trama de la novela y puede que alguien esté leyéndola y aún no haya llegado a este fragmento, ya casi al final de la misma.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/07/14/en-montmartre-14-de-julio-de-1910/

Justicia y cambio social

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“El defensor” (1862-1865), acuarela de Honoré Daumier.

―A mí me soltaron al día siguiente. Vinieron unos señores muy bien vestidos a los que no conocía de nada que dijeron ser mis abogados. Camila los había contratado nada más enterarse que estaba detenido. Eran de los mejores de París, de esos que cobran una fortuna por sus servicios. Ni siquiera estuve veinticuatro horas encarcelado, rápidamente pudieron demostrar que no tenía nada que ver con el delito que me imputaban. Yo era un hombre respetable, vivía en Montmartre, me gustaba ese ambiente bohemio, los cafés y cabarets, pero eso no es ningún delito. Además, poseía una buena cuenta bancaria, mi hija era una conocida cantante de ópera… En fin, era absurdo que me dedicara a ir robando por ahí.

―¿Y ella?

―La condenaron a veinte años de cárcel. ¡Veinte años! Fue acusada de formar parte de la banda de Jacob, un grupo anarquista que había protagonizado numerosos robos con el fin de obtener dinero para la causa. Este, sin embargo, ya había sido detenido en 1903 y condenado de por vida a trabajos forzados en la Guayana. Pero, al parecer, habían encontrado en otra operación a la caza de anarquistas papeles de esos años que involucraban a Marion en algunos robos, concretamente en uno de los últimos que este dio y en el que, para escapar, tuvo que matar a un policía. Llegué a pensar que se libraría de la cárcel, o que en todo caso permanecería en ella por breve tiempo, así me lo aseguraron los abogados. No les hacía gracia alguna tener que defender a una anarquista, eran miembros de uno de los bufetes más acreditados de París, pero el dinero lo puede todo, o eso creía yo. Por su parte no hubo más problema que fijar una exorbitante cantidad por sus honorarios. Una vez acordada la cifra, la que ellos dijeron, yo estaba dispuesto a todo, encontraron enseguida una coherente argumentación que eximiría a Marion de toda culpa, o que al menos convertiría su colaboración, si es que la hubo, en un mero accidente al que, engañada, se vio forzada por las circunstancias, sin saber lo que realmente iba a suceder. Pero Marion, y me descubro ante ella, no aceptó. Mandó a los abogados a hacer puñetas cuando le contaron el plan. Con ella habían sido detenidos varios militantes más, una decena si no recuerdo mal. O todos o ninguno, nunca me prestaré a una maniobra de ese tipo, la vergüenza me acompañaría el resto de mis días, ni traicionaré a mis compañeros ni renunciaré jamás a mis ideas. Esa me explicaron los abogados que fue su reacción. ¿Todos? Un bufete de tal prestigio no podía prestarse a una defensa abocada directamente al fracaso. Marion solo aceptó ser defendida por el mismo abogado que se ocuparía también de sus camaradas. Y así terminó el asunto. Veinte años de condena, una barbaridad. Le tocó uno de los jueces más severos a la hora de condenar esta clase de… lo que sea. Iba a decir delitos, pero no. Ya ves, hubiera podido tocarle otro menos duro, menos cruel, la pena podría haber sido considerablemente menor. La justicia, amigo Taylor, la justicia… Así es la justicia. Marion diría que la justicia burguesa, yo la justicia a secas. El hombre nunca será justo consigo mismo.

―Comprendo que no creas en la justicia, pero debes contemplar la situación desde otro prisma. Su valiente actitud, por desgracia, es necesaria para conseguir cambiar el mundo. Yo soy negro y sé lo que es la lucha por la igualdad. No puede haber un dios tan cruel que castigue nuestros pecados con la eterna miseria y nos condene de por vida a la pobreza. Primero hay que sembrar las semillas, luego vendrán los frutos.

―Eso ya lo he oído antes, muchas veces. Llegará el día en que todos seremos iguales, las injusticias no tendrán cabida en la nueva sociedad, equitativa y solidaria. Siento no creerlo. Me parece bien que haya gente que, como tú, como Marion y alguno que otro que conozco, penséis y actuéis de manera tan altruista. Es muy posible que yo no tenga razón, pero las experiencias en esta ciudad no han sido precisamente las más adecuadas para hacer que modifique mi opinión. Por supuesto que cambiarán las cosas, pero todo seguirá igual, los negros explotarán a otros negros, puede que incluso a blancos.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/06/30/justicia-y-transformacion-social/

 

Cuando Samuel se enfrentó a Pellerot

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Una semana después de aquel nefasto día de 1862 en que Esclafit perdió los dedos en el martinete Samuel volvió a encontrarse con su amigo, del que nada sabía desde el fatal accidente. A la puerta de la fábrica, esperaba que salieran los del turno de noche.

―¿Crees que me darán trabajo? ─preguntó Esclafit.

―Claro que sí. Con la otra mano ─refiriéndose a la derecha, que conservaba intacta─ puedes seguir con los trapos, te ayudas con la mala ─de la que solamente quedaba completo el dedo pulgar.

La apreciación de Samuel, sin embargo, distó mucho de lo que finalmente sucedió. Cuando Pellerot le vio soltó un contrariado ¿Y tú qué haces aquí?, y sin siquiera detenerse entró en la fábrica, ni miró hacia atrás. A pesar de ello, Esclafit le siguió hasta traspasar el umbral de la puerta. Allí permaneció a la espera de que el encargado reparase en él. Desde el fondo del recinto Samuel seguía la situación atentamente, aunque sin descuidar un ápice la tarea que tenía encomendada. Un rato después, Pellerot bramó:

―¿Aún estás aquí? ¿Pero qué es lo que quieres? Todavía no se ha inventado máquina alguna para mancos. Toma ─le dio cinco reales─ y busca en otro sitio.

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Fotografía de Giles Edmund Newsom (1912).

Como quiera que Blas cogiera el dinero pero permaneciera en el mismo lugar vociferó ¿Te vas a largar de un vez?, y de un empujón lo echó fuera. Samuel no pudo reprimir más sus instintos, necesitaba descargar la ira que sentía, manifestar ante todos los presentes su desprecio por Pellerot ─no se requerían demasiadas luces para saber que menospreciar a alguien de nada servía si no era en público─ y dejó caer al suelo una espuerta de masa de pasta de papel recién salida de la pila holandesa.

―¡Mameluco! ¡Imbécil! Vas a recoger eso con la lengua. ¡Torpe!

Samuel agarró uno de los tarugos de madera que servían para mantener plana la plataforma del martinete y lo arrojó a los pies de Pellerot, no alcanzándole de lleno de milagro. Atusó su espeso y sucio pelo, recogió el talego con el sustento del día ─pan, un boniato asado, una sardina salada y café con aguardiente─ e hizo el gesto de marchar de allí. Pero no era Pellerot alguien que tolerase una actitud de ese tipo, tan soberbia, y menos de un chiquillo. Se puso ante él en dos zancadas y le asestó un tremendo bofetón que lo tumbó en el suelo. Sacó la correa y comenzó a azotarlo con todas su fuerzas. Samuel lloraba, le sangraba la nariz y manchas de sangre se apreciaban también en la blusa. Luego lo levantó destempladamente asiéndolo del cabello.

―¡Vete y que no te vuelva a ver! Y vosotros ─mirando al resto de operarios─ ¡a trabajar!

Con cierta dificultad ─más por la impotencia y el asco que por los golpes, que en esos momentos no sentía─ recogió de nuevo su saquito de tela. Miraba a los compañeros, todos seguían en sus puestos, en silencio, lo único que se oía eran los quejidos y sollozos de Samuel y los bramidos de Pellerot. Pocos levantaban la vista. El encargado, contrariado por la tardanza del aturdido muchacho, le propinó una patada en el trasero y a gritos le ordenó de nuevo que se alejase de allí. Antes de traspasar la puerta se volvió a mirar de nuevo a los demás trabajadores de la estancia. Cruzó la mirada con Penca, vecino suyo, que apartó inmediatamente la vista. Se sentía solo, muy solo, cada vez más a medida que iba de camino a casa. Lloraba de rabia.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/06/07/cuando-samuel-se-enfrento-a-pellerot/