¿Y a mí que me importa qué clase de comunista es usted?

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Un policía golpea a un manifestante en Union Square (Nueva York, 27 de febrero de 1933).

«Había una vez un mitin comunista en Union Square. La policía vino a romperlo, y pronto los agentes empezaron a utilizar sus porras. Uno de los manifestantes objetó que no era comunista sino anticomunista. ‘No me importa qué clase de comunista es usted’, dijo el funcionario, y continuaron golpeándolo».
Jason Epstein, “The CIA and the Intellectuals”, The New York Review of Books, 20 de abril de 1967.

Esta cita de Jason Epstein abre mi última novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird). Creo que es muy representativa lo que trata de trasmitir esta. Por eso, como se puede leer en la contraportada, “el lector advertirá en muchas situaciones algunas de las circunstancias que nos han conducido a esta sociedad del pensamiento único”.

Jason Epstein es un escritor y editor estadounidense. Fue uno de los fundadores de la revista bimensual The New York Review of Books, desde la que destapó algunas de las operaciones de la CIA para conformar “un aparato de intelectuales seleccionados por sus correctas posiciones respecto a la guerra fría como una alternativa a lo que podríamos llamar un mercado intelectual libre donde la ideología se presume que cuenta menos que el talento individual y el logro”.

La huerta de Vicent y Maria en Muro

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“Granero con tejado” (1881), dibujo de Vincent van Gogh.

Vicent y María, en Muro, su pueblo, a doce kilómetros de Alcoi, cultivaban una huerta de poco más de una fanegada sin otra pretensión que poder subsistir, que tener cada día algo comestible que llevarse a la boca. Era una huerta pequeña a la que se accedía por una senda que se abría junto al camino de Cocentaina, en la partida de La Gàbia, un apelativo que evidenciaba otras maneras de otros tiempos. La Gàbia se llamaba así porque, según se contaba, el señor del lugar castigaba a los que cometían algún delito grave a morir en la horca y ser a continuación descuartizados, exponiéndose sus miembros en una jaula que había sobre una picota para que sirviese de escarmiento público. Pero Vicent nunca se había metido en líos, ni él ni nadie de su familia, y cumplía siempre sus obligaciones con el señor de aquel terruño. Todo era por mitad: los impuestos y el reparto de los frutos, pero desde unos tres o cuatro años atrás a Vicent le resultaba cada vez más arduo cumplir con la parte monetaria. El año anterior no consiguió satisfacer al amo la totalidad de su mitad correspondiente. Este, para quien el pequeño trozo de tierra de Vicent representaba una muy ínfima parte de sus propiedades, prácticamente irrisoria, le concedió la posibilidad de aplazar la deuda hasta el siguiente año. Mas cuando el momento llegó, su situación no había mejorado. Vicent aprovechaba al máximo el poco terreno de que disponía, pero cada día era más difícil salir adelante. Como antes sus padres y sus abuelos, y posiblemente los padres de sus abuelos y otras generaciones anteriores, había trabajado siempre el mismo terruño, servido a su señor, al amo de las tierras, y pagado, en especie o con dinero, por ello. Nunca habían sido suyas, las tierras, y nunca lo serían. Ni por asomo pensó vez alguna en tal posibilidad. Ahora, las nuevas leyes establecían su estatus como arrendatario, pero a sus ojos todo seguía igual, o peor. Eran pobres, siempre habían sido pobres y lo seguirían siendo el resto de su existencia.

―No sé qué hacer ─comentaba Vicent a su padre, que vivía con él, su esposa y sus tres hijos─, este año tampoco podré pagar al señor. Vamos a tener que irnos a Alcoi.

―¿A Alcoi? ¿A trabajar en las máquinas como tu hermano Salvador? Estás loco.

―¿Y, si no, qué hago? Salvador y otros muchos hace tiempo que lo hicieron, y de este pueblo, gracias al cáñamo todavía han sido pocos. Hasta ahora. El cáñamo ya no da para más y he oído que hay también máquinas para agramarlo. No hay otra solución.

―Primero las calderas de Pedro Botero que ese sucio pueblo de Alcoi. Tú has estado allí ¿no?, ¿y qué has visto? Cuartuchos llenos de roña, apestosos, por vivienda. ¿No te acuerdas de la habitación de la casa en que vivía tu hermano? Un ventanuco por el que apenas entraba el sol. ¡Pero si apenas cabían! ¿No viste cómo estaban los niños? Blancos como los muertos. Y la escalera aquella, con más mierda que el palo de un gallinero, y el escusado de la entrada en el que todos hacían sus necesidades, ¡cómo olía! Que no. Yo no voy. Quiero seguir cagando en el campo, al aire libre.

―Tampoco tenemos gran cosa aquí. Al menos en Alcoi podremos encontrar trabajo.

La pequeña casa de adobe en que Vicent y su familia vivían en la huerta de La Gàbia no tendría más de cuarenta metros cuadrados, divididos en dos estancias, sin otra separación entre ellas que un viejo paño de cáñamo; ni siquiera era suya, sino del amo de las tierras. Una mesa de madera de pino, abombada y agrietada por el paso del tiempo, tres sillas y cuatro taburetes, además de unos pocos enseres de cocina y cuatro jergones hechos con la paja del maíz, era todo su mobiliario.

―Prefiero no comer a estar, como tu hermano y sus hijos, doce o catorce horas, qué sé yo, en aquellos oscuros locales llenos de polvo. Ni muerto marcharé con vosotros.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

 

¿Qué razón, la suya o la nuestra?

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―La situación se enmaraña a pasos de gigante ─se lamentaba Martha─. El mensaje chovinista y racista del nacionalsocialismo parece que cuaja cada vez más entre la opinión pública. Esta mañana, cuando compré el codillo, delante de mí había una mujer que pidió lo mismo. Nada más irse, la dependienta, que creo que es también la dueña, comentó con las clientas que quedábamos, tres éramos, que era judía y compraba cerdo para disimular. No pueden negarlo por mucho que se empeñen, dijo una, su físico ya les delata. Dijo delata. ¿Qué os parece? No pienso volver a comprar más en esa tienda.

―Todo esto se veía venir hace tiempo, pero nadie creía que llegaría a cuajar entre la población hasta este punto. Yo mismo era al principio de esa opinión. Los alemanes no se dejarán arrastrar por la agresividad y la xenofobia del mensaje de Hitler, pensaba. Ya sufrimos bastante con la última guerra. ¡Joder que no! Si parece que lo estaban deseando. Hace algo más de un año los nazis consiguieron ser el segundo partido del Reichstag con casi seis millones y medio de votos. Me temo que en las próximas elecciones esa cifra aumentará.

―La verdad es que no lo creo pero quiero creerlo, no lo sé, quiero confiar en que finalmente se impondrá la razón.

―¿Qué razón, Sam? ¿La suya o la nuestra? Me niego a creer que todo esto sea cosa de unos fanáticos a los que sigue un pueblo desorientado. Fanatismo… ¡No, no y no!  Hitler solo hace que reunirse con los principales magnates, recorre el país de un lado a otro buscando apoyos entre los hombres de negocios. Ellos temen al comunismo, y se los dan. Pero los comunistas ya no son los únicos enemigos, ahora lo son todos los que no comulgan con su credo y cualquiera que simplemente no sea como ellos, incluyendo su físico. A un amigo mío, que no es judío, los de las SA le dieron el otro día una paliza porque su aspecto así parecía indicarlo. No tuvo tiempo siquiera de explicarse. Tres costillas rotas, una ceja partida, moratones por todo el cuerpo. ¿Y la gente? Pues, ya ves, encantada.

Manuel Cerdà: Adiós mirlo adiós (Bye Bye Blackbird) (2016).