Los maricones deben estar debidamente identificados

―Han clausurado Eldorado. Hay un pequeño cartel pegado en la puerta que dice que se cierra el local por orden de la autoridad.

―Pues Helmut y Sam se dirigían hacia allí. Hoy libra Helmut y había quedado con unos amigos. Parecía presentirlo, decía que igual era la última vez. Insistía por eso para que fuéramos con él, pero yo no me encuentro bien.

―¿Qué te ocurre?

―Nada, me siento cansada y tengo náuseas.

―Eso decía tu madre cuando estaba embarazada de ti. ¿Te ha visto el médico?

―No creo que lo esté. Sí tengo un retraso, pero de unos pocos días. Mi regla siempre ha sido irregular. De todos modos, si sigo así iré. Anda, ayúdame a preparar la cena. Supongo que, al estar cerrado, Sam regresará pronto. Hace tiempo que marcharon.

Esa, efectivamente, era la intención de Sam, y también de Helmut. Tal como estaban las cosas, no les extrañó demasiado verlo cerrado. Se acercaron a leer el cartel y dieron media vuelta. En eso escucharon a sus espaldas el plash de pisadas de calzado sobre la calle mojada ─hacía poco menos de una hora que había dejado de llover─. Sonaban fuertes, enérgicas. Sam giró la cabeza hacia atrás.

―No te vuelvas ─exclamó Helmut─. Sigue, con paso decidido, pero que no parezca apresurado.

―¿Qué ocurre?

A Helmut no le dio tiempo a explicarle los motivos de su zozobra. Inmediatamente oyeron gritar: ¡Eh, vosotros, alto ahí!

―No te detengas, haz como si no oyeras nada. Hazme caso.

―¿Estáis sordos? ─escucharon que decía una abrupta y cortante voz a sus espaldas─. ¡Que os detengáis!

No pudieron más que obedecer, estaban en medio de la calle. Un par de bravucones muchachos, que apenas alcanzarían los dieciocho años de edad, los miraban desafiantes, engallados, sonreían con suficiencia. Vestían el uniforme de los miembros de las SA, con su característica camisa parda. Les pidieron la documentación.

―Ustedes no son policías ─dijo molesto Sam con una dicción del alemán más que deficiente─ ¿por qué he de mostrarles nada?

Uno de ellos, rubio, imberbe, de ojos claros, porte altanero, sonrió, cogió su porra y le dio con ella en el estómago. Sam se contrajo, había sido un fuerte golpe que, además, le había pillado de improviso. Helmut lo sujetó.

―Mira, mira cómo se quieren ─decía uno de los camisas pardas al otro; ambos reían.

Helmut y Sam les dieron sus documentos.

―Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? ─el rubito parecía llevar la voz cantante─. No solo son maricones, también judíos, y seguro que comunistas ¿no? Porque sois todo eso, ¿verdad?

Ni uno ni otro decían nada. Humillados, avergonzados de sí mismos y de tener que vivir semejante situación, permanecían en silencio.

―¿Verdad? ¿O es que también sois mudos? A ver, tú, el que habla raro, el extranjero, no, tú ─dirigiéndose a Helmut─ repite conmigo: Soy un maricón, un cerdo judío y un comunista.

Helmut calló. El joven rubio le dio un par de bofetadas.

―¡Grita! Soy un cerdo judío, soy maricón. ¡Grítalo! Soy un perro comunista. ¡Un perro! ¡Ladra! ¡Qué ladres! Y luego me lames las botas.

El otro, tan displicente como su camarada, examinaba atentamente la documentación. Se acercó a este y le mostró el pasaporte de Sam mientras le decía algo al oído.

―Así que eres americano. ¿Y qué haces por aquí?

―Soy escritor.

―Es decir, un cabrón de esos que vienen a husmear y luego hablan mal de nuestro pueblo. Venga, ¡largo de aquí! ─y arrojó el pasaporte de Sam al suelo mojado─. Vamos, rápido, antes de que me arrepienta. Tú ─a Helmut─ pasas mañana por la Kripo a por tu documentación. ¿No sabes que los maricones tienen que estar debidamente identificados?

Azarados, dolidos y lastimados, Helmut y Sam regresaron a casa de ese último. Cuando llegaron, Helmut sangraba por la nariz.

―¡Dios mío! ¿Qué ha pasado? ─exclamó Martha al verlos.

―Imagínatelo. Seguro que han sido esas bestias de camisa parda ─dijo Dieter.

Explicaron lo sucedido. Sam se quejaba aún del porrazo en el estómago. Martha le dio un calmante. Pasado el estupor con que escucharon a Sam y Helmut narrar su vejatorio episodio con los SA, la rabia y la consiguiente impotencia, la principal preocupación se centró en la situación de Helmut. ¿Qué hacer en su caso? ¿Y si no lo dejaban salir de la Kripo? ¿Y si lo encarcelaban?

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2016. Nueva edición 2019.

París, 14 de mayo de 1940: primer día de la ocupación alemana

Ese día amaneció nublado y los soldados alemanes, cámara fotográfica en ristre, se quejaban de la falta de luz; sus instantáneas saldrían demasiado oscuras. A no ser por el uniforme, hubieran parecido turistas que ávidamente recorrían los lugares más emblemáticos de la ciudad y se fotografiaban ante los mismos con idéntica intención que los ocasionales visitantes: tener un recuerdo de su paso.

―Hace un día magnífico, tan sombrío, solo falta que se ponga a llover a cántaros.

El profesor Morel confundía a Sam con estas palabras mientras tomaban unos vinos en uno de los cafés de la plaza Du Tertre, en cuyas mesas, como en las de las calles próximas, los clientes eran mayoritariamente soldados y oficiales alemanes. Saludaban a las chicas que pasaban frente a ellos con lisonjas sobre su aspecto y las invitaban a sentarse a su mesa. Muchas hacían oídos sordos; otras, en cambio, veían en ellos, en mayor medida cuanto más alto era su rango, nuevos benefactores como antes hubieran hecho las grisettes que conociera el abuelo de Sam en tiempos de la Belle Époque. Alguna mirada de repulsa se adivinaba por parte de algunos viandantes, pero pocos, nadie prácticamente la mantenía ante un alemán.

―¿Le gustan los días lluviosos, melancólicos?

―En absoluto. Prefiero los días soleados, pero creo que serán pocas las ocasiones en que podremos contemplar la frustración en los rostros de los soldados alemanes.

Montmartre fue uno de los distritos de París en los que menos personas abandonaron sus hogares ante el peligro nazi. Sus calles y plazas seguían repletas de gente, pero hablaban poco y miraban a todas partes.

―Aunque se venía venir, a los montmartrenses al menos nos ha pillado por sorpresa la caída de París. Todo ha ido demasiado rápido, ha sido demasiado fácil para los alemanes. Y es que, amigo Sam, no consigo desterrar de mi pensamiento la idea de que había una especie de resignación colectiva ante la pujanza del nazismo, que por otra parte cuenta con más adeptos de lo que parece. La mayoría únicamente quiere evitar problemas y seguir su vida. Los demás, simplemente nos negábamos a creer que esto terminaría por suceder. Nos dormimos en los laureles. Veremos cómo salimos de esta, si salimos.

―Pues habrá que salir como sea, no tenemos otra opción.

―Los nazis de uniforme se identifican enseguida, los que no lo llevan son más peligrosos, nunca se sabe quién puede estar escuchando, qué escuchará, en qué se quedará de lo que escuche y, sobre todo, qué uso hará de ello. Creo que subestimamos el impacto que podría tener en la gente lo que creímos que solo era obra de un grupo de exaltados. Y no es así. Mire, ¿ve esa pareja de respetables ciudadanos que juegan con un niño pequeño, su nieto? Una pareja normal, como tantas, disfruta de un rato de asueto, se les cae la baba con el niño, se les ve contentos y no sabemos si se sienten así porque han logrado un instante una felicidad en medio de tanta desgracia o si, por el contrario, se muestran ufanos porque creen que por fin ha llegado el orden y la estabilidad a su país, que definitivamente abandona sus veleidades revolucionarias. ¿Usted qué diría?

―¿Sobre qué?

―Sobre esa pareja. Por qué se muestran satisfechos, si es que le parece que lo están.

Sam se fijó en ellos: entre cincuenta y sesenta años, correctamente vestidos, sin signo alguno de ostentación y aspecto afable.

―Pues me parece ver una pareja como tantas otras que ha salido a dar una vuelta con su nieto. No hace muy buen día para pasear, pero a ver quién aguanta a un niño pequeño dentro de casa mucho tiempo.

―Él es militante de Acción Francesa, uno de sus dirigentes. Tanto como los soldados me preocupan los civiles, los que apoyan el nazismo con su acción o su indiferencia. Se ha considerado el nacionalsocialismo como una ideología demencial y, por tanto, obra de dementes, de locos. No es eso. Claro que es demencial, para nosotros. Para ellos es perfectamente lógica. Los nazis sin uniforme son como nosotros, no tienen rabo, ni cuernos.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2016. Nueva edición 2019.

Los zoos humanos

Por mi edad, nací en julio de 1954, todavía podría haber visto de niño un zoo humano en plena actividad. Eso sí, siempre y cuando mis padres me hubieran llevado a Bruselas a visitar en 1958 la Exposición Universal que allí tuvo lugar del 17 de abril al 19 de octubre, pues en ella se exhibió el último zoológico de estas características.

En los zoos humanos mostraban grupos de seres humanos, adultos y niños, en las mismas condiciones que los animales, encerrados entre rejas u otro tipo de valla. Estuvieron muy de moda desde principios de década de 1870 hasta la de 1930, manteniéndose en algunos casos –como el de Bruselas– hasta hace poco más de medio siglo. Llamadas “exposiciones etnográficas” o “aldeas negras”, exhibían aborígenes de diversos lugares del planeta colonizados por los blancos en su “estado natural”, recreando su entorno a modo de decorados teatrales –en los que representaban sus danzas y rituales– y justificando así que fueran desnudos o semidesnudos. Eran toda una atracción que congregaba un enorme número de visitantes. Familias enteras acudían a observar estos “especímenes”, como los calificaba la Sociedad Antropológica de Paris, que habían quedado atrás en la evolución biológica y los comparaban con los monos que habían visto antes. Muy pocos se escandalizaban y criticaban lo contemplado.

París, Londres, Berlín, Bruselas, Madrid, Nueva York, fueron algunas de las capitales que ofrecían este tipo de atracciones cuyos visitantes se contaban por centenares de miles. La ocupación de vastos y lejanos territorios puso de moda lo exótico al despertar la curiosidad –el morbo si se quiere– por lo desconocido, que a los ojos de los occidentales resultaba extraño y estrafalario al tiempo que reafirmaba su superioridad. Primero se exhibieron animales. Pronto, avispados empresarios circenses –los encargados de proveer de animales a zoológicos y circos– descubrieron un auténtico filón con las “exposiciones etnográficas”. Para ello contaban con el beneplácito y colaboración de los gobiernos y de las principales sociedades científicas.

Carl Hagenbeck –zoólogo, domador y director de circo alemán– fue el primero en exhibir, en el zoológico de Berlín, seres humanos (hombres, mujeres y niños samoanos y lapones) en 1874. Su iniciativa obtuvo un rotundo éxito y no tardó en ser seguida por otros. El Jardín de Aclimatación de París organizó en 1877 dos “espectáculos etnológicos” con indígenas africanos de involuntarios protagonistas. El éxito fue aún mayor. Más de un millón de personas visitaron las “exposiciones”, que se prolongaron hasta 1912. La cifra no fue nada comparada con la que alcanzaron las exposiciones universales de París desde 1878, en las que uno de los platos fuertes era este tipo de muestras. Así, la 1889 presentaba una “aldea negra” con más de cuatrocientos africanos capturados a tal efecto. La de 1900 mostraba un cuadro viviente de la isla de Madagascar que contó con más de 50 millones de visitantes. Y en la última, la de 1931, el “zoo humano” que se montó alcanzó los 34 millones de visitas.

Por supuesto, decíamos, este tipo de “espectáculos” no se limitó a Berlín y París, sino que se extendió a las principales ciudades occidentales de uno y otro lado del Atlántico. En el zoológico de Nueva York, en 1906, llegó a colocarse un pigmeo congoleño junto a un orangután con el cartel “El eslabón perdido”.

Fuera de su medio y, por tanto, expuestos a contraer todo tipo de enfermedades para ellos desconocidas, malnutridos, tratados como el resto de animales –la gente les arrojaba comida o chucherías–, objeto de giras como los circos ambulantes, muchos fueron los que perecieron. ¿Pero qué más daba? Al fin y al cabo, para nuestros contemporáneos de principios del pasado siglo no eran humanos.

En mi novela El corto tiempo de las cerezas el protagonista, Samuel Valls, conoce en 1902 casualmente en Londres a un tal Skull, que se dedicaba a este tipo de actividades. Este es el fragmento:

―Permítame que me presente. Me llamó, Skull.

―¿Skull? –preguntó Samuel extrañado–. No me cuadra con su acento. ¿De dónde es usted?

―Soy argentino, señor mío. Skull es como me conocen todos aquí, así que ese es mi nombre. ¿No sabe qué significa Skull? –Samuel se encogió de hombros–. Cráneo, amigo, significa cráneo, cabeza.

―Por su sensatez, supongo. Veo que sabe obrar con cautela.

―No señor, no. ¡Sensatez! –y soltó una enorme risotada–. Con eso no hubiera llegado a ningún sitio. Por las cabezas de los demás. ¿No ha oído hablar de los coleccionistas de cráneos?

Samuel le miró de arriba abajo. Advirtió el machete.

―¿Se dedica a cortar cabezas humanas? –preguntó atónito.

―¿Humanas? ¡Jamás! ¡Andá a la reconcha de tu madre! ¿Por quién me toma usted? De todos modos, cabezas ya no se cortan apenas, ahora se prefiere el bicho entero. No me confunda con uno de esos desesperados aventureros que están a la que caiga. Soy un hombre de negocios. Verá. Yo era cazador de animales y los vendía a los zoológicos, pero pronto la gente se cansó de ver fieras, ya no era novedad, quería otras cosas. Me dediqué entonces, le hablo de hará unos veinte o veinticinco años, a lo que algunos ignorantes llaman zoos humanos. Tiene narices la cosa. ¿Humanos? Si así fuera, quien acudiera a ver a los salvajes es que no se diferencia de ellos. No, amigo, no. Yo cazo bichos de apariencia humana.

―Recuerdo haber visto en París…

―¿En París? Entonces, sí. Debe haber visto en el jardín de no sé qué…

―El Jardín de Aclimatación.

―Eso es, amigo. ¡Un éxito! Estuvo usted allí, claro. Todo el mundo pasó por el dichoso jardín ese. ¿Qué vio?

―No recuerdo el nombre de su… ¿especie?

―Digamos especie. Está bien.

―Aunque a mí me parecieron tan humanos como nosotros, el color de su piel algo rojizo, pero por lo demás…

―Creo adivinar que no le gustó.

―No. La verdad es que no. Había quienes les arrojaban alimentos o cualquier cosa para ver cómo reaccionaban. Reían a todo pulmón con su manera de comportarse. Vi cómo un grupo se desternillaba al ver una mujer enferma temblequeando en su choza.

―Serían los galibis, seguro. Fue un gran éxito. Pero le entiendo. Es usted una persona sensible. Mal asunto, amigo mío, este mundo no es para los sensibles. De todos modos, no se engañe, no son seres humanos. No es que se lo diga yo, lo dice la ciencia, y la razón. ¿Cree usted que un estado como el francés consentiría los asesinatos? Y no crea que es exclusivo de Francia, exhibiciones de este tipo se pueden contemplar en Hamburgo, Londres, Barcelona, Nueva York, Ginebra… ¿Se han vuelto todos locos acaso?

La mirada de Samuel reflejaba el desconcierto que sentía oyendo a Skull, no tanto por lo que decía como por la manera en que lo hacía.

―¿Le sorprende que hable así? –prosiguió Skull–. Aquí donde me ve, tengo mi cultura y mis estudios de antropología. Unos empresarios circenses se pusieron en contacto conmigo precisamente por esto último. La gente estaba harta de ver animales, como le decía, ya no eran novedad alguna. Y así empezó la cosa. Luego me independicé. Nada de intermediarios, directamente con los máximos responsables. En 1881 el profesor Virchow, de Berlín, me encargó la captura de un centenar de primitivos de la Tierra del Fuego. Por supuesto, con el beneplácito de los gobiernos chileno y alemán. Era una misión científica. Primero fueron expuestos en diversas ciudades y, después, sirvieron para la experimentación en laboratorios y hospitales. Hasta el rey Leopoldo II de Bélgica me mandó a una misión para la Exposición Universal de Bruselas de hace cuatro o cinco años. Nada menos que casi trescientos negros del Congo, de todas las edades. Le traje también otros animales. En fin, un negocio como otro cualquiera, aunque duro y arriesgado, se lo aseguro. Qué hago en un antro como este, se preguntará. Reclutar gente para la próxima expedición. A África.

―Bueno, yo he de marcharme.

―Como quiera, amigo, pero antes acabe el vaso ¿no?

Samuel apuró el whisky de un trago e inmediatamente el camarero, desde detrás del mostrador, volvió a llenarlo.

Esta entrada fue publicada originalmente en mi blog Música de Comedia y Cabaret el 15 de julio de 2015.