En el calabozo

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Fotografía: José Alfonso ©

El calabozo era pequeño, no más de siete metros cuadrados, con las paredes también de color ocre (eso al menos parecía, pues ese era el color de los desconchados, predominando por tanto el gris del cemento, decorado con manchas de humedad de arbitrarias formas y tamaños y grafitis realizados por los anteriores ocupantes del cuchitril, la mayoría nombres y fechas). Un catre y una colchoneta de dos centímetros de espesor, tres como mucho, eran los enseres. Nada más. No había ventanas, ni ventilación y olía mal, a moho y a comprimida humanidad. En el techo un tubo fluorescente, pero no había interruptor. Al cabo de un rato me trajeron la cena, un pack que llevaba impresas las siglas CNP (Cuerpo Nacional de Policía) y contenía un bocadillo de jamón, una manzana y un botellín de agua. No permitían fumar. Eso es lo que peor llevaba. Pregunté si podían apagar la luz. La apagaron.

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(…)

Alguien, al parecer, no ha conseguido controlar su esfínter y se ha defecado encima, en la celda contigua, creo. También ha vomitado. Debe ser un heroinómano, por lo que comentan los guardias. ¡Pero será guarro el tío este! ¡Qué puerco! ¿Por qué no has pedido ir al retrete? ¡Idiota!, decía uno. El otro, más curtido en estos lances, deduje yo, reía. Ya te acostumbraras a los drogatas. Esto no es lo peor, ya verás si te toca alguien con el mono y se pone agresivo. Al primero no le hacían gracia alguna los comentarios de su compañero. Y sigue vomitando, el muy cabrón. Al otro, la situación no dejaba de resultarle divertida. Seguía riendo. A este lo voy a limpiar yo con la manguera. Se la voy a meter por el culo, ya verás cómo no lo hace más. En eso oí un gemido, un quejido. No seas burro. Anda, déjalo. Hay cámaras, te puedes meter en un lío.

Les oía con bastante nitidez. Hablaban a voces. Sentí deseos de increparles, de gritarles cualquier improperio ─no me hubiera faltado repertorio─, de cagarme encima yo también. Permanecí en silencio. No dije nada. Por si acaso.

Por si acaso, siempre por si acaso. Mi existencia, puede que todas, menos las de aquellos que como mi hermano nacen ya montados en vehículo con todas las prestaciones posibles y disponen de autopistas con poco tránsito y sin límite de velocidad, está llena de por si acasos. Prudencia, moderación, sensatez, cautela, recato, comedimiento, orden. Ni temerarios ni imprudentes, ni irresponsables ─menos, irracionales─, ni ingenuos ni alocados, ni descarados o atrevidos, ni desmesurados o desmelenados, ni desordenados ni desconcertados. Es el mejor de los mundos posibles, este, ¡so lelo! Entiéndelo de una vez. Sé prudente.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

El barrio

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Sus pocas calles estaban siempre llenas de gente, sobre todo de día. Ancianos de años se sentaban en los pocos bancos que había en un descuidado y destartalado parque, o en sillas que sacaban a la calle, con otros cuya vejez ya se había acomodado en su espíritu e incluso mostraba sus señales en sus rostros independientemente de su edad. Unos y otros trataban entre charlas y chascarrillos llevar con resignación la extremaunción social que dosificadamente se les administraba a diario. De todos modos, por muchos que fueran y mucho que hablaran, aunque fuera a gritos, en el barrio solía imperar el silencio, un silencio que a veces rompía el sonido de deteriorados motores de vetustas furgonetas cargadas de chatarra. También las sirenas de los coches de la policía cada vez con mayor frecuencia. Personas de todas las edades convivían, coexistían sería más preciso, en un espacio cerrado de accesos bien definidos. A todos ellos les unía la indolencia, el abatimiento, el desaliento, la falta de ánimo para cambiar su suerte.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Puede que tuvieran casa pero desconocían el hogar

Dudley street, seven dials: 1872

Dudley Street (Londres) en 1872. Grabado de Gustave Doré.

Aquel invierno el frío competía en severidad con las condiciones de trabajo, uno y otras parecían haberse puesto de acuerdo en poner a prueba la resistencia de los habitantes de los barrios más desfavorecidos. No es que los anteriores  inviernos hubiesen dejado de ser duros, pero las bajas temperaturas no se sintieron con el rigor del de ese año. El entumecimiento que muchos sufrían en las articulaciones, los dolores neurálgicos, los sabañones en manos, pies y orejas, las infecciones respiratorias y el reuma que formaban parte de su día a día, se incrementaron. No notaban gran diferencia entre el “hogar” y la fábrica. A veces era preferible esta última, el calor que despedían las máquinas y los procesos de elaboración industrial las convertía, hasta que el cuerpo comenzaba a pesar tanto que ya nada sentía, en momentáneo abrigo, hasta que ennegrecidos por dentro y por fuera, insensibilizados, deformes o lisiados, inútiles ya para el trabajo ─que en su caso era lo mismo que decir para la vida─, quedaban arrumbados a la espera de la muerte. Algunos, como Vicent, buscaban en el alcohol consuelo y amparo. Su carácter se agriaba al mismo ritmo que las máquinas producían, cada vez más aprisa. Frío era el carácter de sus habitantes; frías eran las casas, simples alojamientos en los que la presencia espectral de una constante pesadumbre, en la que ni siquiera solían reconocerse, ahogaba cualquier resquicio de vitalidad. Turnos, relevos, horas y más horas, hoy aquí, mañana allá, ahora esto, ahora también lo otro, hoy hay trabajo, mañana no, pasado quién sabe… Un constante malestar, un permanente enojo que no sabían muy bien a qué se debía, caras cuya inexpresividad no disimulaba la tristeza, un cada vez mayor malhumor, acababan formando parte indisoluble de su carácter. Puede que tuvieran casa pero desconocían el hogar, buscaban fuera un asomo de vida al que agarrarse, en la calle los niños, en la taberna los hombres, en el lavadero público las mujeres, en el paseo los jóvenes.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2106).