Extinción

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“Saturno devorando a un hijo” (1821-1823), lienzo de Francisco de Goya.

Desde que el ser humano empezó a considerarse como tal, humano, desde que creyó dominar la naturaleza y fue poco a poco ─aunque de forma progresiva─ olvidando que es parte de ella, iniciamos el camino a la extinción. Nuestro único mérito estriba en ser el animal más temeroso de sus iguales y, en consecuencia, el menos solidario con su género y su entorno, capaz de poder tomar decisiones sin recurrir a los sentimientos ─»Si el hombre sintiera de verdad, no habría civilización” (Pessoa)─ y distinguir lo verdadero y lo justo desde la convicción absoluta que existe una voluntad general distinta y superior a las voluntades individuales. Lo llaman progreso. Antes razón. Antes dios. Antes dioses.

Revolución. Anhelos, sueños, deseos, conciencia. Igualdad, libertad, fraternidad. Justicia. Mayoría, minoría. Líder, cabecilla. Pueblo, masa. Lucha. Muerte. Cambio, transformación. Acción. Reacción. Normas, leyes. Burocracia. Desilusión, decepción. Desigualdad, sometimiento, antagonismo. Acatamiento, sumisión. Indolencia. Indiferencia. Disconformidad, rebeldía. Vuelta a empezar.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Camino a ningún sitio

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“Atardecer en la calle de Karl Johan” (1892), óleo de Edvard Munch.

Transitamos por la vida creyendo que un día llegaremos a algún lugar pero, vayamos por donde vayamos, el camino siempre conduce al mismo sitio: a la soledad y el vacío, hasta que llega la muerte cuando ya estamos saciados de nada, temperada el alma y atenuados nuestros sentimientos, ni siquiera las pequeñas emociones permanecen. Yo hacía tiempo que me había detenido, desde que me di cuenta que lo único verdadero a lo largo de nuestra existencia son las primeras veces. Pronto adviertes que ya no habrá más y que todo será igual el resto de tu existencia, y que nada podemos hacer por cambiar eso.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/02/08/camino-a-ningun-sitio/

 

Gigantes y cabezudos

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“El coloso (1808-1812)”, tradicionalmente atribuido a Francisco de Goya.

De pequeño, solía ir con Leo y su padre a unos bancales que este tenía en la falda de la sierra. Nos contaba historias de cuando allí habitaban unos gnomos que luchaban contra gigantes y cómo consiguieron vencerlos. Hubo un tiempo, nos decía, en que todos eran del mismo tamaño, pero unos desarrollaron más su fuerza física y no pararon de crecer hasta convertirse en gigantes. Los otros, en cambio, desarrollaron más el intelecto y no crecieron en altura. Pero su cabeza alcanzó –a ojos de los primeros– una desmesurada proporción respecto a su cuerpo y, por eso, les llamaban cabezudos.

Calzada de los Gigantes (costa nororiental de Irlanda).

Calzada de los Gigantes (costa nororiental de Irlanda).

Los gigantes dominaban todo y a todos. Se sentían amos y señores de las tierras y obligaban a los cabezudos a trabajar para ellos. Vivían rodeados de toda clase de lujos y cada vez hacían menos cosas, pasaban el tiempo tumbados, comiendo y bebiendo lo que los cabezudos les llevaban.

Poco a poco, sin darse cuenta, fueron perdiendo fuerza, no tanto la física como la de su mente, pues dejaron de leer, de escuchar música, de escribir, hasta que su memoria comenzó a olvidar incluso la manera de usar su fuerza.

Jon Hodgson (2008): “Refugio de los gnomos”, de “Beasts and Beings”. Eden/Hachette©

Jon Hodgson (2008): “Refugio de los gnomos”, de “Beasts and Beings”. Eden/Hachette©

Hartos los cabezudos de que los gigantes abusaran de ellos, se preocuparon por estudiar sus hábitos, la forma en que ejercían el poder, sus gustos y, por supuesto, sus debilidades. Además, conocían mejor el terreno, eran quienes lo trabajaban. Y, así, un buen día decidieron que no llevarían nada más a los gigantes. Estos se enfadaron y fueron en su búsqueda para castigarlos y obligarlos a que siguieran cumpliendo con sus deberes. Pero los gigantes se habían vuelto cada vez más torpes y los cabezudos excavaron túneles a través de los cuales llegaron a su poblado, rodeado con un altísimo muro. Poco a poco fueron excavando los cimientos sin que los primeros, que se creían inexpugnables, pudieran darse cuenta. Y un buen día el poblado de los gigantes se desplomó por completo. Y como habían olvidado hasta como lo habían construido, se sintieron perdidos y acabaron por marcharse. No volvieron a recuperar la memoria y finalmente se extinguieron.

¿Y dónde están ahora los cabezudos?, pregunté. Llegamos nosotros y desaparecieron, me dijo el padre de Leo. ¿Se fueron?, volví a preguntar. Eso no lo sé, pero es posible que vuelvan a estar excavando túneles. Intrigado, le dije para qué seguían haciendo túneles si los gigantes hacía tanto tiempo que habían desparecido. Por si nosotros llegamos a ser también gigantes, dijo. ¿Volverán entonces?, insistí. No lo sé, todo depende de cuánto y cómo crezcamos, concluyó.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/02/03/gigantes-y-cabezudos-microcuento/