París, 22 de junio de 1963: el concierto yeyé que acabo como el rosario de la aurora

Cuando, por la radio, Salut les Copains emplazó a los jóvenes parisinos a acudir a las nueve de la noche al concierto que organizaba en la plaza De la Nation el 22 de junio de 1963 con motivo de la salida del Tour de Francia, aprovechando para celebrar el año de existencia de la revista homónima, de tanta repercusión como el espacio radiofónico, preveía una buena acogida de su iniciativa, aunque no tanto como la que finalmente consiguió.

Uno de cada tres jóvenes franceses escuchaba el programa de radio Salut les Copains, que emitía la emisora Europa 1 todos los viernes de cinco a siete de la tarde y estaba dedicado a la música pop. Hannah, a punto de cumplir los 16, no se perdía ni uno, estaba atenta a la recomendación semanal y procuraba comprar el disco en cuanto le era posible. Tenía un tocadiscos que sus padres le habían regalado el año anterior, al terminar el curso, como recompensa a sus buenas notas.

Hasta entonces debía compartir con su hermano uno viejo, lo que era fuente de continuas broncas. Tenían gustos distintos. A Hannah le gustaban François Hardy ─cuyo modo de vestir imitaba─ y Sylvie Vartan, los Beach Boys, los Beatles y la música yeyé que tanto promocionaba el programa. Bill era fan de Les Chaussettes Noires, Johnny Hallyday y Vince Taylor, sobre todo de este último. El tocadiscos de Hannah era uno de los últimos modelos, un Teppaz estéreo ─desde 1958 los discos podían grabarse y reproducirse por estereofonía─ y tenía también radio. Era, sin duda, el que Hannah deseaba. Bill también hubiera estado encantado de poseer otro igual, pero se apañaba con el viejo portátil. Su gran ambición seguía siendo una motocicleta.

Ese día la mayoría de los jóvenes tenía prisa, nadie quería perderse el espectáculo en el que participaban los cantantes más populares del momento: Danyel Gérard, Mike Shannon, Les Chats Sauvages, Les Gam’s, Richard Anthony y, los más esperados, Johnny Hallyday y Sylvie Vartan. Todos deseaban ocupar los lugares más próximos al escenario. Se esperaba que acudieran unos veinte mil jóvenes, pero el número de asistentes desbordó cualquier previsión: fueron casi doscientos mil. El metro y los autobuses iban hasta el tope y a medida que uno se acercaba a la plaza las doce vías que en ella desembocan estaban llenas de muchachos y muchachas. Muchos, de ambos sexos, vestían jeans y camisetas de algodón, zapatillas de deporte o botas. La plaza De la Nation era un enorme escaparte de la moda juvenil. Abundaban las chicas al estilo de François Hardy o Sylvie Vartan, peinadas con lacias medias melenas y vestidas con faldas a cuadros y suéteres lisos, rojos o negros la mayoría. Entre ellos predominaban los pantalones estrechos, los suéteres de cuello redondo bajo los que asomaba la camisa y también la chaqueta y corbata estrecha. El pelo tipo Johnny Hallyday o Vince Taylor se repetía entre los muchachos, especialmente entre los que pertenecían a alguna de las pandillas de blousons noirs o, como Bill, se movían en su ambiente.

Un par de horas antes de empezar el concierto era casi imposible acceder a la plaza. Esta y las calles adyacentes estaban a rebosar, no se llegaba a ver el asfalto desde los balcones y terrazas, solo cabezas se apreciaban, y ninguna calva, todas de jóvenes. Muchos se sujetaban de las rejas o cualquier asidero a mano para ver a sus ídolos, otros ocupaban los tejados, se subían a los árboles, a las farolas, a los toldos de los cafés. Los más bizarros aupaban a hombros a las muchachas. Tres mil gendarmes trataban de mantener el orden, pero no daban abasto. Los coches de la policía estaban atrapados en medio de la marea juvenil, y la gala no había comenzado aún. […]

Cuando se escucharon los primeros sones de una guitarra eléctrica empezó el delirio, y con Sylvie Vartan y Johnny Hallyday llegó el éxtasis. Al tiempo, en algunas zonas de la plaza empezaron a verse algunos claros. Chicos y chicas se apartaban, los blousons arrojaban botellas de cerveza vacías contra los escaparates y provocaban a cuantos les recriminaban su actitud. Sucedió un intercambio de insultos e increpaciones, puñetazos y golpes. Bien pertrechados con palos, cadenas, puños americanos y otros objetos contundentes, se hicieron los amos de la situación. La policía no podía llegar hasta ellos.

Con la adrenalina a tope por la agresiva y belicosa atmósfera que le rodeaba, Bill cogió una silla de un café y la lanzó contra el cristal del mismo, que se hizo añicos. Algunos policías, que no advirtió, habían logrado ya acceder a la plaza. Lo cogieron entre cuatro y lo metieron a trompicones en un furgón.

La noche terminó con grandes destrozos en el mobiliario público, lunas de escaparates apedreadas, toldo de cafés arrancados, coches volcados… Las reacciones en los días siguientes eran de lo más críticas. Esa música, esos programas, esas modas, nada puedo pueden traer, decía la prensa. Les Nouvelles littéraires hablaba de aquellos jóvenes como de “la cohorte despolitizada y desdramatizada de los franceses de menos de veinte años, bien alimentada, ignorante en historia, opulenta, realista”. Paris-Presse jugaba con el título del programa radiofónico y la revista y titulaba su artículo de fondo Salut les voyous! (gamberros). La mayor parte de las opiniones se centraban en los desórdenes que siguieron al concierto, extendiendo la responsabilidad a los organizadores y a las ganas de bronca de un amplio sector de la juventud aparentemente desencantada de todo. Algunos, además, hicieron gala de una tremenda miopía analítica. El propio presidente de la República, Charles de Gaulle, sin ir más lejos, comentó: “Estos jóvenes tienen energía de sobra. Podrían emplearla construyendo carreteras”. Otros, en cambio, intentaron explicar el movimiento. Desde las páginas de Le Monde, Edgar Morin hacía un análisis más sociológico de los hechos y calificaba a los jóvenes congregados en la plaza De la Nation de yeyés [artículo “El tiempo de los yeyé”], dando así nombre a esta tendencia juvenil cuyo sentido último de sus acciones era “ese gozar en todas las formas [que] engloba [y se vierte en] el gozar individualista burgués: gozar de un lugar al sol, gozar de bienes y propiedades; el gozar consumidor, a fin de cuentas”.

El concierto de la plaza De la Nation el 22 de junio de 1963 es uno de los episodios que trata mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird). De aquí he entresacado el texto que publico hoy, exceptuando el último párrafo. No por estar novelado, este es menos riguroso. Traté de documentarme lo mejor posible sobre él y cuanto narro se ajusta a lo que fue. Otra cosa es mi mayor o menor acierto en la forma de contarlo. Si le interesa la novela y quiere hacerse con ella clique AQUÍ.

Finalizo la entrada con este vídeo de imagen fija que recoge los últimos minutos (13:46) de la actuación de Johnny Hallyday, el más idolatrado de los que actuaron en el concierto, en el que se aprecia el sonido ambiente.

Bewitched, Bothered and Bewildered

“Bewitched, Bothered and Bewildered” es una canción que compuso ese genial tándem que formaron Richard Rodgers (música) y Lorenz Hart (letra) para el musical de Broadway Pal Joey, estrenado en 1940.

En 1957 se llevó al cine con el mismo título y en sus papeles protagonistas figuraban Kim Novak y Frank Sinatra. Sin embargo, en el vídeo que han visto, o pueden ver, Kim Novak sí aparece –junto a James Stewart– y Frank Sinatra es quien interpreta la canción, como en la versión cinematográfica de Pal Joey (1957). Mas este es una secuencia de otra película: Bell, Book and Candle (1958, Me enamoré de una bruja en España).

La razón por la que he confeccionado así el vídeo es porque me ha parecido que la canción encajaba bien con la mencionada secuencia. Como ya he dicho otras veces, utilizo a conveniencia tanto la música como las imágenes para confeccionar “Mis vídeos” (así se llama esta sección del blog que figura dentro de la categoría “Cajón de Sastre”) y hacerlos “A mi manera” (no en vano este es el título del blog).

Si quieren ver más vídeos de mi canal en YouTube (Música y alguna cosa más) pueden hacerlo clicando AQUÍ.

La chica y el gánster celoso

Ella era una famosa cantante y fue una de las estrellas más populares de la canción y del cine estadounidenses en las décadas de 1920 y 1930. Se llamaba Ruth Etting. Él, Martin Snyder, más conocido por el alias de Moe the Gimp, un gánster de Chicago que mantenía muy buenas relaciones en el mundo político y del entretenimiento y se enamoró perdidamente de ella.

Ruth Etting había nacido en David City (Nebraska, Estados Unidos) el 23 noviembre 1896. Hija de un banquero, su madre murió cuando tenía cinco años y se crió con sus abuelos. Le gustaba cantar en la escuela y en la iglesia y a los 16 años marchó a Chicago para estudiar en la escuela de arte. Consiguió trabajo en el night-club Marigold Gardens en el diseño de vestuario, aunque pronto empezó a actuar como corista y, al poco, en solitario. A los 18 años era vocalista del Marigold. En 1927, en Nueva York el propio Irving Berlin la recomendó para las Ziegfeld Follies, revistas musicales que llevaban el nombre de su creador, Florenz Ziegfeld, de gran éxito entre 1907 y 1931. Debutó así en Broadway, en el prestigioso New Amsterdam Theatre, con Ziegfeld Follies of 1927. No pasó desapercibida y en 1928, con Eddie Cantor –quien también había formado parte del elenco de Ziegfeld Follies of 1927–, estrenó –de nuevo en el New Amsterdam Theatre– otra producción de Ziegfeld:  Whoopee!, que se mantuvo en cartel durante 379 representaciones y estaba en pleno éxito cuando fue retirada al quebrar Ziegfeld.

Martin Snyder, o Moe the Gimp, tenía tres años más que Ruth y se dedicaba al lucrativo y peligroso oficio de gánster en aquel turbulento Chicago de los años 20. Un buen día la vio actuar, se enamoró de ella –no sé si ella de él– y se casaron en 1922. Con su “ayuda”, Ruth comenzó a sonar en la radio y firmó un contrato en exclusiva con la discográfica Columbia Records en 1926. Un año después pasó a ser una de las más famosas chicas de las Ziegfeld Follies, llegando a ser conocida como la novia de la canción americana, o la novia de América, y siguió grabando y trabajando en el cine. Cada día era más popular.

Admirada por su gran belleza –era rubia y de ojos azules– y su hermosa voz, su carrera fue relativamente corta: de 1926 –año en que grabó su primer disco– a 1937, cuando el escándalo en que terminó su triángulo amoroso acabó con su éxito.

Durante este periodo, la más extraordinaria cantante de los años 20 y 30, según Ziegfeld, no dejó de cosechar triunfos. Además de su labor en los musicales de Broadway, protagonizó veintiocho cortometrajes musicales –producciones muy de moda en la época– entre 1929 y 1936, cuatro largos –Escándalos romanos (1933), Mr. Broadway (1933), El don de la labia (1934) y Hips, Hips, Hooray! (1934)– y sesenta de sus canciones fueron hits entre mediados de la década de 1920 y mediados de la de 1930.

Vamos con algunos de sus éxitos de esta breve al tiempo que intensa carrera. De 1929 es este cortometraje, Ruth Etting in Favorite Melodies, de cinco minutos y medio de duración, con las canciones “My Mother’s Eyes” (de Abel Baer y L. Wolfe Gilbert) y “That’s Him Now” (de Milton Ager y Jack Yellen).

A One Good Turn, otro corto estrenado en 1930, de 17 minutos, pertenece este fragmento en el que interpreta “If I Could Be With You” (de Henry Creamer y James P. Johnson).

En estos momentos, Etting gozaba de una enorme popularidad. Tenía su propio programa de radio en la CBS –de quince minutos de duración, dos veces por semana–, seguía grabando con Columbia y rodando en Hollywood cortometrajes y películas de larga duración. Al corto de 1931 Old Lace corresponde la secuencia del primer vídeo que sigue en el que interpreta “Let Me Call You Sweetheart” (de Beth Slater Whitson y Leo Friedman). El segundo es un fragmento de Melody in May, cortometraje de 20 minutos dirigido por Ben Holmes y estrenado en 1936. La canción que interpreta es “It Had To Be You” (1924, de Isham Jones y Gus Kahn).

Fue en Hollywood donde su matrimonio finalmente se vino abajo. En 1937 Ruth se enamoró del pianista y compositor Harry Myrl Alderman. Cuando Gimp se enteró montó en cólera, tuvo un altercado con Alderman y terminó disparándole un tiro. Alderman sobrevivió, Gimp fue a la cárcel y Ruth se divorció y se casó con su verdadero amor. Eso sí, el escándalo fue demasiado para su carrera. Hizo algunos intentos de volver a escena, pero sus días como la novia de América habían terminado. No pareció importarle demasiado, no era el ego uno de los rasgos que definían su carácter. Se retiró a Colorado Springs (Colorado, Estados Unidos), donde vivió en un rancho a las afueras con Harry Myrl Alderman. Alderman murió en 1966 y Ruth doce años más tarde, el 24 septiembre 1978, en Colorado Springs

Ruth Etting en 1937.

Una historia como la de Etting, con gánster de por medio, triángulo amoroso y escándalo incluido, más o menos pronto tenía que dar lugar a una adaptación cinematográfica. Y, así, en 1955, se estrenó la película de Charles Vidor Love me or Leave Me (Quiéreme o déjame), en la que Doris Day encarnaba a Ruth Etting, James Cagney al mafioso Gimp y Cameron Mitchell a Alderman. Con Doris Day interpretando la canción de Irving Berlin “Shaking the Blues Away” (1927–1931) termina la entrada.

Que pasen un buen domingo.

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Nota: Una versión más extensa de esta entrada fue publicada en mi blog Música de Comedia y Cabaret (ahora inactivo) el 28 de abril de 2014.