“The City of Slat” (2009), óleo de Santiago Ribeiro.
Más de una vez he pensado marcharme de aquí. Pero ¿adónde? Todas las ciudades son iguales y solo se distinguen por el olor de sus cloacas. E incluso así son iguales, con calles que tienen los mismos nombres: Desesperación, Angustia, Tristeza, Meapilas, Indiferencia, Desdén…, con profundos hoyos cubiertos de alfombras negras donde cae la gente cuando el encargado de regular la circulación recibe la orden del experto de apretar el botón llamado de higiene colectiva ─solo se salvan los que tienen el correspondiente pase de la autoridad, que unos sensores detectan─, con autobuses llenos de gente de camino al cementerio que siempre vuelven vacíos, con brigadas de obreros que se encargan de pintar de gris el cielo, con elegantes casas donde vive una persona con su concubina y sus bastardos que han obtenido el certificado de familia y otras de dieciséis moradores a cuyos varones se les ha castrado para conseguir una habitabilidad sostenible que permita seguir progresando, con luces que deslumbran y ciegan a los que en los hospitales ─siguiendo los planes dictados por el gobierno sobre comportamiento en las vías públicas─ se les han extirpado los ojos y sustituido por microcámaras, con cabinas ─a las que para poder entrar hay que tener el mismo pase que libra a sus poseedores de los hoyos─ en las que estos pueden respirar aromas de toda clase para poder seguir soportando el hedor que desprenden parados, emigrantes, putas y travestis, con teatros en los que gordas sopranos cantan arias por el agujero del culo para unos cuantos elegidos.
Sí, todas las ciudades son iguales. No tiene sentido huir, aunque a veces lo deseo, pues igual los boñigos tienen otros diseños, las sopranos cantan con el coño en vez de con el culo o los hoyos son cuadrados en vez de redondos, qué sé yo. Seguirían siendo, de todos modos, boñigos, sopranos, coños y hoyos. La misma mierda disfrazada de crisis.
“Bal du 14 juillet” (1885), óleo de Théophile Steilen.
El atardecer del 14 de julio, fiesta nacional de Francia, Samuel escuchaba en su gramófono un disco que le había mandado Camila con su versión de “Ah! Sweet Mystery of Life”, hermosa canción de Naughty Marietta que en su voz sonaba aún más bella. Dulce misterio de la vida, al fin te he encontrado. Por fin conozco el secreto de todo… El secreto era el amor, decía la canción.
Montmartre a principios del siglo XX.
La versión que sigue de “Ah! Sweet Mystery of Life” corresponde a la actriz y cantante Jeanette MacDonald en una grabación de 1950.
Escuchaba “Ah! Sweet Mystery of Life” una y otra vez, hasta que, ya de noche, la bulla se adueñó de la plaza Du Tertre, donde todos los años se conmemoraba el 14 de julio con un baile popular. Sobre un entarimado, una orquesta de metales interpretaba, además de los sempiternos valses, otros bailes de moda, como cakewalks o tangos, que no hacía mucho que se conocían en París y causaban auténtico furor, sobre todo entre los jóvenes. Samuel, sentado en una mecedora, contemplaba la verbena desde el portal de su casa. La noche era calurosa, pero abriendo la puerta principal y la que daba al huerto corría el aire y se estaba francamente bien. Había encendido un habano y abierto una botella de champán, tenía las luces de la casa apagadas, desde su posición atisbaba el general jolgorio.
La orquesta paró de pronto y subió al escenario un acordeonista que se puso a tocar el “Valse des rayons”, del ballet de Offenbach Le Papillon. La gente formó un corro y una pareja ─él ataviado con el típico atuendo que identificaba a los hampones parisinos, ella con una blusa roja y una falda de campana negra a la altura de las canillas─ iniciaron un lascivo baile que Samuel advirtió por la brusquedad de los movimientos que se trataba de un baile apache, la última originalidad de París. Había oído hablar de él, un par de años antes empezó a popularizarlo la famosa artista del music-hall Mistinguett en un espectáculo del Moulin Rouge, sabía que era enérgico y agresivo, pues se inspiraba en las peleas de las prostitutas con sus chulos, pero aun así le sorprendió la violencia de la coreografía. El hombre, de unos treinta años, un tipo fornido, todo músculo, hacía gestos a la mujer, que parecía algo más joven, si bien era difícil precisar su edad por su abultado maquillaje, de que se acercara. Ella le ignoraba, con la mano indicaba que la dejara en paz. Rudamente, de un manotazo, el tipo la cogió del brazo y la lanzó al suelo. A continuación la levantó de los cabellos, aproximó la cara de la chica a la suya y dieron unos pasos de tango mientras él sacaba un cuchillo con el que acariciaba el rostro de su pareja, a la que zarandeaba y volteaba en todas direcciones y volvía a arrojar a los pies de los espectadores, que jaleaban con júbilo sus maniobras. Más volteretas, otro empujón, ella trataba de defenderse, otro bofetón ─puede que simulado, pero el golpe de la mano en la mejilla se oyó incluso desde la posición de Samuel─ y de nuevo al suelo. Al final, como si un fardo se tratara, la levantó, desfallecida la puso sobre sus hombros, boca abajo, de modo que la falda caía sobre la cabeza de la joven, y abandonó el círculo. Fin de la actuación. Gritos de bravo y fuertes aplausos.
Vamos con el “Valse des rayons” en esta filmación de 1934 realizada, probablemente, en los estudios Pathé de Londres.
La orquesta prosiguió con los bailables, Samuel se sirvió otra copa de champán. Con el jaleo de la calle pocas cosas más podía hacer. Desde luego, dormir no. Tiempo atrás, y no era necesario remontarse mucho, hubiera estado en la plaza o por ahí, de juerga. Sonaban algunos de los éxitos del momento, que todo el mundo conocía: La Matchiche, Reviens o Fascination, el bello vals que había escuchado más de una vez en la dulce voz de Camila. Recostado en la mecedora, con la mirada perdida en el cielo estrellado, encendió un segundo habano, tomó la copa y la alzó mientras se decía A tu salud, por Frossard.
La plaza Du Tertre en 1900.
Es la actriz y cantante francesa Florelle quien interpreta este bello vals compuesto en 1905 (letra de Maurice de Féraudy y música de Fermo Marchetti) en una grabación de 1931.
Ajeno a cualquier vicisitud, el baile de la plaza Du Tertre continuaba ruidoso y alegre. La concurrencia tenía gana de más, pocos abandonaban el lugar. (…) Algunas muchachas, rezagadas, regresaban apresuradas de pasear con noveles pintores o estudiantes, era la hora del inevitable “Vámonos ya” con que sus madres, vigilantes, un poco menos si el supuesto pretendiente mostraba ser alguien con la vida bien resuelta, solían terminar las veladas. Cuando un improvisado cantante quiso deleitar a los asistentes con un tema suyo la plaza comenzó a vaciarse.
Hace dos días que no me he acostado, comentaba un joven a otro que le acompañaba. En un rato solo los desperdicios del suelo quedarían. Y Samuel, y una mujer sentada en un banco. La vio cuando ya iba a acostarse. Estaba sola, parecía esperar a alguien, a su lado un hatillo dejaba suponer que para marchar a algún sitio. A medida que se acercaba pudo comprobar que parecía algo más joven que su hija. Su indumentaria ─un sencillo vestido de algodón azul, jaspeado─ corroboraba la condición humilde que Samuel creyó advertir al observar el rudimentario embalaje que la acompañaba. Los farolillos que engalanaban la plaza estaban apagados, la luz de una farola caía sobre su morena cabellera, recogida en un moño al estilo de Claudette, muy popular en aquellas fechas.
Ya cerca, la joven se volvió. Samuel pudo entonces observar su rostro, los grandes ojos negros le recordaron los de Marion, la misma mirada contagiosa, triste y límpida, que incitaba a la melancolía tanto como a la esperanza. A punto estuvo de dar media vuelta, sobresaltado. No lo hizo, el susto que se llevó aquella mujer al toparse de pronto con un desconocido que la miraba fijamente le forzó a identificarse y manifestar las intenciones de su entremetimiento. Así, le explicó que vivía justo en frente y que, finalizada la verbena, se disponía a acostarse cuando se dio cuenta de su presencia. No era, a esas horas, el mejor lugar para una mujer joven, sola, aparentemente desamparada ─es lo que daba a entender el hatillo─, indefensa, más en un banco alumbrado por una farola. Parecía llamar a gritos a algún desaprensivo, y seguro que más de uno pasaría por allí en lo que quedaba de noche. La joven, no obstante, rechazó su ayuda. Abatida como estaba, la súbita aparición de Samuel la incomodó.
―No necesito nada, no quiero nada ─dijo secamente.
―En absoluto pretendía importunarla ─respondió Samuel, que acto seguido dio media vuelta y se dirigió para su casa.
Unos metros antes se detuvo. Se volvió. La mujer le seguía con la mirada, probablemente su reacción había sido fruto de la inquietud. Al cruzarse ambas miradas, ella agachó la cabeza y ya no se giró. Samuel se acercó a ella de nuevo.
―Es posible que me haya tomado por un crápula que ha avistado una presa fácil. No voy a tratar de convencerla de lo contrario, el pensamiento es libre y no le he dado razón alguna para que se fíe de mí, aunque tampoco para que desconfíe. Haga usted lo que quiera, pero yo, en su lugar, no me quedaría aquí. A riesgo de parecerle indiscreto, he de decirle que ese hatillo que lleva consigo puede inducir a algún rufián a la conclusión que nada ni a nadie tiene y darle ánimos para cometer cualquier villanía.
La joven permanecía en silencio, con la mirada perdida.
―Perdone que me haya entrometido en sus asuntos ─otra vez dio media vuelta.
―Espere ─escuchó enseguida.
La desconocida parecía rectificar el desdén con que lo trataba. ¿Estaba desesperada, su aspecto le había infundado confianza, una mezcla de ambas cosas?
Michelle, así se llamaba, era operaria de un taller de confección. Ella misma había cosido el vestido que llevaba, sencillo pero digno, hasta pudoroso. Era, pues, una grisette, una mujer joven que trabajaba en la confección. Las grisettes, que debían su apelativo al austero gris de su uniforme, pasaban por ser mujeres de relajadas costumbres que se prodigaban en los bailes y cabarets ─algunas, las más desesperadas, hacían la calle─ a la “caza” de una buena dote. Por supuesto, no todas las obreras del sector, eran unas busconas ni vendían su cuerpo, pero era la fama que tenían. Fue lo primero que Michelle quiso dejar claro: ella no era una puta, dijo con manifiesta aspereza.
Tardó en sincerarse, las circunstancias no eran precisamente las más favorables para confiar en nadie, y menos en un hombre, aunque tuviera la apariencia apacible de Samuel. Nada tenía que perder ya, sin embargo. Al principio le pidió unos francos para alojarse en algún hostal, carecía de dinero y de lugar donde pasar la noche. Samuel se los dio, pero por allí iba a ser difícil encontrar habitación a esas horas y le ofreció su casa. Ella retomó su inicial irascibilidad y volvió a manifestar secamente que no era una puta. Samuel se disculpó por si sus palabras habían dado a entender algo ajeno a su intención y se marchó. ¡Cojones!, ¿otra vez?, pensaba mientras se alejaba recordando su primer encuentro con Marion.
La falta de curiosidad por nuestros problemas, lejos de suscitar indiferencia, suele mover al interés. Y este se va, como si nada, yo aquí, desamparada, angustiada, y él como si lloviera, habrase visto, qué tipo más raro. A Michelle empezaba a exacerbarle la actitud de Samuel, que más que de respeto se le antojaba despectiva.
―Espere ─dijo de nuevo, pero esta vez en tono cansino a la vez que airado─. ¿Es que le da igual lo que me pase? ─Samuel se echó a reír─. ¿Le hace gracia? ¿Le divierte mi desgracia?
Se había levantado del banco, con los brazos en jarras y evidentes ademanes de mal humor. A Samuel le divertía. Sus mohines eran propios de una niña enrabietada. La miró con una cálida sonrisa.
Se sentaron ambos en el banco y Michelle le refirió los motivos de su abatimiento. Vivía en Belleville, estaba casada con un fundidor que pasaba casi todo el día fuera de casa, a donde iba solo a dormir y, cuando la libido se lo demandaba, a copular. No tenía hijos. Solía salir con algunas compañeras del taller en que trabajaba a los bailes y cafés, siendo así como conoció a un individuo que desde el primer momento se mostró atento con ella, todo un caballero, con el que mantuvo lo que, para él, era simplemente un affaire, entendiendo ella que se trataba de una relación duradera. Ese día, el sujeto en cuestión la había citado en el baile. Se suponía que para escapar juntos, pero no apareció.
Vencido el recelo, Michelle finalmente aceptó una habitación en el domicilio de Samuel para pasar la noche. Sincerarse le dio confianza, si le había mentido y sus intenciones no eran tan altruistas como sus palabras y comportamiento daban a entender, ya veríamos, su situación difícilmente podía ir a peor, a no ser que aquel extraño fuera un Landrú o un Jack el Destripador, lo que, desde luego, no parecía. Entraron en el salón.
(…)
Michelle bostezó. La curiosidad la mantenía despierta, pero sus vidriosos ojos evidenciaban su cansancio.
―¿Qué le parece si nos vamos a dormir? Está amaneciendo.
―¿A dormir?
―Cada uno en su habitación, Michelle. No se preocupe que yo no saldré de la mía. Además, puede echar el pestillo para sentirse más segura.
NOTA: Como decían en aquel famoso de concurso de televisión “Hasta aquí puedo leer”, pues lo que sigue afecta sustancialmente a la trama de la novela y puede que alguien esté leyéndola y aún no haya llegado a este fragmento, ya casi al final de la misma.
“Three Women at the Table by the Lamp” (1912), óleo de August Macke.
[Fui con mi abuela] a por huevos a casa de la señora Antonia, que vivía en una casa de campo que contaba con una pequeña granja a las afueras del pueblo en unas tierras propiedad nuestra y, según costumbre, nos daba huevos recién puestos, tomates recién cogidos, cerezas y otros frutos.
Allí, en casa de la señora Antonia, mi abuela mantenía una amigable charla con aquella mujer que tendría, calculo, la edad de mi madre más o menos. Cada una en una silla y frente a una mesa en la que había pastas y vino dulce, creo. Mientras, yo jugaba con el hijo de la señora Antonia. Jugábamos a cualquier cosa, aquel niño, cuyo nombre no recuerdo ─mis únicos encuentros con él eran las veces que mi abuela iba a por alguna de las viandas─, y yo. Aquel día a la Oca, en el suelo, medio tumbados y situados frente a la mesa en la que departían mi abuela y la señora Antonia, apoyándonos con los codos para poder tirar el dado y mover las fichas, teniendo él ─recuerdo también, de ese día lo recuerdo casi todo─ mucha más suerte que yo. Me había ganado dos partidas e íbamos a disputar la tercera, pero esta nunca concluiría, pues de repente dije sentirme mal y tener ganas de vomitar, de repente, lo que extrañó a todos, pues nada había comido ni bebido desde el mediodía y eran las cuatro de la tarde, pero me levanté del suelo como expelido por un resorte. Nunca dije a nadie el motivo, y ninguno de los presentes en aquella escena podrá ya enterarse: la señora Antonia y su hijo murieron al cabo de unos años del suceso que comento a causa de una enfermedad hereditaria; mi abuela también murió, aunque después.
Aquella espantada, que para todos los que allí estaban carecía de sentido alguno, como tantas cosas que yo hacía, pues no había causa o motivo que la explicara, como tantas cosas que yo hacía, estaba justificada, para mí, más teniendo en cuenta que era un niño que nunca había visto un coño. El de mi madre al nacer, al nacer yo, claro, no contaba, y tampoco me fijé. La señora Antonia estaba sentada a la derecha de mi abuela y justo frente nosotros, los dos niños, quedando completamente despejado el tramo, unos dos metros, que nos separaba de la mesa, y como quiera que esta no estaba cubierta con un mantel ni nada parecido, la parte que separa el tablero del suelo a través de las cuatro patas se presentaba ante mí como si de un pequeño escenario se tratase.
Duró un santiamén, pero el espectáculo que involuntariamente presencié al desviar un instante la mirada hacia la derecha me resultó lo más asqueroso que había contemplado hasta la fecha. Vi, o imaginé, es lo mismo, el coño de la señora Antonia. No llevaba bragas, o eso me pareció ─luego da igual que las llevase o no─, mostrando una inmensa mata de pelo negro azabache que contrastaba con unos muslos blancos como la leche, blanquecinos más bien, que a la mitad volvían a ser negros de nuevo, ese era el color de sus medias, sujetas a la altura mencionada, a mitad del muslo. Aquella mata de pelo negro enmarañada me pareció que debía estar lleno de piojos, o gusanos, puede que hasta serpientes, y arañas, que también me daban mucho asco, o de pis que era preciso que hubiera quedado allí y germinado, qué sé yo, y la repugnancia se apoderó de mí, sentí náuseas, ganas de vomitar, y lo dije en voz alta, esto último, no lo demás, por lo que mi abuela me llevó otra vez a casa, diciéndole a la señora Antonia que ya volvería otro día. Sin mí, pensé yo, pues la impresión de la escena había sido tan fuerte que tardó mucho tiempo en borrarse de mi mente, reviviéndola luego unas cuantas veces, ya por la noche, al acostarme, que no dormirme, pues me lo impedía aquel coño, asqueroso, de la señora Antonia, por otra parte el primero que había visto, preguntándome en consecuencia si todos serían iguales, los coños, lo que si así era significaba que yo, al nacer ─todos veníamos al mundo en aquellos tiempos a través de un coño, lo sabían mis amigos y por ellos lo supe yo─, tenía necesariamente que haber atravesado aquella repulsiva mata de pelo, u otra igual, si es que todos eran iguales, y no tenían porque no serlo, en la que posiblemente me enganché y por eso traté de meterme otra vez para adentro en un descuido de don Rafael, el médico. Pero no me fijé yo en eso entonces.