Recuerdos, recuerdos de tiempos que no volverán, que han perdido toda significación. Los tiempos son otros, nosotros también, las condiciones han cambiado, nosotros hemos cambiado. Hemos ido vaciándonos de espíritu. La banalidad, la anécdota, el detalle frente al discernimiento y la razón. Al final de nuestra existencia solo podremos dar cuenta de las cosas no hechas. Recuerdos, jirones, retazos del pasado, de eso estamos hechos, incompletos siempre, moviéndonos entre un impersonal tiempo pretérito y un futuro que no está en nuestras manos, intentando recordar para demostrarnos que aún estamos vivos, tratando de afrontar que lo peor está siempre por venir por si así sucede. Nuestra existencia presa del absurdo en que consiste tratar de conseguir el equilibrio en un permanente desequilibrio, nuestra existencia individual y nuestra existencia colectiva. Pérdida de tiempo, justificación de nuestras miserias.
“Granero con tejado” (1881), dibujo de Vincent van Gogh.
Vicent y María, en Muro, su pueblo, a doce kilómetros de Alcoi, cultivaban una huerta de poco más de una fanegada sin otra pretensión que poder subsistir, que tener cada día algo comestible que llevarse a la boca. Era una huerta pequeña a la que se accedía por una senda que se abría junto al camino de Cocentaina, en la partida de La Gàbia, un apelativo que evidenciaba otras maneras de otros tiempos. La Gàbia se llamaba así porque, según se contaba, el señor del lugar castigaba a los que cometían algún delito grave a morir en la horca y ser a continuación descuartizados, exponiéndose sus miembros en una jaula que había sobre una picota para que sirviese de escarmiento público. Pero Vicent nunca se había metido en líos, ni él ni nadie de su familia, y cumplía siempre sus obligaciones con el señor de aquel terruño. Todo era por mitad: los impuestos y el reparto de los frutos, pero desde unos tres o cuatro años atrás a Vicent le resultaba cada vez más arduo cumplir con la parte monetaria. El año anterior no consiguió satisfacer al amo la totalidad de su mitad correspondiente. Este, para quien el pequeño trozo de tierra de Vicent representaba una muy ínfima parte de sus propiedades, prácticamente irrisoria, le concedió la posibilidad de aplazar la deuda hasta el siguiente año. Mas cuando el momento llegó, su situación no había mejorado. Vicent aprovechaba al máximo el poco terreno de que disponía, pero cada día era más difícil salir adelante. Como antes sus padres y sus abuelos, y posiblemente los padres de sus abuelos y otras generaciones anteriores, había trabajado siempre el mismo terruño, servido a su señor, al amo de las tierras, y pagado, en especie o con dinero, por ello. Nunca habían sido suyas, las tierras, y nunca lo serían. Ni por asomo pensó vez alguna en tal posibilidad. Ahora, las nuevas leyes establecían su estatus como arrendatario, pero a sus ojos todo seguía igual, o peor. Eran pobres, siempre habían sido pobres y lo seguirían siendo el resto de su existencia.
―No sé qué hacer ─comentaba Vicent a su padre, que vivía con él, su esposa y sus tres hijos─, este año tampoco podré pagar al señor. Vamos a tener que irnos a Alcoi.
―¿Y, si no, qué hago? Salvador y otros muchos hace tiempo que lo hicieron, y de este pueblo, gracias al cáñamo todavía han sido pocos. Hasta ahora. El cáñamo ya no da para más y he oído que hay también máquinas para agramarlo. No hay otra solución.
―Primero las calderas de Pedro Botero que ese sucio pueblo de Alcoi. Tú has estado allí ¿no?, ¿y qué has visto? Cuartuchos llenos de roña, apestosos, por vivienda. ¿No te acuerdas de la habitación de la casa en que vivía tu hermano? Un ventanuco por el que apenas entraba el sol. ¡Pero si apenas cabían! ¿No viste cómo estaban los niños? Blancos como los muertos. Y la escalera aquella, con más mierda que el palo de un gallinero, y el escusado de la entrada en el que todos hacían sus necesidades, ¡cómo olía! Que no. Yo no voy. Quiero seguir cagando en el campo, al aire libre.
―Tampoco tenemos gran cosa aquí. Al menos en Alcoi podremos encontrar trabajo.
La pequeña casa de adobe en que Vicent y su familia vivían en la huerta de La Gàbia no tendría más de cuarenta metros cuadrados, divididos en dos estancias, sin otra separación entre ellas que un viejo paño de cáñamo; ni siquiera era suya, sino del amo de las tierras. Una mesa de madera de pino, abombada y agrietada por el paso del tiempo, tres sillas y cuatro taburetes, además de unos pocos enseres de cocina y cuatro jergones hechos con la paja del maíz, era todo su mobiliario.
―Prefiero no comer a estar, como tu hermano y sus hijos, doce o catorce horas, qué sé yo, en aquellos oscuros locales llenos de polvo. Ni muerto marcharé con vosotros.
Desde 1995 se celebra en mi pueblo, Muro (Alicante), la Festa del Llibre (Fiesta del Libro), un evento de “índole cultural y periodicidad anual en el que participan los mejores escritores del panorama literario, que junto al fomento de la lectura y el amor por las letras constituye una de las semanas más características del final de la primavera en el pueblo de Muro”, según lo anuncia en su página web el ayuntamiento.
La Festa del Llibre de Muro comprende diversas actividades además del ciclo de conferencias en que diversos escritores hablan de su obra y su experiencia literaria, como las dedicadas a fomentar la afición a la lectura –importante aspecto en tanto que promueve un proceso interactivo mediante el que se establece la relación entre el texto y el lector, incorporándolo este a su forma de entender el mundo y dándole un significado propio que no tiene que ser necesariamente el mismo que el del autor–, de animación lectora para niños –más trascendental aún–, exposiciones, representaciones teatrales, conciertos musicales y otras actividades lúdicas de calle. Todo ello tendrá lugar entre el 26 de abril y el 3 de junio para goce y deleite de nuestros sentidos.
Este año me han escogido para dar la conferencia inaugural el próximo viernes 26 de mayo. En ella hablaré de la relación entre novela e historia partiendo de mi experiencia personal al escribir las novelas El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird). Es un acto que me ilusiona y me honra, ya que se trata de mi pueblo, y por el que estoy profundamente agradecido de que se me haya invitado. Espero estar a la altura y no defraudar a los asistentes. Uno –permítanme la expresión– tiene ya el culo pelado de dar conferencias, pronunciar ponencias en congresos y simposios u otros actos de índole cultural, especialmente en lo que a la historia se refiere, pero créanme si les digo que esta del viernes próximo me entusiasma y me preocupa cómo pueda resultar tanto o más que si fuera la primera.
En cuanto a las novelas sobre las que versará la conferencia y que servirán de marco para hablar de la relación entre novela e historia, es decir, entre los hechos del pasado tal como sucedieron y la ficción, los lectores de este blog puede que las conozcan ya que he hecho referencia a ellas muchas veces. Mas como esta entrada está pensada sobre todo para aquellos que vayan a asistir al acto y que posiblemente la mayoría desconozcan la existencia de mi blog, incluyo de nuevo los argumentos de ambas tal como figuran en las respectivas contraportadas, así como sendos vídeos promocionales de cada una de ellas.
El corto tiempo de las cerezas (2015): “Un límpido y soleado día, Samuel tomó la determinación de no volver a trabajar jamás en una fábrica ni a las órdenes de nadie. Tenía entonces entones trece años y vivía en la industriosa ciudad de Alcoi desde pocas semanas después de venir al mundo en 1849, al tener sus padres que abandonar el pequeño pueblo de Muro en busca de trabajo. No podía imaginar entonces que su decisión le llevaría a verse involucrado en los turbulentos conflictos políticos y sociales que desembocaron en la proclamación de la Primera República Española; a vivir la Revolución del Petróleo que tuvo lugar en Alcoi en julio de 1873; a sacar provecho de los negocios financiero-especulativos en la Barcelona del Ensanche mediante toda clase de estratagemas; a conocer los ambientes de las principales ciudades occidentales –Barcelona, París, Londres, Viena, Nueva York–, sus lujos y miserias, sus cafés y teatros; a montar su propio cabaret; a establecerse en el bohemio Montmartre; a entregarse en cuerpo y alma a la carrera artística de su hija, soprano; a timar a un príncipe ruso con la complicidad de su gran amiga La China; a enamorarse de una anarquista y de una grisette; a vivir, en definitiva, innumerables experiencias y vicisitudes en un mundo que se creía indemne a todo y parecía seguir la máxima que un día le dijo a Samuel el dueño de aquel cerezo bajo el cual tan a gusto se sentía: “aprovecha, muchacho, que el tiempo de las cerezas es muy corto”.
Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) (2016): “Sam Sutherland, un joven escritor neoyorkino, visita en Berlín a sus padres, músicos, que actúan en uno de sus clubs nocturnos más famosos con su propia big band. Es noviembre de 1929, el nazismo está en pleno ascenso y la crisis económica comienza a hacer estragos. Allí conocerá a Helmut, joven también músico, y a Martha, hija de un artista de cabaret que hace de travestido, con la que se casará y tendrá tres hijos. Menos Helmut, todos marcharán a Nueva York, donde Sam y Martha se implicarán en el movimiento de defensa de los derechos civiles. El primero acaba ante el Comité de Actividades Antiamericanas y migran a París. Allí, las cosas tampoco serán como creían y la abandonarán tras los hechos de Mayo del 68.
Una novela que abarca desde el final de la guerra de 1914-1918 a la caída del Muro de Berlín en la que Sam y los otros protagonistas –a los que hay que añadir a Lary, alto funcionario de la Administración estadounidense, y a Greg, director internacional de la Fundación Fairfield– se verán envueltos en una trama que incluye, además un misterioso asesinato, a simpatizantes y defensores de la República española, refugiados del nazismo, pasadores que les ayudaban a cruzar la frontera de los Pirineos, prisioneros de los campos de concentración españoles y de exterminio alemanes, nazis reciclados por el Gobierno norteamericano, agentes de la CIA, dirigentes e impulsores del Congreso por la Libertad de la Cultura…
El lector advertirá en muchas situaciones algunas de las circunstancias que nos han conducido a esta sociedad del pensamiento único”.