El PP, el ostracismo funcionarial y mi paso por la universidad

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Con un grupo de alumnos durante una de las clases prácticas de la asignatura Arqueología industrial.

Las elecciones autonómicas y municipales que tuvieron lugar el 28 de mayo de 1995 dieron la victoria al Partido Popular (PP), que conseguía, con el apoyo de Unión Valenciana (UV), el gobierno de la Generalitat Valenciana por primera vez y el de las tres diputaciones valencianas.

Con el PP al frente de la Diputación de Valencia era evidente que tanto yo como quienes desempeñaban algún cargo funcionarial o contractual teníamos los días contados. Recuerdo perfectamente un día de mayo de ese año que estábamos Josep Picó, director de la Institució Valenciana d’Estudis i Investigació (IVEI); Mario García Bonafé, director de Publicaciones del mismo y de la entonces prestigiosa revista Debats, y yo, comiendo con Maurice Aymard, director de la École des hautes études en sciences sociales, en un restaurante que había en la dársena interior del puerto de Valencia. Le comentábamos lo que sabíamos a ciencia cierta que iba a suceder y no daba crédito a nuestras palabras. Impensable que pudiera pasar algo así en Francia, nos decía.

Aquí, lógicamente, no. Pasó. Quienes, como Picó o García Bonafé, tenían un cargo contractual y se hallaban en situación de excedencia universitaria regresaron a sus respectivas plazas en la universidad. Los que no –Artur Heras (director de la Sala Parpalló), Bernat Martí (director del Museu de Prehistòria de València) y yo– fuimos inmediatamente cesados en nuestros puestos de responsabilidad. También el director del Museu Valencià d’Etonologia, institución que, al igual que la IVEI, el Museu de Prehistòria y el Centre, tenía su sede en el recién inaugurado Centre Cultural la Beneficència. En mi caso, el primer día a la vuelta de vacaciones tenía el aviso de que el nuevo diputado de Cultura, Antonio Lis, quería hablar conmigo. No hace falta que diga para qué.

El Centre d’Estudis d’Història Local dejó de existir de un día para otro y al frente de Publicaciones de Diputación fui sustituido por Carles Recio (el mismo que fue despedido en 2018 por llevar “diez años cobrando 50.000 euros anuales únicamente por ir a fichar”). Hoy nadie sabe dónde están los libros que publicamos ni los ejemplares de la revista Taller d’història.

No estoy seguro si tenía o no ordenador en el nuevo despacho que me asignaron, más pequeño y sobrio; sí que había una silla, una mesa, un armario metálico y una estantería. Mi función ahora: ninguna. A la espera, pues al parecer no me encontraban ubicación. Así estuve un tiempo hasta que una amiga común le habló de mí al nuevo director del Museo de Etnología, Enrique Pérez Cañamares, un vivalavirgen al que se la traía todo al pairo, y este me reclamó, ya en 1996.

Ese último año, 1996, otro amigo que había trabajado conmigo y era profesor en la Universitat de València me dijo: ¿y por qué no te presentas a una plaza de profesor asociado en la universidad? No lo pensé dos veces, pues en aquellos momentos Inmaculada Aguilar, profesora del departamento de Historia del Arte y especialista en arquitectura y patrimonio industrial, había conseguido introducir en el plan de estudios una nueva asignatura, Arqueología industrial, y me dijo que, efectivamente, se iban a convocar dos plazas de profesor asociado (una para la docencia en castellano, otra para la docencia en catalán) en el departamento. Me presenté y gané el concurso en las dos opciones, eligiendo la docencia en valenciano. Duró esta etapa desde 1997 a 2011 y terminó como el rosario de la aurora.

La decepción que me llevé al ver cómo funcionaba el departamento y, por extensión, la universidad en general fue mayúscula. Hasta 1998 no comencé a dar clases de arqueología industrial, pues solo había un grupo, por la mañana, y era I. Aguilar quien impartía la docencia. Debía impartir otras asignaturas. Pues bien, pensé, veamos de que asignaturas puedo hacerme cargo, creyendo que serían materias más o menos afines a mi perfil.  ¡Qué va! No recuerdo cuáles fueron las otras, pero sí que me quedé pasmado cuando me ofrecieron la asignatura Historia de las ideas estéticas I. ¿Qué demonios iba a saber yo de ideas estéticas? Pero es que no quedaba nada más, pues resulta que las asignaturas del plan de estudios se repartían en función de la antigüedad y jerarquía del profesorado. Es decir, los que tenían mayor rango y más años en el departamento era los primeros en elegir. A los últimos, yo entre ellos, imagínense qué les quedaba: lo que nadie quería. Adelante, me dije. A ver cómo salimos de esta. Un amable compañero me ofreció sus apuntes de la asignatura y pasé el verano leyendo a Tatarkiewicz, Adorno, De Bruyne…

Al año siguiente ya eran dos los grupos y pude empezar con la arqueología industrial. Ello, sin embargo, no me libraba de la docencia de otras asignaturas. Así, durante los años que permanecí en el departamento, di clases de técnicas de conservación de bienes muebles e inmuebles, de arte del antiguo Egipto y Próximo Oriente, de arte del Renacimiento y del Barroco, de pintura impresionista, de arquitectura contemporánea o de últimas tendencias artísticas. Estas asignaturas, por otra parte, no siempre podía uno seguir impartiéndolas al curso académico siguiente, pues cada año se procedía al reparto de todas ellas de la forma que expliqué antes. Cada año la misma historia, cada año una asignatura nueva, de la que no tenía la más remota idea, cada verano a prepararse un nuevo temario. Un compañero del departamento me llegó a contar que recurría a un pequeño truco: les pasaba a los alumnos una bibliografía de la que recomendaba un par de títulos y obviaba el del manual que él se limitaba a repetir en clase, uno que no fuera muy conocido.

Con otras asignaturas me sentí más cómodo, como las de metodología o fuentes de la historia del arte. En estas, los alumnos, sin embargo, o me odiaban –los más– o me apreciaban, los menos. No había término medio. Por mi formación como historiador podía impartir su docencia con un mayor nivel de conocimientos; también de complejidad y exigencia. Odio tener que sacar los apuntes y repetir como un lorito lo que dicen otros sin aportar nada. Aquí, puesto que podía, nunca lo hice. Los alumnos estaban acostumbrados a ir tomando notas sin parar de cuanto el profesor iba explicando, o repitiendo. ¿Puede ir más despacio?, era una pregunta habitual. Otra, esta a principios de curso, era ¿y que libro me recomienda como manual? ¡En asignaturas de cuarto y quinto carrera!, de lo que se llamaba segundo ciclo. ¿Qué manera es esa de formar a la gente? Además, ¿cómo que una metodología específica para la historia del arte?, ¿cómo que unas fuentes propias? Carece de sentido. El método histórico, el proceso de investigación, los pasos que se siguen, son –con todos los matices que se quiera– los mismos para todas las disciplinas de la historia. También las fuentes, cuya división en primarias y secundarias carece de sentido a mi juicio, prefiriendo la de fuentes escritas, orales y materiales. Esto era lo opuesto de lo que defendía mis compañeros historiadores del arte, los cuales, por otra parte, no solían pasar de la teoría. Mas la teoría no es nada sin la práctica, por lo que yo les encargaba al principio del curso que llevaran a cabo una investigación y en el aula recurría a ejemplos prácticos que luego trabajábamos fuera de ella, en el medio. Con la arqueología industrial, las clases prácticas primaban sobre las otras, así como el trabajo de investigación sobre el tradicional examen de preguntas y respuestas.

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Con un grupo de alumnos e interesados en la materia cuando impartía la asignatura Arqueología industrial

Ser profesor universitario me sirvió para poner en marcha otros proyectos. En 1999 conseguí que el Museu d’Etnologia y la Universitat establecieran un acuerdo de colaboración en materia de arqueología industrial y patrimonio industrial. Al frente del primero ya no estaba Enrique Pérez, pero los que le siguieron en el cargo se portaron bien conmigo, los tres: Joan Gregori, Joan Seguí y Francesc Tamarit, cosa que no puedo decir de otros y de los políticos. Conocedores de mi situación –¿qué demonios pintaba yo allí?–, se mostraron conmigo comprensivos, amables y tolerantes. Pude, así, llevar a cabo distintas actuaciones arqueológicas, especialmente en Alcoi, en concreto en ambas cuencas de los dos ríos que rodean la ciudad, el Barxell y el Molinar, actuaciones que pasan por ser las primeras excavaciones de carácter arqueológico-industriales realizadas en España. De ello dejé constancia en mi libro Arqueología industrial. Teoría y práctica (2008). En este año, 2008, la crisis económica empezaba a causar estragos y se cortó toda financiación. Mas en todo esto ya profundizaré en próximas entradas.

Legamos a 2011 y al final de mi paso por la universidad. Un año ante había desaparecido del plan de estudios la asignatura Arqueología industrial. Debí haber abandonado la docencia universitaria entonces, pero no lo hice. Y ese último año toda la frustración acumulada estalló. Ese año no tuve más remedio que dar clases, una vez más, sobre últimas tendencias artísticas. Las ponía a parir, qué quieren que les diga. Que si el trazo, la pincelada, la mancha, la composición…, o el color de los pelos de los cojones del autor de la obra, o del desaguisado, según. Y todo esto contemplando imágenes de las obras tomadas de internet. Eso en 2011, que antes aún era peor: tenías que hacer tú mismo las diapositivas en casa, fotografiando libros; el departamento te facilitaba los carretes y pagaba el revelado. Lógicamente, el parecido entre lo que se reflejaba en la pantalla y la obra original era pura coincidencia.

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Con los alumnos al finalizar las clases prácticas de la asignatura Últimas tendencias artísticas (2008).

El último día de clase, faltaban unos minutos para que oficialmente terminara, pero los alumnos y yo habíamos acordado que si era necesario alargaríamos el tiempo unos minutos más hasta dejar claras algunas de las cosas en que habíamos trabajado y eran claves para el examen, entró un becario a pasar la encuesta de evaluación de la actuación docente a los alumnos. Tenemos cosas más importantes que hacer que la chorrada esta, le dije. Se largó, claro. Poco después, por la puerta de atrás (el aula tenía dos) entró el director del departamento con las encuestas bajo el brazo. Se quedó al final del aula, de pie. Yo seguí con la clase como si nada. Él empezaba a mostrar signos de impaciencia. Terminé y dije algo así como adelante quien quiera con el paripé, allá vosotros si queréis colaborar con esta hipocresía, si no queréis acabar con la endogamia profesoral, si queréis seguir engordándola. Y me largué. Obviamente, no me renovaron el contrato. No me lo comunicaron, no fueron capaces ni el director ni el secretario del departamento de decírmelo personalmente. La cobardía es un rasgo distintivo de los mindundis, como me demostrarían los mindundis que conocí después, los mindundis más mindundis entre los mindundis.

Entre unas cosas y otras, fuera de los ámbitos académico y administrativo, me llamaron de nuevo de Editorial Prensa Valenciana para dirigir un nuevo proyecto, el mayor reto al que me había enfrentado hasta entonces. Mira por dónde había aún quien creía en mi capacidad de trabajo. Fue en 2003. Me ofrecieron nada menos que dirigir lo que sería la Gran Enciclopedia de la Comunidad Valenciana (2005-2008), obra que consta de 18 volúmenes en la que colaboraron más de doscientos especialistas y alcanzó una difusión de cincuenta mil ejemplares. Pero a ella quiero dedicarle una entrada propia. Así que lo dejo por hoy. Que tengan un buen día.

Historia del pueblo valenciano

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Un buen día tras el verano de 1987 –no recuerdo la fecha exacta– quedé para cenar con mi amigo Mario García Bonafé, por aquel entonces director de Publicaciones de la IVEI (Institució Valenciana d’Estudis i Investigació), algo que hacíamos con relativa frecuencia. Ese día me comentó que el diario Levante les había propuesto colaborar en un proyecto consistente en la elaboración de una obra divulgativa destinada al público en general, y también a estudiantes y entendidos, sobre la historia del País Valenciano, obra que se editaría en fascículos y se distribuiría conjuntamente con el periódico, para lo que contaban con el patrocinio de la Caja de Ahorros de Valencia. La colaboración consistía sobre todo en diseñar su contenido y cómo llevarlo a cabo. Les dijo que creía contar con la persona adecuada para dirigir y coordinar el proyecto y que esa persona era yo. Mi primera reacción fue de asombro. Era algo que no esperaba y dudé de ser capaz de hacer tal cosa. Mas cuando Mario me dijo que si no creyera que estaba suficientemente cualificado para el trabajo no hubiese propuesto mi nombre, se desvanecieron las dudas y me puse enseguida a la tarea. Tenía yo 32 años y me enfrentaba al mayor reto que había tenido hasta la fecha. Fue una decisión acertada, a resultas de la cual hice mía la máxima nunca digas no a algo que te apetezca hacer, nunca digas no sé, no puedo… Di no a aquello que carezca de interés para ti. Si lo tiene, adelante. Eso sí, sé consciente de que vas a dedicarte en cuerpo y alma, como suele decirse, a tal menester, que te va a absorber. Esa máxima la he seguido toda mi vida.

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Noticia de la presentación de la ‘Historia del pueblo valenciano’ / ‘Levante-EMV’, 23 de septiembre de 1988.

No voy a entrar en detalles acerca del proceso de trabajo, que, por otra parte, se reflejan en los diversos recortes de prensa que acompañan este artículo. Sí respecto a nuestras intenciones, que se explicitan en el texto de Presentación de la obra y de la que extraigo las siguientes líneas:

“Con la intención de ofrecer a un público amplio y diverso un material que nos aleje de tópicas y ritualizadas visiones de nuestra historia, un equipo de profesionales de la misma –los autores y el equipo de dirección y coordinación–, conscientes de la importancia y del significado social del proyecto, nos pusimos a trabajar en la Historia del pueblo valenciano.

Cuál era esa historia y cuál nuestro origen fueron las cuestiones que nos llevaron a abarcar un amplio periodo cronológico que se retrotrae hasta el momento en que el hombre hizo su aparición en el actual territorio valenciano, ya que entendemos que nuestro pueblo tiene más de 750 años de antigüedad [el año de la publicación de la Historia… coincidía con el 750 aniversario de la conquista de Valencia por el rey Jaime I] y que nuestras raíces arrancan más allá de la fundación del antiguo reino. Nuestras tierras eran habitadas ya desde lo que denominamos prehistoria y, en ellas, íberos, romanos, visigodos o musulmanes, desarrollaron, en mayor o menor medida, sus culturas. Todavía sin ser “valencianos”, estos hombres y mujeres fueron, generación tras generación, la base humana con la que Jaime I, junto con las gentes llegadas con él de otras tierras de la Corona de Aragón, pudo edificar el nuevo reino. Durante siglos, los nuevos pobladores convivieron –no sin tensiones– con los antiguos habitantes, y fue precisamente durante estos siglos cuando se creó una ordenación jurídica propia que convertía a los valencianos en un pueblo diferenciado […].

Los valencianos, pues, poseemos una historia rica y plural. Es tal vez por ello que nuestra historiografía ha tenido un notable desarrollo. […].

[…] de una historia centrada en los grandes acontecimientos y los grandes protagonistas, de una historia de reyes y batallas, nuestra atención ha ido evolucionando hacia una historia preocupada por el estudio de las relaciones económicas y sociales, capaces de explicarnos los continuos procesos de cambio, y por el de esas masas anónimas, ignoradas durante tanto tiempo […].

No obstante, los actuales valencianos […] desconocemos en buena medida los orígenes y la evolución histórica de nuestra sociedad. A pesar de la gran cantidad de trabajos publicados […]. Muy probablemente, buena parte de culpa de esta situación la tengamos los mismos historiadores: preocupados por nuestra investigación, imbuidos en épocas más o menos remotas, hemos olvidado a menudo la importancia y la significación de que nuestro trabajo sea conocido fuera del marco académico, acercándonos así a aquella definición que Gramsci hacía de la historia en tanto que disciplina que “se refiere a los hombres, a tantos hombres como sea posible, a todos los hombres del mundo en cuanto se unen entre sí en sociedad, y trabajan, luchan y se mejoran a sí mismos”.

[…]

Desde el convencimiento de que es una noble e importante tarea divulgar la historia de los valencianos han nacido las casi mil páginas que componen la presente obra […]. Hemos intentado, sin renunciar a la erudición y al rigor que debe caracterizar toda disciplina científica, realizar una obra ágil, comprensible y manejable que con un tono divulgativo hiciera accesible las nuevas aportaciones y corrientes interpretativas que han configurado la general renovación historiográfica de las últimas décadas. La Historia del pueblo valenciano va dirigida a los profesionales y a los que no lo son, a aquellos que estudian historia y a los que se interesan por ella por muy diversos motivos, con el fin de ofrecer un instrumento que les permita conocer o ampliar, en un sentido global, el estado de nuestro acontecer histórico.

Este trabajo quiere ser la expresión de una voluntad de colaboración entre historiadores de distintas especialidades e, incluso, de diferentes enfoques de la realidad histórica valenciana. […] Así pues, la Historia del pueblo valenciano es el intento de hacer llegar a un público heterogéneo cómo ha ido evolucionando la sociedad valenciana […] tratando de reconstruir el pasado en toda su amplitud y en toda su complejidad desde las posibilidades que nos ofrece el estado actual de nuestra investigación histórica».

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‘Levante-EMV’, 5 de octubre de 1988.

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‘Levante-EMV’, 9 de octubre de 1988.

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‘Levante-EMV’, 13 de octubre de 1988.

La Historia del pueblo valenciano se presentó el 23 de septiembre de 1988. Consta de 960 páginas, distribuida en 48 fascículos y encuadernables en 3 tomos. Colaboraron 72 profesionales de la historia, en su mayoría profesores universitarios, algunos de los cuales no hacía muchos años habían sido profesores míos, a los que pedí asesoramiento. Para las distintas áreas conté con tres coordinadores: Vicent Ribes (compañero de promoción que acabada de regresar de México, donde había impartido docencia en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Autónoma de Aguascalientes, y preparaba oposiciones para catedrático de instituto) y dos jóvenes recién licenciados y muy cualificados: Rafael Narbona (actualmente catedrático de Historia Medieval de la Universitat de València) y Manuel Chust (ahora catedrático de Historia Contemporánea en la Universitat Jaume I).

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‘Levante-EMV’, 14 de octubre de 1988.

Confiábamos en que la obra tendría una buena acogida, pero nadie esperaba el éxito que llegó a alcanzar. La tirada media del diario era de unos 40.000 ejemplares. El domingo 1 de octubre, día que salió el primer fascículo, esta fue de 72.000. Se agotaron rápidamente y se imprimieron 100.000 más para atender la demanda. También se quedaron cortas las tiradas de los números dos y tres (122.000).

Hoy, más de 125.000 bibliotecas y hogares tienen en sus estanterías la Historia del pueblo valenciano, y todavía me encuentro con alguien –normalmente ya de cierta edad– que, hablando, si sale el tema a colación, me dice: ¡Ah! ¿Eso lo hiciste tú? Yo lo tengo en mi casa.

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‘Levante-EMV’, 2 de junio de 1989.

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‘Levante-EMV’, 25 de noviembre de 1989.

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‘Levante-EMV’, 2 de diciembre de 1989.

Los piratas en la historia

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Pirata: “Persona que, junto con otras de igual condición, se dedica al abordaje de barcos en el mar para robar”, “Persona cruel y despiadada”. Definiciones del Diccionario de la Lengua Española (Real Academia Española). Definiciones poco afables, que inciden en el aspecto brutal, feroz, casi inhumano, de unos hombres que, aun así, han despertado la curiosidad, cuanto menos, de generaciones y generaciones, han dado lugar a páginas brillantes de la literatura, han inspirado a poetas, han protagonizado notables películas y han hecho soñar a más de un joven –y no tan joven– con aventuras de toda clase con guapas mujeres, ron a tutiplén y paisajes de ensueño, y en las que los “malos” son habitualmente la supuesta “gente de orden”, la autoridad, los poderosos. El pirata es una figura, pues, que disfruta de gran popularidad, de simpatía e, incluso, de admiración.

Piratas normandos del siglo IX, por Évariste Vital Luminais (1821-1896).

Piratas normandos del siglo IX, por Évariste Vital Luminais (1821-1896).

Aruj, también conocido como Baba Aruj o Barbarroja.

Aruj, también conocido como Baba Aruj o Barbarroja.

El fenómeno de la piratería viene de lejos. ¿Quién no recuerda los vikingos, aunque sea en la espléndida película de Richard Fleischer que protagonizaron Kirk Douglas, Tony Curtis y Janet Leigh, Los vikingos (1958)?

Los vikingos («ladrones de mar») son, posiblemente, los piratas más antiguos de la historia, y de los más atrevidos. A mediados del siglo IX eran los amos de Normandía y en el siglo XI conquistaban Inglaterra. De esta época data la figura de la primera mujer pirata: Jeanne de Bonneville, La Dama de Clisson, quien –para vengarse de los franceses, que habían matado a su esposo– vendió todo lo que tenía y recorrió, capitaneando tres naves, toda la costa del país vecino abordando barcos y saqueando poblaciones marineras. Poco después, el fin de la conquista cristiana de las tierras musulmanas de la península ibérica (1492) supuso la expulsión de los hasta entonces sus habitantes, muchos de los cuales encabezarían una nueva forma de piratería: la de los piratas berberiscos. El 1504 las dos principales embarcaciones del papa Julio II fueron atacadas por el primero de una larga y famosa dinastía de piratas: Aruj Barbarroja.

Sir Francis Drake (1590) retratado por Marcus Gheeraerts el Joven.

Sir Francis Drake (1590) retratado por Marcus Gheeraerts el Joven.

Es en el Caribe, sin embargo, donde –y desde donde– la piratería protagonizará sus gestas más espectaculares y, con ellas, logrará una gran popularidad, hasta el punto que la imagen que hoy tenemos de los piratas no es la de aquellos que hemos descrito anteriormente, sino la de los caribeños. El desarrollo de la piratería en el Caribe está estrechamente relacionada también con la presencia española a aquellas tierras.

Una bula del papa Alejandro VI en 1493 otorgó en España y Portugal el derecho de apoderarse de las tierras que iban descubriendo, dejando de lado otras potencias como Francia o Inglaterra, las cuales no querían permanecer al margen del reparto de las riquezas de las nuevas tierras. Y si esto no era posible a buenas, lo sería a las malas.

A mediados del siglo XVI los piratas franceses e ingleses Bartholomew Roberts en una ilustración del libro de Charles Johnson “A General History of the Robberies and Murders of the most notorious Pyrates” (1724).dominaban aquellas aguas, contando con el apoyo de sus respectivas monarquías. Hasta tal punto existía esta complicidad que cuando el embajador español pidió a la reina de Inglaterra que el famoso pirata Drake fuera ajusticiado, aquella lo esperó junto al río Támesis para nombrarle allí mismo caballero. Ser pirata se convertía cada vez más en una forma de vida: “En un trabajo honrado –decía otro famoso pirata: Bartholomew Roberts (1682-1722) – lo habitual es trabajar muy y ganar poco; la vida del pirata, aun así, es plenitud y saciedad, placer y fortuna, libertad y, además, poder”.

Pintura de Jean Leon Gerome Ferris (1863-1930) que interpreta la batalla entre Barbanegra y el teniente Robert Maynard.

“Captura del pirata Barbanegra” (1920), lienzo de Jean Leon Gerome Ferris.

Anne Bonny en una ilustración del libro de Charles Johnson.

Anne Bonny en una ilustración del libro de Charles Johnson.

Estos piratas no eran gente desesperada a quien la vida les hubiera negado oportunidades para progresar. Más bien al contrario. Muchos de ellos provenían de buenas familias y habían disfrutado de una excelente educación. Roberts era alto, bien parecido, vestía elegantemente y tenía unas exquisitas maneras. Henry Morgan (1635-1688) pertenecía a una familia de larga tradición militar; posteriormente, fue nombrado caballero y pasó los últimos años de su vida en Jamaica, donde poseía una enorme plantación y se codeaba con la más alta sociedad. Otros no tuvieron tanta suerte. Jean David Nave (1630-1699), quien era temido por los que hacía prisioneros por su extrema crueldad, acabó devorado por los caníbales. Al famoso Barbanegra –Edward Teach (1680-1718)– le cortaron la cabeza y lo colgaron en el palo mayor del barco que él había capturado. Su barba negra que adornaba con cintas de colores se paseaba de esta manera por los mares que habían sido testigo de sus hitos por última vez.

También había mujeres en este azaroso mundo, además de la ya mencionada Jeanne de Bonneville. Anne Bonny (1697-d. 1720), hija ilegítima de un afamado abogado irlandés y de la criada de la familia, se casó con James Bonny, un cazador sin fortuna con quien se trasladó a las Bahamas para dedicarse a la piratería. Vestía como los hombres, disparaba mejor que la mayoría de ellos y era tan temida como el peor de sus colegas masculinos. Mary Read (1684-1721) también era hija ilegítima y su madre la vistió con ropas de hombre para que pudiera ser su heredera. Entró al servicio del rey como grumete y después fue dragoon en la Guerra de Sucesión española antes de dedicarse a la piratería. Se sabe que fue capturada y condenada a muerte, pero no hay constancia de que esta se ejecutara la sentencia. Se dice que su padre, un rico hombre, compró su libertad y que Mary se casó y se estableció en Virginia.

Isla Tortuga ─también conocida como Isla de los Piratas, el Infierno del Mar o la Zona Libre, entre otras denominaciones─ fue el centro de operaciones de todos estos piratas. Situada al norte de la isla de Santo Domingo, es de reducidas dimensiones: sólo treinta y dos kilómetros de largo por doce de ancho. Hacia 1640 los habitantes de Isla Tortuga que practicaban la piratería crearon la Hermandad de la Costa con unas normas que patentizan un código de conducta alejado de convenciones sociales y próximo al que después sería el ideario anarquista: ni nacionalidad ni religión eran impedimentos para que uno formara parte de la Hermandad; no existía la propiedad privada: cada cual era amo absoluto del botín que conseguía, pero la tierra y los barcos eran de todos; no había trabajos gratuitos ni obligatorios, ni impuestos ni código penal; no debían obediencia a ningún estado; la Hermandad ayudaba económicamente a los piratas heridos y era un Consejo de ancianos quien garantizaba que se cumplieran las normas.

Isla Tortuga en la actualidad.

Isla Tortuga en la actualidad.

A finales del siglo XVII –y durante todo el XVIII– el centro de actuación se desplazó a Norteamérica y al continente asiático, a la isla de Madagascar, de acuerdo con la nueva correlación de fuerzas que imperaba en el panorama mundial, con el Imperio Británico como principal potencia. Piratas ingleses, holandeses y portugueses desplegarán ahora sus actividades por los mares de India, China, Japón, Malasia y Borneo. Ya a mediados del siglo XIX, cuando la nueva sociedad burguesa nacida de la industrialización y de la Revolución Francesa comenzó a consolidarse, los piratas fueron combatidos con más ahínco y con más medios que nunca. No olvidemos que esta nueva sociedad se estaba articulando sobre la base de un gran mercado mundial. La piratería empezaba su declive, pero la leyenda alrededor de sus gestas tomaba cada vez más fuerza.