Humanos vegetales

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Montaje sobre “Guardian” (fotografía de Robert y Shana ParkeHarrison).

Una pasmosa abulia caracteriza nuestro tiempo, un tiempo que tiene en el sometimiento voluntario su rasgo más distintivo. Predomina una generalizada certidumbre de que nada se puede realmente transformar y puesto que siempre habrá quien mande, quien domine, quien esté arriba, y quien no, esto es lo que hay. Así es la vida, dice la gran mayoría. Vale. ¿Y ya?

Renunciando explícitamente a buscar un lugar en el mundo y aceptando sin reservas el que se nos adjudica nada más nacer, la misma percepción de la existencia humana ha ido alterándose hasta perder la capacidad de discernir lo útil de lo inútil, lo representado de lo real, abandonando la capacidad de elegir y la razón individual de las vidas.

Sentir, pues, el tedio sin sufrir a causa de él. ¿Es eso la felicidad? No sé, pero hay quien dice que sí. Igual tiene razón y resulta cierto aquello de que la ignorancia es la madre de la felicidad. A mí, la verdad, tal aseveración me irrita. Como a Pessoa,

“me irrita la felicidad de todos estos hombres que no saben que son desgraciados. Su vida humana está llena de de todo cuanto constituiría una serie de angustias para una sensibilidad verdadera. Pero, como su verdadera vida es vegetativa, lo que sufren pasa por ellos sin tocarles el alma, y viven una vida que se puede comparar únicamente con la de un hombre con dolor de muelas que hubiese recibido una fortuna –la fortuna auténtica de estar viviendo sin darse cuenta, el mayor don que los dioses conceden, porque es el don de ser semejante a ellos, superior como ellos (aunque de otro modo) a la alegría y el dolor”.

Sí, me irrita profundamente, pero… Prefiero terminar como Pessoa termina el párrafo: “Por eso, a pesar de todo, los amo a todos. ¡Mis queridos vegetales!” (Fernando Pessoa: Libro del desasosiego, edición de 1984, traducción de Ángel Crespo).

Recuerdos

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“Tales from the Hidden Attic” (2010). Michael V. Manalo.

Conservamos los recuerdos, pero el tiempo los disfraza, los transforma hasta que uno ya no tiene seguridad de nada, a veces incluso de si lo que pasó fue como lo recordamos. Los recuerdos únicamente pueden revivirse de manera consciente en el mundo de la fantasía, si no pueden volverse reales y joderte. Despiertan entonces emociones ya enterradas, remueven sentimientos olvidados. Si el recuerdo deja de ser pasado, si deja de representarse únicamente en la memoria, vuelve a ser presente.

Es preferible, pues, que permanezcan en el mundo del ensueño y la imaginación. Así, los guardas, los atesoras, los mimas desde el momento en que te das cuenta que son cosas que no volverás a hacer, momentos que no volverás a vivir. En caso contrario, quieres más. Pero la realidad te lo niega.

Vivir con miedo

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Siempre he asociado al miedo a la autoridad, o al principio de autoridad. Nada excepcional por otra parte, pues todo poder ha de instalarse en él. Nada sería igual sin el temor, sin la ansiedad que se siente frente a la posibilidad de perder las dádivas por él concedidas que creemos que son nuestras, sin sobrecogerse ante las múltiples e infinitas posibilidades con que cuenta para destruirnos, sea un dios, un representante suyo, sea el dinero, o un representante suyo. Vivir con miedo es asegurarse la existencia en un mundo exageradamente timorato, asustadizo de por sí. El miedo acompaña en todas las acciones a quienes no tienen poder, a la mayoría pues. De él no se puede escapar ni en sueños, por eso todos queremos ser poderosos. “Este mundo se compone de vulgo, el cual se lleva de la apariencia, y solo atiende al éxito”, dijo Maquiavelo tiempo ha. El pensamiento individual no es más que una rémora que dificulta todo progreso cuando no está a su servicio.