La casa se derrumbó, ya nada representaba

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ANDRE GOVIA ©

Mi familia fue la primera en poseer tarjetas de visita, y eso no es baladí. Mi abuelo, don Tomás, El Abogado, supo darse cuenta de que nuestro destino dependía de la supremacía económica sobre los demás, pero que de nada servía si esta no se manifestaba públicamente. Sin representación no hay función posible. La exhibición material del poder era condición sine qua non, y como quiera que uno no puede ir por la calle con rastras de billetes colgando como si fuesen collares, la casa cumplía dicho cometido. Con su construcción, mi bisabuelo se aseguró un estatus en un lugar elevado de la pirámide social y dejó de ser un simple campesino para convertirse en terrateniente.

A su hijo, mi abuelo, correspondería dotar la casa de los elementos acordes a su función. Así, la casa, grande, con muchas habitaciones –aunque algunas nunca llegaran a usarse–, empezó a llenarse de cortinas, tapices, alfombras, sillas y sillones con asientos de terciopelo rojo, objetos de porcelana, fuentes y candelabros de plata, lámparas de fino cristal, espejos de variada composición y barrocas cornucopias, cuadros –mi bisabuelo, al óleo, como antes los nobles– y fotografías, muchas de ellas de grupo que mostraban una aparente felicidad, armoniosa y jerárquica (…)

La casa era la quintaesencia de aquel mundo, el nuestro, el mío quisiera o no, un mundo del que poco a poco había ido quedado aislada, pues igual que en su día mi bisabuelo trepó a elevados y prestigiosos niveles en la escala social, otros sin mayor ascendencia que la suya y sin renombre alguno, sin pasado, consiguieron una estimable hacienda y, por tanto, poder. De forma más rápida y con menos esfuerzo, lograron un taburete en el que sentarse en el carro de los vencedores, una vez mi bisabuelo y otros aspirantes abrieron con sus acuerdos y transacciones la puerta de acceso al nuevo reino de la mercancía, en el que todo lo que existe, cosas y seres vivos, también los humanos, sobre todo los humanos, es real y verdadero en función de su valor, de su cotización, lo que acaba por reducir la realidad múltiple a una sola forma abstracta e igual.

Así la casa había ido perdiendo valor frente a las demás casas anodinas, iguales, sin personalidad, pero de mayor tasación y mejor cotización, en perfecta concordancia con los tiempos cada vez más uniformes que hubo de atravesar. Son ahora otras las necesidades, otras las modas, otros los gustos, pues otros son los valores y las acciones consideradas de mérito; los hombres no, siguen siendo los mismos, tal vez menos humanizados, pero esto es lógico, caminamos hacia el exterminio desde los inicios de la vida en sociedad, cuando unos hombres encontraron el modo de explotar a otros dominándolos por la fuerza física y la de las normas y leyes. Somos nómadas de la existencia, siempre errantes pero sin movernos del sitio. No sé si alguna vez la casa fue realmente nuestra –solo nuestra quiero decir–, era tanto o más de los otros, que somos nosotros también, los otros, pues para que algo sea ha de ser también de otro, o de otros, lo mío es más mío si es de todos. Naturalmente, eso no incluye el uso y disfrute, es pura representación.

La casa –en su momento símbolo de un nuevo orden en el que el ascenso social era cuestión no de origen sino de mérito personal, que se medía por la acumulación de bienes, fuera en dinero o en propiedades– había cumplido su ciclo. Ya nada representaba, eran otros tiempos y otro también el modo de conseguir riqueza, de mayor eficiencia y menor esfuerzo.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/05/05/la-casa-se-derrumbo-ya-nada-representaba/

 

Así murió mi padre

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“El velatorio” (s.f.), óleo de Ulpiano Checa (1860-1911).

Así [murió mi padre]. Por eso el olor a muerte que desde entonces mi olfato ha sentido siempre en aquella casa, (…) un olor parecido al que se obtiene al frotar el dorso de una mano con la palma de la otra previamente mojada con saliva, un olor a azufre y amoniaco, pesado, que desde que mi padre entró en descatexia era cada día más penetrante, un olor corrompido a causa de la desintegración del cuerpo y del espíritu, putrefacto, propio de un cuerpo ensuciado por la enfermedad, lacerado, vulnerado y cada vez más vulnerable, el olor de la soledad del moribundo, una soledad que nadie respeta, pues entienden la muerte como el último acto de su relación personal y los familiares se llenan de congoja hacia el moribundo y hacia ellos mismos porque se acerca el final de esa relación, incluso siendo prácticamente inexistente, como en el caso de mi padre, y lo visitan, entran a la habitación compungidos, pobre, dicen, qué triste, qué horror, acreciendo la soledad del moribundo incluso antes de que este haya perdido toda comunicación con el mundo exterior y toda sensación de conciencia de sí mismo, momento que la medicina no sabe a ciencia cierta cuándo se produce. Pero ya es un despojo humano, y así lo tratan. Después de las lamentaciones hablan de otras cosas, de sus cosas, y de si sentirá el moribundo algo o no sentirá nada, y acaban hablando del partido que vieron ayer en la televisión o de los problemas de la vecina del segundo, atropellando sin pudor alguno su dignidad, pues en el fondo reina la indiferencia, la frialdad disfrazada de lamentos. En la habitación de mi padre casi siempre había alguien, era el marido de mi madre, la hija de don Tomás, El Abogado. No iban a verle a él realmente sino a cumplir con un deber, una obligación que era simple apariencia, compromiso social. Su habitación se había convertido en un lugar público del que entraban y salían unos y otros sin permiso del futuro finado. Pero no entraba vida con ellos sino más muerte.

A mí, durante todo el proceso de degradación física, también moral, supongo –ya tendré tiempo de averiguarlo cuando llegue el momento a no ser que la muerte decida ser benévola conmigo y, contrariamente a lo más común, se presente sin avisar– no me dejaron ver a mi padre. Supongo que la habitación en que lo habían confinado, siempre en penumbra –total nada había ya que ver–, estaría llena de palabras y pensamientos sueltos que ni se conocían ni se reconocían, y las cosas desordenadas y sin control no son aptas para un niño. Un día entré sin que nadie me viera, sigilosamente, me aseguré de que no había nadie cerca, mi madre había salido, Pedro cuidaba el jardín y mi abuela estaba en misa. No alcanzaba a ver nada en aquella penumbra, las cortinas estaban echadas y las ventanas entornadas, dejando pasar una tenue luz, de tan poca intensidad que lo hacía todo más enigmático, más oculto, aunque era a mitad mañana. Encendí la luz y vi un rostro amoratado, forzado, que no gesticulaba pero transmitía una gran exasperación a causa del inmenso dolor, con la mandíbula desencajada pero apretando fuertemente los dientes, los ojos hundidos, al igual que las sienes y las mejillas. Aquel rostro no lo olvidaré jamás, se ha convertido en la imagen de mi padre, del infortunio y el desarraigo. Ese rostro agonizante me acompañará siempre, unido a un olor triste en el que se mezcla la putridez de la muerte con la acidez de la lejía, un olor que se esparcía por toda la casa, lo impregnaba todo y calaba hasta las entrañas.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/04/23/asi-murio-mi-padre/

 

El bar de Paco

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“Lambertville House” (2012). Jean Childs Buzgo.

El bar de Paco está enfrente de casa, enfrente justo, solo hay que cruzar la calle. (…) Últimamente, Paco solo habla de de la boda de Jorge, su hijo. Se casa pronto y Paco se siente feliz, más que cuando él se casó. Entonces, me explica, no tenía dinero y tuvo que conformarse con invitar a los más allegados (…) a una comida en casa de sus suegros. Luego, con Esperanza, su mujer, emigraron desde no sé dónde a esta ciudad. Trabajaron ambos: él en la construcción, ella limpiando casas. Consiguieron ahorrar algo de dinero y montaron el bar. El bar de Paco era en realidad el bar Esperanza, así figuraba en el rótulo situado sobre el dintel de la puerta, pero todo el mundo decía el bar de Paco.

No gana mucho Paco, los clientes consumen menos cada día. Tampoco su hijo, que dejó el bar cuando encontró un puesto de trabajo en el mantenimiento del hospital El Buen Provecho, de titularidad pública y gestión privada. Teme que cualquier ERE le convierta en el parado seis millones. En el mismo caso se encuentra su novia, cajera de un supermercado que ya ha iniciado el expediente de regulación de empleo. Todos están preocupados por el futuro, pero este no ha llegado todavía, seguimos en el presente. Algún día se arreglarán las cosas, esto no puede durar siempre, dice Paco. Así, están preparando una boda, un bodorrio, con muchos invitados, por la iglesia, adornada de flores, con una cena en Las Dunas, un hotel de cinco estrellas, con orquesta y barra libre, y más cosas.

Jorge y su novia llevan años ahorrando, esperando tener dinero para casarse, contratarse el uno al otro, convenirse y conformarse juntos. Apenas salen, ni al cine, ni a cenar, ni a bailar. Follarán al menos, supongo. Han comprado un piso y gastado mucho dinero en muebles, que estarán pagando media vida o más, supongo también, si pueden, si no terminan siendo desahuciados. Paco me lo cuenta, está entusiasmado con la boda, disfrutando con los preparativos, feliz de sentirse capaz de poder justificar una vida de esfuerzo y privaciones. Trabaja duro, de las siete de la mañana a las diez de la noche, o más si hay algún grupo que le encarga una cena. “Cenas para grupos, especialidad de la casa. Solo diez euros por persona” ha puesto en un cartel, a ver si así saca algunos euros más. Todos los días menos los domingos. Él y Espe, así la llama Paco, así la conocemos, aunque a veces cuenta con la ayuda de alguna latinoamericana, por unos pocos euros previsiblemente. Pero vale la pena el esfuerzo, supongo que supone, o que cree, o que está convencido, qué más da. Paco me lo cuenta cuando bajo a desayunar a su bar, a mí y a todos, está contento. Señor Paco. Ese día será el señor Paco. Luego Paco a secas otra vez. Espe no acaba de estar de acuerdo con tanto fasto, aunque ese día se sentirá también contenta, feliz, como Paco, y pensará que ha valido la pena, supongo. Paco le dice que, tal como están las cosas, puede sentirse satisfecha, que no todo el mundo consigue casar así un hijo, que ha logrado dar la entrada de un piso y que la situación mejorará, ya son muchos años de penuria. ¿Qué más quieres, Espe? Espe entra y sale de la cocina con tortillas de diversas clases. Recién hechas, señores, dice Paco.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/04/09/el-bar-de-paco/