La ciudad en que resido

la-ciudad-en-que

Puede que fuera por la edad, por el deseo de vivir nuevas situaciones –otras, las que fueran–, la ciudad en que todavía resido me pareció en su momento –y si me pareció así era y es; esa fue mi primera impresión; es la que vale– llena de color a pesar de vivir en tiempos de lobreguez, con muchas fachadas de edificios pintadas de color blanco y otras, muchas también, de amarillo, colorido que contrastaba con el azul del cielo y el verde de los ficus, plataneros y cedros que había por doquier. Ahora es marrón y gris, gris oxidón. También el cielo, aunque no haya nubes.

La ciudad en que ... - 2

La gente que habitaba estos lugares cuando me establecí aquí de manera temporal a los dieciocho años, o eso creía, tenía la costumbre de saludar afablemente a los extraños –yo lo era, todavía lo soy– y a los forasteros –también lo era y lo soy, de esta ciudad y de cada una en la que pueda en un futuro establecerme–, y cada barrio era diferente de los demás, con nombres que tenían que ver con la manera en que habían sido vividos por sus moradores, unos trescientos mil entonces, más del doble ahora.

Los barrios conservan la denominación tradicional. Esta, la denominación, es el único testimonio de su pasado. La ciudad se ha uniformizado y se ha convertido en urbe tan moderna que a veces resulta imposible saber si estás en ella o en otra.

Es el progreso, que va dejando su huella. La ciudad en que habito ha progresado mucho. Es –acorde con el tiempo actual– miserable, deshonesta, mortecina y terriblemente desigual.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/08/21/la-ciudad-en-que-resido/

 

Pequeñas luces, pequeños mundos

lake-shore-drive

Apartamentos del edificio Lake Shore Drive (Chicago), diseñados en 1957 por Mies Van Der Rohe. © Frank Scherschel / Life.

Había aún muchas luces encendidas, pequeñas luces, pequeñas historias de afectos y desafectos, amores y odios, certidumbres y celos, pasión y aburrimiento, también de compañías desinteresadas o sumamente egoístas, de soledades queridas o malvividas, de sexo sincero y orgasmos fracasados, pequeños mundos fragmentados, sin totalidad ni encadenamiento lógicos, inconexos entre sí, al borde de la esquizofrenia, amorfos, inmóviles en un presente atemporal en el que todas nuestras actuaciones se llevan a cabo con la inercia paralizante que caracteriza nuestro tiempo. Algunas luces se apagan, es hora de dormir, puede que de soñar, o de follar, solo o acompañado.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/06/14/pequenas-luces-pequenos-mundos/

Zozobra

al-llit-2

Danny DeVito en un fotograma de la película “La chica de mis sueños” (2007).

Había olvidado comprar una nueva botella de whisky. La que me quedaba estaba prácticamente vacía. Me di cuenta el día antes, al caer la tarde, al instante de servirme uno, generoso, y lo recordé por la noche, ya en la cama, en los momentos que anteceden al sueño, cuando parece acabarse todo y te dispones a entrar en otra realidad pero sigues consciente y adviertes todavía lo que sucede a tu alrededor, generalmente nada. Desconozco el motivo, pero casi siempre, mejor siempre, tal vez porque ─conscientemente o no─ es la hora en que la mente hace inventario de la jornada, es entonces que surgen olvidos y recuerdos, vengan o no a cuento. Los párpados, que parecían dispuestos a permanecer cerrados al menos un tiempo prudencial, se abren de nuevo acostumbrados como están ─todos los ojos─ a permanecer atentos a que alguna cosa suceda en nuestro exterior. Son momentos perturbadores por la propensión a querer ajustar la imaginación a lo previsible, o predecible, momentos en los que cualquier cosa, por irrelevante que a los demás llegue a parecer, puede ocasionar gran zozobra. La botella de whisky, por ejemplo.

No me acordé y al iniciar la tarde su diaria despedida, la hora de mi whisky, no tuve más remedio que salir a la calle otra vez. Incomoda, cansa. Vístete, no te olvides las llaves, el dinero, coge el ascensor, espera que está ocupado, cierra el portal o los vecinos te recriminarán si no lo haces, camina por la acera, detente, hay un semáforo en rojo para los peatones, espera, sigue, otro semáforo, no viene nadie, sí, detente de nuevo, continúa, ya llegas, ya estás, tres personas antes que tú, aguarda tu turno, ya te toca, llaman por teléfono a la dependienta, un momento, qué quieres, una botella de whisky, qué marca, la que deseas es demasiado cara, confórmate con otra, pagas, ya la tienes, te despides, vuelves a hacer de nuevo el mismo recorrido, el mismo semáforo, la misma muchacha acompañada de su perro que se acerca a los coches que se detienen cuando el disco se pone rojo, la misma acera, el mismo indigente con la cabeza gacha y el platillo prácticamente vacío, el portal por fin, ciérralo con llave, el ascensor, ocupado, paciencia, ya llega, no, se ha detenido de nuevo, ahora sí, pulsas el número de tu piso, sube, lentamente, se detiene en otro rellano anterior al tuyo, llegas a tu puerta, ya, menos mal que con el whisky, bien hubiera podido antes romperse la botella si, involuntariamente, tropezase con la puerta del ascensor, por ejemplo, o en uno de los ángulos de las paredes que conforman el pasillo que desde el ascensor lleva a tu habitáculo. Es posible, entonces habría que comenzar de nuevo.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/05/28/zozobra/