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Puede que fuera por la edad, por el deseo de vivir nuevas situaciones –otras, las que fueran–, la ciudad en que todavía resido me pareció en su momento –y si me pareció así era y es; esa fue mi primera impresión; es la que vale– llena de color a pesar de vivir en tiempos de lobreguez, con muchas fachadas de edificios pintadas de color blanco y otras, muchas también, de amarillo, colorido que contrastaba con el azul del cielo y el verde de los ficus, plataneros y cedros que había por doquier. Ahora es marrón y gris, gris oxidón. También el cielo, aunque no haya nubes.

La ciudad en que ... - 2

La gente que habitaba estos lugares cuando me establecí aquí de manera temporal a los dieciocho años, o eso creía, tenía la costumbre de saludar afablemente a los extraños –yo lo era, todavía lo soy– y a los forasteros –también lo era y lo soy, de esta ciudad y de cada una en la que pueda en un futuro establecerme–, y cada barrio era diferente de los demás, con nombres que tenían que ver con la manera en que habían sido vividos por sus moradores, unos trescientos mil entonces, más del doble ahora.

Los barrios conservan la denominación tradicional. Esta, la denominación, es el único testimonio de su pasado. La ciudad se ha uniformizado y se ha convertido en urbe tan moderna que a veces resulta imposible saber si estás en ella o en otra.

Es el progreso, que va dejando su huella. La ciudad en que habito ha progresado mucho. Es –acorde con el tiempo actual– miserable, deshonesta, mortecina y terriblemente desigual.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/08/21/la-ciudad-en-que-resido/