La muerte

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“El triunfo de la Muerte” (h. 1562), óleo de Pieter Brueghel el Viejo.

Sabe que es dueña y señora de todos nosotros, que estamos aquí mientras lo consienta, ella, que nada más nacer ya estamos en sus manos, y así actúa: con prepotencia, como todos los dueños y señores de todos los tiempos, con arbitrariedad, caprichosamente, pues nos tiene en sus manos, y nos tomará como quiera y cuando quiera, y de la forma que le apetezca. A algunos les envía antes un emisario. Ella ya está dentro de nosotros, pero ha decidido comportarse de manera cruel: unos análisis, unas pruebas que no comprendemos, así lo indican, y para explicárnoslas está su recadero, quien nos comunicará cuánto nos falta para tan, generalmente, poco deseado encuentro. Acaban de condenarte a muerte y te lo han soltado así, sin contemplaciones de ningún tipo. Cierto que en el corredor de la muerte estamos desde que nacemos, pero el condenado, bien que no siempre, pues a veces ya está tan exhausto de morir en vida que ansía vivir la muerte, recibe sin duda la mayor tortura cuando se le comunica la aciaga noticia de su próximo fin.

Con otros es todavía más cruel, pues a veces ese plazo no se cumple y la incertidumbre y el desasosiego les acompañan un tiempo más, la mayoría de las ocasiones sumidos en el dolor y conscientes de ese terrible, y al parecer necesario, deterioro progresivo solo porque ella, la muerte, así lo ha dispuesto. Sus emisarios, confundidos, nunca saben qué hacer ni qué decir. Algunos te facilitan su encuentro, pues conocen dónde están sus dominios y cómo llegar a ellos, pero otros, que se consideran simples mensajeros cuya obligación consiste únicamente en comunicar las nuevas, se limitan a decir: es lo que hay. En ese momento, que puede ser más o menos breve o durar una eternidad, pero que generalmente va unido a un progresivo y lamentable proceso degenerativo que alcanza tanto a las facultades físicas como a las intelectuales, es la muerte quien dispone, y eso es algo para lo que hemos de prepararnos desde que somos capaces de asimilar conceptos y expresarlos. Debería ser, esta, materia obligatoria en las escuelas. Al menos de ese modo, llegado el momento sabríamos con mayor precisión, creíble al menos, cómo afrontar el trance, aunque igual no sirve de nada; nuestra mente se encuentra completamente expuesta y vulnerable a cualquier pensamiento.

Otros, pocos, son más afortunados: no saben nada, no hay recadero de por medio, la muerte llega como la vida, sin avisar, y se acabó. Los criterios por los que actúa, la muerte, de forma tan gratuita los desconozco. Lo cierto es que no elegimos cómo morir, como tampoco decidimos cómo nacer.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/01/11/la-muerte/

Cuando Violeta se convertía en puta

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Fotografía de Wick Beavers (2015). Original en color.

Don Cosme ─me contó─ llegó a intimar con una prostituta de nombre Violeta (en realidad se llamaba Ramona). Tanto que quiso casarse con ella. Si no lo hizo fue porque ya estaba casada. Tenía unos cuarenta años, Violeta; don Cosme pasaba de los sesenta en aquellos momentos. De esto hace ya algún tiempo, no mucho. Era madre, Ramona, de un chico de once años ─creo recordar─, del que desconocía quién pudiera ser el padre. Alguien que probablemente estuviera tan solo y falto de afecto como don Cosme se enamoró de ella, puede que movido por la necesidad o la conmiseración, o por ambas cosas a la vez. ¡Qué sé yo! Se casó y dio su apellido al niño. Julián ─se llamaba Julián el esposo de Violeta─ decidió sacarla de la prostitución y de aquel mundo lóbrego y gélido incluso en los días que el sol resplandece con toda su intensidad.

Durante un tiempo ─sigo el relato que me hiciera don Cosme a lo largo de nuestros encuentros─ todo fue bien. El marido de Violeta (…)  trabajaba en una fundición dedicada a la reparación y construcción de máquinas para la industria textil y a la fabricación de maquinaria oleo-vinícola. Cerró. La revolución, la crisis. Julián se quedó, pues, sin trabajo, y lo que es peor, sin sueldo. Buscó nuevo empleo, como tantos otros que atravesaban su misma situación. Como tantos otros, pasó a engrosar las filas de hombres y mujeres que ven cómo su existencia se va disipando entre la sensación de inutilidad, el desespero y la impotencia. Lo poco que cobraba del subsidio por desempleo no era suficiente para cubrir siquiera las necesidades más apremiantes del día a día. Además, el hijo de Violeta sufría un leve retraso mental y, consecuencia de este, una dependencia continua de su madre. Cambiar ahora ─un ahora que empezó cuando Violeta se casó con Julián y pudo dedicarse a su cuidado─ cualquier rutina de su vida hubiera supuesto un trauma terrible para el joven, me explicó don Cosme.

Violeta se vio obligada a ejercer de nuevo la prostitución. Probó antes limpiando casas. De una primera fue despedida el segundo día por planchar unos pantalones con raya central cuando no debían llevarla y poner en la lavadora a 30⁰ un delicado suéter de cachemir. Poco sabía Violeta de modas y no creo que hubiese tenido jamás en sus manos prenda alguna de tan delicada lana. De la segunda la echaron al mes por haber perdido las llaves de la casa. Demasiada irresponsabilidad, pensaron los propietarios de la vivienda y de su trabajo, y ni siquiera le pagaron los días ya trabajados de la semana en la que ocurrió el desdichado y mísero incidente. Debían cambiar la cerradura de la puerta acorazada, decían ellos, de conciencia más blindada aún que la puerta.

Julián se mostró reacio a que Violeta regresase otra vez al barrio chino a vender su cuerpo. Él lo conocía muy bien, sabía el placer que le proporcionaba, el deleite que alcanzaba con sus caricias, el gozo de ser correspondido del mismo modo, conocía el cuerpo de Violeta mejor que el suyo, había pasado noches enteras durmiendo en su cama, disfrutando la dicha de dos cuerpos que se aman y se entregan, que siguen necesitándose al día siguiente de todos los días, compartiendo alegrías ─pocas─, llantos y penas. No podía soportar que nadie más fuera partícipe de esas sensaciones. Sabía que Violeta le amaba, que acostarse con otro no era más que una relación contractual, efímera, que en realidad ella no se entregaba ─eso únicamente sucedía con él─, que era una mendiga sexual forzada por las circunstancias, una actriz de la noche, que actuaba, interpretaba un papel a cambio de dinero, como en definitiva hacemos todos, y eso era lo único que se llevaba a casa, nada de recuerdos. No era Ramona entonces, era Violeta. Claro que Julián, como don Cosme, a quien habían conocido era a Violeta, no a Ramona, y de ella se habían enamorado, pero Julián no soportaba siquiera pensar en ello, la sola representación mental que descarada y provocativamente se exhibía en su cerebro sin consentimiento alguno por su parte, anulando el raciocinio y cercenando argumentos, le atormentaba. Entonces Violeta se convertía de verdad en puta, una mujer cuyo cuerpo era conocido por muchos hombres que habían pagado para poseerlo sexualmente, un cuerpo público, cedido temporalmente a otras manos, conocido por todo tipo de fulanos cicateros de sentimientos y codiciosos de satisfacer frustraciones y fantasías que por mucho que se empeñaran jamás llegarían a ver cumplidas.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/12/29/cuando-violeta-se-convertia-en-puta-2/

Miedo

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Miedo a no hacer lo correcto (entre otras cosas porque no sabía qué era lo correcto). Miedo a imaginar situaciones por si su protagonista, yo, actuaba de manera inadecuada. Miedo a no comprender, por mucha voluntad que pusiera, la manera de proceder de los adultos. Culpabilidad por lo que pudiera hacer antes de haber hecho nada. El mundo se ensanchaba, mi mundo, y con él la inseguridad, pues el otro, el de afuera, el de los mayores, se alejaba cada vez más, todo eran prohibiciones y obligaciones cuya significación nadie sabía explicar. Un miedo turbio, confuso, me hizo dudar hasta de la inviolabilidad de mi imaginación. ¿No habría alguien espiando mientras jugaba solo en el jardín? ¿Serían mis juegos observados? ¿Se podría jugar solo?

No podía entender en aquellos momentos que toda autoridad tiende a homogenizar actitudes y comportamientos, que todo poder ha de instalarse en el miedo. Nada sería igual sin el temor, sin la ansiedad que se siente frente a la posibilidad de perder las dádivas por él concedidas que creemos que son nuestras, sin sobrecogerse ante las múltiples e infinitas posibilidades con que cuenta para destruirnos, sea un dios, un representante suyo, sea el dinero, o un representante suyo. Vivir con miedo es asegurarse la existencia en un mundo exageradamente timorato, asustadizo de por sí; el miedo acompaña en todas las acciones a quienes no tienen poder, a la mayoría pues; de él no se puede escapar ni en sueños, por eso todos queremos ser poderosos.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/12/16/miedo-2/