Sentir / consentir

Michael Bilotta Conceptual fine art Photographer

Michael Bilotta / Tutt’Art ©

Siendo el hombre el ser más imperfecto de cuantos hay en la naturaleza, dice que siente cuando en realidad consiente. Cree en normas, reglas, dictámenes, leyes, constituciones, sin cuestionarse el porqué de su germen, ni el sentido de sus disposiciones, ni a quién sirven y para qué. La inmutabilidad del dogma. Así todo es más fácil. Los dogmas carecen de significado intelectual. Cuestión de fe. No hay que ejercitar la razón. Normas, leyes, preceptos. División entre los que se benefician de ellas, los que creen beneficiarse y los que aspiran a tal beneficio, excluyendo a quienes se resisten a aceptar sin más. La vida en sociedad, lejos de hacernos más libres, nos ha esclavizado cada vez más. Día a día aumenta la infelicidad, es el infortunio de un existir vacuo, ajeno y extraño a las voluntades, disfrazado de metáforas y alegorías, un mundo de ilusión, que no ilusionante, de imágenes perfectamente encuadradas sobre selección previa de sus distintas maneras de ser representado. Aceptación de la negación, no somos por nosotros mismos, no existimos más allá de la consideración de los demás. Es en el desorden y la desigualdad que sentimos reconocer otros semejantes a nosotros mismos. Y, lo más importante, el ánimo se reconforta al ver que la situación de muchos es peor que la nuestra.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/11/29/sentir-consentir/

Todas las ciudades son iguales. Solo se distinguen por el olor de sus cloacas.

ribeiro

“The City of Slat” (2009), óleo de Santiago Ribeiro.

Más de una vez he pensado marcharme de aquí. Pero ¿adónde? Todas las ciudades son iguales y solo se distinguen por el olor de sus cloacas. E incluso así son iguales, con calles que tienen los mismos nombres: Desesperación, Angustia, Tristeza, Meapilas, Indiferencia, Desdén…, con profundos hoyos cubiertos de alfombras negras donde cae la gente cuando el encargado de regular la circulación recibe la orden del experto de apretar el botón llamado de higiene colectiva ─solo se salvan los que tienen el correspondiente pase de la autoridad, que unos sensores detectan─, con autobuses llenos de gente de camino al cementerio que siempre vuelven vacíos, con brigadas de obreros que se encargan de pintar de gris el cielo, con elegantes casas donde vive una persona con su concubina y sus bastardos que han obtenido el certificado de familia y otras de dieciséis moradores a cuyos varones se les ha castrado para conseguir una habitabilidad sostenible que permita seguir progresando, con luces que deslumbran y ciegan a los que en los hospitales ─siguiendo los planes dictados por el gobierno sobre comportamiento en las vías públicas─ se les han extirpado los ojos y sustituido por microcámaras, con cabinas ─a las que para poder entrar hay que tener el mismo pase que libra a sus poseedores de los hoyos─ en las que estos pueden respirar aromas de toda clase para poder seguir soportando el hedor que desprenden parados, emigrantes, putas y travestis, con teatros en los que gordas sopranos cantan arias por el agujero del culo para unos cuantos elegidos.

Sí, todas las ciudades son iguales. No tiene sentido huir, aunque a veces lo deseo, pues igual los boñigos tienen otros diseños, las sopranos cantan con el coño en vez de con el culo o los hoyos son cuadrados en vez de redondos, qué sé yo. Seguirían siendo, de todos modos, boñigos, sopranos, coños y hoyos. La misma mierda disfrazada de crisis.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/07/19/todas-las-ciudades-son-iguales-solo-se-distinguen-por-el-olor-de-sus-cloacas/

 

El coño de la señora Antonia

el-coc3b1o-de-la-sec3b1ora-antonia1

“Three Women at the Table by the Lamp” (1912), óleo de August Macke.

[Fui con mi abuela] a por huevos a casa de la señora Antonia, que vivía en una casa de campo que contaba con una pequeña granja a las afueras del pueblo en unas tierras propiedad nuestra y, según costumbre, nos daba huevos recién puestos, tomates recién cogidos, cerezas y otros frutos.

Allí, en casa de la señora Antonia, mi abuela mantenía una amigable charla con aquella mujer que tendría, calculo, la edad de mi madre más o menos. Cada una en una silla y frente a una mesa en la que había pastas y vino dulce, creo. Mientras, yo jugaba con el hijo de la señora Antonia. Jugábamos a cualquier cosa, aquel niño, cuyo nombre no recuerdo ─mis únicos encuentros con él eran las veces que mi abuela iba a por alguna de las viandas─, y yo. Aquel día a la Oca, en el suelo, medio tumbados y situados frente a la mesa en la que departían mi abuela y la señora Antonia, apoyándonos con los codos para poder tirar el dado y mover las fichas, teniendo él ─recuerdo también, de ese día lo recuerdo casi todo─ mucha más suerte que yo. Me había ganado dos partidas e íbamos a disputar la tercera, pero esta nunca concluiría, pues de repente dije sentirme mal y tener ganas de vomitar, de repente, lo que extrañó a todos, pues nada había comido ni bebido desde el mediodía y eran las cuatro de la tarde, pero me levanté del suelo como expelido por un resorte. Nunca dije a nadie el motivo, y ninguno de los presentes en aquella escena podrá ya enterarse: la señora Antonia y su hijo murieron al cabo de unos años del suceso que comento a causa de una enfermedad hereditaria; mi abuela también murió, aunque después.

Aquella espantada, que para todos los que allí estaban carecía de sentido alguno, como tantas cosas que yo hacía, pues no había causa o motivo que la explicara, como tantas cosas que yo hacía, estaba justificada, para mí, más teniendo en cuenta que era un niño que nunca había visto un coño. El de mi madre al nacer, al nacer yo, claro, no contaba, y tampoco me fijé. La señora Antonia estaba sentada a la derecha de mi abuela y justo frente nosotros, los dos niños, quedando completamente despejado el tramo, unos dos metros, que nos separaba de la mesa, y como quiera que esta no estaba cubierta con un mantel ni nada parecido, la parte que separa el tablero del suelo a través de las cuatro patas se presentaba ante mí como si de un pequeño escenario se tratase.

Duró un santiamén, pero el espectáculo que involuntariamente presencié al desviar un instante la mirada hacia la derecha me resultó lo más asqueroso que había contemplado hasta la fecha. Vi, o imaginé, es lo mismo, el coño de la señora Antonia. No llevaba bragas, o eso me pareció ─luego da igual que las llevase o no─, mostrando una inmensa mata de pelo negro azabache que contrastaba con unos muslos blancos como la leche, blanquecinos más bien, que a la mitad volvían a ser negros de nuevo, ese era el color de sus medias, sujetas a la altura mencionada, a mitad del muslo. Aquella mata de pelo negro enmarañada me pareció que debía estar lleno de piojos, o gusanos, puede que hasta serpientes, y arañas, que también me daban mucho asco, o de pis que era preciso que hubiera quedado allí y germinado, qué sé yo, y la repugnancia se apoderó de mí, sentí náuseas, ganas de vomitar, y lo dije en voz alta, esto último, no lo demás, por lo que mi abuela me llevó otra vez a casa, diciéndole a la señora Antonia que ya volvería otro día. Sin mí, pensé yo, pues la impresión de la escena había sido tan fuerte que tardó mucho tiempo en borrarse de mi mente, reviviéndola luego unas cuantas veces, ya por la noche, al acostarme, que no dormirme, pues me lo impedía aquel coño, asqueroso, de la señora Antonia, por otra parte el primero que había visto, preguntándome en consecuencia si todos serían iguales, los coños, lo que si así era significaba que yo, al nacer ─todos veníamos al mundo en aquellos tiempos a través de un coño, lo sabían mis amigos y por ellos lo supe yo─, tenía necesariamente que haber atravesado aquella repulsiva mata de pelo, u otra igual, si es que todos eran iguales, y no tenían porque no serlo, en la que posiblemente me enganché y por eso traté de meterme otra vez para adentro en un descuido de don Rafael, el médico. Pero no me fijé yo en eso entonces.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/07/11/el-cono-de-la-senora-antonia/