Buscando afecto entre las hijas del desarraigo

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Fotografía de Joan Colom perteneciente a su serie “La calle” (1959).

Era asiduo del barrio chino, de lo que queda de él, iba casi todas las tardes. Ya no. Aunque creo que nota en falta ese ambiente de mujeres entradas en edad y carnes, de labios exageradamente pintados, rostros dolidos que ningún maquillaje puede disimular, almas pesarosas llenas de sufrimiento y cuerpos ajados de miseria y humillaciones, que venden su cuerpo por muy poco dinero, compartiendo espacio con jóvenes toxicómanas que, a pesar de sus pocos años, han visto ya su dignidad pisoteada, hijas del desarraigo cuyo único horizonte vital ni siquiera es la muerte, con la que coexisten a diario. Muchas están enfermas de sida y solo buscan una dosis de heroína que les ayude a soportar la miseria que aquellas calles concentran y de las que les resulta imposible salir. Son jóvenes cuyo mayor atractivo hace tiempo que ya no es su cuerpo sino la permisividad que muestran ante la aberrante imaginación de muchos hombres. Con ellas conviven travestis de exageradas formas femeninas proclives a otro tipo de fantasías, proxenetas y demás hijos del desahucio.

Don Cosme conoce bien aquel mundo pecaminoso e hiriente para las mentes biempensantes. Lo es él al fin y al cabo, mente biempensante. Aun así encuentra allí, o encontraba, me decía, más rasgos de humanidad que en el extenso erial lleno de fincas que rodea el barrio, poblado por otro tipo de hetairas, chulos y travestidos de espíritu.

Manuel Cerdá: El viaje (2014).

En el calabozo

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Fotografía: José Alfonso ©

El calabozo era pequeño, no más de siete metros cuadrados, con las paredes también de color ocre (eso al menos parecía, pues ese era el color de los desconchados, predominando por tanto el gris del cemento, decorado con manchas de humedad de arbitrarias formas y tamaños y grafitis realizados por los anteriores ocupantes del cuchitril, la mayoría nombres y fechas). Un catre y una colchoneta de dos centímetros de espesor, tres como mucho, eran los enseres. Nada más. No había ventanas, ni ventilación y olía mal, a moho y a comprimida humanidad. En el techo un tubo fluorescente, pero no había interruptor. Al cabo de un rato me trajeron la cena, un pack que llevaba impresas las siglas CNP (Cuerpo Nacional de Policía) y contenía un bocadillo de jamón, una manzana y un botellín de agua. No permitían fumar. Eso es lo que peor llevaba. Pregunté si podían apagar la luz. La apagaron.

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(…)

Alguien, al parecer, no ha conseguido controlar su esfínter y se ha defecado encima, en la celda contigua, creo. También ha vomitado. Debe ser un heroinómano, por lo que comentan los guardias. ¡Pero será guarro el tío este! ¡Qué puerco! ¿Por qué no has pedido ir al retrete? ¡Idiota!, decía uno. El otro, más curtido en estos lances, deduje yo, reía. Ya te acostumbraras a los drogatas. Esto no es lo peor, ya verás si te toca alguien con el mono y se pone agresivo. Al primero no le hacían gracia alguna los comentarios de su compañero. Y sigue vomitando, el muy cabrón. Al otro, la situación no dejaba de resultarle divertida. Seguía riendo. A este lo voy a limpiar yo con la manguera. Se la voy a meter por el culo, ya verás cómo no lo hace más. En eso oí un gemido, un quejido. No seas burro. Anda, déjalo. Hay cámaras, te puedes meter en un lío.

Les oía con bastante nitidez. Hablaban a voces. Sentí deseos de increparles, de gritarles cualquier improperio ─no me hubiera faltado repertorio─, de cagarme encima yo también. Permanecí en silencio. No dije nada. Por si acaso.

Por si acaso, siempre por si acaso. Mi existencia, puede que todas, menos las de aquellos que como mi hermano nacen ya montados en vehículo con todas las prestaciones posibles y disponen de autopistas con poco tránsito y sin límite de velocidad, está llena de por si acasos. Prudencia, moderación, sensatez, cautela, recato, comedimiento, orden. Ni temerarios ni imprudentes, ni irresponsables ─menos, irracionales─, ni ingenuos ni alocados, ni descarados o atrevidos, ni desmesurados o desmelenados, ni desordenados ni desconcertados. Es el mejor de los mundos posibles, este, ¡so lelo! Entiéndelo de una vez. Sé prudente.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

El barrio

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Sus pocas calles estaban siempre llenas de gente, sobre todo de día. Ancianos de años se sentaban en los pocos bancos que había en un descuidado y destartalado parque, o en sillas que sacaban a la calle, con otros cuya vejez ya se había acomodado en su espíritu e incluso mostraba sus señales en sus rostros independientemente de su edad. Unos y otros trataban entre charlas y chascarrillos llevar con resignación la extremaunción social que dosificadamente se les administraba a diario. De todos modos, por muchos que fueran y mucho que hablaran, aunque fuera a gritos, en el barrio solía imperar el silencio, un silencio que a veces rompía el sonido de deteriorados motores de vetustas furgonetas cargadas de chatarra. También las sirenas de los coches de la policía cada vez con mayor frecuencia. Personas de todas las edades convivían, coexistían sería más preciso, en un espacio cerrado de accesos bien definidos. A todos ellos les unía la indolencia, el abatimiento, el desaliento, la falta de ánimo para cambiar su suerte.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).