No es una novela de ficción dentro de un entorno histórico concreto, sino que el autor, Manuel Cerdá, nos cuenta la historia de la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX introduciendo unos personajes de ficción que le dan interés al relato, sin perder nunca el rigor historicista, a lo que, de otro modo, sería un frío relato histórico. Algún crítico lo ha comparado con Ken Follet, con ciertas matizaciones. Para mí las matizaciones son: en primer lugar, que Manuel Cerdà, como historiador que es, ha puesto el rigor histórico y la ética personal del historiador por encima del interés literario, sin que ello, y aquí radica el mérito, disminuya el interés de la novela. En segundo lugar, Manuel Cerdà es un humanista, un experto en cualquier manifestación artística […]
Quien habla en términos tan elogiosos de mi novela El corto tiempo de las cerezas es Josep Castelló i Vives en una reseña que publicó en su blog Trepig ayer, 10 de enero. Josep Castelló (Pedreguer, 1944) es un enamorado de su tierra y sus gentes, de su país y de su identidad, de la literatura y de las tradiciones de su pueblo y, sobre todo, de transmitir estas a sus hijos y, ahora, a sus nietos. Esta pasión le ha llevado a publicar Contes del pansero (2005), El tresor dels maulets (2008), El Montgó i l’esbarzer (2009) y El drac Ocaive (2018), que se enmarcan dentro de la literatura juvenil.
Josep Castelló es también, y ante todo, mi amigo, circunstancia esta que espero que nadie considere el principal motivo de su reseña. Yo sé que no es así, que su honestidad no se lo permitiría y que lo que ha escrito es lo que siente. Y esto hace que –independientemente de sus amables palabras hacia mi novela– su reseña haya sido una entrañable sorpresa para mí. Así pues solo puedo decir: moltíssimes gràcies, benvolgut Josep.El corto tiempo de las cerezas está disponible en edición de papel y ebook. Para conseguirla cliquen AQUÍ.
Samuel deambuló por las iluminadas calles cercanas
al teatro. Era de noche, una noche rara para Londres, calurosa y estrellada. A
medida que avanzaba hacia el este, las calles se estrechaban y perdían
resplandor y esplendor. No sabía dónde estaba, pero el silencio, la soledad, el
abandono, la oscuridad, le indicaban que había elegido una mala ruta. La
miseria no está lejos del bienestar, pensó Samuel, que apenas había caminado
una hora. Junto al pestilente canal de Soochow Creek vio dos cadáveres abandonados
a las puertas de un edificio. Era la morgue. […]
Se hallaba en pleno East End, en el distrito de
Whitechapel […]. Numerosas prostitutas poblaban las calles, unos viejos faroles
con cristales tan sucios que apenas dejaban traspasar la ya de por sí tenue luz
que desprendían, señalaban la presencia de diversos antros, lóbregos y
peligrosos para cualquier extraño.
Entró en uno de ellos. Tuvo que atravesar un oscuro
patio al fondo del cual se distinguía una exigua luz en una puerta que daba
acceso a una sala de variedades sin nombre alguno. En la fachada solo se leía
en una vieja chapa oxidada de latón Music-hall.
Era un local sucio, con el suelo de tierra lleno de porquería. El mostrador
estaba cargado de botellas y el resto de la sala permanecía casi a oscuras.
Toda clase de sujetos, la mayoría andrajosos, tan sucios como el resto del
local, viejos casi todos ─o sumamente desgastados por el paso del tiempo─,
bebían cerveza en grandes cantidades, y whisky, acompañados algunos de viejas
prostitutas, de ajados rostros y grises cabellos adornados con rosas marchitas,
con la blusa abierta, que ofrecían sus servicios y los de algunas jóvenes de
unos catorce o quince años, de lívidas mejillas, vestidas con mugrientas y
raídas sedas y terciopelos, todo ello en medio de un griterío infernal.
Un par de jovencitas se quitaban la ropa al son de
conocidas melodías a las que el propio dueño del local ponía letra, pues nadie
tenía dinero suficiente para pagarse un letrista.
―¿Le gustan? ¿Quiere pasar un buen rato con alguna
de ellas? ¿O prefiere…? ─le preguntó un sujeto con evidentes síntomas de
embriaguez.
―Deja al señor en paz ─escuchó que decía alguien.
Un hombre que tendría más o menos la edad de Samuel,
al menos de apariencia, de rostro cuarteado, curtido por el sol, sin afeitar,
cuya afilada mirada, férrea y agresiva, reflejaba un temperamento duro,
recriminaba al pesado beodo. Sus modales respondían a los de un tipo rudo, a la
vez que astuto y osado, puede que temerario y cruel. Vestía una amplia y sucia
camisa azul y viejos y anchos pantalones negros que sujetaba con un gran
cinturón del que pendía un machete. […]
―Ande, tome una copa conmigo, no sabe dónde se ha
metido. Aquí, si no va con cuidado, le robarán hasta el alma. […] Permítame que
me presente. Me llamó, Skull.
―¿Skull? ─preguntó Samuel extrañado─. No me cuadra
con su acento. ¿De dónde es usted?
―Soy argentino, señor mío. Skull es como me conocen
todos aquí, así que ese es mi nombre. ¿No sabe qué significa Skull? ─Samuel se
encogió de hombros─. Cráneo, amigo, significa cráneo, cabeza.
―Por su sensatez, supongo. Veo que sabe obrar con
cautela.
―No señor, no. ¡Sensatez! ─y soltó una enorme
risotada─. Con eso no hubiera llegado a ningún sitio. Por las cabezas de los
demás. ¿No ha oído hablar de los coleccionistas de cráneos?
Samuel le miró de arriba abajo. Advirtió el machete.
―¿Se dedica a cortar cabezas humanas? ─preguntó
atónito.
―¿Humanas? ¡Jamás! ¡Andá a la reconcha de tu madre!
¿Por quién me toma usted? De todos modos, cabezas ya no se cortan apenas, ahora
se prefiere el bicho entero. No me confunda con uno de esos desesperados
aventureros que están a la que caiga. Soy un hombre de negocios. Verá. Yo era
cazador de animales y los vendía a los zoológicos, pero pronto la gente se
cansó de ver fieras, ya no era novedad, quería otras cosas. Me dediqué
entonces, le hablo de hará unos veinte o veinticinco años, a lo que algunos
ignorantes llaman zoos humanos. Tiene narices la cosa. ¿Humanos? Si así fuera,
quien acudiera a ver a los salvajes es que no se diferencia de ellos. No,
amigo, no. Yo cazo bichos de apariencia humana.
―Recuerdo haber visto en París…
―¿En París? Entonces, sí. Debe haber visto en el
jardín de no sé qué…
―El Jardín de Aclimatación.
―Eso es, amigo. ¡Un éxito! Estuvo usted allí, claro.
Todo el mundo pasó por el dichoso jardín ese. ¿Qué vio?
―No recuerdo el nombre de su… ¿especie?
―Digamos especie. Está bien.
―Aunque a mí me parecieron tan humanos como
nosotros, el color de su piel algo rojizo, pero por lo demás…
―Creo adivinar que no le gustó.
―No. La verdad es que no. Había quienes les
arrojaban alimentos o cualquier cosa para ver cómo reaccionaban. Reían a todo
pulmón con su manera de comportarse. Vi cómo un grupo se desternillaba al ver
una mujer enferma temblequeando en su choza.
―Serían los galibis, seguro. Fue un gran éxito. Pero
le entiendo. Es usted una persona sensible. Mal asunto, amigo mío, este mundo
no es para los sensibles. De todos modos, no se engañe, no son seres humanos.
No es que se lo diga yo, lo dice la ciencia, y la razón. ¿Cree usted que un
estado como el francés consentiría los asesinatos? Y no crea que es exclusivo
de Francia, exhibiciones de este tipo se pueden contemplar en Hamburgo,
Londres, Barcelona, Nueva York, Ginebra… ¿Se han vuelto todos locos acaso?
La mirada de Samuel reflejaba el desconcierto que
sentía oyendo a Skull, no tanto por lo que decía como por la manera en que lo
hacía.
―¿Le sorprende que hable así? ─prosiguió Skull─.
Aquí donde me ve, tengo mi cultura y mis estudios de antropología. Unos empresarios
circenses se pusieron en contacto conmigo precisamente por esto último. La
gente estaba harta de ver animales, como le decía, ya no eran novedad alguna. Y
así empezó la cosa. Luego me independicé. Nada de intermediarios, directamente
con los máximos responsables. En 1881 el profesor Virchow, de Berlín, me
encargó la captura de un centenar de primitivos de la Tierra del Fuego. Por
supuesto, con el beneplácito de los gobiernos chileno y alemán. Era una misión
científica. Primero fueron expuestos en diversas ciudades y, después, sirvieron
para la experimentación en laboratorios y hospitales. Hasta el rey Leopoldo II
de Bélgica me mandó a una misión para la Exposición Universal de Bruselas de
hace cuatro o cinco años. Nada menos que casi trescientos negros del Congo, de
todas las edades. Le traje también otros animales. En fin, un negocio como otro
cualquiera, aunque duro y arriesgado, se lo aseguro. Qué hago en un antro como
este, se preguntará. Reclutar gente para la próxima expedición. A África.
―Bueno, yo he de marcharme.
―Como quiera, amigo, pero antes acabe el vaso ¿no?
Samuel apuró el whisky de un trago e inmediatamente
el camarero, desde detrás del mostrador, volvió a llenar el vaso. Samuel sacó
un billete de cinco libras para que se cobrase y salir de allí.
―¿Qué hace? ¿Se ha vuelto loco? ─exclamó Skull al
tiempo que cogía el billete, aún en la mano de Samuel─. Por menos, aquí pueden
rebanarle el cuello. Esconda eso ─le metió las cinco libras en el bolsillo y le
dio al mozo un par de chelines─. Aún sobra ─añadió─. Vamos, le acompañaré a la
calle, pero antes permítame que le enseñe el suntuoso local al que le ha
conducido su temeridad.
Skull cogió del brazo a Samuel y lo llevó a una
primera estancia situada en el piso de arriba a la que se accedía por una
escalera, junto a la entrada del establecimiento. La oscuridad era casi absoluta
y le costó llegar a distinguir la gran cantidad de hombres y mujeres que
descansaban, dormían o dormitaban en el suelo o apoyados en las mesas y bancos,
echados unos sobre otros.
―Es gente que no tiene dónde caerse muerta, vienen
aquí, toman una bebida cualquiera y pueden permanecer en esta habitación hasta
el cierre el establecimiento. Ya ve, amigo, así es la vida. Ande, vámonos, le
noto agobiado.
Una vez fuera, le indicó que fuese en línea recta
hasta el final de la calle, siempre por el medio de la calzada, evitando los
cruces con los oscuros callejones. Al final de la misma, nada más girar a la
derecha, encontraría otro Music-hall
de bastante mejor reputación que el acababa de abandonar y le sería fácil coger
un coche.
Samuel hizo lo que el estrafalario personaje le aconsejaba. Llegando al extremo de la calle, sin embargo, vio bajo un farol una pequeña que no tendría más de cinco o seis años, sentada en el suelo, con un mendrugo de pan, con el que más jugaba que comía, seco y duro. Le miraba fijamente, con esa falta de pudor que caracteriza las miradas de los niños. No pudo más que detenerse. Aquel rostro demacrado, aquellos enclenques brazos y piernas, el vestido hecho jirones, las manos y cara sucias… Había visto tantos niños así, él era uno de ellos, y su amigo Esclafit, y sus hermanos, y tantos otros… […] Era una niña rubita, de grandes ojos que se hundían en el rostro, pero de mirada inexpresiva. Podría pasar por un ángel con un buen baño y ropa limpia, cambiar su aspecto costaría menos que una botella de champán, pero ¿y su mirada?, ¿cómo podría su mirada convertirse en la de una niña dichosa, feliz?, ¿cómo cambiar su vida? […] Samuel le sonrió, la niña hizo un gesto, una mueca cercana una sonrisa. Echó mano de la cartera, sacó un billete de cinco libras y cuando iba a entregárselo sintió un fuerte golpe en la cabeza. Cayó al suelo, inconsciente.
Junto al
velódromo de Vincennes, que ahora se acondicionaba para la ceremonia de
apertura de los Juegos Olímpicos de verano de 1900, se levantaba un blanco
caserón de tres plantas un tanto descuidado cuya fachada principal se hallaba
prácticamente cubierta de madreselva que trepaba a su antojo.
―¿Ahí está el
cuadro? ─preguntó el príncipe al ver el destartalado edificio.
―Ya ve, ¿quién
iba a imaginarlo? ─dijo Frossard─. Como le comenté, su dueño es un viejo
chocho.
Les recibió un
criado con librea que les condujo a un salón en el que se hallaba Bonheur. La
primera impresión del príncipe al verlo, como confesaría después, durante el
viaje de vuelta, fue que, en realidad, era mucho más extravagante y raro de lo
que Frossard le dijo cuando le anunció que había dado con el paradero del
Courbet y que aquel era su dueño, un trasnochado que vestía levita larga de
terciopelo de color azul oscuro, lustrosa por el paso de los años, y pantalones
amarillos, color que compartía también el pañuelo de seda que, envuelto en el
cuello, se cerraba con un enorme lazo. Era un tipo rollizo y la levita le venía
algo pequeña; también el adamascado chaleco, del color de la levita, aunque más
claro, se notaba que no podía abrochárselo. Debía haber engordado desde que se
retiró a Vincennes, tras haber heredado una cuantiosa suma de dinero a la
muerte de sus suegros. Un bonvivant que, sin duda, decidió
ejercer de ello tras la inesperada herencia, concluyó el príncipe, alguien que
miraba por sí mismo, apartado del mundo y sus gentes. Aun así, y a pesar de su
estrambótica vestimenta, ofrecía un cuidado aspecto, su blanca barba estaba
perfectamente recortada e incluso se había perfumado, lo que pocos hombres
hacían.
A pesar de ser
mitad mañana Bonheur llamó a una de sus criadas ─por supuesto, con cofia─ y le
pidió que dispusiese el tentempié preparado. Mejor hablaremos acompañados de
un piscolabis, dijo. Otras dos criadas, también con su correspondiente
cofia, aparecieron al poco con sendas bandejas: una, enorme, de ostras de
Arcachon y otra de pepinillos en vinagre. Bonheur pellizcó en el culo a la más
joven y rió groseramente, para estupor del príncipe. Nada mejor para
acompañar un buen champán, dijo mientras un pequeño cohombro crujía entre
sus dientes y abría torpemente una botella, derramándose buena parte del
champán en el suelo y manchando los zapatos del príncipe. ¡Oh! Cuánto lo
siento, le ruego disculpe mi torpeza. Al príncipe no le apetecía champán a
esas horas. ¿No le gusta? Mire, aquí tengo un coñac que espero haga sus
delicias. El príncipe, que tampoco quería coñac ─no quería otra cosa que no
fuera ver el cuadro─ comenzaba a impacientarse. Frossard sugirió entonces a
Bonheur que les mostrase el Courbet.
―¡Ah! sí, el
Courbet, ya me había olvidado. ¡Ay esta memoria!, que mala es la edad. Vamos,
vamos a verlo, lo tengo aquí mismo.
Se dirigió a una
caja fuerte que había en un extremo de la habitación, giró varias veces la
rueda de acuerdo con la clave numérica que, dijo, solo él conocía e introdujo
una llave a continuación. La caja se abrió y Bonheur comenzó a sacar viejos
papeles amarillentos que dejaba de cualquier manera en el suelo sin importarle
que se desordenaran.
―Aquí está
─exclamó mostrando un envoltorio de papel de periódico de poco más de medio
metro de largo, sobre el que se le cayó la ceniza de un enorme cigarro que
fumaba.
El príncipe, que
seguía sin dar crédito a lo que estaba viendo, no pudo menos que exclamar:
―¡Por Dios, vaya
con cuidado!
―Es mala la
edad, muy mala, alteza, cada día estoy más torpe. Tenga, ábralo usted mismo.
El príncipe no
conseguía desatar el nudo que formaban los cordeles con que estaba atado el
paquete.
―Deben haberse
pegado las cuerdas, hace tiempo que no sale de la caja. A ver, déjeme que
pruebe.
Bonheur alargó
la mano para coger el bulto, pero el príncipe apartó el cuadro de su alcance.
―No se preocupe,
ya lo hago yo.
El tono de la
voz del príncipe evidenciaba la exasperación que sentía ante la torpeza y la
dejadez del anfitrión. Poco a poco consiguió deshacer el nudo. Un triste marco
de madera de pino, delgado, pintado de negro, un tanto resquebrajado, con
alguna que otra raspadura, encerraba su superficie de manera indigna a juicio
del príncipe, que más tarde compararía aquello con una bella mujer que, bien
vestida y perfumada, engalanada con sus mejores joyas, se cubriese con un viejo
sombrero de esparto. Maravillado a pesar de todo por tenerlo entre sus manos
permaneció un rato en silencio contemplándolo, admirándolo, y posiblemente también
discurriendo acerca de la manera de convencer al cazurro de Bonheur para que se
lo vendiera. Ya le había avisado Frossard que iba a resultar imposible, pero el
príncipe se resistía a aceptar tal eventualidad. Para su desgracia, y su
indignación, Frossard no se había equivocado lo más mínimo. Bonheur se resistía
a desprenderse de él.
―Le ofrezco lo
que usted quiera. Un cuarto de millón de francos. Creo que nadie ha pagado aún
tal cantidad por un cuadro.
―No se trata de
eso, excelencia.
―¿Ni por medio
millón de francos me lo vendería? ─insistió el príncipe.
―Ni por uno
tampoco. Ni por dos. No es cuestión de dinero, alteza, este cuadro tiene otro
tipo de valor para mí. Verán, conocí a la modelo, ella fue quien me lo hizo
llegar. No quería que su entonces poseedor pudiese contemplar una parte tan
significativa de su anatomía, odiaba a aquel tipo, un anticuario demasiado
aficionado al onanismo que luego le contaba cuánto había disfrutado a solas con
su imagen. Desconozco cómo lo consiguió, pero un buen día vino y me lo dejó. Yo
le prometí que lo mantendría a buen recaudo.
―¿Y qué ha sido
de ella? ─preguntó Samuel.
―Ni idea. Hace
tiempo que perdí el contacto.
[…]
―En fin, qué se
le va a hacer ─exteriorizó el príncipe al cabo de un rato, ya de regreso a
París en uno de esos automóviles que tanto odiaba Samuel.
―No sabe su
alteza como lo siento ─dijo Frossard─, pero ya le hablé de lo intrincado de la
operación dada la rareza de carácter de Bonheur.
―¿Rareza de
carácter? Este caballero, si se le puede llamar así, es un completo mentecato,
un cretino total. De todos modos, usted ha hecho todo lo posible y yo, al
menos, he tenido la obra unos momentos en mis manos. Por supuesto, sabré
recompensar debidamente su empeño.
Parecía que el
príncipe se resignaba a marchar sin el Courbet.
―Por eso no se
preocupe, alteza. Lo cierto es que irrita que un tipo así posea una obra como
esa. No es justo que permanezca arrumbada en aquella cochambrosa caja fuerte.
¿Sabe qué me dijo cuando le visité la primera vez para concertar la cita con
usted? ¿El Courbet? ¿De qué Courbet me habla? Yo pensé que se hacía el loco y
que a continuación me negaría que él tuviese el cuadro. Pero no, ¡qué va! Ni se
acordaba. Le expliqué cómo era el cuadro y entonces exclamó: ¡Ah!, sí, el del
coño. Tal cual se lo cuento.
―Siempre
disfruta de las cosas quien menos se lo merece ─dijo Samuel.
―Si al menos lo
disfrutara ─añadió Brigitte─. La verdad es que dan ganas de quitárselo, debería
haber una ley que impidiese comportamientos como el de este hombre con una obra
de tanta categoría.
―Bueno, robarlo
sería una posibilidad ─apuntó Frossard entre risas─. Igual no se daba ni
cuenta.
―Puede que hasta
fuera divertido ─comentó Samuel, que también reía, como Brigitte.
―Pues hagámoslo ─sugirió esta última soltando una carcajada y sumándose al aparentemente disparatado diálogo.