La muerte de Roque

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“El niño enfermo” (finales del siglo XIX), óleo de Karl Kung.

Aquejado de raquitismo, Roque se había convertido en poco tiempo en un tullido de fábrica. Pronto, demasiado pronto ─si es que hay un momento adecuado para ello─ los huesos de sus extremidades se desviaron e hincharon, se ablandaron, carecían de calcio, apenas conocían el sol.

Durante las semanas siguientes Samuel cuidó de Roque. Su interés y esmero en la tarea eran las propias de un niño, es decir, mínimos, insuficientes. Miraba a su hermano como si de una atracción de feria se tratase. Los espasmos de sus músculos despertaban su curiosidad. Luego cesaban las contracciones y Roque caía en un profundo estado de sopor. Samuel trataba de espabilarlo con un vaso de vino, como había visto hacer a su madre. Si consideraba que estaba calmado bajaba a la calle, siempre llena de niños, todos menores de seis años, y niñas, ninguna mayor de ocho, descalzos, medio desnudos la mayoría, sentados sobre montones de porquería, a veces con un mendrugo de pan duro recubierto de sus propios mocos que pasaba tanto tiempo en el suelo como en las bocas. Brincaban y correteaban a su antojo. Los carros entraban y salían raudos, al compás de los pedidos. El chirriar de sus ruedas era un sonido habitual, los chavales lo percibían nada más entrar en la calle. Entonces se arrimaban a la pared, quien más y quien menos sabía de los riesgos que acarreaba desestimar el peligro de los carros y conocía a alguien lastimado a causa del continuo ajetreo de sus idas y venidas.

Al cabo de unos días Roque murió. Estaba dormido, o eso parecía, y Samuel bajó a la calle, a mitad mañana. Regresó al cabo de un buen rato, Roque continuaba en la misma postura que cuando le dejó, no se había movido, lo zarandeó pero no hubo respuesta. Se quedó mirándolo, no sabía muy bien qué estaba sucediendo, esperando alguna reacción. De vez en cuando volvía a sacudir el inerte cuerpecillo. Nada. Finalmente se durmió. Fue su madre quien le despertó al regresar de la fábrica y quien le explicó que su hermano pequeño había dejado de existir.

La muerte de Roque fue recibida con una mezcla de pesar y alivio. En todo caso era el final de una dolorosa situación. Ya no sufriría más el pequeño ─Dios así lo había querido─ ni tampoco sus padres. Samuel podría trabajar. A Samuel le resultaría difícil volver a encontrar un momento como aquel en que su madre lo cogió fuertemente de la mano en el Cantó del Pinyó resguardándole de la avalancha de gente que protestaba contra el impuesto de consumos. A los pocos días de fallecido su hermano comenzaría a trabajar y a sentir necesidad de protección, abrigo y seguridad para combatir el miedo y la soledad.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/09/22/la-muerte-de-roque/

 

Cómo Brígida pasó a ser La China y acabó siendo Brigitte

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“Café cantante en París” (1911). Richard Bloos.

No había sido, ni mucho menos, una vida fácil la suya. Resultó ser oriunda de Avinyonet de Puigventós, un pequeño pueblo de la provincia de Girona, cerca de la frontera con Francia, donde había nacido en 1851. Pronto inició su andadura artística. A los trece años marchó a Barcelona a servir en una casa y a los dieciséis su presencia se había convertido en habitual en varios de los cafetines de la Barceloneta y del Raval, las dos grandes barriadas obreras y centros de los ambientes más licenciosos y aventurados de la ciudad. Allí actuaba algunas veces, junto a las cantaoras que solían ejercer la prostitución y alcanzaban su mayor éxito cuando, si el ambiente era propicio –es decir, si se creía no observar peligro alguno, lo que equivalía a la sospechosa presencia de algún desconocido confidente, o incluso un policía de paisano–, bailaban sin ropa interior. Brígida, aún no había afrancesado su nombre, cantaba coplas subidas de tono acompañada del primero que encontrase dispuesto a seguirla con la guitarra, le daba igual que fuera gratis, solo deseaba cantar y cualquier oportunidad era buena. De ese modo consiguió una cierta popularidad siendo todavía bien joven. La gente empezó entonces a llamarla La China. Sus grandes ojos, negros y rasgados, eran sin duda una de sus características físicas más notables, junto a su sensual boca de labios siempre pintados de rojo. No era una beldad, estaba algo escuchimizada, pero rebosaba voluptuosidad en cada uno de sus movimientos y gestos. Especialmente estos últimos volvían loco a más de uno por su natural exotismo. Su atrevimiento y frescura competían con un carácter inquieto, indómito a veces, que aumentaba su atractivo a ojos de muchos, pues sin empacho alguno mandaba a hacer puñetas a quien solicitara sus favores si estaba de mal humor mientras que en otros momentos ella misma se dirigía con todo el descaro del mundo a algún parroquiano simplemente porque le gustaba.

La gran mayoría de las mujeres que frecuentaban aquellos locales de dudosa reputación, como el Café de Levante o el Barcelonés, obtenían el grueso de sus ganancias comerciando con su cuerpo. Otras en cambio –como La China– eran más sutiles y, a la hora de entregar sus favores, elegían entre la clientela a los que, al menos en apariencia, podían reportarles beneficios materiales más jugosos –no los querían para el placer aunque les aseguraran que jamás nadie las había hecho gozar como ellos–, beneficios más duraderos, como joyas o ropa cara. Por supuesto también dinero. Sus presas: algún despistado caballerete que ingenuamente se había dejado caer por allí en busca de emociones fuertes o, poco habitual, un distinguido personaje de la sociedad barcelonesa –como el marqués de Loix– cuya libido no podía ser satisfecha en su ambiente sin escándalo. También de vez en cuando se dejaba caer algún cazatalentos, o mejor dicho, espabilados que se hacía pasar por expertos de la farándula y presumían de tener los mejores contactos. La China, cada día más popular, fue así contratada por el dueño de un café de Madrid que se hallaba de paso en Barcelona y se prendó de ella. Dos años estuvo en la capital de España, trabajando en garitos de mala muerte. Su empleador resultó ser un gañán de tres al cuarto movido por la lujuria y la posibilidad de explotar sus encantos por encima de sus cualidades artísticas. A la vuelta de Madrid, no contó a nadie su frustrada peripecia. Al contrario, dijo haber estado en París trabajando en algunos de sus más afamados locales. De ahí que ahora se hubiese convertido en Brigitte Aimée, tal como le sugirió un avispado dueño de uno de los cafés en que actuó.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/09/14/como-brigida-paso-a-ser-la-china-y-acabo-siendo-brigitte/

La paloma

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“Joven con una paloma” (1869), óleo de Charles Joshua Chaplin.

La Paloma es una de las canciones más populares, más versionadas y grabadas de la historia desde que la compusiera, alrededor de 1860, Sebastián de Iradier Salaverri (1808-1865). Este compositor vasco inició su carrera en Madrid, marchó a París en 1851 como maestro de canto de la emperatriz Eugenia de Montijo y más tarde se fue a Cuba. Allí conoció los ritmos criollos, interesándose sobre todo por la habanera y componiendo varias de ellas. Ninguna alcanzó la universal fama –pocas canciones o han logrado– de La Paloma, si bien Bizet empleó otra habanera suya, El arreglito, para su ópera Carmen. Ya en los últimos años de su vida regresó a París y de allí, enfermo, a Vitoria, donde falleció.

Rápidamente, La Paloma se hizo popular en Cuba y México, para extenderse luego por todo el mundo. Según El libro Guinness de los récords, la canción más grabada de la historia es Yesterday, de The Beatles, con 1.600 registros, aunque hay quien afirma que La Paloma supera con creces esta cifra, que varía según las fuentes hasta llegar a alguna que asegura que podría rondar las 5.000. Entre ellas no figura la versión de Camila Valls, soprano nacida en Alcoi (Alicante, España) en 1873 que inició una fulgurante carrera tras debutar en 1897 en París –en el Théâtre des Nations, en el papel de Fanny Legrand, de la ópera de Massenet Sapho– que la llevó a recorrer los mejores teatros líricos de Europa y Estados Unidos. Y no figura porque no existe tal versión ni tampoco Camila Valls, una de las protagonistas de mi novela El corto tiempo de las cerezas.

“Un buen día, cuando Camila ya era alumna del maestro Sempere, este alabó sus dotes en presencia de Samuel: Escuche a su hija, escuche, le dijo, y la niña se puso a cantar una canción que a su padre le llegó al alma. Resultó ser una de las más bellas melodías que nunca había oído. La letra le pareció un tanto estrambótica, pero en la voz de su Camila era de una lógica aplastante. La había compuesto –le explicó Sempere– un amigo suyo, compositor, llamado Sebastián Iradier, que poco antes de morir, hacía ya casi veinte años, le mandó la partitura de tan hermosa y popular canción. Créame, en todo este tiempo no había visto a nadie que la interpretase con tanto sentimiento. Se titulaba La Paloma y, desde entonces, la había escuchado infinidad de veces y efectuado varias grabaciones en su gramófono, por supuesto cantada por Camila. Canta La Paloma, le pedía a su hija. ¡Cuántas veladas y sobremesas! Y todos acababan cantando con ella.” (El corto tiempo de las cerezas, 2015).

Vamos a escuchar algunas de las versiones de esta bellísima y enternecedora canción, comenzando por la que, en la imaginación de un servidor, más se aproxima a la que canta Camila en la novela. La interpreta la excelente soprano Victoria de los Ángeles en una grabación de 1965.

La popularidad de La Paloma es, como decíamos, enorme. Prueba de ello son las diferentes versiones que incluimos a continuación. La primera es una grabación de 1938 por Rosita Serrano, cantante y actriz chilena de gran éxito en Alemania durante el periodo comprendido entre 1937 y 1943, llegando a ser conocida como Die chilenische Nachtigall (El ruiseñor chileno).

México es uno de los países donde La Paloma es más querida; más que en España, donde no se le ha hecho la justicia que merece, ni a la canción ni al compositor. Vean cómo reacciona el público cuando André Rieu la interpreta en concierto durante su gira por México de 2011 (extracto del DVD Fiesta Mexicana).

Seguimos en México. Con otra letra totalmente distinta que hace referencia a la invasión francesa y el levantamiento contra el Segundo Imperio Mexicano (1863-1867), Eugenia León la canta de este modo.

Vamos ahora con dos versiones muy distintas, fiel reflejo del eco que La Paloma ha alcanzado  en el mundo. La primera, en francés, corre a cargo de Mireille Mathieu, recogiendo el vídeo una actuación suya de 1974 en la televisión francesa. La segunda, en inglés, es de Elvis Presley, que la interpretó en la película de 1961 Amor en Hawaii con el título No More, en cuyos créditos figuran como autores los responsables de la adaptación (Don Robertson y Hal Blair). Con este título salió grabada en vinilo, como también lo haría Dean Martin. Esta es la secuencia de Amor en Hawaii con Presley cantando La Paloma.

Terminamos a ritmo de ska con el cubano Laurel Aitken, uno de los creadores de este género chispeante y contagioso, el padre e inventor del mismo en realidad. La grabó en su CD de 1999 En español. No sé a ustedes, pero a mí esta versión me encanta (también Aitken).

Que tengan un buen día.

Publicada originalmente en:  https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/09/07/la-paloma/