El drama de la migración a Europa. ¿Y yo qué puedo hacer?

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Una niña refugiada llora tras la alambrada que impide cruzar la frontera entre Grecia y Macedonia. / REUTERS

Lo que está sucediendo con el drama de la migración, o migraciones, en Europa es, como poco, y siendo benévolos, una vergüenza, y  la actitud del Gobierno español todavía más. Pero, ¿y la de los españoles? Este país vivió en 1939, tras el triunfo de las tropas rebeldes, la migración forzosa de cerca de medio millón de personas que marcharon al exilio huyendo de la guerra y de la muerte –de la represión que siguió; una guerra no acaba cuando se firma el armisticio–, igual que los refugiados que ahora se hacinan en las fronteras o en campos levantados aprisa y mal ex profeso. Casi cien mil marcharon más tarde, en la década de 1960, para escapar de la miseria y del hambre en busca de un trabajo que les permitiera al menos sobrevivir, también como los que ahora vienen en pateras o barcazas y tienen el atrevimiento de querer ser vecinos nuestros.

El Gobierno español se niega a aceptar el cupo de 5.849 refugiados que nos correspondería según la cuota que establece la Comisión Europea (basándose en el poco realista y subjetivo cálculo de 40.000). Solo se compromete a aceptar a 2.749. España cuenta con casi 47 millones de habitantes.

¿Qué hacemos los españoles? Vemos los noticiarios de la televisión y nos lamentamos. Incluso por un momento dejamos de comer mientras muestran las imágenes de los centenares de miles de personas que, movidos por motivos políticos y/o económicos –para mí la diferencia es solo semántica–, necesitan nuestra ayuda y solidaridad. Nos conmovemos en ese momento, incluso lloramos si se da el caso, aunque no tanto como viendo La lista de Schlinder. Pobre gente, decimos, y lo hacemos desde el convencimiento más profundo.  Luego, como Harry Potter, nos envolvemos con la capa de invisibilidad, cambiamos de canal y seguimos comiendo.

Hay quienes manifiestan claramente su hostilidad. Los hostiles, afortunadamente, son los menos. Todavía. Pero los indiferentes los más. Y esa indiferencia no es algo baladí. Todo lo contrario: es síntoma de que en el fondo nos importan un carajo e incluso que tememos una posible competencia material (alojamiento, empleo, etc.) y cultural (el peligro de ser “desbordados” por los extranjeros). De ese modo, la hostilidad se alimenta de nuestra apatía y se sirve de ella para, en última instancia, hacer que parezcan justificables los actos violentos y agresivos.

¿Y yo qué puedo hacer?, ¿qué quieres que haga?, responden muchos. Bastante tengo con lo mío, afirman otros. Ya me gustaría que las cosas fueran de otro modo, dicen también. Seguro que sí, no me cabe la menor duda. Pero lejos. Nadie quiere, por ejemplo, un Centro de Internamiento de Extranjeros al lado de su casa. Muy pocos en todo caso. ¿Qué haces cuando te manifiestas en contra de los recortes, cuando tus hijos ni siquiera pueden comer, cuando ves que el futuro se acaba antes de empezar? La historia la hacemos entre todos con nuestro proceder cotidiano: aceptando o negando, consintiendo u oponiéndonos, renunciando explícitamente a buscar un lugar en el mundo y admitiendo sin reservas el que se nos adjudica nada más nacer o bien enfrentándonos a él porque creemos que podemos construir uno mejor. ¿Qué puedo hacer? Tú mismo.

En 1946 el pastor luterano alemán Martin Niemöller pronunció un sermón en el que, entre otras cosas, dijo: “Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a llevarse a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar”.

Mucho se escribe sobre este drama ignominioso. De lo leído me quedo con el final del artículo que Tamara Djermanovic publicó en El País el 31 de agosto de 2015: “Es inevitable preguntarse por qué nos cuesta, una vez más, entender lo más sencillo. Son hombres, con sus sueños y sus miedos, como nosotros. Pongámonos en la piel de aquel crío alemán que, cuando le preguntaron si en su guardería también había extranjeros, respondió: ‘No, allí solo hay niños’.”

¿Y si cambiáramos las tornas como muestra este vídeo de Amnistía Internacional? ¿Cómo actuaríamos entonces?

Pena de muerte

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Camilla de la cámara de la muerte de una prisión de Texas y Daniel López.

Ayer miércoles fue ejecutado –es decir, asesinado– en la prisión de Huntsville (Texas, Estados Unidos), Daniel López, hispano de 27 años, mediante la inyección letal. El 11 de marzo de 2009, López agredió a un policía que trataba de detenerle por una infracción de tráfico y se dio a la fuga. Cuando escapaba –en una persecución a alta velocidad– atropelló a otro policía que estaba colocando un dispositivo pincha-llantas en la carretera.

Es fácil condenar al culpable, lo difícil es comprenderlo. Lo dijo Dostoievski. Naturalmente, comprender no significa compartir motivaciones ni justificar comportamientos, simplemente contextualizar la acción, entender las causas.

La pena de muerte es casi tan antigua como la humanidad. Es, de hecho, el castigo grave más viejo. También el más cruel. Y una muestra de que los humanos no siempre hemos evolucionado a mejor, que la historia como progreso no es más que una falacia occidental para justificar lo injustificable. Aunque, como sea el caso, el mismo reo rechazase un acuerdo con los fiscales por el que le hubieran condenado a cadena perpetua a cambio de declararse culpable y pidió la pena de muerte.

Que la, aparentemente, “nación más civilizada del mundo”, es decir, Estados Unidos, mantenga en vigor la pena de muerte dice poco a favor de Occidente. Claro que en la Unión Europea no se aplica e incluso se critica abiertamente a Estados Unidos su no abolición, pero las palabras nunca se concretan en hechos. Demasiados intereses. Mientras, miles de presos viven ―es un decir― la tortura de saber que cada día puede ser el último durante un tiempo impredecible, una acción cruel y absolutamente inhumana.

La pena de muerte no es una “herramienta” para impartir justicia, sino todo lo contrario: una injusticia en sí misma. Pero, además, a la arbitrariedad de su aplicación hay que sumar la ligereza con que se hace. Un informe sobre la pena de muerte en Estados Unidos indica que las pruebas del ADN han revelado errores en los casos de 69 condenados a la pena capital, lo que muestra que hay muchos más inocentes en espera de ser ejecutados de lo que se creía.

¿Se puede degradar a un ser humano (haya hecho lo que haya hecho) hasta esos límites? ¿Se puede someter a alguien a una tortura permanente de tal calibre? ¿Se puede jugar de ese modo con la vida (muchas ejecuciones en Estados Unidos obedecen a motivaciones claramente electoralistas)? ¿Y si se ha producido un error? ¿Quién lo repara? ¿Cómo? De ninguna manera. La pena de muerte es incompatible no sólo con un Estado de derecho, sino con el propio significado de la palabra humanidad.

“Cuando Estados Unidos abandone por fin la horrenda práctica de la pena capital, los primeros años del siglo XXI se observarán como un periodo peculiar durante el cual personas razonables para muchos otros temas debatían acaloradamente cómo matar a otras personas infringiendo la menor cantidad de dolor constitucionalmente admitida.” (The New York Times, editorial del 27 de enero de 2015).