Wrapped (Naturaleza y civilización)

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Fotograma de “Wrapped”.

Wrapped es un cortometraje ideado y realizado este mismo año (2016) por Roman Kaelin, Falko Paeper y Florian Wittmann como trabajo de graduación en la Academia de Cine de Baden-Wuerttemberg (Alemania) que ahonda en el choque entre civilización y naturaleza. En él –explican los creadores en la página dedicada a Wrapped– “se exploran los efectos del tiempo y del cambio centrándose en los ciclos de un mundo aparentemente sin fin. El deterioro de una cosa constituye el nacimiento de otra. Este hecho cobra nuevas dimensiones cuando inesperadas fuerzas de la naturaleza chocan con las estructuras de nuestra civilización”.

Aunque dura solo cuatro minutos, son suficientes para que –de la mano de unos fantásticos efectos especiales– a través de la retina en nuestra mente se aloje una desasosegante reflexión: ¿llegará el día en que la naturaleza ‘se rebele’ y, como sucede en el corto, ‘se apodere’ del mundo? ¿Es este un mundo que se destruye a sí mismo?

Ya en 1934 preguntaba, y se preguntaba, Lewis Mumford en su obra Técnica y civilización: “¿De qué sirve conquistar la naturaleza si nos convertimos en presa suya bajo la forma de hombres sin freno?”. De nada evidentemente, como podemos comprobar día a día. Hemos olvidado –conscientemente– que formamos parte de ella. Creemos que nos pertenece, como si existiera un medio ambiente natural independiente del ser humano. Puede que el fin de la humanidad tarde mucho en llegar, pero el de la civilización tal como la conocemos –tal como la hemos construido– es posible que no tanto. Y mientras aquí seguimos, aceptando como la única posible una sociedad somnolienta, sugestionada e hipnotizada, mutante, dispuesta adaptarse a toda situación y circunstancia, supeditada voluntariamente a intenciones ajenas con las que identificarse al haberse quedado sin identidad alguna, sin su propia naturaleza.

No son ‘de los nuestros’, son ‘de los otros’

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Niña herida en el ataque suicida de Lahore. /EFE

Publicamos el pasado miércoles, 23 de marzo, una entrada con el título “Los nuestros y los otros” en la que hablábamos de los atentados terroristas de Bruselas. Hacíamos un macabro ranking sobre los mayores atentados perpetrados por Daesh y otras organizaciones terroristas afines en lo que va de año. En él figuraba el de Bruselas en séptimo lugar. Ahora, tras el atentado suicida de ayer en Lahore (Pakistán) ocupa el octavo y este pasa a ser el cuarto más  mortífero de 2016.

A las siete de la tarde (hora local) un suicida hizo explotar los explosivos que portaba en el parque Gulshan Iqbal, cerca de una zona infantil. El resultado, de momento, es de 72 muertos y más de 340 heridos de diversa consideración, la mayoría mujeres y niños. Y todas las fuentes señalan que lo más probable es que el número de víctimas mortales vaya en aumento.

También nos quejábamos del desigual tratamiento informativo que se da por parte de los medios de comunicación occidentales según el atentado se haya cometido en una u otra parte del mundo. No es el mismo si ha sucedido en nuestro entorno que en el ‘otro lado’. Y con diferencia, con mucha diferencia. Seguí la noticia en los telediarios españoles y, prácticamente en todos, se habló de él, sí, pero apenas unos minutos, incluso segundos. El de Bruselas, en cambio, seguía copando la información, repitiendo hasta la saciedad lo ya visto y conocido. En la prensa, tres cuartos de lo mismo.

Pues miren, no. No es eso. Se nos llena la boca hablando de humanidad. ¿Pero acaso somos nosotros (los occidentales) más humanos que los que no lo son? Parece que así es. Y si así es, pues así nos va. ‘Je suis bruxellois’, ‘Je suis Paris’, ¿pero no ‘Je suis pakistani’?

Los nuestros y los otros

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“Humanity Bleeds War or Terrorism” (1986), óleo del artista paquistaní Jimmy Engineer.

Si hacemos un ranking de los mayores atentados terroristas perpetrados por Daesh y otras organizaciones terroristas afines en lo que va de año, el acaecido ayer martes 22 de marzo en Bruselas ocupa el séptimo lugar en cuanto al número de fallecidos. Por número de víctimas mortales figuran antes los siguientes:

  1. Los de las ciudades sirias de Damasco y Homs, el 20 de febrero, en el que varios ataques dejaron 184 muertos.
  2. El del 11 de enero en Bagdad (Irak), con 132 muertos.
  3. El de Sayyidah Zaynab (Siria) el 31 de enero (85 muertos).
  4. El de Dalori (Nigeria) el 1 de febrero (70 muertos).
  5. El de la ciudad libia de Zliten el 7 de enero (60 muertos).
  6. El de la región administrativa de Gedo (Somalia) –este perpetrado por la organización yihadista terrorista Al-Shabbaab– el 16 de enero (60 muertos).

Ya en séptimo lugar de este macabro ranking se encuentra el de Bruselas, que de momento se ha saldado con 31 muertos.

Así, como señala en su edición de hoy eldiario.es, “el 87% de los atentados perpetrados por organizaciones terroristas islamistas entre 2000 y 2014 se produjeron en países donde la mayoría de la población es musulmana (…). En total, más de 72.000 personas murieron a causa de estos actos terroristas en ese periodo. La mayoría, en países donde el Islam es la religión mayoritaria. La mitad de los ataques de organizaciones islamistas se llevaron a cabo en países que han sufrido graves conflictos bélicos como Irak (27%), Afganistán (15%) y Pakistán (9%)”.

Ninguno de los atentados mencionados ha tenido tanto eco como el de Bruselas, al igual que ya ocurriera con el mortífero ataque de París del 13 noviembre del pasado año. En principio, resulta lógico que así sea. Si en mi pueblo (poco más de 9.000 habitantes) sucede cualquier desgracia que ocasiona algún muerto, el hecho cobrará más relevancia en la prensa comarcal –no hay local– que en la de la comunidad autónoma, e irá perdiendo eco en la prensa nacional y seguro que nada dirá la de otros países. Pero cuando hablamos de un fenómeno global que no tiene fronteras, como es el caso del terrorismo de Daesh, no resulta tan lógico el distinto tratamiento informativo que se da por parte de los medios de comunicación europeos y la consiguiente y desigual respuesta por parte de los gobiernos del cada día más viejo continente si el atentado ha tenido lugar en suelo europeo o no. Al menos, de forma tan desmesurada.

Esta actitud es tan irresponsable como hipócrita. Más cuando es sabido que Daesh se financia en buena parte gracias a la venta de petróleo y de antigüedades a Occidente, a las donaciones que recibe de esas monarquías del Golfo con las que tan amigablemente nuestros gobiernos velan por garantizar los grandes negocios de las grandes empresas o a la colaboración por parte de financieros sin escrúpulos que mueven millones de dólares hacia bancos vinculados con el terrorismo.

Esta actitud nada bueno puede traer, pues diferencia entre los nuestros (los europeos, los occidentales) y los otros (los demás). De este modo se da alas a la xenofobia, se alimenta la desconfianza hacia los refugiados y hace casi imposible la convivencia entre unos y otros. En su lugar, y construyéndose sobre posiciones distanciadas y competitivas, surge una hostilidad que está destinada a introducir claridad haciendo distinciones fundamentales entre amigos, los nativos, y enemigos, los extranjeros. Y una radicalización de posturas por ambas partes es el mayor peligro que podamos correr.