Cómo Marion se hizo anarquista

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“La jeune bergère” (1885), óleo de William-Adolphe Bouguereau.

Mis padres trabajaban en una fábrica de tapones cerca de Coñac. A mí, desde muy pequeña me pusieron a servir en casa de un médico. Yo odiaba ese trabajo. Sí, señora; sí, señor; lo que diga la señora, lo que diga el señor… Pero no había más remedio que llevar un jornal a casa. Mis padres, sin embargo, estaban contentos, para ellos era una buena ocupación. Decían de él, del médico, que era un cirujano de primera y lo llamaban de todas partes. Vivía a cuerpo de rey, pero era un tipo despreciable, ruin. Un día, tendría yo unos catorce años, llegó un pobre trabajador; su hijo, de unos diez años, estaba muy mal. Ya lo vi ayer y te dije que no se podía hacer nada por él, ¿qué quieres que haga?, Dios tendrá sus razones para llevárselo, le espetó. Aquel hombre, que no dudaba en arrastrarse ante él para salvar al pequeño, le recordó que también le había dicho que posiblemente una intervención quirúrgica le permitiría seguir con vida. Padecía de algo de los nervios, no recuerdo qué. Sí, te lo dije, pero también te dije que para ello habría que desplazarse a París y que eso cuesta mucho dinero. ¿Lo tienes? Aunque yo, sentando un mal precedente, renunciara a mis honorarios, ¿qué pasaría con mis colegas? ¿Tú acaso trabajas gratis? Y por mucho que el pobre hombre suplicó no hubo nada que hacer. El chico falleció al poco, tres o cuatro días después a lo sumo. Aquello me sublevó. ¿Cómo se puede ser tan canalla? Pero, sobre todo, pensé, ¿qué clase de sociedad es esta que permite que alguien que puede salvar una vida no lo haga por dinero?, ¿cómo es que ni siquiera su prestigio se vio afectado por una acción tan indigna de quien dice ser hombre? Al día siguiente, el muy miserable partía para Javezac. No me esperes a comer, querida, escuché que le decía a su esposa, he de ir a la finca de madame Duval, una asquerosa ricachona, no tiene nada pero ya sabes cuánto le gusta que los demás se compadezcan de su imaginaria mala salud. Empecé entonces a interesarme por las ideas revolucionarias que muchos pregonaban. Los jóvenes solíamos pasear por el Charente, tonteábamos, pero no todos, también había quien tenía conciencia de la situación y se rebelaba contra ese estado de cosas, abusivo, egoísta, despiadado. Desde entonces, todo cuanto ganaba me lo gastaba en comprar libros y periódicos anarquistas. Algunas veces, como no entregaba dinero a mi padre, al llegar a casa me encontraba con que todos estaban comiendo y yo tenía en la mesa el plato puesto al revés. Al final me marché, no aguantaba más. Un joven, Pierre se llamaba, me acuerdo perfectamente de él, tenía contactos en París con el círculo próximo a Ravachol y me vine para acá dispuesta a batallar contra tanta injusticia.

Portada de “Le Petit Journal” (16 de abril de 1892) que recrea la detención de Ravachol.

Portada de “Le Petit Journal” (16 de abril de 1892) que recrea la detención de Ravachol.

Eso era en 1892, tenía yo diecisiete años. Nada más llegar, me enteré que a Ravachol lo acababan de detener por haber atentado contra el juez Benoît y el fiscal Bulot. En ninguno caso hubo muertos. Un camarero, al que la actitud de Ravachol hizo sospechar, avisó a la policía y lo detuvieron. Fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad, pero a los burgueses les pareció poco castigo y volvieron a juzgarle por otras acciones anteriores a los hechos. Se le acusó entonces del asesinato de cinco personas y la violación de una sepultura. Él negó la mayoría de los cargos, pero daba igual, la decisión estaba tomada de antemano, el juicio tenía por única finalidad poder dictar una sentencia que satisficiera a los asustados burgueses, así que lo condenaron a muerte. La guillotina acabó con él en Montbrison. Murió gritando ¡Viva la anarquía!

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

 

El Courbet (El origen del mundo)

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El origen del mundo (1866), óleo de Gustave Courbet.

Junto al velódromo de Vincennes, que ahora se acondicionaba para la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de verano de 1900, se levantaba un blanco caserón de tres plantas un tanto descuidado cuya fachada principal se hallaba prácticamente cubierta de madreselva que trepaba a su antojo.

―¿Ahí está el cuadro? ─preguntó el príncipe al ver el destartalado edificio.

―Ya ve, ¿quién iba a imaginarlo? ─dijo Frossard─. Como le comenté, su dueño es un viejo chocho.

Les recibió un criado con librea que les condujo a un salón en el que se hallaba Bonheur. La primera impresión del príncipe al verlo, como confesaría después, durante el viaje de vuelta, fue que, en realidad, era mucho más extravagante y raro de lo que Frossard le dijo cuando le anunció que había dado con el paradero del Courbet y que aquel era su dueño, un trasnochado que vestía levita larga de terciopelo de color azul oscuro, lustrosa por el paso de los años, y pantalones amarillos, color que compartía también el pañuelo de seda que, envuelto en el cuello, se cerraba con un enorme lazo. Era un tipo rollizo y la levita le venía algo pequeña; también el adamascado chaleco, del color de la levita aunque más claro, se notaba que no podía abrochárselo. Debía haber engordado desde que se retiró a Vincennes, tras haber heredado una cuantiosa suma de dinero a la muerte de sus suegros. Un bon vivant que, sin duda, decidió ejercer de ello tras la inesperada herencia, concluyó el príncipe, alguien que miraba por sí mismo, apartado del mundo y sus gentes. Aún así, y a pesar de su estrambótica vestimenta, ofrecía un cuidado aspecto, su blanca barba estaba perfectamente recortada e incluso se había perfumado, lo que pocos hombres hacían.

A pesar de ser mitad mañana Bonheur llamó a una de sus criadas ─por supuesto, con cofia─ y le pidió que dispusiese el tentempié preparado. Mejor hablaremos acompañados de un piscolabis, dijo. Otras dos criadas, también con su correspondiente cofia, aparecieron al poco con sendas bandejas: una, enorme, de ostras de Arcachon y otra de pepinillos en vinagre. Bonheur pellizcó en el culo a la más joven y rió groseramente, para estupor del príncipe. Nada mejor para acompañar un buen champán, dijo mientras un pequeño cohombro crujía entre sus dientes y abría torpemente una botella, derramándose buena parte del champán en el suelo y manchando los zapatos del príncipe. ¡Oh! Cuánto lo siento, le ruego disculpe mi torpeza. Al príncipe no le apetecía champán a esas horas. ¿No le gusta? Mire, aquí tengo un coñac que espero haga sus delicias. El príncipe, que tampoco quería coñac ─no quería otra cosa que no fuera ver el cuadro─ comenzaba a impacientarse. Frossard sugirió entonces a Bonheur que les mostrase el Courbet.

―¡Ah! sí, el Courbet, ya me había olvidado. ¡Ay esta memoria!, que mala es la edad. Vamos, vamos a verlo, lo tengo aquí mismo.

Se dirigió a una caja fuerte que había en un extremo de la habitación (…)

―Aquí está ─exclamó mostrando un envoltorio de papel de periódico de poco más de medio metro de largo, sobre el que se le cayó la ceniza de un enorme cigarro que fumaba.

El príncipe, que seguía sin dar crédito a lo que estaba viendo, no pudo menos que exclamar:

―¡Por Dios, vaya con cuidado!

―Es mala la edad, muy mala, alteza, cada día estoy más torpe. Tenga, ábralo usted mismo.

El príncipe no conseguía desatar el nudo que formaban los cordeles con que estaba atado el paquete.

―Deben haberse pegado las cuerdas, hace tiempo que no sale de la caja. A ver, déjeme que pruebe.

Bonheur alargó la mano para coger el bulto, pero el príncipe apartó el cuadro de su alcance.

―No se preocupe, ya lo hago yo.

El tono de la voz del príncipe evidenciaba la exasperación que sentía ante la torpeza y la dejadez del anfitrión. Poco a poco consiguió deshacer el nudo. Un triste marco de madera de pino, delgado, pintado de negro, un tanto resquebrajado, con alguna que otra raspadura, encerraba su superficie de manera indigna a juicio del príncipe, que más tarde compararía aquello con una bella mujer que, bien vestida y perfumada, engalanada con sus mejores joyas, se cubriese con un viejo sombrero de esparto. Maravillado a pesar de todo por tenerlo entre sus manos permaneció un rato en silencio contemplándolo, admirándolo, y posiblemente también discurriendo acerca de la manera de convencer al cazurro de Bonheur para que se lo vendiera. Ya le había avisado Frossard que iba a resultar imposible, pero el príncipe se resistía a aceptar tal eventualidad. Para su desgracia, y su indignación, Frossard no se había equivocado lo más mínimo. Bonheur se resistía a desprenderse de él.

―Le ofrezco lo que usted quiera. Un cuarto de millón de francos. Creo ─dijo mirando a Frossard─ que nadie ha pagado aún tal cantidad por un cuadro.

―No se trata de eso, excelencia.

―¿Ni por medio millón de francos me lo vendería? ─insistió el príncipe.

―Ni por uno tampoco. Ni por dos. No es cuestión de dinero, alteza, este cuadro tiene otro tipo de valor para mí. Verán, conocí a la modelo, ella fue quien me lo hizo llegar. No quería que su entonces poseedor pudiese contemplar una parte tan significativa de su anatomía, odiaba a aquel tipo, un anticuario demasiado aficionado al onanismo que luego le contaba cuánto había disfrutado a solas con su imagen. Desconozco cómo lo consiguió, pero un buen día vino y me lo dejó. Yo le prometí que lo mantendría a buen recaudo.

―¿Y qué ha sido de ella? ─preguntó Samuel.

―Ni idea. Hace tiempo que perdí el contacto.

―En fin, qué se le va a hacer ─exteriorizó el príncipe al cabo de un rato de iniciado el camino de regreso a París en uno de esos automóviles que tanto odiaba Samuel; capricho de ricos, sin futuro, decía.

―No sabe su alteza como lo siento ─dijo Frossard─, pero ya le hablé de lo intrincado de la operación dada la rareza de carácter de Bonheur.

―¿Rareza de carácter? Este caballero, si se le puede llamar así, es un completo mentecato, un cretino total. De todos modos usted ha hecho todo lo posible y yo, al menos, he tenido la obra unos momentos en mis manos. Por supuesto, sabré recompensar debidamente su empeño.

Parecía que el príncipe se resignaba a marchar a San Petersburgo sin el Courbet.

―Por eso no se preocupe, alteza. Lo cierto es que irrita que un tipo así posea una obra como esa. No es justo que permanezca arrumbada en aquella cochambrosa caja fuerte. ¿Sabe qué me dijo cuando le visité la primera vez para concertar la cita con usted? ¿El Courbet? ¿De qué Courbet me habla? Yo pensé que se hacía el loco y que a continuación me negaría que él tuviese el cuadro. Pero no, ¡qué va! Ni se acordaba. Le expliqué cómo era el cuadro y entonces exclamó: ¡Ah!, sí, el del coño. Tal cual se lo cuento.

―Siempre disfruta de las cosas quien menos se lo merece ─dijo Samuel.

―Si al menos lo disfrutara ─añadió Brigitte─. La verdad es que dan ganas de quitárselo, debería haber una ley que impidiese comportamientos como el de este hombre con una obra de tanta categoría.

―Bueno, robarlo sería una posibilidad ─apuntó Frossard entre risas─. Igual no se daba ni cuenta.

―Puede que hasta fuera divertido ─comentó Samuel, que también reía, como Brigitte.

―Pues hagámoslo ─sugirió esta última soltando una carcajada y sumándose al aparentemente disparatado diálogo.

El príncipe permanecía en silencio, si bien de su semblante se deducía que no era ajeno a cuanto decían. Puede que fantaseara otra vez con la idea de hacerse con la obra. Los demás seguían con la broma y el despropósito.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/07/06/el-courbet-el-origen-del-mundo/

Tu vida es una puta mierda

Collage of isolated people

Tu vida...Tu vida es una puta mierda

… y lo sabes.

¿No sientes el hedor que desprende?

Claro que no, estás acostumbrado.

Siempre arrastrándote hambriento de nada.

Crees que vives por el simple hecho de existir.

Estás obligado, dices, a recoger las heces de tus superiores.

Sí, lo sé, necesitas alimentarte, has de sobrevivir.

Lo sé, sé que naciste ignaro de todo y de nada,

preparado para mamársela al que tienes arriba.

¿Le cuesta correrse? Pues trabaja,

hazlo bien.

Es esa tu tarea

como buen mamporrero de sus intereses.

Limpia bien el ano de tu dueño con la lengua.

Estás acostumbrado.

Llevas haciéndolo desde que naciste.

Se lo limpiaste a tus padres,

a los maestros,

a las autoridades,

a tus jefes.

Y luego seguiste, conocedor del camino que debías seguir,

y te acostumbraste a vivir en medio de la hediondez.

Tu vida es una puta mierda.

Lo sabes.

Sabes que de la mierda naciste

y que entre la mierda morirás.

Tu vida es una puta mierda

… y lo sabes.

Sí, lo sabes.

Collage of isolated people

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Nota: Obviamente, el “tú”, aquí, tiene carácter mayestático e incluye a un servidor.