Cinco fados con Mariza

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Ningún otro artista portugués, desde Amália Rodrigues, ha tenido tanta repercusión fuera de su país como Mariza. Nacida en Mozambique en 1973 y criada en el popular barrio lisboeta de Mouraria, esta cantante de fados goza tanto del favor del público como de la crítica y del respeto de sus compañeros de profesión, habiendo actuado y grabado con destacadas figuras de la música como Jaques Morelenbaum, Gilberto Gil, Ivan Lins, Cesária Évora, Lenny Kravitz, Sting, José Mercé o Miguel Poveda, entre otros.

Su reconocimiento internacional comenzó en 1999, año en que falleció Amália Rodrigues y en cuyos homenajes póstumos participó. Dos años después, en 2001, publicaba su primer álbum, Fado em mim, todo un éxito –fue cuádruple disco de platino en Portugal– que la consagró internacionalmente. A este siguieron Fado curvo (2003), Transparente (2005), Terra (2008), Fado tradicional (2010), Best of Mariza (2014) y Mundo (2015). Y entre medio no paró de dar conciertos, de aparecer en televisión e incluso hacer alguna incursión en el cine (Fados, Carlos Saura, 2007).

Mariza canta tanto fado clásico como contemporáneo. Su voz parece estar hecha para él, o viceversa; para esa música melancólica, nostálgica, que –como escribió Pessoa en 1929, para el lisboeta Diário de Notícias– no es alegre ni triste, simplemente la expresión del alma portuguesa y que, por ello, fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2011.

Cinco conocidos fados son los que hemos seleccionado para este breve acercamiento a la personalidad musical de la que nadie duda que, hoy por hoy, sea su mejor intérprete. Comenzamos con un fado que grabó Amália Rodrigues en 1954, Primavera (música de Pedro Rodrigues y letra David Mourão Ferreira). El vídeo –como los tres que siguen a este– recoge un momento de su Concerto em Lisboa de 2005, que tuvo lugar en los jardines situados frente a la Torre de Belém de la capital lusa y cuya grabación se lanzó tanto en CD como en DVD.

Medo es otro fado (música de Alain Oulman y letra de Reinaldo Ferreira) que popularizó Amália Rodrigues a principios de la década de 1960.

Otro momento de Concerto em Lisboa es el que recoge el siguiente vídeo en el que escuchamos a la protagonista de nuestra entrada en ese fantástico fado contemporáneo que es Gente da minha terra. Fue compuesto por Tiago Machado para el álbum Fado em mim a partir de un poema de Amália Rodrigues.

“Oh, llena de penas, llena de penas me acuesto y con más penas, con más penas me levanto. En mi pecho ya se queda, ya se queda esta manera de quererte tanto. Por una lágrima tuya de alegría, me dejaría matar”, cantaba Amália Rodrigues en Maria Lisboa, un hermoso fado con música de Alain Oulman y letra de David Mourão Ferreira que esta grabó en 1960.

Para su álbum de 2005 Transparente –grabado en Brasil y producido por Jaques Morelenbaum–, Paulo de Carvalho compuso el celebrado Meu fado meu, que en 2007 Mariza cantó con Miguel Poveda en la película Fados. Ambos interpretan esta emotiva versión, acompañados por la Orquesta Nacional de España dirigida por Josep Pons, durante el concierto celebrado en el Auditorio Nacional de Madrid para conmemorar el 25 aniversario de la adhesión de España y Portugal al tratado de la Unión Europea.

Que pasen un buen día.

Melodías de otoño

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Tobias Zeising

Pues ya estamos en otoño. Descienden las temperaturas, el sol se pone cada vez más pronto, vamos camino del invierno y sentimos nostalgia del verano que acaba, de una época en que el sol tarda más en ponerse y parece que todo se ha vivido con mayor intensidad. De ahí ese halo de romanticismo que suele acompañar al otoño y también su significado como “período de la vida humana en que esta declina de la plenitud hacia la vejez” (RAE).

Por supuesto, esto ocurre en el hemisferio norte, donde el otoño abarca el periodo comprendido entre el 21-24 de septiembre (equinoccio de otoño) al 20-23 de diciembre (solsticio de invierno). En el hemisferio sur, las fechas, lógicamente, son otras: del 21-24 de marzo al 20-23 de junio. Pero, creo yo, que sea cual sea el hemisferio al que pertenezcamos, nunca está de más halagar nuestros sentidos con buenas canciones como, a juicio de un servidor, son las cinco que conforman esta entrada.

Comenzamos con la que, posiblemente, más asociamos a esta estación: Les feuilles mortes (Las hojas muertas). Así es como llaman los franceses a las hojas secas que, decimos nosotros, caen en otoño. Canción bella como pocas, con una música excepcional y una letra que es poesía pura, fue escrita en 1946 para la película de Marcel Carné Les portes de la nuit, si bien la melodía ya existía desde un año antes. El compositor francés de origen húngaro Joseph Kosma la había compuesto para el ballet de Roland Petit Le Rendez-vous (1945), con argumento del poeta, dramaturgo y guionista cinematográfico Jacques Prévert. Carné quiso adaptar el ballet a la gran pantalla y encargó a Prévert la letra. Así nació esta hermosa canción que en 1947 el compositor y letrista estadounidense Johnny Mercer adaptó (la letra) para su versión inglesa y tituló Autumn Leaves (Hojas de otoño). La escuchamos por Yves Montand –a juicio de la mayoría el mejor intérprete de la misma– en un momento del concierto que dio en 1981 en el Olympia de París.

Esa nostalgia de la que hablábamos hace que celebremos la llegada del llamado Veranillo de San Miguel (alrededor del 29 de septiembre) o el de San Martín (en torno al 11 de noviembre), momentos en que las temperaturas suelen –o solían– alcanzar una media superior a la propia de la época que nos retrotrae al verano. En el hemisferio sur sucede algo parecido con el denominado Veranito de San Juan (alrededor del 24 de junio). En Estados Unidos este fenómeno es conocido como Indian Summer. Y así, Indian Summer, se titula este tema que compuso en 1919 Victor Herbert y al que –como en el anterior– se le añadió la letra más tarde, en este caso en 1939, siendo su autor Al Dubin. La versión que hemos elegido pertenece al álbum de 1968 Francis A. & Edward K. Francis A. es Frank Sinatra (Francis Albert Sinatra) y Edward K. Duke Ellington (Edward Kennedy Ellington). Los españoles que ya tengan cierta edad la recordarán como sintonía del popular programa de radio el Consultorio de Elena Francis.

Seguimos con un famoso estándar del jazz que compuso Vernon Duke para el musical Thumbs Up!, estrenado en Broadway en 1934. Hablamos de Autumn in New York, canción que desde entonces ha sido grabada infinidad de veces. Nos quedamos con la versión de Ella Fitzgerald y Louis Armstrong que recoge el álbum Ella and Louis Again (1957).

Septiembre es –o solía ser– uno de los meses más lluviosos del año. A este mes está dedicada September In The Rain, popular canción de Harry Warren y Al Dubin publicada en 1937 y que fue presentada por James Melton en la película Melody for Two. Otro estándar  que ha sido grabado por una larga lista de intérpretes y que escuchamos por Sarah Vaughan en un momento de la gira europea que llevó a cabo en 1959. El vídeo es una grabación de la televisión sueca de ese año.

Finalizamos con una canción de Joan Manuel Serrat, Balada de otoño, incluida en el cuarto disco del cantautor, La paloma (1969), si bien el vídeo corresponde al concierto que este dio en la localidad catalana de Reus el 10 de diciembre de 1989.

Para quienes gusten del otoño, que lo disfruten. Para los que no, que lo lleven lo mejor posible.

Lolita y la censura

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Dominique Swain en “Lolita” (1997).

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta (…) Era Lo, sencillamente Lo, un metro cuarenta y ocho de estatura con los pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita”.

Así empieza una de las novelas más controvertidas y admiradas de la literatura contemporánea, Lolita, editada por primera vez en septiembre de 1955. Su autor, Vladimir Nabokov (1899-1977) era un migrante ruso que, con su familia, se exilió en Alemania en 1919 y en 1940 se estableció en Estados Unidos tras haber estudiado filología en Cambridge, si bien en 1959 se trasladó a Suiza, en donde vivió hasta su muerte. Los protagonistas de su obra son generalmente personajes que viven una pasión anormal en mundo de aparente normalidad, normalidad que no es otra cosa que la manifestación de las conveniencias sociales y la moral burguesa. Lolita –la novela más célebre de cuantas escribió– es un evidente ejemplo de ello. Subtitulada «Confesiones de un viudo de raza blanca», es una embriagadora mezcla de apología, diario de prisión y súplica al jurado que juzga al profesor de literatura Humbert Humbert –que hace él mismo– y relata su historia de amor con una adolescente de 12 años que, además, es su hijastra.

Olympia Press

Primera edición de “Lolita”.

En la primavera de 1954, Nabokov tenía listo ya un primer manuscrito y lo presentó a cuatro editoriales (Farrar Straus, Viking, Simon & Schuster y New Directions). Ninguna lo aceptó. “¿Crees que estoy loco?, le dijo uno de los editores. Otros expresaron su temor a la censura e incluso a acabar en prisión. Finalmente consiguió que un año después una pequeña editorial francesa, Olympia Press, especializada en literatura erótica y que publicaba libros en inglés con el fin de burlar la prohibición que pesaba sobre ellos en Estados Unidos y Gran Bretaña, llevase a cabo una tirada de cinco mil ejemplares en dos volúmenes, aunque plagada de errores tipográficos. Salió a la venta en septiembre de 1955 y le edición se agotó pronto. Uno de quienes la leyó fue Graham Greene, que para la selección que hizo el periódico británico The Sunday Times sobre los mejores libros del año eligió Lolita. Enseguida, el Sunday Express reaccionó y su director dijo de la novela que era “el libro más sucio que he leído”, “pura pornografía desenfrenada”.

Portada de “Lolita”, edición de Vintage International de 1997. Fotografía: Andrea Gentl.

Portada de “Lolita”, edición de Vintage International de 1997. Fotografía: Andrea Gentl.

Durante dos años, las copias de Lolita fueron proscritas por las autoridades y perseguidas por las costumbres británicas. En Estados Unidos la primera edición la llevó a cabo Putnam en agosto de 1958, cuando el macartismo estaba ya en horas bajas. El libro fue un éxito, se sucedieron varias ediciones más y se dice que de Lolita se vendieron más de cien mil ejemplares en sus primeras tres semanas, algo que no sucedía desde que en 1936 se publicó Lo que el viento se llevó. Lolita entraba en la mitología literaria.

La censura siguió, no obstante, persiguiendo a Lolita. Así, cuando en 1962, con guión del propio Nabokov, Stanley Kubrick la llevó a la gran pantalla tuvo que sortear varios problemas con la censura como elevar la edad de la protagonista o la negativa de varios actores para interpretar el papel de Humbert. Finalmente se eligió a Sue Lyon para encarnar a Lolita. Sue tenía en ese momento 17 años y, por ser menor de edad, no pudo asistir al estreno. Aunque cuando comenzó el rodaje eran 15, su aspecto la hacía mayor de lo que en realidad era. Ya sé que una cosa es el cine y otra la literatura, que son lenguajes diferentes, pero entonces habrá que convenir que hablamos de los lolitas distintas. La original no es creíble viendo a Sue Lyon, es otra Lolita.

Con el filme de Kubrick, la popularidad de Lolita aumentó, se llevaron a cabo nuevas ediciones y lolita –ahora en minúscula– pasó a ser una nueva voz en los diccionarios mediante la cual se define a una “mujer adolescente, atractiva y seductora”. Al menos así lo hace la Real Academia Española.

La censura estadounidense volvió a cebarse con Lolita treinta y cinco años después. Contra todo pronóstico, Adrian Lyne –director de películas tan taquilleras como infumables como Nueve semanas y media– estrenó en 1997 una versión –puede que lo mejor que haya hecho, lo que tampoco es decir gran cosa– en la que Lolita sí parecía ser esa joven ninfa por la que perdió la cabeza Humbert Humbert (Jeremy Irons en la película). Y es que Dominique Swain, a pesar de contar con la misma edad que Sue Lyon cuando comenzó el rodaje y de que también se elevó esta a 14 años el filme, sí daba la imagen de adolescente procaz y seductora que tan magistralmente describió Nabokov. Por ello, en Estados Unidos no se estrenó hasta un año y medio después, pues no encontraba distribuidora. Lyne –también director de las exitosas Flashdance, Atracción fatal y Una proposición indecente– se convirtió, a causa de ello, en el director de una de las películas menos taquilleras de la historia. Con un presupuesto de 58 millones de dólares, apenas recaudó en Estados Unidos un millón y medio.

“Deseo que esta memoria se publique cuando Lolita ya no viva”, puso Nabokov en boca de Humbert Humbert al final de la novela, una obra maestra sin duda a la que la censura –es lo que tiene cuando se prohíben las cosas– ayudó a encumbrar.