La divertida y singular música de Leroy Anderson

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Leroy Anderson es un compositor ciertamente singular, capaz de convertir la máquina de escribir o el papel de lija en solistas de concierto y autor de  muchas «miniaturas orquestales» alegres, divertidas, absolutamente sorprendentes.

Hijo de inmigrantes suecos, nació en Cambridge (Massachusetts, Estados Unidos). En 1919 empezó a estudiar música en el Conservatorio de Nueva Inglaterra. Prosiguió sus estudios en la Universidad de Harvard hasta comienzos de 1930, cuando decidió en el último momento –estaba a punto de abandonar la música para siempre– dedicarse a esta ante todo. Esta decisión resultó esencial en su vida y hay que agradecerle que así lo hiciera.

Dirigió la banda de música de Harvard y escribió numerosas composiciones para dicha formación, las cuales llamaron la atención de Arthur Fiedler, director de la Boston Pops Orchestra. Con ella estrenó su primera composición en 1938, Jazz Pizzicato, que tuvo un éxito inmediato. Vamos escuchar el tema por la Lviv Virtuosos Academic Chamber Orchestra (Ucrania) durante un concierto de 2012.

Durante estos años trabajó con su hermano en varias orquestas de baile y al estallar la Segunda Guerra Mundial llegó a ser capitán del ejército estadounidense. Al terminar esta, desestimó la oferta de seguir en las fuerzas armadas –que querían que continuara como agregado militar por su dominio de diversos idiomas– y regresó a la música.

Fue en los años que siguieron al final de la contienda cuando Anderson compuso varias de sus admiradas obras (las “miniaturas orquestales”), como Serenata (1947), The Typewriter (1950), The Waltzing Cat (1950), Plink, Plank, Plunk! (1951), Belle of the Ball (1951), Blue Tango (1951), Bugler’s Holiday (1954), Sandpaper Ballet (1954) y Forgotten Dreams (1954).

Puede que no sepa que es de Anderson The Typewriter (La máquina de escribir), pero seguro que la conoce. Aquí, el sonido de las teclas –en realidad solo dos–, la campana y el mecanismo de retorno del carro hacen de la máquina de escribir un instrumento musical. Muchos creyeron que quienes manejan la máquina de escribir eran mecanógrafos, pero Anderson aclaró que solo los percusionistas profesionales tienen la suficiente flexibilidad en su muñeca para poder ejecutar la pieza. Excelente es la versión que vemos en el vídeo que sigue a cargo de Voces para la Paz (Músicos Solidarios) –asociación independiente fundada en 1998 por Juan Carlos Arnanz para recaudar fondos que contribuyan a la erradicación de la pobreza y a la mejora de las condiciones de vida de las personas y comunidades más vulnerables y desfavorecidas– en este concierto dirigido por Miguel Roa con el percusionista Alfredo Anaya en 2011.

¿La reconocen? Seguro que sí. Alguien puede que se pregunte de qué. Igual de esta genial secuencia de la película protagonizada por Jerry Lewis Lío en los grandes almacenes (1963).

Anímense si tienen o están con niños a mostrarles estos vídeos y a ampliar su horizonte musical. No todo va a ser el Cantajuego ese de las narices que los más peques ven casi obsesivamente. Pónganles este The Waltzing Cat por ejemplo, un hermoso vals que protagonizan Tom y Jerry en un momento de la película de animación Fantasia 2000.

Parece ser que una tarde de primavera, una de esas en que uno empieza a disfrutar de sus cálidos rayos de sol, Anderson se disponía a dirigir un concierto al aire libre cuando, de repente, empezó a llover. El ruido que hacían las gotas al caer le inspiró para componer este Plink, Plank, Plunk!, un pizzicato que imita las gotas de la lluvia y escuchamos por la Portland Youth Philharmonic, dirigida por David Hattner, en diciembre de 2103.

Compuesta en 1951 y publicada en 1952, Blue Tango es la primera obra instrumental que vendió un millón de copias. Escuchamos la grabación para Decca del propio Anderson de 1952.

En Sandpaper Ballet (Papel de lija) Anderson utiliza secciones de madera con papel de lija, como antes hiciera con la máquina describir, como solistas. La divertida versión que incluimos forma parte del Concierto Voces para la Paz (Músicos Solidarios) en su edición de 2013. Los solistas son los percusionistas Alfredo Anaya y Alberto Román y Andrés Salado quien dirige la orquesta.

La música de Anderson alcanzó con estas y otras “miniaturas orquestales” una enorme popularidad en casi todo el mundo y se le consideró el compositor más importante de música ligera de concierto. Mas Anderson también compuso obras más largas, como Concierto en C para piano y orquesta (19 minutos), su obra más ambiciosa, que él mismo estrenó en 1952. La crítica no fue muy amable con ella y Anderson la retiró para hacer algunos cambios, no estrenándose de nuevo hasta 1988, ya fallecido este y sin que llegara a hacer los cambios. Escuchamos el segundo movimiento de Concierto en C. Lamento no poder decir quien interpreta, ni cuando, ni donde, los ocho últimos minutos de la obra en el vídeo que sigue. Si alguien lo sabe y me lo comunica se lo agradeceré.

También probó con el teatro musical, llegando a estrenar en Broadaway, en 1958, Goldilocks, una parodia de la época del cine mudo con libreto y letras de Jean Kerr y Walter Kerr. El musical no fue precisamente un éxito –solo 161 representaciones– y su argumento fue muy criticado. La música de Anderson, sin embargo, recibió numerosos elogios.

Compuso poco a partir de la década de 1960 pero siguió dirigiendo su música hasta que falleció en 1975.

Que tengan un buen día.

Whisky

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Manuel Cerdà

Decía Mark Twain –o dicen que decía, pues tomo la cita de Internet y no está verificada– que “demasiado de algo es malo, pero demasiado de un buen whisky es apenas suficiente”. De un buen whisky, por supuesto.

El whisky puede ser en muchas ocasiones un fiel aliado para deshacer los entuertos que se crean en la mente y, así, encontrar sentido al sinsentido. O lo que es lo mismo: acabar dándose cuenta de que el único sentido de las cosas es que carecen de él. Claro que ello significa despertar al día siguiente con resaca, y la resaca es mayor cada día a medida que avanzamos en edad. Es lo que tiene el alcohol: los efectos secundarios. Por supuesto, si uno toma whisky –cualquier otra bebida espirituosa– los efectos se amortiguarán muy posiblemente con alguna copa de más, incluso podrán llegar a desparecer (momentáneamente, claro). Pero poco a poco también irán despareciendo los afectos (y estos no momentáneamente).

Ahora bien, en este caso da igual tomar whisky que cualquier otra cosa con tal de contenga alcohol, pues no es el placer lo que se busca. Y no es esto. Beber whisky es otra cosa. Es placer, es disfrutar. Si no lo goza mejor no lo tome. El whisky no deja de ser un aguardiente, eau-de-vie como dicen los franceses. Saber vivir incluye saber beber. Paladear un buen whisky –insisto en lo de buen whisky (y sin hielo, por supuesto)– es saborear un poco de “sol líquido”, como definía George Bernard Shaw este licor de color dorado pajizo.

En todo caso que cada uno haga de su capa de un sayo. Al fin y al cabo, siempre –o casi siempre– le ocurrirá lo que cuenta Carson McCullers en su relato de 1943 La balada del café triste:

La bebida de la señorita Amelia tiene una cualidad especial. Se nota limpia y fuerte en la lengua, pero una vez dentro de uno irradia un calor agradable durante mucho tiempo. Y eso no es todo. Como es sabido, si se escribe un mensaje con jugo de limón en una hoja de papel, no quedan señas de él. Pero si se pone el papel un momento delante del fuego, las letras se vuelven marrones y se puede leer lo que contiene. Imaginen que el whisky es el fuego y que el mensaje es lo más recóndito del alma de un hombre: solo así se comprende lo que vale la bebida de la señorita Amelia. Cosas que han pasado inadvertidas, pensamientos ocultos en la profunda oscuridad de la mente, de pronto son reconocidos y comprendidos. Un obrero textil que no piensa más que en telar, en la fresquera, en la cama y vuelta al telar; este obrero bebe unas copas el domingo y se tropieza con un lirio de la ciénaga. Y toma esta flor y la pone en la palma de su mano, examina el delicado cáliz de oro y de pronto le invade una dulzura tan intensa como un dolor. Y ese obrero levanta de pronto la mirada y ve por primera vez el frío y misterioso resplandor del cielo de una noche de enero, y un profundo terror ante su propia pequeñez le oprime el corazón. Cosas como estas son las que ocurren cuando uno ha tomado la bebida de la señorita Amelia. Uno podrá sufrir o podrá consumirse de alegría, pero la experiencia le habrá mostrado la verdad; habrá calentado su alma y habrá visto el mensaje que se ocultaba en ella.

Me han dicho que en esta foto tengo una expresión un tanto beatífica. Y es que más que bebiendo un excelente whisky, estoy disfrutando, estoy viviendo.

Pajas mentales aparte, me quedo con la canción de la película de Cigarettes, whisky et p’tites pépées (1959) del mismo título que interpretaba Annie Cordy.

Cigarrillos, whisky y chavalas

te tejan grogui y te vuelven un tanto loco.

Cigarrillos, whisky y chavalas.

Si esta es tu vida

tienes razón para amarla.

Sabes que fumar es malo para la voz,

que el alcohol no es bueno para el hígado,

que las chavalas son fatales para el corazón,

pero quien prueba las tres cosas dice que no hay nada mejor.

Pues eso. Feliz día. Yo voy a tomarme un whisky. ¡A su salud!

Amy Winehouse

Amy Winehouse

AP/ Victor R. Caivano.

El 23 de julio de 2011, que también cayó sábado, fallecía Amy Winehouse. Nos enteramos el domingo 24 y a servidor de ustedes le sucedió como al crítico musical Fernando Neira, quien escribía en El País, en un artículo titulado “No olvidamos, Amy” que se publicó el 23 de julio de 2015: “De entre las pérdidas de grandes artistas acontecidas en los últimos cuatro lustros solo recuerdo haber llorado, literalmente, dos: la de Jeff Buckley en 1997 y la de Amy Winehouse en 2011. En ambos casos me atormenta conjugar el trinomio entre su inmenso talento, una juventud deslumbrante y el completo infortunio. El primero se ahogó a los 30 años el mismo día que comenzaba la grabación de su segundo álbum; la segunda no llegó a ser capaz de sosegar su cabeza para emprender la escritura del tercero. A los dos les sobreviven, y sobrevivirán, un puñado de canciones descomunales, pero escuece que ya jamás podamos saber qué habría sido de ellos, cuántos octanos de petróleo creativo esperaban brotar aún de sus lapiceros, si habrían errado algún que otro paso o los trabajos sucesivos empequeñecerían títulos previos como Grace, Last goodbye, Lover, you should’ve come over, Back to black, You know I’m not good o Addicted”.

Descubrí a Amy Winehouse por casualidad, un día en la radio del coche. Cambiando de emisora, de pronto escuché una voz grandiosa que al principio atribuí a alguna de las grandes cantantes negras de soul o de jazz. Pero la canción –sonaba Back to Black– me era desconocida. Cuando terminó dijeron el nombre de la cantante y al llegar a casa comencé a buscar sus canciones. Y sigo en ello. No me cansa su espectacular y rasgada voz, su feeling, su timbre. Solo lamento que no habrá más, pues al igual que Neira en el artículo antes citado “no se me ocurre una voz en el siglo XXI tan poderosa como la de Amy: descarnada, voluptuosa, impredecible, profundamente sensorial”. Y como él también “no sobrellevo bien la frustración de que nadie acertase a sacarla del atolladero: ese novio/marido/ex que fue debilidad y perdición, un padre carente de escrúpulos que convirtió a su propia hija en la protagonista indeseada de un reality, los malditos trastornos alimentarios. El acoso de quienes, lejos de preservar el genio deslumbrante, explotaron sus fragilidades y las convirtieron en carnaza”.

Nacida en Londres el 14 de septiembre de 1983, esta cantante y compositora consiguió un prestigio entre la crítica y una aceptación popular inusitados con solo dos álbumes: Frank (2003) y Back to Black (2006). En el primero, producido principalmente por Salaam Remi, a excepción de dos canciones, las otras once estaban coescritas por Amy. En el segundo, las once eran de su autoría (cuatro en colaboración).

Vamos ya a escuchar a Amy Winehouse. Seguro que se les ocurren infinidad de elogiosos calificativos más. Comenzamos con Back to black (De regreso al negro), gran canción que es –como las demás del álbum– un manifiesto reflejo de su vida. Lo hacemos con este vídeo con subtítulos en español pues nos parece que es una aceptable traducción.

En You know I’m not good (Sabes que no soy buena) nos dice, o se dice, “Me engañé a mí misma. Te lo dije. Soy problemática, no soy buena”. Y en Addicted: «Yo soy mi propio hombre, ¿cuándo lo vas a entender? / Tú tienes un hombre, pero yo tengo que fumar, / me da igual si termino sola, / prefiero estar sola conmigo y fumar mi propia cosecha».

La letra Rehab (Rehabilitación), canción con la que se inicia Back to Black, es igualmente autobiográfica: “Querían que fuera a rehabilitación, / pero dije no, no, no. / Me he desmayado pero luego / ni te enteras, ni te enteras, ni te enteras. / No dispongo de tiempo / y si mi viejo piensa que estoy bien…”.

De Frank es el tema Fuck Me Pumps –en español zapatos de mujerzuela– que fue escrita por Amy y Remi y corresponde al álbum Frank.

La vemos y escuchamos ahora en directo. En el primer vídeo –una actuación en Londres de 2007– interpretando Valerie. En el segundo –grabado en Glastonbury en 2008 durante el Festival de las Artes escénicas contemporáneas– You’re wondering now (Te preguntarás ahora), un tema de la banda británica de ska The Specials, unos de sus grupos preferidos, de 1979.

Finalizamos con la que fue su última grabación: un dúo con Tony Bennett, para el disco de este Duets II (2011), cantando Body and Soul, un estándar del jazz de 1930 compuesto por Johnny B. Green (música) y Robert B. Sour, Edward Heyman y Frank Eyton (letra).

Que disfruten de un buen fin de semana.