¿Será por dinero?

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“Painting for Money” (2012), óleo de Elena Kaludova.

¿Qué se puede hacer con un euro? O con poco más de un dólar USA.

  1. Cubrir los gastos de un día entero de colegio de un niño en El Salvador.
  2. Comprar arroz para el consumo de toda una familia en la India durante una semana.
  3. En Etiopía, Save the Children consigue, con un euro, equipar a un niño con un kit entero de material escolar: dos libros, lápices y bolis.
  4. Un euro es lo que cuesta dos días de comida o diez ladrillos en Perú, dos vacunas contra la malaria en África o un metro de cañería de agua potable en Bolivia.
  5. En la lucha contra el sida en África austral, un euro es el coste diario de una terapia antirretroviral.
  6. Según UNICEF, con un euro se pueden comprar tres confecciones de Plumpynut, un alimento que contiene unas 500 calorías y que permite recuperar el peso en poco tiempo.
  7. Comprar 16 sobres de sales rehidratantes, imprescindibles para salvar a los niños de las consecuencias mortales de la deshidratación, originada por enfermedades e infecciones intestinales.

Mas ¿en qué gastamos el dinero?

  1. Cosméticos en Estados Unidos: 6.000 millones.
  2. Helados en Europa: 11.000 millones.
  3. Perfumes en Europa y Estados Unidos: 12.000 millones.
  4. Cigarros en Europa: 50.000 millones.
  5. Alcohol en Europa: 105.000 millones.
  6. Armamento en el mundo: 780.000 millones.

Pues sí, es por dinero.

¿De verdad vivimos en democracia?

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Democracia: poder del pueblo. Eso significa etimológicamente. Y como, evidentemente, nadie puede defender en la actualidad que “el pueblo”, es decir, la mayoría de la sociedad, tenga la más mínima intervención efectiva en las decisiones que toman los gobiernos, y puesto que, dicen, la democracia directa no es más que una inalcanzable utopía, como el socialismo, dicen también, el concepto se adereza con calificativos como representativa, parlamentaria, política…, aunque normalmente estos no se utilizan. Pero una cosa es la democracia como forma política y otra la democracia como forma de sociedad. Y esta sociedad tiene muy poco de democrática.

Uno de los rasgos que caracterizan la sociedad contemporánea es la enorme capacidad que ha mostrado tener para producir riqueza. Nunca en la historia de la humanidad se había generado tanta. Ahora bien, tampoco había estado jamás tan mal repartida. El PIB (Producto Interior Bruto) mundial en 2013 se cifraba, según el Fondo Monetario Internacional en 71,89 billones de dólares. Los países del G-8 concentraban 35,4 billones, repartidos de la siguiente forma: Estados Unidos (15,6), Japón (5,9), Alemania (3,4), Reino Unido (2,4), Francia (2,6), Italia (1,9), Canadá (1,7) y Rusia (1,9). Si a éstos añadimos Japón (5,9) y China (8,3), la cifra se eleva a 49,6 billones. Es decir, diez países poseen el casi el 70 por cien del total del PIB mundial. El resto (173) ha de conformarse con el 30 por cien restante. Ello se traduce en que el 20 % de los países más ricos posee una riqueza 150 veces superior al 20 % de los países más pobres, y que el promedio de ingreso de los 20 países más ricos es 37 veces mayor que el de los 20 más pobres.

La brecha sigue aumentando de manera constante. Es una tendencia siempre en dirección ascendente. En la actualidad, el 1% de las familias más poderosas acapara el 46% de la riqueza del mundo y en países como España las 20 personas más ricas poseen una fortuna similar a los ingresos del 20% de su población más pobre.

Contra el axioma que hay que generar riqueza para que luego, automáticamente, llegue esta a los sectores más humildes de la sociedad solo cabe decir una cosa: mentira cochina. ¿Es esto democracia?

Por otra parte, ¿quién toma las decisiones que afectan a nuestra vida cotidiana, decisiones de vida o muerte y de largo alcance que pueden condicionar nuestra existencia para siempre? Pues un puñado de personas que maneja los hilos importantes en el ámbito de los conflictos internacionales y su correspondiente peligro (y negocio). Eso sí, sin mancharse las manos. Las decisiones que se toman en las salas de juntas afectan al bienestar de una parte de la población mundial cada vez mayor. El poder financiero y el político se retroalimentan hasta el punto de confundirse.

Como pusiera de manifiesto en su día Michel Collon, tomemos a los 252 líderes políticos de los países soberanos y territorios de todo el planeta y sumémosle los presidentes de las 500 mayores multinacionales y organismos financieros. Nos da un total de 752 personas, elegidas democráticamente o no, que toman las decisiones.

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Estos individuos confían o están influenciados, cada uno, por un círculo cerrado de, pongamos, 5 consejeros, socios, miembros de gabinete, líderes de oposición o generales. Esto añade un total de 3.760 personas más. Quizá podamos sumar un número adicional de 100 líderes religiosos con influencia sobre un considerable grupo de personas, otros 100 líderes de instituciones internacionales, organizaciones y sindicatos, que participan en el ámbito mundial y unos 100 líderes de organizaciones criminales con una relevancia significativa. Así pues, un total de 4.812 personas dominan el proceso de toma de decisiones del mundo. Redondeemos: 5.000. 5.000 personas son menos del 0,000000077% de la población mundial. El 99.999999923% de nosotros está, en consecuencia, excluido del proceso de toma de decisiones.

Esta estimación se llevo a cabo en 2006. Es más que probable que, a raíz de la debacle económica iniciada en 2007, el porcentaje de individuos que controlan el mundo se haya reducido aún más. ¿Es esto democracia?

El derecho a la educación, a la asistencia médica, a la vivienda, a la libertad de expresión, de asociación, a la igualdad de sexos y raza, son conquistas innegables que la humanidad ha conseguido a lo largo de la historia. Pero ¿en beneficio de todos? ¿Sí? Incluso en el llamado Primer Mundo, es decir, en los países ricos, ¿es así? ¿Disfrutamos de esos derechos ‘democráticamente’ todos por igual? ¿O esos derechos vienen determinados por la posición social, y esta por la situación económica de que cada uno disfrute? ¿Es igual la educación para todos? ¿O tiene que ver con la renta, con los ingresos de cada familia? Y la asistencia médica, ¿tampoco tiene relación alguna con las posibilidades económicas de cada uno? En cuanto a la vivienda ya sabemos que a nadie le falta, y que todas son amplias, luminosas, confortables.

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Más. Curiosamente –¿curiosamente?– todo esto ha ido acompañado del auge del “pensamiento único” y de una visión unidireccional de la historia que hace que pasen por ser logros de la sociedad democrática única y exclusivamente y, al mismo tiempo, imposibles de conseguir en otro sistema político. O económico. Es lo mismo. Y, claro, nos expresamos como queremos. ¿Acaso no tenemos a nuestra disposición más medios de expresión que nunca? Sí, pero nunca concentrados en tan pocas manos. Apártate de de la visión oficial de la historia y de la definición de qué es democracia y veremos quién publica tus reflexiones.

Piensa lo que quieras mientras no cuestiones los “principios democráticos”. Y, si lo haces, que no sea públicamente. ¡Faltaría más¡ Somos libres. ¿O no? La igualdad de sexos y de raza no se discute. Al perro que tiene dinero se llama señor perro, dice un proverbio árabe. En fin, la perfección no existe. Utopías, pajas mentales. ¡Qué maravillosa es la Democracia (con mayúsculas ahora)! Hemos avanzado, sin duda. Pero ¿quién ha conseguido estas libertades?, ¿y a costa de qué?, ¿quién puede disfrutar de ellas?, ¿se insertan en el marco de una sociedad más igualitaria?, y si es así ¿en un mundo cada vez más uniforme en cuanto a la forma de organizarnos socialmente es dicha afirmación generalizable? ¿De verdad vivimos en democracia?

Derechos humanos. ¿Derechos humanos? Papel mojado.

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“Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, pintada por Jean-Jacques-François Le Barbier en 1789.

El 10 de diciembre de 1948 se firmó en París, por la asamblea de la ONU, la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Compuesta de un preámbulo y de 30 artículos, reconoce el derecho a la vida, a la libertad, a la seguridad, a la libre asociación y a la resistencia contra la opresión, entre otros, como derechos fundamentales e irrenunciables de toda persona.

La Declaración ha sido suscrita por casi todos los estados. Y es que firmar al pie o al final de un escrito es algo muy fácil, como lo es –y disculpen la boutade– darle al “Me gusta” en Facebook o en cualquiera de los blogs que publicamos. Pero como dice el conocido refrán español “del dicho al hecho hay gran trecho”. Una cosa es adherirse y otra cumplir con los preceptos de aquello a lo que uno se ha adherido. Y en este caso prácticamente ningún estado ha ido más allá del “Me gusta”. De lo contrario, este artículo carecería de sentido alguno, pues las situaciones que ilustran las imágenes en contraposición al articulado de la Declaración no se producirían. Veamos.

Artículo 1.

“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”.

Fotografía de Javier Bauluz©

Fotografía de Javier Bauluz©

Artículo 2. 1.

“Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”.

Fotografía de Sergi Cámara©

Fotografía de Sergi Cámara©

Artículo 3.

“Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”.

artículo 3

Artículo 4.

“Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre, la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas.”

artículo 4

Artículo 5.

“Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.”

Fotografía de Especial©

Fotografía de Especial©

Artículo 19.

“Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.”

Fotografía de Philippe López/ AFP©

Fotografía de Philippe López/ AFP©

Artículo 22.

“Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social, y a obtener, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional, habida cuenta de la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad.”

Fotografía de Peter Menzel ©

Fotografía de Peter Menzel ©

Artículo 25. 1.

“Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios; tiene asimismo derecho a los seguros en caso de desempleo, enfermedad, invalidez, viudez, vejez u otros casos de pérdida de sus medios de subsistencia por circunstancias independientes de su voluntad.”

artículo 25.1

Artículo 26.1.

“Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria. La instrucción técnica y profesional habrá de ser generalizada; el acceso a los estudios superiores será igual para todos, en función de los méritos respectivos.”

Artículo 26.1.

Podríamos seguir… Desgraciadamente.