¡Es el sistema, estúpido!

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Esta es una captura de pantalla de hace unos días. Corresponde a la entrada que publiqué en mi blog Tras los atentados de París. ¿Y ahora qué?.  En ella, entre otras cosas, escribía: “¿De dónde sacan las armas los terroristas del Estado Islámico? (…) ¿Con qué dinero las consiguen? ¿De dónde sale este? (…) Es más que obvio que hay una financiación encubierta por parte de importantes familias cercanas a los gobiernos de Arabia Saudí, Qatar o Kuwait, que estos hacen la vista la gorda y que no son pocos los gobiernos y empresas occidentales los que realizan negocios con ellos”.

Afortunadamente –para mí, claro–, el blog registra cada vez mayor número de visitas y WordPress –así te lo hace saber cuando se alcanza una cifra significativa (este último mes la media diaria ha sido 647 visitas)– te puede poner publicidad, ya que, argumentan, de algún modo han de compensar que te ofrecen gratuitamente su servicio.

Pues bien, ¿con qué anunció me encontré ese día? Ya ven, con el Qatar Airways. Y me digo a mi mismo: ¡Es el sistema, estúpido!, recordando la socorrida expresión que crearon los directores de la primera campaña de Bill Clinton para aclararle a  George W. Bush por qué,  según las encuestas, iba perdiendo las elecciones de 1992: “It´s the economy, stupid!” (¡Es la economía, estúpido!).

El primer debate electoral televisado de la historia

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J.F. Kennedy y R. Nixon durante el primer debate electoral televisado de la historia.

El 26 de septiembre de 1960 tuvo lugar en Chicago (Estados Unidos) el primer debate electoral televisado de la historia. Los protagonistas fueron Richard Nixon, entonces vicepresidente, del Partido Republicano, y John Fitzgerald Kennedy, del Partido Demócrata, ambos aspirantes a la presidencia.

Cuando se celebró el debate, cara a cara, Nixon tenía mal aspecto, terminaba de salir del hospital donde había estado ingresado un par de semanas por una lesión en una pierna, estaba sin afeitar desde hacía unos días y se negó a maquillarse. Kennedy daba una imagen diametralmente opuesta, impoluto, bronceado, bien afeitado, sonriente, relajado.

El debate se radió y se televisó. Por televisión fue seguido por setenta millones de personas que, según una encuesta, dieron la victoria a Kennedy, por gran mayoría. En cambio, quienes lo oyeron por la radio opinaron que el vencedor fue Nixon; como mucho dieron un empate.

Nixon subestimó el poder de la televisión. Y perdió. ¿Hubiera ganado Kennedy sin ella? Él mismo, según dicen algunos, reconoció a posteriori que no.

Todavía no ha comenzado en España oficialmente la campaña electoral (empieza a las 00:00 horas del 4 de diciembre) y ya llevamos tiempo viendo a los candidatos y otros conocidos políticos en televisión haciendo variedad de cosas que nada tienen que ver con la política en shows de todo tipo, incluyendo programas del corazón. Bailan, nos cuentan sus aficiones, cómo ligan, nos muestran sus casas, cocinan, cantan… Todavía no han aparecido en ese programa cutre programa –bueno, como tantos otros– que emite Cuatro titulado Adán y Eva, pero tiempo al tiempo. Igual no estaría de más. Ningún interés me suscita ver sus partes pudendas, pero recuerden que Hitler, Franco y Napoleón eran monórquidos.

No me parece mal que hagan todo eso, ni bien tampoco. Lo encuentro irrelevante, aunque sin duda no es así. ¿Por qué lo hacen? Obviamente, para mostrarse como alguien cercano, accesible, alguien con el que los espectadores puedan identificarse. Desde los tiempos de Kennedy hasta hoy los políticos han aprendido que, ante todo, hay que ser un buen showman.

La imagen es lo que cuenta y la televisión –sea cuál sea el soporte mediante el cual se transmiten imágenes a distancia– sigue siendo, a tal efecto, el instrumento idóneo por excelencia.

Los políticos saben que, como dice la canción de Irving Berlin, “There’s no business like show business”, y que, por tanto, recurriendo a la letra que escribió Aldir Blanc para otra hermosa canción, O Bêbado e a Equilibrista, “sabe que o show de todo artista / tem que continuar”. Esto ya no lo encuentro tan irrelevante: es el triunfo de la política como espectáculo. La pregunta que hay que hacerse ahora es quién ganaría unas elecciones si los electores solamente conocieran los programas de las diversas opciones que se les presentan (incluyendo, por supuesto, no votar entre ellas). O simplemente si los leen.

Ya lo dijo Ludwig Feuerbach en el prefacio a la segunda edición de La esencia del Cristianismo (1841): «Y sin duda nuestro tiempo… prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser… lo que es ‘sagrado’ para él no es sino la ilusión, pero lo que es profano es la verdad. Mejor aún: lo sagrado aumenta a sus ojos a medida que disminuye la verdad y crece la ilusión, hasta el punto de que el colmo de la ilusión es también para él el colmo de lo sagrado”. Extraigo la cita del libro de Guy Debord La sociedad del espectáculo (1967).

La libertad se conquista, no se mendiga

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«Discutiendo la Divina Comedia con Dante» (2006), óleo de Li Tiezi, Dai Dudu y Zhang An.

Parafraseo a José Martí, quien en 1879, en un discurso que pronunció en La Habana en honor del periodista Adolfo Márquez Sterling, dijo. “Los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan”.

La libertad del individuo es, o ha de ser, una cuestión universal, no un concepto que pueda ir alterándose en función de las circunstancias precisas de cada momento histórico. La libertad es la libertad sin más, la no subordinación de uno a otro. La libertad, pues, se conquista, no es un favor que haya que pedir a nadie. Y nada se conquista sin luchar. Así pues, hay que combatir por la libertad. Pero, ¿qué significa combatir por la libertad?

“Combatir por la libertad no es dejar que los dirigentes decidan por sí mismos ni seguirles con obediencia o a lo sumo criticarlos de vez en cuando. Combatir por la libertad es participar con todos los medios, pensar y decidir por uno mismo, asumir todas las responsabilidades como personas, entre compañeros iguales. Es cierto que pensar por sí mismo (…) constituye (…) una de las tareas más arduas y difíciles (…) [que exige] mucho más que pagar y obedecer. Pero ese es el único camino hacia la libertad. Pedir nuestra liberación a otros, los cuales hacen de esa liberación un instrumento de dominación, es sencillamente sustituir a los antiguos amos por otros nuevos”.

Son palabras de Anton Pannekoek que extraigo de “Los consejos obreros” (publicado originalmente en 1936 en International Council Correspondence, vol. 2, núm. 5, con el seudónimo de J. Harper).