Coloratura

A servidor de ustedes le encanta la coloratura, gorgoritos como dicen despectivamente sus detractores. La coloratura es una técnica que se aprende, no existe en realidad la soprano de coloratura. Las que han profundizado en ella y conseguido dominarla poseen una sorprendente agilidad vocal que no está al alcance de cualquiera y su voz puede alcanzar los registros más agudos, ejecutar pasajes rápidos y trinos con envidiable habilidad y precisa vocalización. A mí, eso me gusta. Y como no hay nada mejor que dedicar el tiempo a hacer algo que a uno le gusta, he confeccionado esta entrada con algunas arias y otras piezas de óperas y operetas. El criterio de la selección ha sido mi gusto personal y las he ordenado cronológicamente según el año en que se estrenaron las obras a las que corresponden.

Empezamos por la aria “Caro nome” (Querido nombre), de la ópera de Giuseppe Verdi Rigoletto (1851). Por esta aria siento especial predilección y la incorporé a la ‘banda sonora’ de mi novela El corto tiempo de las cerezas, pues la hija del protagonista, Camila, es soprano. Quien la interpreta en este primer vídeo es la soprano estadounidense Nadine Sierra en un concierto celebrado en el marco del NDR Klassik Open Air, festival que se celebra todos los años en el Maschpark de Hannover (edición de 2017). Dirige la NDR Radiophilharmonie la canadiense Keri-Lynn Wilson.

También de Verdi es la aria “Mercè, dilette amiche” (A vuestra disposición, queridos amigos). Pertenece a I vespri siciliani (Las vísperas sicilianas), ópera estrenada en la Académie Impériale de Musique (Ópera de París) el 13 de junio de 1855. La interpreta la soprano rusa Olga Peretyatko en un momento de la Gala de Año Nuevo de Baden-Baden (Alemania) de 2012, acompañada de la Radio-Sinfonieorchester Stuttgart des SWR, que dirige el colombiano Andrés Orozco-Estrada.

El francés Charles Gounod es el compositor de Roméo et Juliette (Romeo y Julieta), ópera basada en el famoso drama homónimo de Shakespeare que se estrenó en 1867 y a la que corresponde esta otra aria, o arietta: “Je veux vivre” (Quiero vivir). La canta la alemana Diana Damrau, una de las voces más destacadas del mundo de la ópera actual, sobre todo por sus interpretaciones de Mozart, Mahler y Strauss. El video con este fragmento es una grabación de una de las representaciones de Roméo et Juliette de la temporada de 2017 en la Metropolitan Opera House de Nueva York.

Seguimos con la opereta, con Die Fledermaus (El murciélago), una de las mejores operetas de Johann Strauss y también de todos los tiempos. Durante años, Strauss dudó de sus posibilidades como compositor de operetas –creía no estar a la altura– pero su esposa, la ex cantante de ópera Henriette Challupetzky, conocida como Jetty le animó a hacerlo. Gracias a ello, en 1874, llegó Die Fledermaus, su opereta más celebrada, y con ella la fantástica aria “Mein herr marquis” (Mi señor marqués). Su interprete es la joven soprano alemana Patricia Janečková (n. 1998), a la que vemos en la gala New Years Concert in Vienna Style de 2016 celebrada en Ostrava (República Checa).

Vamos ahora con un divertimento: el “Romance de l’étoile”, de la opereta de Emmanuel Chabrier L’étoile, estrenada en el Théâtre des Bouffes Parisiens de Offenbach en 1877. Original, divertida y espléndida es la interpretación que del “Romance de l’étoile” hace Patricia Petibon, soprano francesa de coloratura conocida sobre todo por su repertorio de música barroca francesa y de obras de Mozart, aunque nunca ha querido especializarse solamente en un repertorio “porque –confiesa– la música clásica es muy amplia, abarca desde lo puramente clásico, lo muy antiguo, hasta lo más contemporáneo”. El vídeo corresponde al DVD French Touch (2005), título del CD homónimo que salió a la venta en 2003.

De nuevo, Strauss. Ahora con Frühlingsstimmen (Voces de Primavera), vals que compuso en 1882 y que a veces se utiliza como una aria de la introducción del baile del acto segundo de Die Fledermaus. Aunque suele escucharse más en la versión orquestal, fue concebido para ser cantado. Únicamente aquellas sopranos con un gran dominio de la coloratura pueden con él. Kathleen Battle, soprano estadounidense nacida en 1948 –cuyo repertorio abarca melodías francesas, lieder alemanes, música sacra, jazz y espirituales–, es una de ellas. Su interpretación del mismo durante el Concierto de Año Nuevo de Viena, que dirigió Herbert von Karajan en 1987, es realmente espléndida.

Finalizo con la que probablemente la última gran opereta del siglo XX: Candide (Cándido). Se estrenó en Broadway en 1956 y su autor es el gran Leonard Bernstein. “Glitter and be gay” es el divertido número que interpreta la actriz y cantante Janine LaManna durante la representación que de Candide tuvo lugar en el Avery Fisher Hall de Nueva York el 12 de enero de 2005. En el vídeo vemos al principio a la gran Patti LuPone.

Que la vida sea amable con todos ustedes.

Covid-19: ¡Más madera! ¡Es la guerra!

El uso del lenguaje bélico domina el discurso oficial y oficioso sobre el Covid-19. El 10 de febrero de este año, cuando el virus se extendía en China a una velocidad inusitada y se empezaban a registrar casos de positivos en otros lugares del mundo, el presidente chino Xi Jinping llamaba a la “guerra popular” para frenar la epidemia. A medida que el Covid-19 fue pasando de epidemia a pandemia, los gobiernos de la práctica totalidad de los países afectados por esta fueron adoptando el lenguaje bélico para vencer al “enemigo común”. «Estamos en guerra», dijo el presidente de Francia, Emmanuel Macron, en un discurso a la nación televisado el pasado 16 de marzo. Al día siguiente, el presidente de España, Pedro Sánchez, declaraba: “El enemigo no está a las puertas. Penetró hace ya tiempo en la ciudad. Ahora la muralla para contenerlo está en todo aquello que hemos puesto en pie como país, como comunidad”. “Soy un presidente en periodo de guerra”, afirmaba Donald Trump el 17. Y así hasta hoy. Y sigue.

Se habla de economía de guerra, de industria de guerra, de batallas, de frentes, de trincheras, de primera línea de fuego, de combatientes… Por supuesto, también de víctimas caídas en el frente o muertas en la retaguardia y, como en todo conflicto bélico, de víctimas civiles.

En un estado de guerra es necesario elevar la moral de la tropa y mantenerla bien alta. Para ello es imprescindible el apoyo de la sociedad civil, que esta se muestre unida y que tal unidad sea manifiesta. Todos, pues, con la moral por las nubes, dispuestos a todo. Solo así venceremos.

Este discurso parece haber calado en la población, que hace gala de una solidaridad sin precedentes. Si nos dividimos, el virus nos ganará, se repite machaconamente. Las muestras de apoyo y cariño a los “bravos soldados que están en el frente” se dan todos los días en forma de aplausos colectivos y se trata de ayudar a las necesarias víctimas por daños colaterales, que siempre suelen estar alineados con los sectores más débiles de la sociedad.

La verdad es que no me creo nada de todo esto: ni estamos en guerra, ni somos tan solidarios como parece. ¿Guerra contra quién? ¿Contra un enemigo invisible? “Estamos combatiendo una epidemia, apelar a la guerra es una forma de humanización del virus. No hay un sujeto político o social que nos desafíe, ni un centro estratégico que dirija las operaciones.” [Josep Ramoneda: “El discurso de la guerra”, El País, 26 de marzo de 2020].

¿Y cuándo acabará esta guerra?, ¿cuándo expulsaremos a ese enemigo que –decía Sánchez– hace tiempo ya que penetró en las ciudades y se celebrará el correspondiente desfile de la victoria? Y, en tal tesitura, ¿cómo será este desfile? ¿Quién lo encabezará? ¿Los valerosos políticos y sus aguerridos asesores, los generales de esta guerra? Es lo habitual. ¿Sucederá igual que cuando entraron los aliados en París en 1945 y tanto el ejército estadounidense como como el francés excluyeron del mismo a los negros? Quiero decir: ¿desfilarán los “héroes” que en ese momento volverán a estar en paro? ¿A quién aplaudiremos en ese desfile?

En todo caso el fin de la “guerra” se presenta bastante lejano. Dice el doctor Tomàs Pumarola, jefe de microbiología del hospital Vall d’Hebron de Barcelona [“El virus parará cuando haya inmunidad poblacional”, El País, 10 de abril de 2020]: “El virus se parará en el momento en el que haya infectado a un número determinado de la población, cuando haya inmunidad poblacional. Si detectamos que el 30% de la población está infectada, es probable que deje de infectar durante un tiempo. Si solo se ha infectado el 10%, es posible que cuando se empiece a desconfinar, continúe infectando. […] Si hay un nivel de la población alto que le protege, cada vez le va a costar más y es posible que desaparezca o no. La clave es la vacuna. Si nos consigue proteger al 100% de forma duradera, conseguiremos eliminarlo definitivamente, como hicimos con la viruela. Pero si la vacuna no es 100% efectiva y el virus va cambiando, tendremos que convivir con él, con mucha menor malignidad.”. Los cálculos más optimistas establecen que esta no estará disponible hasta dentro de un año o año y medio, contando incluso con la improbable cooperación, absoluta al menos, de las multinacionales farmacéuticas.

En cuanto a la solidaridad, qué quieren que les diga. Somos solidarios porque tenemos miedo. No pongo en duda la buena voluntad de nadie –esto quiero que quede claro–, pero la razón última de esta circunstancia es que la incertidumbre reina por doquier y nos movemos por el instinto de conservación. No hay nada peor que el miedo al miedo. “¿Qué aportan las escenificaciones y apelaciones patrióticas en un momento en que la ciudadanía vive apurada por una situación extrema que nos obliga a separarnos de los demás, como paradójica forma de estar unidos?” [Ramoneda, art. cit.].

Miedo y obediencia siempre van de la mano. Nada sería igual sin el temor, sin la ansiedad que se siente frente a la posibilidad de perder las dádivas por el poder concedidas, sin sobrecogerse ante las múltiples posibilidades que pueden llevarnos a la ruina. Más en un caso como este que está por encima de nuestras percepciones y conocimientos, cuando nos enfrentamos a un “enemigo” que no controlamos pero nos controla (el Covid-19), pues carecemos de referencias para enfrentarnos a él. No sabemos muy bien de dónde procede ni quien lo engendra, pero está ahí.

Nunca hemos ‘luchado’ más unidos al tiempo que nunca hemos estado tan separados. Y lo que nos une y separa es la misma cosa: la incertidumbre, el miedo a lo desconocido. Es esta una reacción muy humana. Los niños temen la oscuridad, temen sentirse solos, desamparados, y buscan el cobijo de los padres o se refugian en sus maestros si están en el cole. Los adultos nos refugiamos en papá Estado y nos encomendamos a los expertos. Ellos saben lo que hay que hacer. Nosotros, pobre masa ignorante, nos arrojamos a sus brazos. Sin ningún tipo de reservas aceptamos primero el látigo y luego el terrón de azúcar, como en la doma.

A medida que se vaya restableciendo la “normalidad”, o se inicie una nueva “normalidad”, la solidaridad tal como ahora se muestra mucho me temo que irá menguando en favor del individualismo y el corporativismo. Desde mucho antes que el Covid-19 hiciera acto de presencia se nos viene anunciando repetidamente la llegada de una nueva crisis. Ahora, advierte el FMI (Fondo Monetario Internacional) que la incidencia del Covid-19 “provocará la recesión más profunda en la economía mundial desde la Gran Depresión de los años treinta, y será dos veces más grave que la Gran Recesión del 2009. […] España registrará un colapso del PIB del 8% –una revisión de casi 10 puntos porcentuales frente a la previsión anterior–, con una subida del paro a casi el 21%.” [La Vanguardia, 14 de abril de 2020]. ¿Entre ese 21% estarán los sanitarios contratados en estos momentos para hacer frente a la pandemia? ¿Encontrará abiertos el bar o la tienda de su barrio a la que solía acudir antes del confinamiento? ¿Qué habrá sido de los pequeños propietarios y sus trabajadores de aquellos establecimientos que no tuvieron más remedio que cerrar definitivamente? ¿Y con los cuatro millones de trabajadores afectados por ERTE? ¿Lucharemos otra vez entre nosotros por un puesto de trabajo por precario que sea? ¿Qué pasará cuando regresen los desahucios, cuando se acaben las moratorias de hipotecas, préstamos, pago de recibos de suministros básicos (agua, luz y gas) a los más vulnerables y estos no puedan liquidarlos? ¿Continuaremos siendo solidarios con ellos o defenderemos como sea nuestra estabilidad? ¿Quiénes serán entonces los héroes? ¿A quién aplaudiremos? ¿De verdad alguien se cree que la situación que estamos viviendo, y padeciendo, nos volverá mejores, que un nuevo sol alumbrará una nueva sociedad más solidaria y colaborativa? Yo, desde luego, no. Y no es porque sea un agorero, sino porque un simple repaso a la historia de la humanidad es más que suficiente para darse cuenta de lo infundado de tal suposición.

Mientras tanto, ¡Más madera! ¡Es la guerra! ¡Ánimo! ¡Adelante! ¡Venceremos! Al menos los Hermanos Marx cultivaban el absurdo y cuestionaban la necesidad de racionalizar todo cuanto existe y sucede. El espectáculo guerrero al que asistimos nada tiene que ver con esto. De absurdo nada, es simplemente incoherencia. Vean, si no, los debates del Congreso y las manifestaciones públicas de los políticos españoles.

Estupidez y poder

Nota previa: He seleccionado esta fotografía porque reúne los políticos cuya acción más me perjudica. Ustedes pueden escoger otra con políticos de su territorio. Todos encarnan el principio de la quinta ley fundamental de la estupidez según Cipolla: “El estúpido es más peligroso que el malvado”.

Como ocurre con todas las criaturas humanas, también los estúpidos influyen sobre otras personas con intensidad muy diferente. Algunos estúpidos causan normalmente solo perjuicios limitados, pero hay otros que llegan a ocasionar daños terribles, no y a uno o dos individuos, sino a comunidades o sociedades enteras. […] Entre los burócratas, generales, políticos y jefes de Estado se encuentra el más exquisito porcentaje entre la población de individuos fundamentalmente estúpidos, cuya capacidad de hacer daño al prójimo ha sido (o es) peligrosamente potenciada por la posición de poder que ha ocupado u ocupan). ¡Ah!, y no nos olvidemos de los prelados.

La pregunta que se plantean las personas razonables es cómo es posible que estas personas estúpidas lleguen a alcanzar posiciones de poder o de autoridad.

Las clases y las castas (tanto laicas como eclesiásticas) fueron las instituciones sociales que permitieron un flujo constante de personas estúpidas a puestos de poder en la mayoría de las sociedades preindustriales. En el mundo industrial moderno, las clases y las castas van perdiendo cada vez más su importancia. Pero el lugar de clases y castas lo ocupan hoy los partidos políticos, la burocracia y la democracia. En el seno del sistema democrático, las elecciones generales son un instrumento de gran eficacia para asegurar el mantenimiento estable de la fracción de estúpidos entre los poderosos. Hay que recordar que […] la fracción poblacional de personas que votan son estúpidas, y las elecciones les brindan una magnífica ocasión de perjudicar a todos los demás, sin obtener ningún beneficio a cambio de su acción. Estas personas cumplen su objetivo, contribuyendo al mantenimiento del nivel porcentual de estúpidos entre las personas que están en el poder.

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Carlo. M. Cipolla: “Estupidez y poder” (1976), en Allegro ma non troppo, 1988.