Paris s’éveille

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Révolution permanente.fr (twitter.com/RevPermanente)

Cincuenta años separan las dos imágenes en blanco y negro de las dos en color que figuran bajo estas líneas.

Las cuatro corresponden a la conmemoración del Primero de Mayo en París y recogen enfrentamientos entre manifestantes y policías. Las dos primeras fueron tomadas en 1968, las dos segundas ayer mismo.

No quiero insinuar ningún paralelismo entre lo que sucedió en París el 1 de mayo de 1968 y lo ocurrido ayer más allá del que muestran las fotografías. Quiero decir que no creo que los enfrentamientos de ayer desemboquen en un nuevo Mayo del 68. Ahora bien, sí tienen algo en común: desde los tiempos de la Revolución Francesa siempre ha habido enragés (furiosos, rabiosos), los hay ahora y los seguirá habiendo. Los enragés de 1968 –influidos por el pensamiento situacionista–, como los de antes y los de ahora, lo que pretendían era dinamitar los cimientos de un sistema alienante y opresor, perturbar el orden de cosas. Por eso, se oponían, y se oponen, a cualquier vía reformista, a la participación en las instituciones, y rechazan canalizar su rabia a través de los partidos políticos o los sindicatos, “la izquierda del capital”. Los enragés de los tiempos de la Revolución Francesa justificaban “los motines y los asaltos a las tiendas, como un medio de ‘restituir al pueblo lo que le hacían pagar demasiado caro desde hace mucho tiempo’” (Wikipedia). Como sucedió ayer en París con el saqueo a un McDonald’s.

El 2 de mayo de 1968 –cuando aún sonaban las voces de centenares de miles de personas que se habían manifestado el día antes en las principales ciudades francesas– los estudiantes ocuparon las aulas de la Universidad de Nanterre, a las afueras de París, un campus creado ex profeso para dar cabida al cada vez mayor número de jóvenes que, al amparo del boom económico, accedían a la Universidad. Era el origen inmediato de los hechos de Mayo del 68.

¿’Despertó’ ayer París de nuevo? Lo dudo. Tampoco es mi intención hacer pronósticos acerca de lo que pueda pasar a no a partir de ahora. Soy historiador, no futurólogo. Por tanto, no es del futuro de lo que hablo sino del pasado, más concretamente de las relaciones entre pasado y presente. En el texto de la contraportada de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), entre otras cosas, se dice: “El lector advertirá [en ella] muchas situaciones en las que verá reflejadas las actuales circunstancias que vivimos tras el triunfo del pensamiento único”.

Adiós, mirlo, adiós es una de las dos novelas que conforman mi nuevo libro Tiempos de cerezas y adioses. En ella los hechos de Mayo del 68 en París juegan un papel relevante y suponen para su principal protagonista, Sam Sutherland, junto a otras situaciones que ahora no vienen al caso, la frustración y el desencanto al comprobar que su forma de actuar hasta entonces –marcada por la sinceridad, la confianza y la lealtad con sus amigos (la amistad es para él un valor inquebrantable)– se viene abajo.

Así pues, lo que les propongo desde esta entrada es ‘revivir’, o ‘evocar’, los hechos de Mayo del 68 en París tal como los vivió Sam y los otros protagonistas de la novela. Con el título genérico Mayo del 68 en ‘Tiempos de cerezas y adioses’ publicaré desde ya (hoy mismo) una serie de entradas –a las que añadiré un subtítulo para diferenciarlas– que coincidirán con el día en que se centran los hechos. Serán estas diez en total e irán apareciendo entre hoy y finales de mayo.

Cada uno que extraiga sus propias conclusiones. Si ello les hace reflexionar sobre este sistema y lo que se puede esperar de él, mejor. Y si, además, ello motiva a alguien a comprar Tiempos de cerezas y adioses, pues mejor todavía.

Y les dejo con música. Con una canción de 1968. En la versión de aquel año y en otra de casi cincuenta años después (de 2015). Me refiero a Il est 5 heures, Paris s’éveille (Son las cinco de la mañana, París despierta), de Jacques Dutronc, cantante de éxito que ya había conseguido un par de números uno en el ranking de canciones más escuchadas en Francia, una de las canciones que durante los días de la revuelta de 1968 fue adoptada por la juventud como una especie de himno. Con letra de Jacques Lanzmann –inspirada en una canción de 1802, Tableau de Paris à cinq heures du matin, de Marc-Antoine-Madeleine Désaugiers–, miles de gargantas corearon “París despierta, París despierta” durante las manifestaciones. El otro vídeo es una muy buena versión de Zaz, que interpretó en el festival Stuttgart Jazz de 2015.

Y es que, como el título de la canción de Julio Iglesias, «la vida sigue igual”. Y seguirá. “Toda la vida en las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación” (Guy Debord, La sociedad del espectáculo, 1967).

El poder y los intelectuales

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En el texto de la contraportada de mi novela Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), entre otras cosas, se dice: “El lector advertirá [en ella] muchas situaciones en las que verá reflejadas las actuales circunstancias que vivimos tras el triunfo del pensamiento único”. Si leen el texto que sigue es probable, pues, que estén de acuerdo conmigo. Cada uno, sin embargo, que extraiga sus propias reflexiones sobre las relaciones entre el poder y los intelectuales en los momentos que vivimos.

―No andaba errado Greg. Lo que dice es cierto, mis fuentes son absolutamente fiables. La CIA financia el Congreso por la Libertad de la Cultura, entre otras muchas más actividades.

―¿Se lo has dicho a Greg?

(…)

―¿Tienes pruebas de todo esto?

―De unas cosas más, de otras menos, pero sí. En todo caso, las suficientes para demostrar cómo está organizada la farsa. Se crean unas fundaciones bajo el auspicio de la CIA, simples “buzones”, llamémoslas fundaciones tapadera. Solo se necesita una dirección postal, pues su única función es recibir dinero de la CIA. Luego lo trasfieren a otro sitio, a otra fundación, una contribución a unos proyectos comunes. Todo aparentemente legal, un complejo entramado entre fundaciones y programas hace que el dinero se emplee siempre de manera indirecta. Así es muy difícil que alguien relacione directamente una donación con un fin concreto, como le pasó incluso al propio Greg. Ahora bien, esas “ayudas” deben ser necesariamente incluidas como activos por parte de sus receptores en un impreso que han de remitir todos los años al Servicio de Impuestos Internos. Toda organización sin ánimo de lucro está obligada a ello. Cuando caí en la cuenta, empecé a examinar impreso por impreso. Até cabos. Todo es muy simple, demasiado, se crea una fundación acudiendo a un personaje adinerado, se le dice lo que se pretende hacer y se solicita su colaboración. Es usted uno de los grandes hombres de este país le dicen, confiamos es usted, su colaboración es fundamental para el mundo libre, y le explican lo que esperan de él.

―Y acepta, claro.

―Claro. En el fondo, piensa, está defendiendo los intereses de la nación y los suyos propios. Si el Gobierno se ha fijado en mí, haré lo que me pida, montaré la fundación, lo que haga falta. Entonces se le dan subvenciones, se le ayuda, recibe donaciones y promueve iniciativas sin ánimo de lucro. La propia CIA se encarga de que las “donaciones” sean generosas y la fundación recién creada entrega el dinero a la otra fundación que previamente han designado los hombres de la CIA. La Ford, por ejemplo, ha donado al Congreso varios millones de dólares. La Rockefeller lo ha hecho de forma más que generosa y ha llegado a financiar también revistas como Preuves, Encounter o Partisan Review. La Fairfield, la Ford, la Rockefeller y la Carnegie son las mejor consideradas a la hora de llevar adelante la financiación encubierta. Directores y empleados de alto rango mantienen estrechas relaciones con la Agencia, incluso alguno, como veis, es miembro de ella.

―Lo que no acabo de entender es que nadie supiese nada de esto antes ─observó Martha.

―Al principio es normal que nadie sospechara. Todo lo más las dudas venían de cuál sería en verdad su función, a quien beneficiaría esta en última instancia. Pero después quien no sabía es porque no quería saber. O eso, o gran parte de la intelectualidad es simplemente boba. Un ejemplo. Significativo. En Bellagio, un pequeño pueblo italiano situado junto al lago Como, en la Lombardía, está Villa Serbelloni, al final de un promontorio, con magníficas vistas al lago. Es una majestuosa mansión, lujosa, parece Versalles. Se construyó en el siglo XVIII y pasó a ser propiedad de la princesa Della Torre e Tasso, una americana llamada Ella Walker, que la donó a la Fundación Rockefeller, la cual, a su vez, la puso a disposición del Congreso. Allí pasan temporadas los invitados más ilustres, y también aquellos que interesa que se crean importantes. Escritores, artistas, músicos… Todo gratis, por supuesto. Hay nada menos que cincuenta y tres empleados para satisfacer todos los caprichos, pues algunos tienen gustos muy caros. Uno puede defender el sistema capitalista, o el que sea, desde el rigor y la honestidad, nada hay de malo en ello. Yo mismo sigo creyendo que no hay modelo alternativo de sociedad hoy por hoy, pero me produce un profundo desencanto que la intelectualidad supedite su supervivencia como tal a los dictados del poder. ¿A nadie de los que frecuentaban Villa Serbelloni le extrañó tanto lujo? ¿Les parecía normal? En fin, que es mejor no preguntar ─Lary estaba tan indignado como Greg en su momento.

―Todo ha sido un montaje, una farsa. Es triste, muy triste ─Martha no daba crédito a lo que escuchaba.

―Muchos participaron honestamente, creyendo en lo que hacían. Pero la mayoría lo han hecho movidos por el prestigio, por el reconocimiento profesional. Se celebran muchos congresos, simposios, encuentros, hay una larga lista de influyentes y reputadas revistas en las que publicar, y continuamente se organizan exposiciones, conciertos, giras. La recompensa profesional no es poca. Además, hay que comer, y vivir, y a ser posible bien. Por otra parte, se selecciona con mucho tino a quién se invita. Se escoge a especialistas en temas que no sean “conflictivos”, y claro que se sienten libres, en su campo nadie les dice nada. Y eso, lamento decirlo, es puro dirigismo. Eso sí que no. ¡Hasta ahí podríamos llegar! Potenciar unos valores frente a otros sin explicar con qué función es inadmisible.

―¡Y luego critican el dirigismo soviético! Se gratifica muy bien a todo el mundo, se les da un trato exquisito. ¿Quién no desea que le paguen por lo que le gusta hacer, por un trabajo que nace de la vocación? Mejor obviar ciertos temas. Es significativo que ninguno de los beneficiarios de toda esta corrupción moral y económica haya cuestionado en ningún momento las intervenciones de Estados Unidos en Irán, Guatemala, Corea, el asesinato en masa en las colonias de Indochina y Argelia, los linchamientos de negros por el Ku Klux Klan en el sur de América.

―Bueno, nunca antes los intelectuales han tenido la oportunidad de expresar “libremente” sus ideas sin el riesgo de morir de hambre ─manifestó Lary─, pero resulta deplorable que esa oportunidad haya llevado a un amansamiento como este, a un sometimiento que en el fondo se justifica únicamente por los beneficios profesionales que reporta a una amplia mayoría.

―¿Soy demasiado retorcido si sospecho que uno de los objetivos de la CIA era precisamente acabar con la idea del intelectual “libre”, independiente de todo poder? Ni Sartre, ni Camus, ni Hemingway, ni Caldwell, ni Sinclair, estoy seguro que tampoco Ginsberg, Rahv o Howe, por nombrar los primeros que me vienen a la mente, necesitaron de la CIA ni de la Fairfield, la Ford o la Rockefeller, ni siquiera del Departamento de Estado, para que su obra sea considerada de lo mejor que se ha publicado en las últimas décadas. No, ¿verdad? Evidentemente no todos pueden ser como ellos, pero se les hace creer que así es y una cosa retroalimenta a la otra.

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018). A la venta a través de Amazon y librerías que distribuyen libros editados en su plataforma CreateSpace.

Tiempos de cerezas y adioses: dos novelas en una

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Tiempos de cerezas y adioses reúne en un solo volumen El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), dos novelas de carácter histórico publicadas, respectivamente, en 2015 y 2016.

Aunque una y otra pueden leerse de forma independiente, forman una única unidad narrativa tanto en su trama como en su discurso y se enmarcan en el periodo histórico comprendido entre 1820 y 1990.

El corto tiempo de las cerezas narra la historia de Samuel Valls y abarca desde 1849 (año de su nacimiento) hasta 1912. Samuel es el cuarto hijo de una familia de campesinos sin tierra que se ve obligada a trasladarse a la ciudad y buscar trabajo sus fábricas. Pero Samuel no tiene intención de deslomarse trabajando como su padre para terminar tan pobre como empezó. Sin miedo a la pobreza y sin ambiciones materiales, desde los doce años decide ser el único dueño de su destino.

A partir de ahí la vida de Samuel se despega, definitivamente, del futuro que le tenía asignado su origen. Vive de lo saca recogiendo cerezas y llevándolas a Farinetes, el dueño del cerezo bajo el cual tan a gusto se sentía, o hierbas para el curandero Guisambola. Mas Samuel se va haciendo adulto, y de la mano de su amigo Esclafit, empieza a sentir necesidades que nunca se le hubieran ocurrido. Quiere entenderlo todo, saberlo todo, controlar su mundo… y aprende a leer.

Trabajará en un periódico, se verá obligado a huir a Barcelona al verse involucrado en la huelga general revolucionaria de Alcoi de julio de 1873, y después de peripecias de todo tipo, viudo y sin problemas económicos, terminará instalándose en París con su hija Camila, soprano.

A través de los ojos de Samuel, Manuel Cerdà nos narra los hechos que, desde el siglo XIX, llevaron a los convulsos acontecimientos que recorrieron todo el siglo XX. Nos da las claves y nos deja preparados para adentrarnos en su siguiente novela justo en el momento en que ese mundo que vivía y se creía indemne iba a tener un final trágico con el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird) nos cuenta la vida de Sam Sutherland, nieto de Samuel e hijo de Camila, ahora cantante de jazz, y William, un estadounidense que había conocido en París en 1903. Acompañando a Sam, autor de artículos y novelas, asistiremos a la historia de Europa a lo largo del siglo XX, un siglo en el que ‘ha habido más muertos por violencia que en toda la historia de la humanidad’.

Adiós, mirlo, adiós es “una historia novelada, la misma que escribió Ken Follet en los tres tomos como tres ladrillos que constituyen la Trilogía del siglo, pero para mí mucho mejor (…) porque está mejor escrita, carece del tono didáctico y machacón de la trilogía de Follet, no tiene tanta paja y, sobre todo, tiene mucha más alma, más sentimiento más emoción.

Manuel Cerdà se retrata, huye de lo políticamente correcto y dice cosas que no gustarán a todos, pero que yo no tengo más remedio que suscribir como parte de mi propio pensamiento. ‘La libertad para actuar es una falacia, nadie es libre. Somos lo que somos y lo que la historia nos ha hecho’. Esas palabras las pone Manuel Cerdà en boca de un Sam desencantado y frustrado, pero sé que son sus propias palabras, que la frustración y el desencanto de Sam son también los de Manuel Cerdà. Porque la frustración y el desencanto de Sam son mi propia frustración y mi propio desencanto.

Texto extraído de las reseñas de Rosa Berros Canuria “El corto tiempo de las cerezas” y “Adiós, mirlo, adiós”, publicadas respectivamente en Cuéntame una historia (9-IX-2017) y Revista MoonMagazine (7-XI-2016)

Manuel Cerdà: Tiempos de cerezas y adioses (2018). A la venta a través de Amazon y librerías que distribuyen libros editados en su plataforma CreateSpace.