El Tío Silvino

El Tío Silvino vivía en una pequeña y destartalada casa de campo, en plena sierra, sin agua corriente ni luz eléctrica. Le tildaban de loco porque estaba siempre sentado a la puerta de su casucha, por donde solamente pasaba alguien de uvas a peras, esperando. ¿Qué esperaba?, él nunca lo dijo. Cuando alguien le preguntaba qué hacía se limitaba a responder: Aquí, esperando. Si insistía: ¿Qué esperas, Silvino? o ¿A quién esperas?, él siempre respondía: Espero. Hablaba solo y en ocasiones discutía, supongo que con sus ilusiones. A veces íbamos adrede hasta la chabola para reírnos un rato a su costa, escondiéndonos entre los matorrales y dando voces del tipo ¿Qué esperas, Silvino? o Ya estoy aquí, Silvino, o Silvino, Silvino, agárrame el pepino.

Un buen día nos lo encontramos sentado en un banco de piedra que había al lado de la fachada del asilo, circunspecto, con la mirada gacha, semblante compungido. Alguno de los que pasaban por su lado le saludaba, pero él parecía no enterarse. Leo me dijo que su padre encontró al tío Silvino desfallecido, cargó su burra con él y lo llevó al pueblo. Le examinó don Rafael, el médico, y le diagnosticó no sé qué enfermedad, tampoco sabía Leo cuál, pero lo suficientemente grave como para suprimir definitivamente los hábitos adquiridos con el tiempo. Las autoridades determinaron su ingreso en el asilo. Aturdido, supongo, no fue hasta la mañana siguiente que se dio cuenta de dónde estaba, o al menos de que el paisaje ya no era el suyo. Supe por Leo, y Leo por habérselo escuchado a sus padres, que de repente, al despertar esa primera mañana de su estancia en el asilo, o puede que fuera a la siguiente, empezó a gritar Soy Silvino Leal, ¿quién me ha traído aquí?, ¿qué hago en este sitio? y a proferir improperios en contra de los responsables de haber tomado tal decisión y de las monjas que gobernaban el asilo. Quiso marchar, pero no le dejaron.

Está completamente alelado, escuchamos que comentaba la madre de Leo con unas vecinas. Desde que le dejó Remedios, ya no levantó cabeza. Nos enteramos –o eso dedujimos de la conversación– que Remedios era el nombre de una antigua novia suya que entró a servir en la ciudad en una casa de acaudalados comerciantes. Cada vez que pasaba el cartero le preguntaba si había carta para él. La respuesta siempre era la misma: Hoy no, Silvino. A ver si mañana… Alguien le dijo que Remedios había muerto. Al parecer por compasión, pues lo cierto era que nadie había sabido nada de ella desde que marchó a servir.  Silvino enmudeció y ya no volvió a pronunciar palabra, miró al suelo y no levantó más la vista.

No sé muy bien como fue –puede que el detalle se haya perdido en el desván de mi memoria–que se nos ocurrió a mi amigo Leo y a mí –tampoco recuerdo quién lo pensó primero– escribir una carta al Tío Silvino que firmaría Remedios. Copiamos una antigua misiva que la madre de Leo conservaba de su padre, Leonardo, de cuando estaba haciendo el servicio militar, y cambiamos los nombres. Donde ponía Leonardo pusimos Silvino y firmamos como ella, Remedios. Recuerdo que empezaba algo así como Perdona que no te haya escrito hasta hoy, y añadimos que había estado enferma mucho tiempo, muy enferma, muchos años, y que por eso no había podido escribirle antes. El resto, cosas muy simples, las que figuraban en la carta que conservaba la madre de Leo: te echo de menos, te quiero, cosas así. Es posible que se despidiera ─nos despidiéramos─ con una frase del tipo Ardo en deseos de volver a verte y estrecharte en mis brazos. O algo así.

Silvino, Silvino, el cartero nos ha dado esta carta para ti, se le había olvidado al pasar. El hombre se quedó mirando la carta, en silencio. No sé leer, manifestó al poco. Anda, leédmela vosotros, y nos devolvió la carta. Nos entró miedo, no sabíamos cómo responder, nos miramos y a punto estuvimos de salir corriendo. Venga chicos, leédmela. Nos armamos de valor y con voz trémula le leí aquellas frases que rozaban lo grotesco. No llegué al final. Para asombro nuestro, el tío Silvino se echó a reír. Su reacción nos paralizó, desconcertados como estábamos. ¡Pero si Milagros hace años que murió! ¿Cómo se os ha ocurrido…? Sus carcajadas le impedían seguir. Nos miraba, sin embargo, condescendiente, con benevolencia; pero seguíamos asustados. El tío Silvino se dio cuenta de que estábamos a punto de echar a correr. Tranquilos, chicos, sé que no habéis actuado con mala intención. Además, os agradezco que me hagáis hecho reír un rato. Entonces sonrió, una sonrisa llena de cariño. Anda, iros. ¡Qué críos!, y rió otra vez.

¿Puedo preguntarle una cosa?, añadí cuando ya nos disponíamos a largarnos, entre avergonzados y aliviados. ¿Qué quieres saber, muchacho? Dudé un momento si hacerle o no la pregunta, no por ser indiscreto ─concepto que, creo, todavía no había asimilado; del todo al menos─, por miedo a su reacción. Pero la curiosidad podía más. Le pregunté. ¿Entonces qué esperaba? ¿Por qué siempre que le preguntaban qué hacía contestaba que esperar? Sonrío de nuevo. Nada, hijo mío, el fin de la tristeza. Cosas mías. ¡Hala!, marchad a jugar. Y cuando queráis me traéis otra carta. Nos fuimos y él quedó allí riendo.

Al día siguiente, el tío Silvino no estaba sentado en el banco, como todos los días. Nos enteramos de que había muerto la noche anterior. ¿Lo mataríamos nosotros? Yo, al menos, me lo pregunté, y Leo creo que también. Pocas veces volvimos a hablar del tío Silvino.

Mujeres desnudas

Tendría once, doce años… No sé, no me acuerdo. Soñaba con mujeres sin más vestido que el deseo. Nada me resultaba más misterioso que una mujer desnuda. Alguna había visto en un libro que había en el despacho de mi padre, pero eran pinturas, no eran mujeres de verdad. Aquellas imágenes, aún así, me excitaban. Me habían dicho que la desnudez era pecado y que había que sentir vergüenza de tal estado, pero nadie me explicó por qué. ¡Pero si hasta había en libro una reproducción de la Virgen de la Leche y se veía una teta! Debía tener bula, por algo era la madre de Dios. Ningún mayor me dio nunca respuesta alguna a la pregunta de cuáles eran los motivos por los que no podemos estar desnudos. Pues porque no, ¿de dónde sacas esas ideas?

Había cerca de mi pueblo una base militar estadounidense de esas que se establecieron en diversos puntos del país a principios de la década de 1950. Para nosotros, los niños, la presencia de los americanos, así los llamaban todos, era cuanto menos algo exótico, si bien apenas se dejaban ver por el pueblo, lo que acrecentaba nuestra curiosidad hacia aquellos hombres que en las películas habíamos visto protagonizar numerosas e increíbles hazañas. Se fueron en 1964 y quedaron prácticamente abandonadas Las Casitas, así llamábamos al conjunto de los chaletitos, no más de una docena, donde residían. Nuestra curiosidad aumentó y comenzamos a indagar con mayor ahínco por los alrededores, buscando alguna cosa que hubiesen dejado. Nos intrigaba saber qué hacían, cómo vivían… Sabíamos que eran distintos a nosotros.

En las abandonadas Casitas de los Americanos Álvaro encontró un día una revista con chicas desnudas, un ejemplar de Play Boy. ¡Mujeres desnudas! ¡Por fin! La dicha se apoderó de nuestros ojos felinos que reflejaban el anhelo por verificar si lo representado en nuestra imaginación se ajustaba a lo real. También la ansiedad. Nuestros ánimos se calmaron, pero la curiosidad seguía intacta y el deseo de disfrutar contemplando las imágenes de aquellas mujeres desnudas era mayor que nunca. Jamás antes habíamos gozado de una oportunidad así, estábamos fascinados y todos queríamos estar a solas con la revista. Mas como no hubiera acuerdo por quién sería el primero en disponer de tal privilegio después de Álvaro, él la había encontrado, decidimos repartir su posesión, tres días cada uno, mediante sorteo.

A mí me tocó el último. Hube de esperar casi un mes, los plazos no se cumplían con demasiada meticulosidad, pero al fin fue mía, un martes. Como si del bien más preciado se tratase –en realidad en aquellos momentos era lo más valioso que poseía– la escondí bajo el jersey, con parte de ella metida en el pantalón para que no se cayese de camino a casa. Andaba despacio, tenía miedo a que se notase que debajo del suéter llevaba la revista, cuando me cruzaba con alguien ralentizaba todavía más el paso, azorado y temeroso de que me descubrieran, agachaba la mirada para pasar más desapercibido. Pero nadie se fijó, nadie dijo nada, ni siquiera la pareja de guardias civiles que también se cruzaron en mi camino. Y así llegué a casa.

Subí rápidamente a mi habitación, miré las mujeres desnudas detenidamente con el sosiego que solo la soledad proporciona. Me sentía excitado, algo desconcertado, y pasaba las páginas una y otra vez. Recuerdo especialmente la imagen de una mujer junto a una piscina, de espaldas, girando la cabeza a la cámara y sonriendo, el culo al aire.

Me llamaron para comer y escondí la revista en una hornacina en la que había una imagen de santa Rita, patrona de los imposibles, por quien mi abuela sentía gran devoción y creyó oportuno que en mi habitación hubiese una representación suya. Pero santa Rita no demostró sus facultades conmigo. Al día siguiente, al regresar del colegio, me dirigí de inmediato a la hornacina y la revista no estaba allí. La tenía mi madre, quien en el mismo instante en que yo levantaba una y otra vez a santa Rita para cerciorarme de que la revista había desaparecido, entró en la habitación, blandiéndola en su mano derecha. La prueba del delito, del pecado, era culpable, no tenía excusa posible. ¿Qué es esto? Desconozco la razón, pero todas las reprimendas empezaban siempre igual, con preguntas así de obvias, tal vez para buscar en mi respuesta el nivel de conocimiento acerca del hecho que se juzgase y determinar en consecuencia el grado de responsabilidad. Rompió la revista en pedazos y la tiró al suelo. Inmediatamente recogió los trozos y se desvaneció mi esperanza de que dejara allí y poder seguir recreándome en la contemplación de tetas y culos. Pero no, se los llevó.

Nunca más supe de la revista, de lo que quedaba de ella, supongo que aquellas mujeres desnudas acabarían en lugar que les correspondía: en la basura, al fin y al cabo eran mujeres despreciables, impúdicas, decían los mayores. Mis amigos mostraron cierta incredulidad en el momento de contarles lo sucedido, creían que quería quedarme la revista para mí solo. Recriminaron mi negligencia. Insistía yo en que las cosas habían sucedido tal cual las contaba y poco a poco su resistencia fue aminorando, especialmente al preguntarme sobre lo que más les preocupaba: qué le había dicho a mi madre sobre cómo había conseguido la revista. Entonces los ánimos se calmaron, les pareció una prueba de valentía que me hubiese presentado como el único responsable. Y volvimos a Las Casitas. Pero la búsqueda resultó infructuosa. Tendría que pasar mucho tiempo hasta poder ver otra vez mujeres desnudas.

Publicado originalmente en mi blog Música  de Comedia y Cabaret el 15 de marzo de 2015.

En una sauna gay

Dieter hacía tiempo que había dejado de ser el hombre taciturno de sus primeros tiempos en Nueva York. Aunque el ambiente homosexual de la capital estadounidense le parecía sombrío e hipócrita, visitaba con cierta regularidad algunos de los locales que solía frecuentar la clientela masculina que buscaba la compañía de otros hombres. Uno de ellos era St. Mark’s Baths, unos baños turcos situados a escasas manzanas de Broadway, lugar muy conocido en el mundo gay neoyorquino.

Pagó el dólar que costaba entrar, le dieron una toalla y se dirigió al vestuario. Allí se desvistió, dejó sus cosas en una taquilla, ajustó la toalla a su cintura y pasó a la contigua sala de vapor. No era la primera vez que acudía. Una tenue luz arropaba a algunas parejas que estaban charlando amistosamente hasta que abandonaban la sala para ocupar alguna de las habitaciones privadas que ofrecían los baños entre sus servicios. Se sentó en el extremo de un banco. De pie, frente a él, se hallaba un joven de aspecto latino, bien formado, con abundante vello en el pecho, atractivo. Dieter no le quitaba ojo, le parecía un auténtico adonis. No sabía si podría ser un prostituto de los que diariamente se dejaban ver en los entornos homosexuales. Prefería que lo fuera, le gustaba y solo quería sexo. Era el mejor modo de obtenerlo, de que no se negase a mantener relaciones con él. El joven se dio cuenta de las intenciones de Dieter, se acercó y rápidamente intimaron, o mejor dicho, llegaron a un acuerdo económico, pues efectivamente ejercía aquel la prostitución.

Estaban en una de las habitaciones, en la que tanto se daban masajes profesionales como se alquilaba a los clientes por horas o fracciones de media hora. Habían mantenido sexo durante un buen rato y conversaban amigablemente. Dieter fumaba un Raleigh. De repente oyeron un silbato y gritos de ¡Todo el mundo fuera!

Resultaba obvio que se trataba de una redada de la policía. Entre los clientes se hallaban cuatro detectives de incógnito que habían pasado desapercibidos hasta el momento. Abrieron la puerta de la salita donde estaba Dieter con su amigo.

¡Cúbranse, so guarros!, les ordenó un tipo grandote vestido solo con una toalla y con la placa identificadora de policía en la mano. Enseguida llegaron unos agentes de uniforme y los llevaron a trompicones hasta el vestíbulo. No admitían ninguna protesta, no dejaban hablar a nadie y trataban a todo el mundo con absoluta displicencia. Seguían saliendo hombres medio desnudos de las distintas salas, conducidos a empujones y patadas. El hall, aun siendo amplio, pronto se llenó. Las puertas estaban cerradas y el local rodeado de policías.

Der ganze Reichtum gehört mir allein, / Die Augen, der Mund, und Du selbst bist mein! [Toda riqueza pertenece a mí solo. / Los ojos, la boca, tú mismo eres mío]. Dieter se puso de pronto a cantar un tango alemán que solía interpretar en Eldorado berlinés cuando era Charlotte Von Laster, Zwei Dunkle Augen.

Ninguno de los presentes sabía alemán, ni entre los clientes y empleados ni entre los policías, pero los primeros rieron a mandíbula batiente mientras se irritaban los segundos. Los gestos atrevidos y burlescos de que hizo gala, recordando sin duda sus buenos tiempos de artista de cabaret, eran lo suficientemente explícitos y sarcásticos. Un policía se le encaró, se quedó mirándole fijamente y le dio un empujón contra la pared. A Dieter se le cayó la toalla. Entonces los policías empezaron a hacer guasa sobre el tamaño de sus genitales. Mira, mira qué pequeña la tiene, decía uno. Por eso es maricón, ¿qué va a hacer una mujer con eso?, comentaba otro para regocijo de sus compañeros. ¿Tú qué, eres de los que solo recibe? Porque ya me dirás si no… Un detective llamó al orden. Pónganse sus ropas, rápido, conminó. Varios policías acompañaron al vestuario a un total de quince hombres, de mediana edad la mayoría, avergonzados, asustados los jóvenes, chaperos casi todos. Aparte de Dieter, solamente uno plantó cara a la policía.

―Ustedes no pueden hacer esto. Soy un ciudadano honrado y no hago daño a nadie viniendo aquí.

―¡Cállate, maricón! ─gritó uno de los policías de paisano.

Fueron introducidos a empujones en el furgón policial, los quince, y llevados a comisaría. Una vez allí, los metieron en los calabozos. Empezaron a identificarles. Sacaban a uno, le tomaban las huellas digitales, le hacían las fotografías de rigor y les anunciaban que ya tendrían noticias del juez. A Dieter y al otro hombre que protestó lo que consideraba un atropello por parte de la policía, los dejaron los últimos. Dieter, así, salía de comisaría de madrugada, sin haber podido hasta entonces comunicarse con nadie.

Manuel Cerdà: Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird), 2014 (nueva edición 2019).

Entrada publicada anteriormente en mi blog Música de Comedia y Cabaret (10 de noviembre de 2016).