I Can’t Give You Anything but Love, Baby

I Can’t Give You Anything but Love, Baby es una canción que compusieron en 1928 Jimmy McHugh (música) y Dorothy Fields (letra). Se estrenó en el espectáculo de Broadway Blackbirds of 1928. Fue un éxito, se convirtió en un estándar de jazz y se sucedieron las grabaciones.

La versión del vídeo es la que grabó Billie Holiday en 1936. A principios de la década de 1930, Billie cantaba regularmente en algunos clubes de Nueva York. El conocido productor John H. Hammond se interesó por ella, le presentó a Benny Goodman y este, entusiasmado con su voz, la invitó a grabar algunos discos con él en 1933. Luego, grabó también con Teddy Wilson y fueron estas grabaciones las que le proporcionaron fama y le consiguieron contratos para las famosas orquestas de Count Basie (1937) y de Artie Shaw (1938), en la que por primera vez una cantante negra formó parte de una orquesta de blancos.

Entre los temas que grabó con la Orquesta de Teddy Wilson figura I Can’t Give You Anything but Love, Baby, una grabación histórica, pues, con una joven Billie Holiday.

Dos años después, en 1938, se estrenaba la magnífica película de Howard Hawks Bringing Up Baby (1938, La fiera de mi niña), con Katharine Hepburn and Cary Grant. I Can’t Give You Anything but Love, Baby es una de las canciones de su banda sonora. La cantan a capela Hepburn y Grant cuando intentan encontrar al leopardo, que se llama Baby (por eso no he traducido la palabra en los subtítulos del video), y también suena en otros momentos del filme (no la versión de Billie Holiday). Yo he mezclado la versión de Holiday con fragmentos de la película y, bueno, espero que les guste.

Love letters

Love Letters es una bella y romántica balada que compusieron Victor Young (música) y Edward Heyman (letra) en 1945. Su intérprete en este video que tan a gusto he confeccionado es de la gran Julie London. ¡Qué hermosa su voz! Sugerente, cálida, sensual… Espero que la disfruten

Que la vida les sea amable.

Reloj no marques las horas

“El reloj, no la máquina de vapor, es la máquina-clave de la moderna edad industrial. En cada fase de su desarrollo el reloj es a la vez el hecho sobresaliente y el símbolo típico de la máquina: incluso hoy ninguna máquina es tan omnipresente. […] Se hubiera podido llegar al régimen moderno industrial sin carbón, sin hierro y sin vapor, pero resulta difícil imaginar que ello hubiera podido ocurrir sin la ayuda del reloj. […] El tiempo abstracto se convirtió en el nuevo ámbito de la existencia. Las mismas funciones orgánicas se regularon por él: se comió no al sentir hambre, sino impulsado por el reloj. Se durmió no al sentirse cansado, sino cuando el reloj nos lo exigió.” (Lewis Munford: Técnica y civilización, 1934).

La necesidad del hombre por controlar el tiempo más allá de fraccionarlo entre día y noche llevó a inventar los relojes. Los primeros procedimientos destinados a conocer la hora del día se basaron en la determinación de la posición del sol respecto del horizonte. El reloj de sol más antiguo (hacia el 3500 a.C.) consistía en un palo clavado verticalmente sobre una superficie plana y horizontal sobre la que se proyectaba la sombra. Luego vendrían los relojes de arena y en el siglo XIV nacerían los mecánicos. Los primitivos relojes mecánicos estaban provistos de un mecanismo muy simple de paletas y un rudimentario oscilador. Durante los 300 años siguientes, los relojes apenas experimentarían cambios sustanciales. Sería en 1657 cuando Huygens construiría el primer reloj mecánico de péndulo.

Sin embargo, el gran cambio vendría, como acertadamente escribió Munford, con la industrialización. En 1840 Alexander Bain construyó un reloj eléctrico accionado por la atracción y repulsión eléctrica y a finales del siglo XIX comenzaron a fabricarse los primeros relojes de pulsera. El nuevo sistema productivo, basado en la férrea disciplina de la fábrica y la distribución de productos para consumo, contribuyó a su difusión. De este modo, lo que hasta entonces no había dejado de ser una invención al servicio público –piénsese en la gran cantidad de relojes de sol que todavía hay en ayuntamientos y campanarios– o un objeto de lujo de los más pudientes, pasaba a ser algo cotidiano que poco a poco acabaría por tener todo el mundo.

Con el reloj de pulsera, y poco después del reloj despertador, pasábamos los seres humanos de controlar el tiempo a ser esclavos de él. “En nuestros días, no solo la mayoría de trabajadores tienen un reloj y se lo quitan cuando termina la jornada laboral, sino que la medida del tiempo se aplica, no de modo menos extendido, a las actividades deportivas. De hecho, cualquier cosa, por muy necia que sea, puede considerarse deporte si puede medirse y establecer un récord. […] En estos y otros muchos aspectos la mayoría de nosotros nos hemos sometido más y más a la tiranía del tiempo.” (G.J. Whitrow: El tiempo en la historia, 1988). Algo parecido nos ha sucedido con los teléfonos móviles y su evolución: permiten que estemos controlados en todo momento, cada vez más. ¿Progreso? No diré que no. Pero ¿al servicio de quién?, ¿y de qué?

Ya nos avisaba Rabelais en 1534: “Las horas fueron hechas para el hombre, y no el hombre para las horas” (La vie très horrifique du grand Gargantua). Así pues, y como dice –aunque en un contexto muy distinto– la letra de ese magnífico bolero de Roberto Cantoral El reloj (1950) “Reloj detén tu camino / porque mi vida se apaga”.

Entrada publicada anteriormente el 2 de febrero de 2018.