Reloj no marques las horas

“El reloj, no la máquina de vapor, es la máquina-clave de la moderna edad industrial. En cada fase de su desarrollo el reloj es a la vez el hecho sobresaliente y el símbolo típico de la máquina: incluso hoy ninguna máquina es tan omnipresente. […] Se hubiera podido llegar al régimen moderno industrial sin carbón, sin hierro y sin vapor, pero resulta difícil imaginar que ello hubiera podido ocurrir sin la ayuda del reloj. […] El tiempo abstracto se convirtió en el nuevo ámbito de la existencia. Las mismas funciones orgánicas se regularon por él: se comió no al sentir hambre, sino impulsado por el reloj. Se durmió no al sentirse cansado, sino cuando el reloj nos lo exigió.” (Lewis Munford: Técnica y civilización, 1934).

La necesidad del hombre por controlar el tiempo más allá de fraccionarlo entre día y noche llevó a inventar los relojes. Los primeros procedimientos destinados a conocer la hora del día se basaron en la determinación de la posición del sol respecto del horizonte. El reloj de sol más antiguo (hacia el 3500 a.C.) consistía en un palo clavado verticalmente sobre una superficie plana y horizontal sobre la que se proyectaba la sombra. Luego vendrían los relojes de arena y en el siglo XIV nacerían los mecánicos. Los primitivos relojes mecánicos estaban provistos de un mecanismo muy simple de paletas y un rudimentario oscilador. Durante los 300 años siguientes, los relojes apenas experimentarían cambios sustanciales. Sería en 1657 cuando Huygens construiría el primer reloj mecánico de péndulo.

Sin embargo, el gran cambio vendría, como acertadamente escribió Munford, con la industrialización. En 1840 Alexander Bain construyó un reloj eléctrico accionado por la atracción y repulsión eléctrica y a finales del siglo XIX comenzaron a fabricarse los primeros relojes de pulsera. El nuevo sistema productivo, basado en la férrea disciplina de la fábrica y la distribución de productos para consumo, contribuyó a su difusión. De este modo, lo que hasta entonces no había dejado de ser una invención al servicio público –piénsese en la gran cantidad de relojes de sol que todavía hay en ayuntamientos y campanarios– o un objeto de lujo de los más pudientes, pasaba a ser algo cotidiano que poco a poco acabaría por tener todo el mundo.

Con el reloj de pulsera, y poco después del reloj despertador, pasábamos los seres humanos de controlar el tiempo a ser esclavos de él. “En nuestros días, no solo la mayoría de trabajadores tienen un reloj y se lo quitan cuando termina la jornada laboral, sino que la medida del tiempo se aplica, no de modo menos extendido, a las actividades deportivas. De hecho, cualquier cosa, por muy necia que sea, puede considerarse deporte si puede medirse y establecer un récord. […] En estos y otros muchos aspectos la mayoría de nosotros nos hemos sometido más y más a la tiranía del tiempo.” (G.J. Whitrow: El tiempo en la historia, 1988). Algo parecido nos ha sucedido con los teléfonos móviles y su evolución: permiten que estemos controlados en todo momento, cada vez más. ¿Progreso? No diré que no. Pero ¿al servicio de quién?, ¿y de qué?

Ya nos avisaba Rabelais en 1534: “Las horas fueron hechas para el hombre, y no el hombre para las horas” (La vie très horrifique du grand Gargantua). Así pues, y como dice –aunque en un contexto muy distinto– la letra de ese magnífico bolero de Roberto Cantoral El reloj (1950) “Reloj detén tu camino / porque mi vida se apaga”.

Entrada publicada anteriormente el 2 de febrero de 2018.

September in The Rain

Termina septiembre como se supone que debía hacerlo, con el estiuet de sant Miquel o veranillo de san Martín. Creo que ha sido lo único normal dentro la anormalidad que ha caracterizado este mes marcado por las danas que dicen ahora, las gotas frías, el granizo, los vientos y tornados… y lo peor, los anegamientos de cosechas, las inundaciones calificadas de ‘históricas’, las enormes pérdidas materiales y los varios muertos.

Como siempre, hasta que el problema no se muestra en toda su magnitud, hasta que se convierte en una amenaza incapaz de ser controlada, o de muy, pero que muy, difícil solución, no actuamos. ¡A buenas horas mangas verdes! Siempre lo mismo. En 1934, Lewis Mumford (Técnica y civilización) decía ya lo que muchos dicen hoy acerca de la degradación medioambiental y se quejaba de la impasibilidad general ante ella y lo altamente perjudicial que iba a ser para los humanos tal actitud, pues nada frenaría que en nombre del progreso se continuara su destrucción. “El costo de la indiferencia por el medio como recurso humano, ¿quién puede medirlo?”, escribía. Y es que el problema somos nosotros. Difícil solución, pues, si es que tiene todavía.

Tenía confeccionado este vídeo desde hace tiempo, pero me parecía una broma de mal gusto publicarla con la que estaba cayendo. September in The Rain es una canción de Harry Warren (música) y Al Dubin (letra) publicada en 1937. La interpretó por primera vez James Melton en la película Melody for Two, estrenada ese mismo año. Pronto se convirtió en un estándar que ha sido grabado por una larga lista de intérpretes. Mi memoria la asocia siempre con la voz de Dinah Washington, por lo que su versión es la que he elegido.