Si ven el video y les gusta les agradecería que, si no es mucha molestia, así lo hicieran constar en YouTube. Muchas gracias. O muchas de nada, según.
Stardust (Embeleso) es una balada de jazz del compositor, cantante, actor y pianista estadounidense Hoagy Carmichael (1899-1981). La compuso en 1927 y en 1929 Mitchell Parish le añadió la letra. Pronto se convirtió en uno de los grandes estándares del jazz, y entre la versión instrumental y la vocal se han registrado más de 1.500 grabaciones.
En este vídeo, con imágenes de la película de Jean-Jacques Annaud L’amant (1992, El amante), escuchamos la grabación que hizo ese excelente saxofonista (tenor) que fue Ben Webster (1909-1973) y figura en el álbum de 1964 See You at the Fair.
José Luis Ábalos,ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana; Pedro Sánchez, presidente del Gobierno; Ximo Puig, presidente de la Comunitat Valenciana; Mónica Oltra, vicepresidenta, y el líder de Compromís, Joan Baldoví. / Germán Caballero (2019).
Nota previa: He seleccionado esta fotografía porque reúne los políticos cuya acción más me perjudica. Ustedes pueden escoger otra con políticos de su territorio. Todos encarnan el principio de la quinta ley fundamental de la estupidez según Cipolla: “El estúpido es más peligroso que el malvado”.
Como ocurre con todas las criaturas humanas, también los estúpidos influyen sobre otras personas con intensidad muy diferente. Algunos estúpidos causan normalmente solo perjuicios limitados, pero hay otros que llegan a ocasionar daños terribles, no y a uno o dos individuos, sino a comunidades o sociedades enteras. […] Entre los burócratas, generales, políticos y jefes de Estado se encuentra el más exquisito porcentaje entre la población de individuos fundamentalmente estúpidos, cuya capacidad de hacer daño al prójimo ha sido (o es) peligrosamente potenciada por la posición de poder que ha ocupado u ocupan). ¡Ah!, y no nos olvidemos de los prelados.
La pregunta que se plantean las personas razonables es cómo es posible que estas personas estúpidas lleguen a alcanzar posiciones de poder o de autoridad.
Las clases y las castas (tanto laicas como eclesiásticas) fueron las instituciones sociales que permitieron un flujo constante de personas estúpidas a puestos de poder en la mayoría de las sociedades preindustriales. En el mundo industrial moderno, las clases y las castas van perdiendo cada vez más su importancia. Pero el lugar de clases y castas lo ocupan hoy los partidos políticos, la burocracia y la democracia. En el seno del sistema democrático, las elecciones generales son un instrumento de gran eficacia para asegurar el mantenimiento estable de la fracción de estúpidos entre los poderosos. Hay que recordar que […] la fracción poblacional de personas que votan son estúpidas, y las elecciones les brindan una magnífica ocasión de perjudicar a todos los demás, sin obtener ningún beneficio a cambio de su acción. Estas personas cumplen su objetivo, contribuyendo al mantenimiento del nivel porcentual de estúpidos entre las personas que están en el poder.
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Carlo. M. Cipolla: “Estupidez y poder” (1976), en Allegro ma non troppo, 1988.
En la casa de campo de mis abuelos paternos, a unos pocos kilómetros del pueblo en que nació mi padre, cercana a un antiguo balneario, pasábamos todos los meses de agosto. El río que trascurría prácticamente a su lado, el bello paisaje de sauces que lo envolvía, el mismo balneario ya en desuso, los recovecos que se abrían por doquier, los exploraba cual intrépido aventurero que unas veces era un indio, otras un vaquero, un bandolero tipo Robin Hood, un fugitivo de alguna causa injusta o cualquier otro personaje que la mente de un niño puede imaginar, que no son pocos. La ciudad quedaba entonces lejos, muy lejos, y el colegio, los maestros, los exámenes…
Cuando el tiempo lo impedía, cuando hacían su aparición las fugaces tormentas de verano, subía al desván, a escudriñar los múltiples objetos que allí se almacenaban, muchos de ellos ausentes del recuerdo. Había muchos libros de mi abuelo, impenitente lector, ya entonces fallecido. Mi abuela, a quien los achaques de la edad empezaban a hacer estragos, iba a venirse a vivir con nosotros. Escuché que iban a vender la casa y cambiar el campo por la playa. Tal vez por eso, los libros de mi abuelo estaban allí, en cajas de cartón, como tantas otras cosas. Empecé a ojearlos, las fotografías las tenía ya muy vistas. Me llamó la atención un volumen, de menor grosor que los demás. Su encuadernación era preciosa, de piel de color rojo y estampaciones en oro formando triángulos en las cuatro esquinas de la portada, en cuyo centro había un curioso sol con sus rayos, también dorado, bajo el cual, troquelado, aparecía el título: La imaginaria ciudad del sol –que me resultó de lo más sugerente– y el nombre del autor: Tomasso Campanella. Lo de Campanella me hizo gracia.
Comencé a leer, su comprensión no era difícil. Pronto en mi imaginación comenzó a tomar forma aquella ciudad situada sobre una colina y dividida en siete grandes círculos, en los que había inmensos palacios, galerías en cuyas paredes se representaban figuras matemáticas y se describía la tierra, ánforas adosadas a los muros llenas de centenarios brebajes que usaban como remedios de sus enfermedades, paredes en las que había pintadas toda clase de piedras preciosas y vulgares, todos los mares, ríos, lagos y fuentes del mundo, todas las especies de árboles y hierbas, de peces, aves y animales terrestres, todas las artes mecánicas, sus instrumentos y el diferente uso que de cada uno de ellos se hacía en las diferentes naciones… Su modo de vida era muy distinto al que conocía. En la Ciudad del Sol todo era de todos, hasta los placeres, cada uno de sus moradores recibía de la comunidad, regida por sabios, lo que necesitaba.
Fui a por una libreta y un lápiz. Me marchaba al día siguiente y deducía que era el último mes de agosto que pasaría allí. Copié algunas de las frases que más sugerentes me parecían (también desconcertantes): Hombres y mujeres visten igual (…) todos se educan en todas las artes y aprenden con facilidad (…)las casas, los dormitorios, los lechos y todas las demás cosas necesarias son comunes (…) cambian de vestido cuatro veces al año y son los médicos quienes determinan la clase y necesidad de los vestidos (…) la soberbia es repudiada como el vicio más execrable (…) no existe la fea costumbre de tener siervos pues se bastan y sobran a sí mismos (…) las funciones y servicios se distribuyen a todos por igual, ninguno tiene que trabajar más de cuatro horas al día (…) la pobreza extrema convierte a los hombres en viles, astutos, engañosos, ladrones, intrigantes, vagabundos, embusteros, testigos falsos, etc., la riqueza los hace insolentes, soberbios, ignorantes, traidores, petulantes, falsificadores, jactanciosos, egoístas, provocadores, etc., la comunidad hace a todos los hombres ricos y pobres a un tiempo: ricos, porque todo lo tienen; pobres, porque nada poseen y al mismo tiempo no sirven a las cosas, sino que las cosas les obedecen a ellos…
Hoy, casi cincuenta años después, buscando otras cosas –como suele ser habitual en estos casos–, he encontrado aquella libreta, ya de hojas amarillentas y ajada escritura. El tiempo pasa, los recuerdos caen en el olvido. Hasta que despiertan de nuevo. Como ahora. Entonces, la memoria vuelve a ser realidad. Digo bien: realidad (“Lo que es efectivo o tiene valor práctico, en contraposición con lo fantástico e ilusorio”, RAE). Y es que, como dijo Simone de Beauvoir “¿Qué es un adulto? Un niño inflado por la edad”.
Publicado originalemnte en mi blog Música de Comedia y Cabaret en septiembre de 2015.