La muerte de Roque

Aquejado de raquitismo, Roque se había convertido en poco tiempo en un tullido de fábrica. Pronto, demasiado pronto ─si es que hay un momento adecuado para ello─ los huesos de sus extremidades se desviaron e hincharon, se ablandaron, carecían de calcio, apenas conocían el sol.

Durante las semanas siguientes Samuel cuidó de Roque. Su interés y esmero en la tarea eran las propias de un niño, es decir, mínimos, insuficientes. Miraba a su hermano como si de una atracción de feria se tratase. Los espasmos de sus músculos despertaban su curiosidad. Luego cesaban las contracciones y Roque caía en un profundo estado de sopor. Samuel trataba de espabilarlo con un vaso de vino, como había visto hacer a su madre. Si consideraba que estaba calmado bajaba a la calle, siempre llena de niños, todos menores de seis años, y niñas, ninguna mayor de ocho, descalzos, medio desnudos la mayoría, sentados sobre montones de porquería, a veces con un mendrugo de pan duro recubierto de sus propios mocos que pasaba tanto tiempo en el suelo como en las bocas. Brincaban y correteaban a su antojo. Los carros entraban y salían raudos, al compás de los pedidos. El chirriar de sus ruedas era un sonido habitual, los chavales lo percibían nada más entrar en la calle. Entonces se arrimaban a la pared, quien más y quien menos sabía de los riesgos que acarreaba desestimar el peligro de los carros y conocía a alguien lastimado a causa del continuo ajetreo de sus idas y venidas.

Al cabo de unos días Roque murió. Estaba dormido, o eso parecía, y Samuel bajó a la calle, a mitad mañana. Regresó al cabo de un buen rato, Roque continuaba en la misma postura que cuando le dejó, no se había movido, lo zarandeó pero no hubo respuesta. Se quedó mirándolo, no sabía muy bien qué estaba sucediendo, esperando alguna reacción. De vez en cuando volvía a sacudir el inerte cuerpecillo. Nada. Finalmente se durmió. Fue su madre quien le despertó al regresar de la fábrica y quien le explicó que su hermano pequeño había dejado de existir.

La muerte de Roque fue recibida con una mezcla de pesar y alivio. En todo caso era el final de una dolorosa situación. Ya no sufriría más el pequeño ─Dios así lo había querido─ ni tampoco sus padres. Samuel podría trabajar. A Samuel le resultaría difícil volver a encontrar un momento como aquel en que su madre lo cogió fuertemente de la mano resguardándole de la avalancha de gente que protestaba contra el impuesto de consumos. A los pocos días de fallecido su hermano comenzaría a trabajar y a sentir necesidad de protección, abrigo y seguridad para combatir el miedo y la soledad.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2014, nueva edición 2019).

E luxo só

Si ven el video y les gusta les agradecería que, si no es mucha molestia, así lo hicieran constar en YouTube. Muchas gracias.

Una canción de Ary Barroso (música) y Luiz Peixoto (letra). Barroso fue un compositor brasileño, precursor de lo que podríamos llamar pre-bossa nova. Popularizó la música brasileña con canciones como Aquarela do Brasil, al tiempo que compuso muchas canciones para las películas que Carmen Miranda rodó en Hollywood en las décadas de 1940 y 1950 y que tanto contribuyeron a dar la imagen de un Brasil idílico, ‘tierra de samba y pandero’.

La versión de E luxo só, excelente, que suena el vídeo es de Rosa Passos y pertenece a su álbum Pano pra manga (1996).

Si ves al futuro, dile que no venga

Los años anteriores a la crisis de 2008 se caracterizaron por la exuberancia y el despilfarro de una aristocracia de banqueros de inversión que, sin otra lógica que la rentabilidad a corto plazo, buscaron el beneficio de manera desaforada en cualquier negocio que supusiera la obtención de ganancias inmediatas: ventas a corto plazo abusivas, manipulaciones, invención de instrumentos opacos, titulización de activos, contratos de cobertura de riesgos, hipotecas basura, hedge funds…

Al respecto escribía yo en octubre de 2008, en un artículo titulado “La crisis del siglo. ¿Una más?”, lo siguiente:

‘El presidente Zapatero sostiene que dicha medida [el rescate financiero] no va a costar un euro al contribuyente. Eso sí, siempre que salga bien. ¿Y si no sale bien? ¿Quién responderá por ello? Y si sale bien, ¿ya está? ¿Aquí acaba todo, vamos a empezar de nuevo? ¿No hay responsables por la estafa llevada a cabo por los bancos occidentales, que han ganado una enorme cantidad de dinero a costa de las hipotecas basura y luego, cuando las cosas no van bien, suben el interés y si no pagas es tu problema, el banco se queda con la casa? ¿Nadie va responder por el hecho de que las empresas se hayan endeudado por encima de sus posibilidades? ¿Y los estados que han destinado millones y millones para defender intereses particulares incluso con guerras? ¿Quién es causante de la crisis de superproducción? ¿Nadie le pedirá cuentas a aquellos grandes que han aprovechado la crisis para eliminar o absorber a los más débiles? ¿Se seguirá apostando por un capitalismo defensor ante todo de ganar la guerra económica, es decir, eliminar a la competencia con la obtención de beneficios, no normales o razonables, sino lo suficientemente amplios como para distanciarse de las empresas de la competencia? ¿Se continuará salvando los bancos sin pedir a sus dirigentes responsabilidad alguna por su mala gestión, a pesar del dinero que han estado ganando y que se han guardado? ¿El Tercer Mundo, ese eufemismo que siempre empleamos para denominar los países pobres verá aún más disminuir las miserables ayudas, pues las necesitamos nosotros? ¿Continuaremos con la máxima de privatizar lo que es económicamente rentable y socializar las pérdidas? La respuesta en unos años’.

Han pasado esos años, casi doce. Visto lo visto, visto incluso lo que creíamos que no llegaríamos a ver, reniego y repudio todo movimiento en tanto que ‘conjunto de alteraciones o novedades ocurridas, durante un período de tiempo, en algunos campos de la actividad humana’ (RAE). Me sumo a las palabras de Enrico Baj cuando dice: ‘Muchos fanáticos pretenden que todo el mundo se ponga en movimiento porque el movimiento sería vida. Sin embargo, las cosas estáticas tienen una vida bastante larga, como las rocas y los árboles, y además, por suerte, el mundo en su mayor parte está hecho de cosas que están quietas, como las montañas, los grandes pardos, los lechos de los ríos. ¿Acaso querrías que se pusieran en movimiento? […] La dimensión humana se desarrolla siempre en el espacio y el tiempo, en los límites del territorio y la duración. La eterna velocidad omnipresente es una solemne memez’ (¿Qué es la ‘patafísica?, 1994). Cuanta razón tenía el periodista y político bonaerense Juan José Castelli (1764-1812) cuando dijo: ‘Si ves al futuro, dile que no venga’.