Este es un resumen personal que hice cuando estuve ingresado en el hospital del conocido ensayo de Henry David Thoreau La desobediencia civil (1849) que publicaré en tres entradas (hoy, mañana y pasado mañana).
Lo deseable no es cultivar el
respeto por la ley, sino por la justicia. La única obligación que tengo derecho
a asumir es la de hacer en cada momento lo que crea justo. […] La ley nunca
hizo a los hombres más justos y, debido al respeto que les infunde, incluso los
bienintencionados se convierten en agentes de la injusticia. […]
La masa sirve al Estado no como
hombres, sino básicamente como máquinas, con sus cuerpos. Ellos forman el
ejército constituido y la milicia, los carceleros, la policía, los ayudantes
del sheriff, etc. En la mayoría de los casos no ejercitan con libertad ni la
crítica ni el sentido moral, sino que se igualan a la madera y a la tierra y a
las piedras, e incluso se podrían fabricar hombres de madera que hicieran el
mismo servicio. Tales individuos no infunden más respeto que los hombres de
paja o los terrones de arcilla. No tienen más valor que caballos o perros, y
sin embargo se les considera, en general, buenos ciudadanos. Otros, como muchos
legisladores, políticos, abogados, ministros y funcionarios, sirven al Estado
fundamentalmente con sus cabezas, y como casi nunca hacen distinciones morales,
con capaces de servir tanto al diablo, sin pretenderlo, como a Dios. Unos
pocos, como los héroes, los patriotas, los mártires, los reformadores en un
sentido amplio y los hombres sirven al Estado además con sus conciencias y, por
tanto, las más de las veces se enfrentan a él y, a menudo, se les trata como
enemigos. Un hombre prudente sólo será útil como hombre y no se someterá a ser ‘arcilla’
y ‘tapar un agujero para detener el viento. […]
Al que se entrega por entero a
los demás se le toma por un inútil y un egoísta, pero al que se entrega
solamente en parte, se le considera un benefactor y un filántropo. […]
Yo no me enfrento con enemigos
lejanos sino con los que cerca de casa cooperan con ellos y les apoyan, y sin
los cuales estos últimos serían inofensivos. […]
¿Cuál es el valor de un hombre
honrado y de un patriota hoy? Dudan y se lamentan y a veces redactan escritos,
pero no hacen nada serio y eficaz. Esperarán con la mejor disposición a que
otros remedien el mal, para poder dejar de lamentarse. Como mucho, depositan un
simple voto y hacen un leve signo de aprobación y una aclamación a la justicia
al pasar por su lado. Por cada hombre virtuoso, hay novecientos noventa y nueve
que alardean de serio, y es más fácil tratar con el auténtico poseedor de una cosa
que con los que pretenden tenerla.
Las votaciones son una especie
de juego, como las damas o el backgammon que incluyen un suave tinte moral; un
jugar con lo justo y lo injusto, con cuestiones morales; y desde luego incluye
apuestas. No se apuesta sobre el carácter de los votantes. Quizás deposito el
voto que creo más acertado, pero no estoy realmente convencido de que eso deba
prevalecer. Estoy dispuesto a dejarlo en manos de la mayoría. Su obligación,
por tanto, nunca excede el nivel de lo conveniente. Incluso votar por lo justo
es no hacer nada por ello. Es tan sólo expresar débilmente el deseo de que la
Justicia debiera prevalecer. Un hombre prudente no dejará lo justo a merced del
azar, ni deseará que prevalezca frente al poder de la mayoría. Hay muy poca
virtud en la acción de las masas. Cuando la mayoría vote al fin por la
abolición de la esclavitud, será porque les es indiferente la esclavitud o
porque sea tan escasa que no merezca la pena mantenerla. Para entonces ellos
serán los únicos esclavos. […]
Junto al
velódromo de Vincennes, que ahora se acondicionaba para la ceremonia de
apertura de los Juegos Olímpicos de verano de 1900, se levantaba un blanco
caserón de tres plantas un tanto descuidado cuya fachada principal se hallaba
prácticamente cubierta de madreselva que trepaba a su antojo.
―¿Ahí está el
cuadro? ─preguntó el príncipe al ver el destartalado edificio.
―Ya ve, ¿quién
iba a imaginarlo? ─dijo Frossard─. Como le comenté, su dueño es un viejo
chocho.
Les recibió un
criado con librea que les condujo a un salón en el que se hallaba Bonheur. La
primera impresión del príncipe al verlo, como confesaría después, durante el
viaje de vuelta, fue que, en realidad, era mucho más extravagante y raro de lo
que Frossard le dijo cuando le anunció que había dado con el paradero del
Courbet y que aquel era su dueño, un trasnochado que vestía levita larga de
terciopelo de color azul oscuro, lustrosa por el paso de los años, y pantalones
amarillos, color que compartía también el pañuelo de seda que, envuelto en el
cuello, se cerraba con un enorme lazo. Era un tipo rollizo y la levita le venía
algo pequeña; también el adamascado chaleco, del color de la levita, aunque más
claro, se notaba que no podía abrochárselo. Debía haber engordado desde que se
retiró a Vincennes, tras haber heredado una cuantiosa suma de dinero a la
muerte de sus suegros. Un bonvivant que, sin duda, decidió
ejercer de ello tras la inesperada herencia, concluyó el príncipe, alguien que
miraba por sí mismo, apartado del mundo y sus gentes. Aun así, y a pesar de su
estrambótica vestimenta, ofrecía un cuidado aspecto, su blanca barba estaba
perfectamente recortada e incluso se había perfumado, lo que pocos hombres
hacían.
A pesar de ser
mitad mañana Bonheur llamó a una de sus criadas ─por supuesto, con cofia─ y le
pidió que dispusiese el tentempié preparado. Mejor hablaremos acompañados de
un piscolabis, dijo. Otras dos criadas, también con su correspondiente
cofia, aparecieron al poco con sendas bandejas: una, enorme, de ostras de
Arcachon y otra de pepinillos en vinagre. Bonheur pellizcó en el culo a la más
joven y rió groseramente, para estupor del príncipe. Nada mejor para
acompañar un buen champán, dijo mientras un pequeño cohombro crujía entre
sus dientes y abría torpemente una botella, derramándose buena parte del
champán en el suelo y manchando los zapatos del príncipe. ¡Oh! Cuánto lo
siento, le ruego disculpe mi torpeza. Al príncipe no le apetecía champán a
esas horas. ¿No le gusta? Mire, aquí tengo un coñac que espero haga sus
delicias. El príncipe, que tampoco quería coñac ─no quería otra cosa que no
fuera ver el cuadro─ comenzaba a impacientarse. Frossard sugirió entonces a
Bonheur que les mostrase el Courbet.
―¡Ah! sí, el
Courbet, ya me había olvidado. ¡Ay esta memoria!, que mala es la edad. Vamos,
vamos a verlo, lo tengo aquí mismo.
Se dirigió a una
caja fuerte que había en un extremo de la habitación, giró varias veces la
rueda de acuerdo con la clave numérica que, dijo, solo él conocía e introdujo
una llave a continuación. La caja se abrió y Bonheur comenzó a sacar viejos
papeles amarillentos que dejaba de cualquier manera en el suelo sin importarle
que se desordenaran.
―Aquí está
─exclamó mostrando un envoltorio de papel de periódico de poco más de medio
metro de largo, sobre el que se le cayó la ceniza de un enorme cigarro que
fumaba.
El príncipe, que
seguía sin dar crédito a lo que estaba viendo, no pudo menos que exclamar:
―¡Por Dios, vaya
con cuidado!
―Es mala la
edad, muy mala, alteza, cada día estoy más torpe. Tenga, ábralo usted mismo.
El príncipe no
conseguía desatar el nudo que formaban los cordeles con que estaba atado el
paquete.
―Deben haberse
pegado las cuerdas, hace tiempo que no sale de la caja. A ver, déjeme que
pruebe.
Bonheur alargó
la mano para coger el bulto, pero el príncipe apartó el cuadro de su alcance.
―No se preocupe,
ya lo hago yo.
El tono de la
voz del príncipe evidenciaba la exasperación que sentía ante la torpeza y la
dejadez del anfitrión. Poco a poco consiguió deshacer el nudo. Un triste marco
de madera de pino, delgado, pintado de negro, un tanto resquebrajado, con
alguna que otra raspadura, encerraba su superficie de manera indigna a juicio
del príncipe, que más tarde compararía aquello con una bella mujer que, bien
vestida y perfumada, engalanada con sus mejores joyas, se cubriese con un viejo
sombrero de esparto. Maravillado a pesar de todo por tenerlo entre sus manos
permaneció un rato en silencio contemplándolo, admirándolo, y posiblemente también
discurriendo acerca de la manera de convencer al cazurro de Bonheur para que se
lo vendiera. Ya le había avisado Frossard que iba a resultar imposible, pero el
príncipe se resistía a aceptar tal eventualidad. Para su desgracia, y su
indignación, Frossard no se había equivocado lo más mínimo. Bonheur se resistía
a desprenderse de él.
―Le ofrezco lo
que usted quiera. Un cuarto de millón de francos. Creo que nadie ha pagado aún
tal cantidad por un cuadro.
―No se trata de
eso, excelencia.
―¿Ni por medio
millón de francos me lo vendería? ─insistió el príncipe.
―Ni por uno
tampoco. Ni por dos. No es cuestión de dinero, alteza, este cuadro tiene otro
tipo de valor para mí. Verán, conocí a la modelo, ella fue quien me lo hizo
llegar. No quería que su entonces poseedor pudiese contemplar una parte tan
significativa de su anatomía, odiaba a aquel tipo, un anticuario demasiado
aficionado al onanismo que luego le contaba cuánto había disfrutado a solas con
su imagen. Desconozco cómo lo consiguió, pero un buen día vino y me lo dejó. Yo
le prometí que lo mantendría a buen recaudo.
―¿Y qué ha sido
de ella? ─preguntó Samuel.
―Ni idea. Hace
tiempo que perdí el contacto.
[…]
―En fin, qué se
le va a hacer ─exteriorizó el príncipe al cabo de un rato, ya de regreso a
París en uno de esos automóviles que tanto odiaba Samuel.
―No sabe su
alteza como lo siento ─dijo Frossard─, pero ya le hablé de lo intrincado de la
operación dada la rareza de carácter de Bonheur.
―¿Rareza de
carácter? Este caballero, si se le puede llamar así, es un completo mentecato,
un cretino total. De todos modos, usted ha hecho todo lo posible y yo, al
menos, he tenido la obra unos momentos en mis manos. Por supuesto, sabré
recompensar debidamente su empeño.
Parecía que el
príncipe se resignaba a marchar sin el Courbet.
―Por eso no se
preocupe, alteza. Lo cierto es que irrita que un tipo así posea una obra como
esa. No es justo que permanezca arrumbada en aquella cochambrosa caja fuerte.
¿Sabe qué me dijo cuando le visité la primera vez para concertar la cita con
usted? ¿El Courbet? ¿De qué Courbet me habla? Yo pensé que se hacía el loco y
que a continuación me negaría que él tuviese el cuadro. Pero no, ¡qué va! Ni se
acordaba. Le expliqué cómo era el cuadro y entonces exclamó: ¡Ah!, sí, el del
coño. Tal cual se lo cuento.
―Siempre
disfruta de las cosas quien menos se lo merece ─dijo Samuel.
―Si al menos lo
disfrutara ─añadió Brigitte─. La verdad es que dan ganas de quitárselo, debería
haber una ley que impidiese comportamientos como el de este hombre con una obra
de tanta categoría.
―Bueno, robarlo
sería una posibilidad ─apuntó Frossard entre risas─. Igual no se daba ni
cuenta.
―Puede que hasta
fuera divertido ─comentó Samuel, que también reía, como Brigitte.
―Pues hagámoslo ─sugirió esta última soltando una carcajada y sumándose al aparentemente disparatado diálogo.
Mareta, mareta es una nana documentada en el ámbito del actual País Valenciano desde
principios del siglo XVIII que probablemente proviene de la localidad de Aigües
(L’Alacantí).
La versión que suena en el vídeo
es de la músico, compositora y pedagoga catalana Dámaris Gelabert (Barcelona,
1965), especializada en la música infantil. Las imágenes pertenecen a la película
documental Babies (2010, Bebés). Dirigida por Thomas Balmes,
sigue el crecimiento día a día de cuatro bebés, que
viven en diversos puntos del mundo (Namibia, Mongolia, Japón y Estados Unidos)
desde su nacimiento hasta que dan sus primeros pasos.
Mareta, mareta és una cançó de bressol documentada a l’àmbit de l’actual País Valencià des de principis del segle XVIII que probablement prové de la localitat d’Aigües (l’Alacantí).
La versió que sona al vídeo és de la músic, compositora i pedagoga catalana Dàmaris Gelabert (Barcelona, 1965), especialitzada en la música infantil. Les imatges pertanyen a la pel·lícula documental Babies (2010, ‘Nadons’). Dirigida per Thomas Balmes, segueix el creixement dia a dia de quatre nadons, que viuen en diversos punts del món (Namíbia, Mongòlia, Japó i Estats Units) des del seu naixement fins que fan els primers passos.