Había una vez una taberna en la que solíamos tomar un
par de copas.
Recuerdo cómo nos reíamos durante horas y
pensábamos en todas las grandes cosas que haríamos.
¡Qué tiempos aquellos!, amigo mío. Creíamos que
nunca terminarían, que cantaríamos y bailaríamos siempre y que un día viviríamos
la vida que elegimos, que lucharíamos y nunca perderíamos.
Éramos jóvenes y estábamos convencidos de cuál era
nuestro camino.
Luego, ocupados, los años pasaron muy de prisa. Perdimos
las grandes esperanzas en el camino.
Esta noche me detuve frente a la taberna. Nada
parece ser como era.
Oh, amigo mío, somos más viejos, pero no más sabios, porque en nuestros corazones los sueños siguen siendo los mismos.
Sigo hoy con el diablo. Ayer era Satanás quien, por boca de Mark Twain, nos hablaba de la miserabilidad de la condición humana. Hoy, por boca de C. S. Lewis, lo hace Escrutopo, un anciano diablo que sabe mucho acerca de nuestra naturaleza y nuestro carácter.
No creo en
dioses ni diablos, ni que exista el más allá ni otra vida después de esta.
Aunque viendo la deplorable situación actual en todos los órdenes de la vida,
empiezo a replantearme esta incredulidad y a tener dudas sobre la existencia
del diablo. Hay quienes dicen que todos tenemos un diablo dentro. Y, sí, al
parecer es cierto. Los diablos se han apoderado de nuestros espíritus y
voluntades de manera tan sutil, tan hábil, que ni nos hemos dado cuenta. El
diablo es un ser sumamente inteligente. Lo ha mostrado con creces. También que
conforme pasa el tiempo lo es cada vez más. De ahí el refrán “más sabe el
diablo por viejo que por diablo”.
“Más sabe el
diablo por viejo que por diablo” es en este caso una irrebatible verdad. Al menos
como nos lo dibuja el escritor Irlandés Clive Staples Lewis (1898-1963) en su
novela epistolar Cartas del diablo a su sobrino (1942), que
originalmente publicó por partes en el periódico Manchester Guardian (hoy The
Guardian) con el nombre de The Screwtape letters (Las
cartas de). Estas –un total de treinta y una– las escribe el maligno e
insaciable Escrutopo, un anciano diablo, a su sobrino Orugario, un demonio
principiante. Escrutopo reprocha al joven, que también es su discípulo, los
errores que ha cometido durante su aprendizaje como malvado diablo (o buen
diablo, según se mire).
Ya en la primera deja bien claro cómo hacer el mal de manera eficiente, lo que pasa por que los diablos mayores se adueñen del espíritu de las personas y, en consecuencia, de sus almas y voluntades. Así se lo decía Escrutopo a su sobrino:
“[Debes] orientar las lecturas de tu paciente [para] que vea muy a menudo a su amigo materialista. […] Si hubiese vivido hace unos siglos es posible que sí: en aquella época los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamiento. Pero ahora, con las revistas semanales y otras armas semejantes, hemos cambiado mucho todo eso. […] Ahora [el hombre] no piensa, ante todo, si las doctrinas son ‘ciertas’ o ‘falsas’, sino ‘académicas’ o ‘prácticas’, ‘superadas’ o ‘actuales’, ‘convencionales’ o ‘implacables’. La jerga, no la argumentación, es tu mejor aliado”.
¿Ven cómo es
cierto que el diablo sabe más por viejo que por diablo?, ¿cómo es más listo que
el hambre? Ya en 1942, por boca de Lewis, se expresaba en estos términos. Visto
lo visto, razón no lo faltaba. Al contrario. Hoy puede enorgullecerse de su
sabiduría. Como los cuadros, somos en función de nuestra cotización, de cómo se
nos aprecia públicamente, o parezca que se nos aprecia. Criterios hay. Los
profesionales, los expertos, se encargan de la correcta administración de
bienes, personas incluidas, y deseos. Hay profesionales de toda clase: médicos,
arquitectos, ingenieros, abogados, economistas, artistas, profesores, hasta
políticos, y hay especialistas, analistas, certificadores de lo que está bien y
de lo que no. Y es a ellos a quien hay que hacer caso. ¿Qué cojones de
atrevimiento es ese de querer ir por libre? ¿No sabes que, como escribió
Thoreau, “con el pretexto del orden y el gobierno civil se nos hace honrar y
alabar nuestra propia vileza”? Escrutopo tiene las cosas muy claras y aconseja
a su sobrino que nunca olvide que “la gratitud mira al pasado y el amor al presente;
el miedo, la avaricia, la lujuria y la ambición miran hacia delante”.
Orugario se pone
mano a la obra, más como quiera que no avanza, que no lo hace bien, en la carta
XIII Escrutopo le explica los errores que comete:
“En primer
lugar, según tú mismo dices, permitiste que tu paciente leyera un libro del que
realmente disfrutaba, no para que hiciese comentarios ingeniosos a costa de él
ante sus nuevos amigos, sino porque disfrutaba de ese libro. […] el hombre que
verdadera y desinteresadamente disfruta de algo por ello mismo y sin importarle
un comino lo que digan los demás está protegido, por eso mismo, contra algunos
de nuestros métodos de ataque más sutiles. Debes tratar de hacer siempre que el
paciente abandone la gente, la comida o los libros que le gustan de verdad y que
los sustituya por la ‘mejor’ gente, la comida ‘adecuada’ o los libros
‘importantes’”.
¿Qué decirle ya
a Escrutopo? Chapeau! Lúcido análisis. Bravo, señor
diablo. Valoramos a la gente por lo que tiene y no por lo que es,
distinguimos entre los nuestros y los otros y abandonamos a la gente (en
abstracto), entre ellos, y sobre todo, a los más necesitados. Creemos que hay
listos, inteligentes, letrados, en contraposición a los torpes, los ignorantes
o los analfabetos, y ricos, pudientes y poderosos que confrontamos a los
pobres, los menesterosos o los desgraciados. También creemos, nos lo dicen en
la escuela, que con esfuerzo, con sacrificio, sin aversión ni violencia,
conseguiremos ser no el más listo pero tampoco el más tonto, y nuestros bienes
y propiedades no serán cuantiosos pero siempre habrá quien tenga menos, pues no
carecemos de referentes. La mediocridad, garantizada por los mecanismos del
poder, disfraza la mentira y convierte en abstracciones los valores. Nada es lo
que es, sino que lo que aparenta. ¿Qué comemos, qué leemos, si no es aquello
que los ‘críticos’ y los ‘expertos’ nos recomiendan? ¿Y qué nos recomiendan? Lo
que le interesa al diablo, que de finanzas sabe también un rato largo.
Queremos salir de la oscuridad para ver la luz, decimos, pero no estamos dispuestos a arrebatar de una vez por todas el interruptor que da o quita la luz a quienes lo poseen desde tiempos remotos, nos conformamos con que nos iluminen alguna que otra vez, las precisas para poder ver entre las tinieblas, y así vivimos, en ellas. Con y para el diablo.
Con doce años leí Las aventuras de Huckleberry Finn. La obra de Mark Twain me cautivó hasta tal punto que mi imaginación –que no debía ser poca, siempre me decían que estaba en las nubes– nada pudo transformar ni añadir. Prácticamente devoré las casi cuatrocientas páginas que comprendían la historia de Huck, un muchacho poco mayor que yo, secuestrado por su propio padre –un borracho al que todos daban por muerto– porque quería los seis mil dólares que en su día se encontró en una cueva con su amigo Tom Sawyer. Este consiguió huir de donde aquel lo tenía encerrado, pero en vez de regresar a la cómoda casa donde lo habían acogido decidió marcharse del pueblo, ya que no quería ser “civilizado”, no le gustaban las buenas costumbres que trataban de inculcarle ni ir a la escuela, y escapó con Jim, un negro esclavo de la casa, río Misisipi abajo en un accidentando y largo viaje lleno de toda clase de aventuras.
Aunque la obra termina “bien”, el principio de rebeldía que destilaba, la
reflexión que hacía sobre la arbitrariedad de las convenciones sociales, el
contagioso anhelo de libertad de sus protagonistas, la visión crítica del
racismo que traslucían las situaciones en que se veía envuelto Jim, la
importancia que Twain daba a la amistad, fueron aspectos que me calaron muy
hondo.
La intuición de que el mundo era más amplio de lo que hasta entonces había
pensado y más desigual de lo que hasta el momento había observado, y que ello
se debía a la ignorancia, al miedo a lo desconocido, al comportamiento egoísta
y mezquino del común de la gente, comenzó a transformarse en evidencia cuando,
poco después, leí otra obra de Twain con el mismo o mayor ahínco. Se titulaba El
forastero misterioso y su trama se ubicaba en una aldea austriaca en el
siglo XVI, aunque bien hubiera podido suceder en cualquier otro lugar y
cualquier otra época. En esta ocasión, el protagonista era también un muchacho,
Theodor Fischer. Él, y sus dos amigos inseparables, eran los únicos que sabían
que el forastero llegado a la aldea que tanta ascendencia tenía sobre sus
vecinos era en realidad un ángel llamado Satanás, sobrino del mismo diablo, que
decidió quedarse en el cielo pero conservaba las simpatías por su tío.
La crítica hacia el comportamiento humano, que Twain mostraba a través de
la figura de Satanás, era inmisericorde. Los habitantes de la aldea, que vivían
en un permanente estado de opresión, miedo y superchería, resultaban fácilmente
manipulables en aquel ambiente. Para Satán, al menos, era pan comido, con sus
hechizos y su magia. Conozco a tu raza –decía Satanás–. Está hecha de
borregos. Está gobernada por minorías.
La hipocresía que regía las vidas de los aldeanos, su creencia en una
fuerza superior que dirigía sus destinos, la imposibilidad de cambiar las cosas
dada su condición de seres inferiores, la intolerancia y rigidez que guiaban
sus actos en nombre de una moral que permitía la persecución y ejecución en la
hoguera de quienes contradecían la validez de hábitos y costumbres ancestrales,
era asuntos que Twain exponía en su novela sin concesiones de ningún tipo. No
todos podía digerirlos a esa edad, pero algo en mi interior me decía que el
mundo no era todo lo bueno que había imaginado. ¿Quiénes son de verdad los
buenos? ¿Son buenos todos los que dicen serlo? ¿Son buenos los que mandan? ¿Son
buenas sus normas? ¿Eran buenos los que esclavizaban a los negros, los que
quemaban en la hoguera a las mujeres que consideraban brujas? ¿Eran buenos mis
amigos, que despreciaban a los menesterosos y se burlaban del aspecto? ¿Lo eran
los padres, que compartían ese desprecio y trataban al servicio con absoluta
desconsideración? ¿Y los maestros del colegio, donde jamás había visto un chico
que no fuera impoluto y bien vestido? Ellos, los maestros, se suponía que lo
sabían todo. Luego, si lo sabían todo ¿por qué no lo decían? ¿O acaso no era
así?
Cuando, ya adulto, releí El forastero misterioso subrayé: Satán solía decir que nuestra raza vivía una vida de autoengaño continuo e ininterrumpido. Se estafaba a sí misma desde la cuna hasta la tumba con imposturas e ilusiones que tomaba por realidades, y esto convertía su vida entera en una impostura. De la veintena de buenas cualidades que imaginaba tener y de las que se envanecía, en realidad no poseía prácticamente ninguna. Se consideraba a sí misma como oro, y era solamente latón.
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Publicado anteriormente en Música de Comedia y Cabaret el 27 de mayo de 2015.