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El espigón estaba de lo más tranquilo. La playa que se abría junto a él, a unos doscientos metros, aunque moderadamente, empezaba a ser ocupada por los primeros bañistas. El día era excelente, soleado, sin el calor de las bochornosas jornadas veraniegas que no tardarían en llegar. La suave brisa hacía francamente agradable y tentador pasar un rato frente al mar; el agua estaba todavía algo fría, aunque a algunos no parecía importarles.

─ ¿Qué, que me decís del petardo? ¿Es bueno o no?

─ Cojonudo. Empiezo a estar más cocido que un piojo.

─ Disfruta, que esto es gloria. Toma, mátalo ─Robin dio una larga calada al canuto y se lo pasó a Tomate.

(…)

─ ¡Eh! Mirad eso.

─ ¿El qué?

─ Eso de ahí, la botella esa que está entre las rocas.

─ ¡Joder, tío, como en las pelis! A ver si es el mensaje de un náufrago.

─ Sujétame, que la cojo, igual es ginebra, o vodka, lo de dentro es blanco.

─ O está vacía.

─ ¿No ves que está tapada?

Johnny sujetó a Robin por los pies. La botella se había empotrado en las rocas, en la parte más saliente del espigón, a donde era complicado llegar. Curiosamente, no se había roto.

─ ¡Hostia! Tenía razón Tomate, está vacía.

─ ¿Cómo que está vacía?

─ Como que no hay nada dentro, ¿no lo ves?, y no pesa.

─ ¿Y quién cojones tapará una botella sin nada dentro?, y más poniéndole eso rojo, ¿cómo se llama?

─ Macramé.

─ Macramé…, eso es lo que hacen las abuelas, alelao.

─ Bueno, da igual como se llame. Es algo que se usa para cerrar bien las cosas importantes.

─ Así que esta botella debe contener algo importante ¿no?

─ Si está sellada con eso, supongo.

─ Pues se ha evaporado. Aquí no hay nada.

─ A ver…

Johnny hizo el ademán de coger la botella, pero Robin la lanzó contra las rocas.

─ ¿Por qué haces eso, gilipollas?

─ Para una cosa que nos encontramos… Ya me extrañaba que no fuera una buena mierda.

─ ¡La puta leche! ¿Qué es eso? ¿Veis lo mismo que yo?

─ ¿Qué hostias es esa nube? ¿Qué coño le has puesto al canuto?

Al crash del vidrio al romperse siguió una humareda blanquecina que a medida que iba elevándose se condensaba y formaba una especie de nube redonda y luminosa.

─ ¡A mí qué me cuentas! Ha salido de dentro de la botella.

─ ¿Cómo va a salir de dentro de la botella? Estaba vacía.

─ Tendría gas.

─ No digas chorradas. ¡Mira!, cambia de forma.

─ Yo no veo que cambie nada, se está deshaciendo.

─ No, fíjate. Estoy flipando.

─ Sí, y ahora aparecerá un genio, como en las pelis. No te jode.

Cuando parecía que la nube, como había observado Robin, empezaba a volatilizarse, el vaporoso humo, o lo que fuera que la formaba, hizo un extraño movimiento y cual especie de rayo invisible y silencioso descendió hasta el suelo súbitamente. Ni un segundo después, en su lugar apareció un individuo bajito, medio calvo, con grandes entradas y pinta de apocado, un poca cosa con gafas pequeñas y redondas y prominente nariz que resaltaba en su rostro blanquecino. Vestía traje y corbata pasados de moda.

─ ¡Puta hostia! ¿Qué está pasando? ─exclamó Tomate alarmado.

─ ¿Tú quién eres? ¿De dónde has salido?

─ Vuestro servidor.

─ ¿Quién?

─ Vuestro servidor, estoy a vuestra disposición durante doce horas, medio día. Durante ese tiempo mi única misión es satisfacer vuestros deseos. Es mi obligación para con vosotros por haberme liberado.

─ ¿Qué pollas dice el zumbao este? ¿Nosotros? ¿Nosotros te hemos liberado? ¿De qué, de dónde?

─ De dentro de la botella, llevaba ahí casi cien años.

─ ¿Qué? ¿Qué dices? ¿Dentro de la botella? ¡Anda ya! En la botella no había nada, y menos tú. Que ya no tenemos cinco años. ¿Se te va la pinza, o qué?

─ Pues ya lo habéis visto. He salido de ahí.

─ Vale, tío, como quieras. ¿Qué eres, un genio? ─preguntó Robin en tono más que burlón.

─ ¡Ah!, ¿no os habías dado cuenta?

─ Hombre, la verdad es que no suelen aparecérsenos genios todos los días. Pero tú… ¡Para descojonarse! Con esa pinta qué pollas vas a ser un genio. Además, no existen los genios. ¿Nadie te lo ha dicho nuca? Con lo mayorcito que eres…

─ Pues es lo que soy.

─ Claro, claro, y yo el banquero más rico de todos los banqueros, ¿no te lo había dicho? Soy un cabronazo de tomo y lomo. Todo lo tomo y todo me lo como.

La ocurrencia de Robin provocó otra estruendosa carcajada por parte de Johnny y Tomate, que seguían bajo los efectos del canuto.

─ Veo que no me creéis.

─ Ni nosotros ni el papa de Roma, con esa pinta de pringao pareces de todo menos un genio.

─ ¿Y cómo te llamas? ─preguntó Johnny.

─ Prudencio.

─ ¡Prudencio! ¡La hostia! Prudencio, ha dicho que se llama Prudencio.

La risotada que siguió fue de órdago.

─ Un genio que se llama Prudencio. ¡Hosti, macho, eres genial! Venga, explícanos el truco.

─ No hay truco. Os estoy diciendo la verdad.

─ Venga, va, eres un mago de esos que salen en la tele, un buen mago. ¡Menudo alucine!

(…)

─ ¿Y si dice la verdad? Ha aparecido ahí de repente, como por arte de magia ─Tomate tenía sus dudas.

─ Eres la leche, Tomate. ¿No te das cuenta de que se está quedando con nosotros? Vamos a dar un rulo. ¿Tú quieres venir, Prudencio? ¿Tienes dinero?

─ No. De todos modos, si lo tuviera no creo que sirviera de mucho. Como os decía, casi cien años llevaba encerrado en esa botella hasta que vosotros me habéis sacado de ahí. Pero no os preocupéis, eso no supone problema alguno.

─ Ya empieza otra vez. Es que no se cansa el tío. ¿Tú que fumas, Prudencio? Porque pondrías pasarnos un poco de lo que sea. ¡Menudo friki! Anda, vuelve al circo de donde te has escapado.

─ En fin, yo ya he cumplido con mi deber. Si no confiáis en lo que digo poco puedo hacer. Los humanos sois muy arrogantes, no creéis en nada que no sea obra vuestra.

─ ¡Ah!, ¿que tú no eres humano?

─ No sé ya cómo decíroslo, soy un genio.

─ ¿Pretendes hacernos creer que eso decías antes de que estás a nuestra disposición y puedes hacer que se cumpla cualquier cosa que deseemos es verdad? ─la duda empezaba a hacer mella también en Johnny.

─ Yo no pretendo nada, mi obligación era advertiros. Y puesto que no me creéis solo me queda deciros adiós.

Tan rápidamente como la humareda gaseosa había adquirido forma humana, Prudencio comenzó a desvanecerse.

─ ¡Eh!, espera, tío, espera.

Esta vez fue Robin quien trató de retener al extraño ante la atónita mirada de sus colegas. Ninguno esperaba una maniobra de ese tipo. Cuando ya apenas se distinguía la silueta, el genio, al escuchar la petición de Robin, volvió a cobrar forma humana.

Manuel Cerdà: Prudencio Calamidad (2017).