La Ley Seca: cuando la necesidad agudiza el ingenio

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Bar clandestino en Nueva York, 1933. / Margaret Bourke-White, “Life” ©

El 1 de julio de 1916 se hizo efectiva la prohibición de vender bebidas alcohólicas en 24 estados de EE UU. Era el preludio de la promulgación de la Ley Seca de carácter federal, que entraría en vigor en 1919 y duraría hasta 1933, que prohibía la fabricación, transporte, importación, exportación y la venta de alcohol.

Tal medida, de origen anglosajón, se fundamentaba en razones socio-morales (relación con la delincuencia) y, sobre todo, económicas: disminución de la productividad entre los obreros por causa del alcohol e interés industrial en promover el consumo de otros productos.

Fue ponerse en marcha la ley y comenzar a proliferar los garitos en los que se consumía alcohol ilegalmente. En 1924 se estimaba que se servía alcohol en unos quinientos locales en Nueva York; dos años después se decía que eran miles los locales ilegales, hasta el punto de superar, con creces, el número de los permitidos (de los que, evidentemente, estaban ausentes las bebidas alcohólicas). Se siguió pues, vendiendo toda clase de alcoholes. Se fabricaban clandestinamente, sin reglamentación alguna, como es lógico en dichas circunstancias. Muchos desaprensivos, que de otro modo no hubiesen conseguido colocar en ningún sitio los brebajes que preparaban, se hicieron ricos en poco tiempo. La delincuencia organizada encontró en la prohibición un filón extraordinario de ingresos con enormes beneficios. Al Capone es el caso más relevante, pero ni mucho menos el único.

En los años veinte del pasado siglo, en Estados Unidos, se bebía más que nunca ─la veda a los bebedores, lejos de desanimar a estos, incrementó su número─ y se bebía cualquier cosa, mucho más nociva para la salud que las que antes se pudieran encontrar libremente.

Ley Seca mujer

La Ley Seca puso de manifiesto, por otra parte, que la necesidad agudiza el ingenio, sobre todo cuando se prohíbe algo. Los consumidores se valieron de toda clase de tretas para burlar la ley, como esta mujer de la fotografía (1920) que lleva una botella de whisky en su liga. Los dueños de los bares –cuya clientela disminuyó considerablemente– no fueron menos. Es el caso del Puncheon Club, que se ubicaba en la zona alta de Nueva York, en el número 42 de la calle 49, que luego, al trasladarse al Rockefeller Center tomaría el nombre de Club 21, se haría excepcionalmente famoso. Era un pequeño local con falsas escaleras y paredes que ocultaban ingentes cantidades de cajas de botellas, lleno de humo y animado por el sonido de una gramola. Para acceder al mismo había que introducir una varilla, que no todo el mundo tenía, por un estrecho orificio; solo así se abría la puerta. Estaba muy bien preparado para burlar a la policía en la puritana cruzada antialcohólica: una trampilla accionada a distancia permitía esconder el alcohol si se presentaba esta de improviso; los botelleros se plegaban y desaparecían.

Y es que, como dijo Montaigne –o dicen que dijo, pues tomo de la cita de Wikiquote y no está verificada– “la prohibición sazona los manjares”.

El bikini. 70 años

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Elke Sommer en una playa mallorquina durante el rodaje de “Bahía de Palma” (1962).

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Micheline Bernardini en la presentación del primer bikini en París / © Bettmann/CORBIS.

El 5 de julio de 1946, se presentaba en sociedad el bikini, en la popular Piscina Molitor de París. Su introductor fue un ingeniero francés de automóviles llamado Louis Reard, quien le dio tal nombre por Bikini Atoll, atolón de las Islas Marshall donde se llevaban a cabo las pruebas de la bomba atómica en la posguerra. Como quiera que no que no encontraba modelo que se atreviera a usar su diseño, contrató a una estríper de París, Micheline Bernardini. El bikini era tan pequeño que cabía en la caja que Bernardini lleva en la mano, como se observa en fotografía.

La aparición del bikini no estuvo exenta de polémica, ni mucho menos. Hablamos del bikini en tanto que prenda femenina de baño, pues la utilización de prendas de dos piezas por parte de las mujeres para realizar actividades atléticas se remonta a la Antigüedad clásica. La nueva prenda de baño recibió un gran impulso en su popularidad a través de Estados Unidos, donde, tras la Segunda Guerra Mundial el Gobierno obligó a racionar la tela usada. Tal medida favoreció el modelo de dos piezas. Sin embargo, a causa del código Hays –un conjunto de normas legales que determinaba qué se podía ver en las películas y qué no– la braguita del modelo original hubo de hacerse más alta para cubrir el ombligo, como vemos en el bikini que en la fotografía adjunta lleva Marilyn Monroe. Fuera de Estados Unidos el tamaño de la braguita no se modificó, como muestra el modelo que luce Brigitte Bardot en esta fotografía tomada en Cannes en 1953. Dos años antes, en 1951 las participantes en el concurso de Miss Mundo, que se celebró en Londres, lucían la nueva prenda. Dado el auge que cobraba el bikini, El Vaticano lo tachó de “pecaminoso” y su uso se prohibió en países como Bélgica, Italia o España.

El bikini, como sabemos, acabó triunfando a pesar de todo. En unos sitios antes, en otros después. España –entonces “centinela de Occidente” por la gracia de Dios– fue de los de después. El primer bikini que se pudo ver en las pantallas de cine españolas fue en 1962, en la película Bahía de Palma, que dirigió Juan Bosch y protagonizaron, entre otros, Elke Sommer, Arturo Fernández y Cassen. El turismo comenzaba a ser una extraordinaria fuente de ingresos y había que cuidarlo. Así que la película, rodada en Mallorca, pasó la censura –eso sí, calificada como “gravemente peligrosa y desaconsejable para todos los públicos”, hasta el punto que la Guardia Civil se apostaba a la puerta de los cines para controlar rigurosamente la edad de los espectadores– y los españoles hicieron largas colas ante los cines en que esta se proyectaba. La película les importaba más bien un bledo, pero ver a Elke Sommer en bikini no era moco de pavo. Bahía de Palma se mantuvo tres meses en cartel en el Palacio de la Prensa de la Gran Vía de Madrid. También las playas empezaron a llenarse de curiosos para observar a esas “descaradas” extranjeras que mostraban “casi todo”.

Hoy se prescinde muchas veces de la parte de arriba en las playas. Y uno, si ha de ser sincero, lo nota a faltar cuando de pronto ve pasar, primero, unas turgentes tetas plástico y luego, pegado a ellas, el cuerpo de una mujer. Claro que esto es una cuestión personal de quien odia los postizos y prefiere que, como dice el refrán castellano, “buena teta que en la mano quepa. Por lo demás, en la dicotomía textiles-nudistas ya hace años que servidor de ustedes es de los segundos.

El culo de Sara Carbonero

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Hace tiempo, a principios de diciembre de 2014, publiqué una entrada con el título El culo de Sara. Fue una de las primeras que incluí en el blog para promocionar mi novela El viaje (2014). Si seleccioné este párrafo antes que otros es porque creí que no estaba mal. En todo caso, mejor que otros.

Últimamente vengo observado que la entrada cada día cuenta con mayor número de visitas. Pues sí, pensé al principio, es un buen fragmento de la novela, celebro que así se reconozca aquello que me pareció. Y me dije: ¿ves cómo tu novela El viaje no está nada mal? Agonías, que eres un agonías. Ya te lo decían tus más próximos: es una buena novela.

La curiosidad me llevó a buscar en las estadísticas de Worpress los criterios que se habían utilizado en el tráfico de visitas. Pero… ¡Sorpresa! Hete aquí que el término de búsqueda más empleado es “culo Sara Carbonero”. ¡Acabáramos! Entendí entonces la manida frase “una imagen vale más que mil palabras”. Y como aquella entrada tenía unas quinientas, con la de hoy hacemos buena la sentencia. Mas, para no defraudar a quienes buscaban lo que no pudieron encontrar, la acompañamos de estas dos fotografías del culo de Sara Carbonero. De lo que hay, que tampoco es mucho. Con la siguiente puntualización: dejen de buscar fotografías del culo de esta mujer, es todo cuanto hay.