El color de la contradicción

rojo

Rojo, el color del amor. Dicen.

El de la sangre también,

de la que nos hace vivir

o de la que otros derraman para que sigamos viviendo.

Rojo, el color de la pasión,

el delirio, el frenesí, el deseo desenfrenado,

el sufrimiento y el padecimiento.

Rojo, el color de la revolución,

y el del terciopelo de los tapizados de pomposos teatros y ostentosas mansiones.

Rojo,

el color de la contradicción.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/09/15/el-color-de-la-contradiccion/

Cómo Brígida pasó a ser La China y acabó siendo Brigitte

bloos-richard-german-1878-1957-cafc3a9-chantant-in-paris-1911

“Café cantante en París” (1911). Richard Bloos.

No había sido, ni mucho menos, una vida fácil la suya. Resultó ser oriunda de Avinyonet de Puigventós, un pequeño pueblo de la provincia de Girona, cerca de la frontera con Francia, donde había nacido en 1851. Pronto inició su andadura artística. A los trece años marchó a Barcelona a servir en una casa y a los dieciséis su presencia se había convertido en habitual en varios de los cafetines de la Barceloneta y del Raval, las dos grandes barriadas obreras y centros de los ambientes más licenciosos y aventurados de la ciudad. Allí actuaba algunas veces, junto a las cantaoras que solían ejercer la prostitución y alcanzaban su mayor éxito cuando, si el ambiente era propicio –es decir, si se creía no observar peligro alguno, lo que equivalía a la sospechosa presencia de algún desconocido confidente, o incluso un policía de paisano–, bailaban sin ropa interior. Brígida, aún no había afrancesado su nombre, cantaba coplas subidas de tono acompañada del primero que encontrase dispuesto a seguirla con la guitarra, le daba igual que fuera gratis, solo deseaba cantar y cualquier oportunidad era buena. De ese modo consiguió una cierta popularidad siendo todavía bien joven. La gente empezó entonces a llamarla La China. Sus grandes ojos, negros y rasgados, eran sin duda una de sus características físicas más notables, junto a su sensual boca de labios siempre pintados de rojo. No era una beldad, estaba algo escuchimizada, pero rebosaba voluptuosidad en cada uno de sus movimientos y gestos. Especialmente estos últimos volvían loco a más de uno por su natural exotismo. Su atrevimiento y frescura competían con un carácter inquieto, indómito a veces, que aumentaba su atractivo a ojos de muchos, pues sin empacho alguno mandaba a hacer puñetas a quien solicitara sus favores si estaba de mal humor mientras que en otros momentos ella misma se dirigía con todo el descaro del mundo a algún parroquiano simplemente porque le gustaba.

La gran mayoría de las mujeres que frecuentaban aquellos locales de dudosa reputación, como el Café de Levante o el Barcelonés, obtenían el grueso de sus ganancias comerciando con su cuerpo. Otras en cambio –como La China– eran más sutiles y, a la hora de entregar sus favores, elegían entre la clientela a los que, al menos en apariencia, podían reportarles beneficios materiales más jugosos –no los querían para el placer aunque les aseguraran que jamás nadie las había hecho gozar como ellos–, beneficios más duraderos, como joyas o ropa cara. Por supuesto también dinero. Sus presas: algún despistado caballerete que ingenuamente se había dejado caer por allí en busca de emociones fuertes o, poco habitual, un distinguido personaje de la sociedad barcelonesa –como el marqués de Loix– cuya libido no podía ser satisfecha en su ambiente sin escándalo. También de vez en cuando se dejaba caer algún cazatalentos, o mejor dicho, espabilados que se hacía pasar por expertos de la farándula y presumían de tener los mejores contactos. La China, cada día más popular, fue así contratada por el dueño de un café de Madrid que se hallaba de paso en Barcelona y se prendó de ella. Dos años estuvo en la capital de España, trabajando en garitos de mala muerte. Su empleador resultó ser un gañán de tres al cuarto movido por la lujuria y la posibilidad de explotar sus encantos por encima de sus cualidades artísticas. A la vuelta de Madrid, no contó a nadie su frustrada peripecia. Al contrario, dijo haber estado en París trabajando en algunos de sus más afamados locales. De ahí que ahora se hubiese convertido en Brigitte Aimée, tal como le sugirió un avispado dueño de uno de los cafés en que actuó.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/09/14/como-brigida-paso-a-ser-la-china-y-acabo-siendo-brigitte/

El comunista

guardia-civil

Fuimos a buscar a Tonín. Juan Luis y yo. (…) Una pareja de la guardia civil se llevaba esposado a su padre. (…) Me causó una enorme impresión ver al padre de Tonín con las esposas puestas y la cabeza gacha, con aquellos dos guardias de aspecto severo e inflexible. Y a Tonín agarrado a su madre, que lloraba. Ambos lloraban. El vecindario había salido a las puertas de sus casas para contemplar el espectáculo; algunos lo hacían desde detrás de la ventana.

Nadie decía nada, todo el mundo en silencio. Menos la madre de Tonín, sus lamentos era lo único que se escuchaba. También Juan Luis y yo permanecimos callados, paralizados. Ni entre nosotros hablamos, ni siquiera nos miramos. Sentí miedo, mucho miedo, una sensación de angustia diferente a las experimentadas hasta entonces. (…) Mucho después entendí que se trataba del miedo a la autoridad, que había otros que mandaban más que padres, maestros y curas, que dictaban qué se podía hacer y qué no.

(…)

Esa noche no dormí. Trataba de adivinar por qué habían detenido al padre de Tonín. Si la autoridad se lo había llevado ─esposado, además─ es porque algo malo habría hecho. ¿Qué habría hecho el padre de Tonín?, me preguntaba una y otra vez. ¿Habría matado a alguien? ¿Robado? No se me ocurrían otras razones. Su rostro, grave y pesaroso, resignado, era para mí la viva imagen de la sinrazón. Desconocía qué terrible acción habría llevado a cabo el padre de Tonín, pero no creía que fuera un ladrón o un asesino. De ningún modo. Yo le conocía, y veía cómo trataba a Tonín, y cómo Tonín estimaba a su padre. Había ido con ellos alguna vez a recoger caquis, que le gustaban mucho a la madre de Tonín. Y lo había pasado bien, su padre siempre llevaba alguna chuchería consigo, para nosotros, por supuesto. Y era afable, y nos contaba historias de cuando en la sierra donde tenía unos bancales habitaban unos gnomos que luchaban contra gigantes y cómo consiguieron vencerlos. ¿Cómo iba a ser un asesino o un ladrón? ¿Por qué se lo llevaron?

A la mañana siguiente, Tonín no vino al colegio. Los chicos comentaban lo sucedido. En el pueblo la noticia se expandió rápidamente, horas después todos estaban al tanto. Decían que el padre de Tonín era comunista y que por eso lo había detenido. Yo no sabía muy bien, ni mal tampoco, que significaba ser comunista. Creo que era la primera vez que escuchaba esa palabra. No dije nada, no quería parecer un ignorante.

Mis amigos, en cambio, parecían estar más al tanto de qué significaba ser comunista. En sus casas, la noche anterior el tema de conversación había sido la detención del padre de Tonín, por comunista. En la mía no, igual no se habían enterado mi madre y mi abuela, no sé. Mis amigos, que por lo visto sabían qué significaba ser comunista, explicaban que estos eran unos tipos despreciables, malos a más no poder, los enemigos más feroces, pues estaban en contra de todo, de dios, de la familia, de la gente de bien que solo quería vivir en paz, y de España, a la que habían declarado la guerra hacía años, guerra que afortunadamente perdieron pero en la que los muy malvados consiguieron robar nuestro oro y secuestrar a niños, muchos niños que vivían ahora en Rusia, reino del mal que pretendía dominar el mundo para entregarlo a Satán y convertirnos a todos en esclavos del mal. Actuaban a escondidas, preparando el momento en que se adueñarían del mundo, y para ello robarían, destruirían y matarían. Querían apropiarse de todo, las casas, los bienes, los juguetes. Eran rojos. Eso no lo entendí, pero tampoco pregunté. Mi percepción del padre de Tonín no encajaba en tanta maldad. Además, tenía una tienda de ropa, una casa grande ─no como la mía, pero grande─ y bancales, y siempre nos daba chucherías que sacaba de los bolsillos como si fuera un mago. ¿Cómo iba a ser un asesino o un ladrón? ¿Por qué se lo llevaron?

Salimos del colegio y fuimos, los amigos, a buscar a Tonín. No todos, la mayoría se negó a juntarse de nuevo con él. Mi padre me ha dicho que no me junte con Tonín, son unos rojos, manifestó Juan Luis, que obviamente no vino. Fuimos tres, o dos, o cuatro, no recuerdo. Desde luego, no todos. Nos costó, no nos atrevíamos a acercarnos a su casa. Cuando por fin llamamos a la puerta no nos abrió nadie. Tonín había marchado con su madre, a otro lugar. Nada más supe de él.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en:  https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/09/10/el-comunista/