Entre arroces y novelas

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Suelo usar muchas veces el símil de que hacer una novela es muy parecido a hacer un arroz. Sin los ingredientes adecuados –el arròs de senyoret de la fotografía lleva un buen fondo de pescado de roca y marisco y producto fresco– y la técnica que permita controlar los tiempos de cocción, poco conseguiremos. Para escribir una novela también necesitamos una serie de ingredientes (personajes, historia, argumento…) con los que armar la estructura y desarrollar la trama y, por supuesto, usar la técnica pertinente con la que controlar el tiempo (el tempo) y el ritmo.
¿Cómo se aprende esto? En uno y otro caso, a base de práctica. En los arroces hay que hacer muchos hasta controlar la técnica. Hoy, si tuviera que darles la receta de cualquiera de los arroces que hago, lo que más me costaría es explicitar las cantidades de los ingredientes y el ritmo. Son muchos los arroces que uno ha cocinado en esta vida y los hago a ojo. Con una novela pasa algo parecido: hay que escribir mucho, muchas veces la misma historia, infinidad de versiones si es necesario, hasta que la técnica llegue a ser algo rutinario.
Esto no significa que nos vaya a salir un buen arroz o una buena novela. Con los mismos ingredientes a todo el mundo no le sale igual, ni el arroz ni la novela, por mucho que haya leído y se haya informado acerca de la técnica. Y es que, en ambos casos –y aquí no hay receta que valga– resulta indispensable algo imposible de cuantificar: el genio (la capacidad para crear o inventar cosas) y el ingenio (la facultad para discurrir o inventar).
Una buena presentación resulta imprescindible en uno y otro extremo. Si al arroz de la fotografía no le hubiese puesto colorante –ya no azafrán, colorante, insípido del todo– seguro que a los comensales se les habría ido el apetito solo de verlo. Un mal diseño y/o una deficiente maquetación pueden arruinar una novela por logrado que esté su contenido.
Ahora bien, una particularidad –aparte de poner el máximo cariño– es común a ambos, a arroces y novelas: hay que dejar que reposen. Por lo que a los arroces respecta, entre cinco y diez minutos según el que sea. En cuanto a una novela, algo más, mucho más. La premura es lógica pero del todo desaconsejable. Claro que tenemos ganas de publicar (más si es la primera vez), de mostrar nuestra obra. Pero calma, que repose. Yo, en cuanto termino una novela, la dejo –que no la olvido– alrededor de un año. Pasado este vuelvo con ella y me sorprendo de los errores, y también de los aciertos, que encuentro.
Y todo esto que les cuento ya casi se me olvidaba a qué venía. Sí, es simplemente una aclaración personal de por qué tengo descuidado el blog en los últimos días. Este agosto está siendo un mes entre fogones. Nada nuevo por otra parte en lo que a los arroces respecta (podría decirse que soy un cocinillas), ocasional en cuanto a confeccionar una novela. Pero ya queda poco, las últimas correcciones de mi última novela –Adiós, mirlo, adiós (Bye Bye Blackbird)– están casi listas. Y el arroz también. Así que les dejo. Eso sí, deseándoles lo mejor.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/08/22/entre-arroces-y-novelas/

¿Y para qué quería yo un hijo si tenía 10 años?

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Cuando empecé a interesarme por el sexo todo el mundo coincidía que era pecado, algo tan grave y reprobable que parecía ser la causa de cualquier afección física o psíquica, tan misterioso y marrano que nadie de los mayores quería hablar de ello para explicar en qué consistía su práctica. Entonces no podía yo saber que la mejor forma de manipular a alguien es la ignorancia y la culpabilidad. Todo cuanto sabía acerca de la sexualidad, si es que sabía algo, lo aprendí en el cine, lo que me llevó a asociar seducción con sexualidad. El resto era aquello que los amigos contaban, me refiero a la sexualidad compartida, a los toqueteos previos al acto sexual y a este en particular, siendo mis fuentes de información ellos, los chicos; con las chicas nunca pasó por mi imaginación que se pudiera hablar de estas cosas, francamente limitadas, reduciéndose a alguna imagen como la del libro que Juan Luis cogió a su padre, el farmacéutico, en la que se veía el dibujo de un niño con la cabeza hacia abajo unido con una especie de cuerda a lo que parecía ser la parte superior del estómago, a las fotografías de mujeres desnudas que custodiábamos como el más preciado tesoro y a algún que otro comentario oído a los mayores del que extraíamos conclusiones sin duda precipitadas. El ansia por conocer nos llevaba a estériles discusiones sobre la función de los órganos sexuales. Estaba claro que había besos y tocamientos, y que se quedaban desnudos los dos, y que luego la pilila se introducía en el chumino (así llamábamos a aquellos). Este último aspecto, sin embargo, no estaba claro del todo y había quien, como Edu, decía que eso no podía ser. Lo que sí era evidente es que una vez producido el encuentro sexual la mujer, o la chica, empezaba a engordar y veníamos nosotros al mundo, tras pasar nueve meses en el vientre de la respectiva madre. Siempre era así, siempre lo había sido y siempre lo sería. Entonces vino el acojone: yo no quería tener un hijo y, en cambio, anhelaba el encuentro con una chica, a la que por supuesto amara, así era en las películas, así era pues, y materializar la fantasía, pasar de lo conocido a lo imprevisto, pero no quería tener un hijo, ¿qué iba a hacer con él si tenía 10 años? Menudo lío. Igual follón venía de follar, pensé.

El funámbulo del tiempo

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“El funambulista I”, acrílico sobre papel / Kiko Rodríguez.

Con el tiempo, todo se volvía más agotador. Cosas a las que antes no les prestaba atención alguna ahora adquirían un protagonismo desmesurado. Otras por las que, en cambio, había sentido verdadero interés resultan fugaces y no conseguían que su atención se centrase en ellas más que unos momentos. Otras más, simplemente seguían tan lejanas y distantes como siempre.

Recordada anécdotas, detalles, pero nada esencial. Claro que eso le había ocurrido siempre, desde que fue consciente de ello, puede que no hiciera mucho, pero decir que le ocurría desde que cobró conciencia de ello es lo mismo que decir siempre.

Desde hace un tiempo, no obstante, desde que era un funámbulo de la vida venido a menos, empezó a intrigarle el hecho de recordar especialmente este tipo de cosas, ese cúmulo de anécdotas y detalles irrelevantes que su memoria había almacenado. No es que considerara que esa cualidad fuese algo preocupante en sí. Su precaución, puede que también preocupación, devenía de la tremenda descompensación de la memoria: recordaba con suma fluidez los detalles más triviales de cualquier situación pero le resultaba harto difícil ubicarlos en un contexto concreto.

Es posible que todo se deba a algo que nunca debemos hacer: creer en el pasado, que no existe, dicho sea de paso, y buscar en él argumentos para que la caída sea lo más leve posible, para que el daño que necesariamente ha de producirse deje las menores huellas, tarea harto difícil ante la arbitrariedad y selectividad de la memoria. Así, los detalles, las anécdotas, se almacenaban en su memoria con facilidad, aunque sin orden ni correspondencia con los hechos que los generaron la mayoría de las ocasiones, no había jerarquía entre ellos ni clasificación alguna que los situase en un entorno determinado, pues en última instancia no correspondía a la memoria, caprichosa ya de por sí, seleccionar los recuerdos, influenciada además, como está, por la tendencia a magnificar lo que, creemos, ha marcado nuestra existencia. Una existencia que, como escribió Fernando Pessoa*, hay que monotonizar para que no sea monótona. Tornar anodino lo cotidiano, para que la más pequeña cosa sea una distracción” (Libro del desasosiego, edición de 1984, Seix Barral, traducción de Ángel Crespo).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/07/28/el-funambulo-del-tiempo/