Protesta

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“Las manos de la protesta” (1968), de la serie pictórica “La edad de la ira” que Oswaldo Guayasamín realizó entre 1961 y 1990.

¿De qué estratos han salido los centenares de personas que se agolpan en la plaza, protestan y corean eslóganes contra los de arriba? ¿Habrá alguno de mis amigos de la infancia desencantados con ellos mismos? ¿De sus hijos, empachados al no poder digerir tanta inequidad? ¿Habrá alguien que, consciente o no –tanto da–, continúe haciendo del odio, de la animadversión hacia la impudicia social de este mundo, el motor de la historia? El hombre que ha perdido la aptitud de borrar sus odios está viejo, irreparablemente, escribió el ítalo-argentino José Ingenieros. ¿Alguno de ellos será unos de esos jóvenes perroflautas que parecen ser los únicos que creen en el consabido y manido lema que afirma que otro mundo es posible y que ese mundo está por construir, que hemos de construirlo los insatisfechos frente a los saciados y sus acólitos, los indolentes? ¿Qué mundo? ¿Qué mundo quieren quienes los acompañan, quienes llenan la plaza? Me temo que no es el mismo. Y presiento que muchos de esos jóvenes se desencantarán en el camino, se perderán o fenecerán durante el viaje. (…)

Los habitantes del barrio en que paso los días (…) es gente de rostros cariacontecidos e inaccesibles, que se cruzan entre sí todos los días casi siempre de noche, pues de noche salen para acudir a los sombríos y mortificantes lugares de compra de aptitudes, energías y ánimos que allí transforman en elaborados artículos para la venta ─mejor o peor según demanda─ a los que la mayoría, especialmente a aquellos de refinado y sofisticado diseño, no tienen luego acceso, lo que no impide que al contemplarlos en un escaparate exclamen con chocante orgullo Esto lo hice yo. De noche suelen regresar también, siempre los mismos rostros, que con el tiempo se semejan cada vez más entre sí, incluso parecen ser todos el mismo. Muchos se ven así reflejados y a veces se asustan. Les ha costado mucho alcanzar una uniforme fisonomía de personas y cosas, demasiadas renuncias y componendas para que ahora todo se venga al traste con la puñetera crisis. ¿Habrá muchos de ellos en la plaza? (…) ¿Estará el vecino sindicalista que agredió aquel día a su mujer, cuyos lamentos solamente yo escuché?

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/01/24/protesta/

Frossard, Samuel y la inundación de París de 1910

A finales de enero [de 1910] una crecida del Sena provocó una de las peores inundaciones que había conocido la ciudad. Los días comprendidos entre el 20 y el 28 de dicho mes llegaron a conocerse como la “semana terrible”. Veinte mil edificios, ciento treinta calles y cuarenta kilómetros de vía pública acabaron anegadas. Muchos no podían siquiera salir de sus casas, con los bajos inundados, y se les procuraba alimentos mediante barcas. La mayor parte de la ciudad quedó sin gas, electricidad y teléfono, el transporte público no funcionaba. Frossard fue uno de los ciento cincuenta mil parisinos resultaron damnificados. No habrían pasado ni tres meses desde que consiguiera a buen precio un bajo en el bulevar de Sebastopol, cerca de la plaza de Châtelet, y trasladara allí, a mejor alcance de sus potenciales compradores, los cuadros de mayor valor y algunas pertenencias, que sufrieron serios daños a causa del agua estropeando la mayoría de las obras. En barca pudo llegar a las inmediaciones de Montmartre ─convertido en una isla─ en busca de Samuel. Con su amigo, y con la ayuda de buenos vinos y licores, superaría mejor el mal trago, aunque de todos modos no era Frossard alguien que se arredrara así como así. Había sufrido una gran pérdida, miles de francos se esfumaban en lo que, sin duda, era el mayor despilfarro de su existencia, excesivo e innecesario.

―¿Y qué harás con todos esos cuadros?

―Los guardaré, querido amigo, así como están, nada de restaurarlos, me costaría más de lo que valen. Quién sabe, igual algún día, cuando se haya olvidado el desastre, valgan un dineral. Ya lo verás, algunos puede que hasta hayan mejorado, igual les venía bien un buen baño.

Frossard no perdía el sentido del humor ni siquiera en los momentos difíciles. La inundación no era el único de sus males. Acababa de salir de una grave enfermedad, una tuberculosis ósea, y los médicos le habían advertido de que debía cuidarse, nada de excesos, sobre todo en la comida y la bebida. Malditos matasanos, qué mierda sabrán ellos de la vida si siempre están pendientes de la enfermedad y de la muerte, decía. Samuel compartía su opinión, o al menos no le contradecía, tiempo hacía que los dolores de espalda eran cada vez más molestos y que la tos, la puñetera tos, no le dejaba en paz, pero se resistía a que le viera un médico. Por supuesto, nunca le dijo a su amigo qué debía hacer y qué no. Frossard continuaba bebiendo y fumando como si nada, la vida seguía siendo una fiesta para él, no podía concebirla de otro modo.

Entretanto reparaba el local Frossard residió en el domicilio de Samuel, su vieja casa de Montmartre estaba hecha un desastre. Menos en serio que la vida se tomaba aún Frossard el arte a pesar de vivir de él, o tal vez por eso. Hablaba pestes de los pintores, embarcados ─afirmaba─ en una huida hacia adelante desde que la fotografía redujo sensiblemente su papel de cronistas de la historia que nadie sabía a dónde les llevaría.

―Cuanto más enmarañado sea el tema mejor, cuanto más se recree uno en tratar de descifrar qué quería decir el pintor en esa mezcolanza de colores más culto es. ¿Adivinas qué es lo que más me cabrea? Que solo dos días antes del malvado diluvio me costó un dineral la cena y, sobre todo, el ansia lujuriosa de un par de críticos a los que invité. Ya sabes, o hablan bien de ti o te vas al carajo.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Fotografías tomadas de iBytes (ibytes.es)

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/01/23/frossard-samuel-y-la-inundacion-de-paris-de-1910/

Está jodida la cosa

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“Camino en el jardín de Monet en Giverny” (1901-1902). Claude Monet.

Quedaba poco, acababa de ver la señal indicando que faltaban cincuenta kilómetros. Una sensación de tristeza, conocida por perseverante y obstinada, me invadía y me aislaba. Volvían al recuerdo imágenes del jardín, de la niñez, puede que de la ingenuidad, o de la inconsciencia. No es añoranza. No creo en el pasado, falsificado siempre por los hagiógrafos del progreso inmutable y el pensamiento único; me disgusta el presente, dominado por la codicia de unos y la abulia de otros, y nada espero del futuro, hace tiempo que dejé confiar en la solidaridad del ser humano con sus semejantes. Está jodida la cosa.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2016/01/22/esta-jodida-la-cosa/