Mi trabajo como editor: el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Valencia.

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Inicio con esta entrada una especie de autobiografía de mis actividades profesionales con una doble finalidad. Por un lado, dejar constancia de las actividades profesionales a mi juicio más relevantes que he llevado a cabo, las circunstancias en que se dieron y qué ha supuesto para mí cada experiencia. Por otro –resultado precisamente de las experiencias vividas–, denunciar públicamente determinados comportamientos por parte de mindundis profesionales que en su día (2016) me afectaron hasta el punto de sufrir un infarto a causa de la miocardiopatía de Takotsubo (síndrome del corazón roto).

Esto es algo que hace tiempo tengo ganas de contar, muchas ganas, y que si no lo he hecho hasta ahora es porque alguien muy allegado a mí me pidió repetidamente que no lo hiciera. Pero ni así estoy dispuesto –más ahora que se acercan elecciones autonómicas y municipales– a continuar con este empacho emocional. Los empachos se vomitan, y eso es lo que pretendo hacer escribiendo al escribir estas líneas. Pero esto ya lo explicaré detalladamente en la entrada final, aunque no hay que ser ningún lince –menos aún para quien conozca mínimamente la política y la Administración valencianas– para darse cuenta de por dónde van las cosas.

Como quiera que en blog las entradas aparecerán en orden inverso a su fecha de publicación y puede que, entre ellas, figure alguna no relacionada con este asunto, he creído oportuno incluir en esta primera una especie de índice de las que tengo previstas publicar y que conforman un todo. Así, finalizada la tarea, podré añadir a cada una su respectivo enlace para que, quien lo desee, pueda leerlas de forma continua. En principio, serán las siguientes (los títulos puede que cambie alguno):

  1. Mi trabajo como editor: el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Valencia.
  2. El Centre d’Estudis d’Història Local del País Valencià.
  3. La Associació Valenciana d’Arqueologia industrial (AVAI).
  4. Col·loquis Internacionals d’Història Local
  5. Taller d’història
  6. Llegó el PP. Y, con él, el ostracismo
  7. Mi paso por la Universidad
  8. Llegaron los mindundis de Compromís. Y, con ellos, el ninguneo, la arbitrariedad y el nepotismo.

Bueno, vamos ya con la primera entrada en sí, que va a quedar demasiado larga, y a las entradas largas, como sabemos, no se les presta demasiada atención. Mas eso me importa muy poco ahora. No puedo hacerlo de otra forma, o no sé. De todos modos, ya me encargaré yo de que quién tiene que leerla la lea (esta y las que siguen).

En 1980 entré a trabajar en la Diputación de Valencia con una tarea muy específica: montar un servicio de publicaciones. Tenía 26 años y unos rudimentarios conocimientos de cómo se editaba un libro. Mi experiencia en este campo se limitaba a haber colaborado con una editorial de reciente creación, Almudín, en cuyo consejo de administración figuraban socios como Vicent Ventura, Juan José Pérez Benlloch o Juan Gabriel Cort. El inspirador intelectual de la línea editorial era mi buen amigo Mario García Bonafé, a quien conocía desde un par de años antes por medio de otro gran amigo, lamentablemente ya fallecido (2002), Alfons Cucó. Su ayuda fue esencial, pero de esto también hablaré con más detalle en otras entradas.

El asunto es que yo por entonces, un recién licenciado, no tenía un trabajo estable e iba tirando como podía mientras elaboraba mi tesis de licenciatura: dando clases a maestros de valenciano en los cursos que organizaba el ICE (Institut de Ciències de l’Educació) o corrigiendo galeradas de las publicaciones de Almudín (donde, por cierto, publiqué mi primer libro en solitario) gracias a Mario. No recuerdo si fue a finales de 1979 o principios de 1980, pero sí perfectamente su llamada telefónica un día de ese periodo. La Diputación de Valencia, me dijo, iba a sacar a concurso una plaza de técnico superior para la que se requería ser licenciado en Filosofía y Letras y carreras afines con experiencia en el campo de la edición. ¿Yo?, le pregunté extrañado, pues era algo en lo que jamás había pensado y dudaba de mi capacidad para abordar dicho cometido. Has corregido galeradas –respondió Mario–, sabes cómo se hace un libro y Cort –visitaba la imprenta, Foco Berthe, a menudo– te ha explicado el cometido y el funcionamiento de las máquinas. ¿Crees que hay muchos que sepan de esto aparte de los profesionales?, ¿y crees que alguien con un trabajo fijo –el mundo laboral era muy distinto entonces– va a aventurarse en una cosa como esta? Además, hay otra plaza de diseñador gráfico.

Me presenté, por supuesto. Solo concurrimos dos. Y gané el concurso, siendo contratado por un año. Conmigo entró también Tomás Gutiérrez, diseñador gráfico que luego dejaría la plaza por un trabajo mejor. Transcurrido el año, se convocó la plaza de jefe de Sección de Servicio de Publicaciones (o algo así). Esta vez nos presentamos tres personas. Mi experiencia en la propia Diputación resultó decisiva y me convertí en funcionario, TAE, grupo A, nivel 24.

Paralelamente, se estaba constituyendo la Institució Valenciana d’Estudis i Investigació (IVEI) mediante consorcio entre la Generalitat Valenciana y la Diputación de València, en la que se integraba la Institución Alfonso el Magnánimo, creada por la Diputación en 1948. Al frente de la IVEI figuraba Josep Picó –a quien conocí entonces y con el que también trabé una muy buena amistad– y Mario García Bonafé era el director de Publicaciones. Lo primero que hicimos fue delimitar muy bien los campos de actuación en el tema de publicaciones entre la Diputación y la IVEI. Obviamente, los cometidos eran distintos. Entre nosotros siempre hubo una colaboración absoluta, hasta el punto que nos pasábamos manuscritos que creíamos que se ajustaban mejor a las líneas editoriales de unos u otros.

En 1982 se publicó un Catálogo general de publicaciones que todavía incluía las de la Institución Alfonso el Magnánimo, pues la IVEI no se materializó realmente hasta 1985. De las casi 500 publicaciones que en él figuraban, cuando en 1984 se publicó un primer catálogo de las que correspondían únicamente a la Diputación de Valencia este contaba con 91 títulos. En 1989 los títulos eran ya 192 y se habían creado nuevas colecciones. Luego nacería el Centre d’Estudis d’Història Local e iniciaría, con él, una etapa nueva.

Creo que no lo hicimos tan mal. Entre otras cosas –como lanzar la primera colección de libros para la enseñanza básica en valenciano o la colección de partituras de música de autores valencianos Retrobem la nostra música–, en 1983 fuimos galardonados con el Premio al libro mejor editado que otorga anualmente el Ministerio de Cultura en la categoría de Libros Infantiles y Juveniles por El pardalet sabut i el rei descregut, editado en 1982, de Josep Palomero, con ilustraciones de Manuel Boix y coordinación de edición a cargo de Josep Palàcios. Y en 1986 el Premio al libro mejor editado en la modalidad Obras Generales y de Divulgación por Ronda dels veins de l’Ermita, editado en 1985, sobre un texto de Alfons Roig y dibujos de Artur Heras, coordinador también de la edición.

Diversas circunstancias –que detallaré en la próxima entrada– me llevaron a la creación del Centre d’Estudis d’Història Local, que se puso en marcha en 1989. No por ello dejé el Servicio de Publicaciones. Así me lo pidieron los responsables políticos del momento (lo cierto es que se podían compatibilizar las dos cosas).

Trabajábamos en el Servicio solamente seis/siete personas: un encargado de corregir las galeradas de las publicaciones, un responsable de las cuentas presupuestarias, uno/dos administrativos, un mozo del almacén y el encargado del mismo, y yo, que dirigía el Servicio. Por supuesto, contaba con colaboraciones puntuales en determinados momentos y para determinadas tareas, pero nunca andamos sobrados de medios. Todo lo contrario. Al final yo mismo diseñaba y maquetaba parte de las publicaciones.

Pues bien, y ya termino, toda esta esta experiencia adquirida, que se incrementó notablemente con el tiempo como podrán leer en las entradas que siguen, todos mis conocimientos –soy capaz de diseñar un libro y de llevar a cabo todos los pasos que requiere su edición, y también he dirigido varias obras colectivas, en alguna de las cuales colaboraron más de doscientas personas– en 2015, cuando Compromís se hizo cargo del área de Cultura de la Diputación, fueron ignoradas deliberadamente. Y es que hay puestos muy apetitosos y personas muy faltas de ética. Todos sabían que mi único deseo era jubilarme cuanto antes, que a nada aspiraba. Mas, por si acaso… Un trepa mindundi al que llamaré Mi única Vocación [es] Ir Medrando mostró gran interés por conocerme, y cuando lo hizo mostró ser –yo, lamentablemente, me di cuenta bastante después– un ducho marrullero que solo buscaba información para que a otro colega suyo, medrador meritócrata, nadie pudiera hacerle sombra para dirigir el apetitoso organismo y poderlo rebautizar con el nombre I Ara Meu. Bendiciendo la martingala, figuraba el diputado del área, un policía local que me recuerda a aquel que describe Jarry en “El cerebro del agente de policía”, ese al que al practicarle la autopsia encontraron su caja craneal vacía de todo rastro de cerebro y rellena de diarios viejos (puede que de consignas en su caso).

¿Qué hicieron? Convocar un concurso público para ocupar dicha plaza porque, decían, no se podía cubrir con ningún funcionario. Y, efectivamente, no se podía. ¿Por qué? Porque quedaban excluidos los historiadores. Sociólogos sí, historiadores no. De ese modo evitaban cualquier tentación de que tanto yo, como otro funcionario que sí aspiraba al puesto, pudiéramos presentarnos. Así de descarado. Cuando me enteré de todo esto, cogí tal cabreo que todavía me dura. ¡Ay si llego a saberlo a tiempo! Jubilarme seguía siendo prioritario para mí, pero así no. Me plantee entonces pleitear contra tal arbitrariedad. De hecho, hablé por medio de un amigo con una abogada de uno de los bufetes con más prestigio de Valencia y le pasé documentos. Me dijo que ganaría el pleito, que de ningún modo se sostenía que no se trataba de un concurso amañado. Todos sabíamos quién iba a sacar la plaza y ninguno nos equivocamos. Como sé ahora quién ganará cualquiera de las que puedan convocarse en el Área de Cultura. Si sale alguna y quieren saberlo antes del fallo me lo preguntan. No soy adivino, pero tampoco bobo. No pleiteé por la razón antes apuntada: alguien muy allegado a mí me pidió repetidamente que no lo hiciera. Ya no es posible. Solo me queda denunciar públicamente la maniobra. Y en esas estoy. Quemado, eso sí. Se nota, ¿verdad?

Aún queda más, pero lo dejo para la última entrada.

Comenzar de nuevo

 

Vivimos en un mundo en el que, para mal o para peor, aquello que se encuentra en internet no existe, o es como si no existiera, que al fin y al cabo es lo mismo. Incluso figurando en internet, muchas son las cosas que siguen pasando desapercibidas, también como si no existieran. Son, por un lado, aquellas que no se adecuan a los criterios que rigen esta sociedad, la más opulenta que ha conocido la historia de la humanidad al tiempo que la más injusta, una sociedad que acepta como la única posible una realidad ajena a nuestros designios. Por otro –y consecuencia de esto–, lo mismo sucede con aquello que publicamos en nuestros blogs o en cualquier otra plataforma, y más aún cuando lo que publicamos es un libro, sea del género que sea. O tienes detrás una editorial, cuanto más conocida mejor, o date por jodido. No por fenecido, ¡ojo!

Cuando el 29 de diciembre del pasado año publiqué en este blog una nota titulada “Año nuevo, vida nueva” –en la que explicaba los motivos por los que ya llevaba casi dos meses (desde el 4 de noviembre) sin publicar ninguna entrada– creí que, al menos por una vez, iba a hacer bueno el refrán. No ha sido así. O al menos no lo ha sido, como pensaba, en un tiempo que estimaba iba a ser de días, o de unas pocas semanas. Pero todo llega. Solo hay que echarle horas –muchas horas– y ser perseverante. No puede ser hoy, pues será mañana. Esa me pareció la única alternativa, dado que más que remodelar el blog mi propósito era rehacerlo por completo ahora que puedo, y quiero, dedicarme solamente a escribir y centrarme en el blog.

Mi novela El viaje se abre con una cita del cuento de Hans C. Andersen El caracol y el rosal (1861): “¿Empezamos otra vez nuestra historia desde el principio? No vale la pena; siempre sería la misma”. Eso pienso a veces: no vale la pena. ¿Otra vez? Déjalo estar. Siempre con la misma historia, siempre lo mismo. Luego me acuerdo de André Gide, quien afirmaba que todo está dicho ya, pero que como nadie escucha, es necesario volver a empezar. Pues nada, empecemos otra vez. Y acudo al manido refrán de que no hay mal que por bien venga. Si las entradas que publicamos tienen una difusión limitada por razones obvias, si nuestros libros apenas interesan a cuatro gatos, si da igual lo que hayas hecho o dejado de hacer en tu vida porque en su día fuiste noticia y ya no lo eres, si la gran mayoría de la gente acepta este mundo como el único posible, si confía el futuro de la humanidad a serviles mamporreros del poder, si concibe forzosamente el tiempo libre como tiempo de consumo pasivo y necesita de ‘expertos’ y ‘profesionales’ que determinen qué es lo importante y lo trascendente, qué ha de permanecer en el olvido y qué no, que es lo que debe leerse…, si pasa todo eso, ¡pues de puta madre! ¿Quién se acuerda de lo que publicaste o dejaste de publicar hace un año, por ejemplo? ¿Quién realmente te ha leído? ¡Pero si esto pasa hasta con eso que llaman actualidad! Cacactualidad prefiero denominarla. Lo que hoy es noticia deja de serlo mañana porque los especialistas, analistas y tullidos intelectuales varios así lo aseveran, da igual que se trate de un asunto internacional que de una película o un libro. ¿Se acuerdan de qué fue noticia hace un año, qué películas eran las ‘de obligada visión’, qué libros había ‘necesariamente’ que leer? ¡Pues entonces! Empecemos de nuevo.

Pero hay más. Dijo Boris Vian que si tenemos la cabeza redonda es para que puedan circular las ideas. Las mías nunca dejaron de dar vueltas en la cabeza, y así quiero que sigan. No obstante, últimamente parecer ser que hay un mayor orden y concierto entre ellas. Mi jubilación en julio del pasado año creo que tiene mucho que ver. Supone poder dedicarme solamente a aquello que más me gusta, escribir, novelas o lo que me apetezca. En este sentido comienza, pues, una nueva etapa de mi vida. Mas, como digo en la página Sobre el blog, no se puede comenzar de nuevo sin saldar cuentas con el pasado, sin hacer tabula rasa. Está en la base de cualquier relación, sea esta personal o social.

Pero bueno, de todo esto ya iré contando más cosas en la sección ‘Sobre mí’, que a partir de ahora reflejará mi trayectoria profesional, las actividades que he llevado a cabo, lo que considero más relevante de cuanto he publicado, las circunstancias en que todo ello se produjo y qué ha supuesto para mí cada experiencia. De todo ello quiero dejar constancia. Tengo mucho que decir al respecto.

Y estas son mis únicas pretensiones con el nuevo blog. Por eso he rehecho mis novelas, he sacado una nueva edición de El viaje, El corto tiempo de las cerezas y Adiós, mirlo, adiós, es decir, de todas menos Prudencio Calamidad (por reciente), y voy a empezar de nuevo su promoción. El blog, afortunadamente, no deja de aumentar el número de seguidores, muchos de los cuales son relativamente recientes. Miro quiénes han clicado en el ‘me gusta’ de las últimas entradas y muy pocos se corresponden con aquellos que lo hicieron en su día en las entradas anteriores y muy pocos también –como me indican las estadísticas– se interesan por las entradas que ya llevan tiempo publicadas. Por otro lado, hay otras maneras de elaborar las entradas, como publicar una imagen con un breve texto, con una frase, de la novela, por ejemplo, cosa que pienso hacer desde ahora.

De todas estas cosas, no obstante, hablé ya en la entrada A mi manera: “Empecé a trabajar, como historiador. Investigué, escribí, publiqué, dirigí, fui profesor… Me ‘profesionalicé’. A costa, creo ahora, de seguir siendo un amateur de la vida. Hasta que un buen día dije basta, hastiado de moverme en un medio donde lo que prima es la meritocracia, el amiguismo y la corrupción intelectual de tanto mindundi servil del poder. Entonces los roles se invirtieron y me empeñé –y en esas sigo– en ser amateur en lo que antes había sido profesional y viceversa. Me di cuenta de que todo cuanto había hecho, o intentado hacer, en mi vida, éxitos y fracasos, esperanzas y desilusiones, tenían una cosa en común: lo hice a mi manera, una manera de ser, de comportarme y actuar, que conforman mi carácter y personalidad, al tiempo que cobré conciencia de que sus rasgos ya estaban delimitados cuando dejé mi pueblo para estudiar en Valencia. Fue una especie de reencuentro conmigo mismo”.

Hoy me atrevo a decir que cierro el círculo, aunque, por supuesto, las ideas van a seguir dando vueltas a la cabeza, y por mucho tiempo que así sea. Hoy aseguro –a pesar de aquello de que nunca digas nunca jamás– que este es mi blog definitivo. Por ello, ya puestos, he decidido ‘comenzar de nuevo’.

Confío en que este nuevo y definitivo blog sea un reflejo de mi pensar, de mi sentir, de mi disconformidad con este mundo cada día más inmundo que me niego a aceptar. Me quedan muchas cosas por decir (y por repetir), algunas de las cuales, afortunadamente, molestarán a más de uno, lo que, sinceramente, me alegra e incluso, a riesgo de parecer pretencioso, me enorgullece.

Valencia, 15 de febrero de 2019.

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A mi manera (sobre mi vida)

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Mi madre (Amparo Pérez Valls), yo (Manuel Cerdà Pérez) y mi padre (Manuel Cerdà Gisbert), 1954.

Dele play antes de empezar a leer:

 

Nací el 1 de julio de 1954 en un pueblo al norte de la provincia de Alicante que entonces contaba unos 4.000 habitantes: Muro (oficialmente Muro de Alcoy/Muro d’Alcoi.

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Mi padre poco después de instalarse en Barcelona (principios de la década de 1930).

Mi padre, Manuel Cerdà Gisbert, era sastre, un buen sastre. En 1925, con 16 años, se fue a vivir a Barcelona, donde apren-dió el oficio, llegando incluso –me lo contaba de pequeño y para mí era algo grandioso– a vestir a jugadores del Barça. Pero vino la sublevación militar de 1936, la guerra que le siguió y se saldó con la derrota de los republi-canos, y el posterior éxodo de los vencidos a Francia tras la caída de Barcelona a finales de enero de 1939. Entre ellos mi padre, confi-nado en el campo de concentración de Argelès hasta que lo deportaron a España. Cuando le dejaron libre, las cosas en Barcelona no eran igual y se vino a Muro (él era de un pueblo muy cercano, l’Alqueria d’Asnar). Montó una sastrería, empezaron a llegar clientes, cada día más. En su taller trabajaban varias chicas del pueblo. Una de ellas, dieciocho años más joven que él, era mi madre: Amparo Pérez Valls (Amparín para la gente mayor). Entre ellos surgió el amor y nací yo, el fill de Manolo el Sastre. Dos años después lo haría mi hermana, Fina, la filla de Manolo el Sastre.

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Las chicas que trabajaban en el taller de mi padre. La de abajo, la que está sentada con una niña (Reme) en el regazo, es mi madre. La fotografía es anterior a mi nacimiento.

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Con mis padres y mi hermana (Fina) un día de Pascua (1963).

Mi niñez fue plácida, si exceptuamos una hepatitis que padecí a los cuatro años de la me salvé de milagro. Eso sí, con un hígado que ni el de Chavela Vargas, con quien –dicho sea de paso– me identifico cuando dice que ella ama con el hígado. Fui creciendo y mi adolescencia y primeros años de juventud transcurrieron relajadamen-te, sin preocupaciones materiales. Preocupaciones espirituales sí ocupaban mi mente. Las religiosas fueron especialmente desasose-gantes en la niñez, pero poco a poco dejaron de existir. Estas, y todas las demás, fueron convirtiéndose en inquietudes durante mi adolescencia. Entre ellas, ante todo, estaban las chicas, y también las de tipo intelectual. No sé muy bien los motivos, aunque puede que algo tuviera que ver que en el taller –donde de niño pasaba muchas horas con las chicas y a veces las ‘ayudada’ a sobrehilar– siempre estaba la radio puesta, la misma en la que, pocos años después, escuchaba por la noche Radio Pirenaica (Baja el volumen, que te oirán desde la calle, me decían mi padre, o mi madre); que en mi casa había bastantes libros o que todos los días nos traían el periódico a casa (magnífica fuente de información, pues en mi pueblo nos dejaban entrar al cine fuera la película ‘tolerada menores’ o estuviese calificada 4R, aquellas cuya visión se consideraba ‘gravemente peligrosa para todos’, y en el periódico venía la calificación de cada una, por lo que trataba de no perderme ninguna 4R). No sé. Elucubro, supongo.

Poco antes de marchar a estudiar a València –lo que hice a los 18 años– mis inquietudes se habían afianzado y robustecido. Unas y otras. Soñaba con ser escritor, o periodista de guerra, y me gustaban aún más las chicas, y también la música y el cine. Llegué a montar un cine-club en mi pueblo. En el autobús de línea iba a València, a contratar las películas, y ya allí visitaba algunas librerías (la de Paco Dávila, sobre todo, donde podía conseguir libros prohibidos, como los de Ruedo Ibérico). Conocía a Marx, a Engels, a Bakunin, a Lenin o a Trotski –otra cosa es que les entendiera correctamente; en realidad constituían un totum revolutum ideológico que me costó mucho articular, diría que aún sigo en ello)– y leía todas semanas Triunfo y Cuadernos para el diálogo. Me gustaban Led Zeppelin y Deep Purple y acababa de descubrir el jazz (a los 17 años compré mis dos primeros elepés: uno de Duke Ellington y otro de Bill Evans). Y andaba loco por conseguir el libro de Kerouac En la carretera. Todo esto no era incompatible, ni mucho menos, con los guateques, las verbenas de pueblo y las chicas.

Ya en Valencia –donde finalmente acabé matriculándome en Filosofía y Letras– pude ahondar en mis inquietudes con mayor o menor fortuna. Me casé, tuve –y tengo– un hijo, Nelo, de madre murera, valencianohablante (o catalanohablante, que es lo mismo), como sus padres y sus respectivas familias.

Empecé a trabajar, como historiador. Investigué, escribí, publiqué, dirigí, fui profesor… Me ‘profesionalicé’. A costa, creo ahora, de seguir siendo un amateur de la vida. Hasta que un buen día dije basta, hastiado de moverme en un medio donde lo que prima es la meritocracia, el amiguismo y la corrupción intelectual de tanto mindundi servil del poder. Entonces los roles se invirtieron y me empeñé –y en esas sigo– en ser amateur en lo que antes había sido profesional y viceversa.

Me di cuenta de que todo cuanto había hecho, o intentado hacer, en mi vida, éxitos y fracasos, esperanzas y desilusiones, tenían una cosa en común: “lo hice a mi manera”, una “manera” de ser, de comportarme y actuar, que conforman mi carácter y personalidad, al tiempo que cobré conciencia de que sus rasgos ya estaban delimitados cuando dejé mi pueblo para estudiar en Valencia. Fue una especie de reencuentro conmigo mismo.

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Con mi madre a las pocas semanas de haber nacido (1954).

Ya apuntaba maneras al nacer. Lo hice, como comentaba, un 1 de julio, sobre las dos de la tarde, es decir, en el momento más bochornoso del día. Bochornoso en valenciano (catalán) se traduce, entre otras acepciones, como bascós, término que a la vez equivale a inquieto, hiperactivo. Mi madre –dicen que nadie nos conoce mejor que nuestra madre– siempre me decía que era un bascós, que no podía estar quieto un minuto y no paraba de tramar toda clase cosas. También Fill meu, tu no serveixes ni per la política ni per als negocis, eres massa cabut (demasiado obstinado y de ideas fijas) i massa confiat. Todo ello revelaba evidentes rasgos de puerilidad en mi comportamiento. És que eres com un xiquet, o Eres pitjor que un xiquet (niño). No se equivocó un ápice. Así he sido y seré. Así me ha ido y me irá. A estas alturas de mi vida más que nunca me identifico con el niño-adolescente-joven que era en Muro.

Debe ser por todo esto que My Way es mi canción preferida. My Way, no Comme d’habitude, y por Frank Sinatra, es decir, con la versión de la letra en inglés que hizo Paul Anka.

(…) He vivido una vida plena,
viajé por todos y cada una de los caminos.
Y más, mucho más que esto,
lo hice a mi manera.
Arrepentimientos he tenido unos pocos,
demasiado pocos como para mencionarlos.
Hice lo que tenía que hacer,
como consideré, sin excepción.
Planifiqué todo,
cada paso a lo largo del camino, cuidadoso.
Y más, mucho más que esto,
lo hice a mi manera.
Sí, hubo veces,
seguro de que lo sabéis,
en las que mordí
más de lo que podía masticar.
Pero durante ese tiempo,
cuando tuve dudas,
todo me lo comí y lo escupí.
Me enfrenté a todo y no me hundí.
Y lo hice a mi manera.
He amado, he reído y llorado,
ya he perdido suficiente.
Y ahora, que las lágrimas se consumen,
encuentro todo aquello tan entretenido…
Pensar que hice todo eso.
Y, puedo decir, sin timidez:
Oh, no, oh, no, no. Yo, yo, lo hice a mi manera.
Pues, ¿qué es un hombre?, ¿lo que tiene?
Si no es él mismo, no tiene nada.
Decir las cosas que realmente siente
y no las palabras de alguien que se arrodilla.
Mi historia muestra que encajé los golpes
y lo hice a mi manera.
Sí, fue a mi manera.

Sinatra detestaba cantar My Way, pues era algo así como cantar uno su propio epitafio en vida, decía. Yo canto muy mal. Más aún: peor. No tengo, pues, ese problema. Y a mí –y seguro que no solo a mí– sí me gustaría que cuando muera y sea un montón de cenizas mis allegados me despidieran con esta canción. Y que las cenizas, sobre todo si son tóxicas, que, como dijo Groucho Marx, “el diez por ciento sean vertidas sobre mi representante”. En mi caso, sobre mis representantes, es decir, sobre aquellos que se arrogan la facultad de decidir cómo tenemos que ser todos los demás, y sobre tanto tullido intelectual y travestido ideológico. Todas.

En fin, la canción debe estar finalizando si no lo ha hecho ya. Si quieren saber más sobre mí, sobre las actividades que, desde entonces, profesional y/o vocacionalmente, he llevado a cabo y son, en definitiva, el sustento de este blog, pueden consultar mi biografía en Wikipedia.

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Manuel Cerdà