Mujeres desnudas

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“El baño turco” (1862), óleo de Dominique Ingres.

Tendría once, doce años… No lo sé, no me acuerdo. Soñaba con mujeres sin más vestido que el deseo. Nada me resultaba más misterioso que una mujer desnuda. Alguna había visto en un libro que había en el despacho de mi padre, pero eran pinturas, no eran mujeres de verdad. Aquellas imágenes, aún así, me excitaban. Me habían dicho que la desnudez era pecado y que había que sentir vergüenza de tal estado, pero nadie me explicó por qué. Mi madre nunca contestó mi pregunta de cuáles eran los motivos por los que no podemos estar desnudos. Porque no, ¿de dónde sacas esas ideas? ¡Pero si hasta había en libro una reproducción de  la Virgen de la Leche y se veía una teta! Debía tener bula, por algo era la madre de Dios.

Había cerca de mi pueblo una base militar norteamericana de esas que se establecieron en diversos puntos del país a principios de la década de 1950. Para nosotros, los niños, la presencia de los americanos, así los llamaban todos, era cuanto menos algo exótico, si bien apenas se dejaban ver por el pueblo, lo que acrecentaba nuestra curiosidad hacia aquellos hombres que en las películas habíamos visto protagonizar numerosas e increíbles hazañas. Se fueron en 1964 y quedaron prácticamente abandonadas Las Casitas, así llamábamos al conjunto de los chaletitos, no más de una docena, donde vivían los americanos. Nuestra curiosidad aumentó y comenzamos a indagar con mayor ahínco por los alrededores, buscando algún testimonio material que hubiesen dejado, nos intrigaba saber qué hacían, cómo vivían… Sabíamos que eran distintos a nosotros.

PB2En las abandonadas Casitas de los Americanos Álvaro encontró un día una revista con chicas desnudas, un ejemplar de Play Boy. ¡Mujeres desnudas! ¡Por fin! La dicha se apoderó de nuestros ojos felinos que reflejaban el anhelo por verificar si lo representado en nuestra imaginación se ajustaba a lo real. También la ansiedad. Nuestros ánimos se calmaron, pero la curiosidad seguía intacta y el deseo de disfrutar contemplando las imágenes de aquellas mujeres desnudas era mayor que nunca. Jamás antes habíamos gozado de una oportunidad así, estábamos fascinados y todos queríamos estar a solas con la revista. Mas como no hubiera acuerdo por quién sería el primero en disponer de tal privilegio después de Álvaro, él la había encontrado, decidimos repartir su posesión, tres días cada uno, mediante sorteo.

A mí me tocó el último. Hube de esperar casi un mes, los plazos no se cumplían con demasiada meticulosidad, pero al fin fue mía, un martes. Como si del bien más preciado se tratase –en realidad en aquellos momentos era lo más valioso que poseía– la escondí bajo el jersey, con parte de ella metida en el pantalón para que no se cayese de camino a casa. Andaba despacio, tenía miedo a que se notase que debajo del suéter llevaba la revista, cuando me cruzaba con alguien ralentizaba todavía más el paso, azorado y temeroso de que me descubrieran, agachaba la mirada para pasar más desapercibido. Pero nadie se fijó, nadie dijo nada, ni siquiera la pareja de guardias civiles que también se cruzaron en mi camino. Y así llegué a casa.

PB

Subí rápidamente a mi habitación, miré las mujeres desnudas detenidamente con el sosiego que solo la soledad proporciona. Me sentía excitado, algo desconcertado, y pasaba las páginas una y otra vez. Recuerdo especialmente la imagen de una mujer junto a una piscina, de espaldas, girando la cabeza a la cámara y sonriendo, el culo al aire. Me llamaron para comer y escondí la revista en una hornacina en la que había una imagen de santa Rita, patrona de los imposibles, por quien mi abuela sentía gran devoción y creyó oportuno que en mi habitación hubiese una representación suya. Pero santa Rita no demostró sus facultades conmigo. Al día siguiente, al regresar del colegio, me dirigí de inmediato a la hornacina y la revista no estaba allí. La tenía mi madre, quien en el mismo instante en que yo levantaba una y otra vez a santa Rita para cerciorarme de que la revista había desaparecido entró en la habitación, blandiéndola en su mano derecha. La prueba del delito, del pecado, era culpable, no tenía excusa posible. ¿Qué es esto? Desconozco la razón, pero todas las reprimendas empezaban siempre igual, con preguntas así de obvias, tal vez para buscar en mi respuesta el nivel de conocimiento acerca del hecho que se juzgase y determinar en consecuencia el grado de responsabilidad. Rompió la revista en pedazos y la tiró al suelo. Inmediatamente recogió los trozos y se desvaneció mi esperanza de que dejara allí y poder seguir recreándome en la contemplación de tetas y culos. Pero no, se los llevó.

Nunca más supe de la revista, de lo que quedaba de ella, supongo que aquellas mujeres desnudas acabarían en lugar que les correspondía: en la basura, al fin y al cabo eran mujeres despreciables, impúdicas, decían los mayores. Mis amigos mostraron cierta incredulidad en el momento de contarles lo sucedido, creían que quería quedarme la revista para mí solo. Recriminaron mi negligencia. Insistía yo en que las cosas habían sucedido tal cual las contaba y poco a poco su resistencia fue aminorando, especialmente al preguntarme sobre lo que más les preocupaba: qué le había dicho a mi madre sobre cómo había conseguido la revista. Entonces los ánimos se calmaron, les pareció una prueba de valentía que me hubiese presentado como el único responsable. Y volvimos a Las Casitas. Pero la búsqueda resultó infructuosa. A seguir soñando, pues.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/03/15/mujeres-desnudas-microrrelato/

El Tío Silvino

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El Tío Silvino vivía en una pequeña y destartalada casa de campo, en plena sierra, sin agua corriente ni luz eléctrica. Le tildaban de loco porque estaba siempre sentado a la puerta de su casucha, por donde solamente pasaba alguien de uvas a peras, esperando. ¿Qué esperaba?, él nunca lo dijo. Cuando alguien le preguntaba qué hacía se limitaba a responder: Aquí, esperando. Si insistía: ¿Qué esperas, Silvino? o ¿A quién esperas?, él siempre respondía: Espero. Hablaba solo y en ocasiones discutía, supongo que con sus ilusiones. A veces íbamos adrede hasta la chabola para reírnos un rato a su costa, escondiéndonos entre los matorrales y dando voces del tipo ¿Qué esperas, Silvino? o Ya estoy aquí, Silvino, o Silvino, Silvino, agárrame el pepino.

Photograph Murdo Macleod-TheGuardian

Un buen día nos lo encontramos sentado en un banco de piedra que había al lado de la fachada del asilo, circunspecto, con la mirada gacha, semblante compungido. Alguno de los que pasaban por su lado le saludaba, pero él parecía no enterarse. Leo me dijo que su padre encontró al tío Silvino desfallecido, cargó su burra con él y lo llevó al pueblo. Le examinó don Rafael, el médico, y le diagnosticó no sé qué enfermedad, tampoco sabía Leo cuál, pero lo suficientemente grave como para suprimir definitivamente los hábitos adquiridos con el tiempo. Las autoridades determinaron su ingreso en el asilo. Aturdido, supongo, no fue hasta la mañana siguiente que se dio cuenta de dónde estaba, o al menos que el paisaje ya no era el suyo. Supe por Leo, y Leo por habérselo escuchado a sus padres, que de repente, al despertar esa primera mañana de su estancia en el asilo, o puede que fuera a la siguiente, empezó a gritar Soy Silvino Leal, ¿quién me ha traído aquí?, ¿qué hago en este sitio? y a proferir improperios en contra de los responsables de haber tomado tal decisión y de las monjas que gobernaban el asilo. Quiso marchar pero no le dejaron.

Está completamente alelado, escuchamos que comentaba la madre de Leo con unas vecinas. Desde que le dejó Remedios, ya no levantó cabeza. Nos enteramos –o eso dedujimos de la conversación– que Remedios era el nombre de una antigua novia suya que entró a servir en la ciudad en una casa de acaudalados comerciantes. Cada vez que pasaba el cartero le preguntaba si había carta para él. La respuesta siempre era la misma: Hoy no, Silvino. A ver si mañana… Alguien le dijo que Remedios había muerto. Al parecer por compasión, pues lo cierto era que nadie había sabido nada de ella desde que marchó a servir.  Silvino enmudeció y ya no volvió a pronunciar palabra, miró al suelo y no levantó más la vista.

No sé muy bien como fue –puede que el detalle se haya perdido en el desván de mi memoria–que se nos ocurrió a mi amigo Leo y a mí –tampoco recuerdo quién lo pensó primero– escribir una carta al Tío Silvino que firmaría Remedios. Copiamos una antigua misiva que la madre de Leo conservaba de su padre, Leonardo, de cuando estaba haciendo el servicio militar, y cambiamos los nombres. Donde ponía Leonardo pusimos Silvino y firmamos como ella, Remedios. Recuerdo que empezaba algo así como Perdona que no te haya escrito hasta hoy, y añadimos que había estado enferma mucho tiempo, muy enferma, muchos años, y que por eso no había podido escribirle antes. El resto, cosas muy simples, las que figuraban en la carta que conservaba la madre de Leo: te echo de menos, te quiero, cosas así. Es posible que se despidiera ─nos despidiéramos─ con una frase del tipo Ardo en deseos de volver a verte y estrecharte en mis brazos. O algo así.

cartaSilvino, Silvino, el cartero nos ha dado esta carta para ti, se le había olvidado al pasar. El hombre se quedó mirando la carta, en silencio. No sé leer, manifestó al poco. Anda, leédmela vosotros, y nos devolvió la carta. Nos entró miedo, no sabíamos cómo responder, nos miramos y a punto estuvimos de salir corriendo. Venga chicos, leédmela. Nos armamos de valor y con voz trémula le leí aquellas frases que rozaban lo grotesco. No llegué al final. Para asombro nuestro, el tío Silvino se echó a reír. Su reacción nos paralizó, desconcertados como estábamos. ¡Pero si Remedios hace años que murió! ¿Cómo se os ha ocurrido…? Sus carcajadas le impedían seguir. Nos miraba, sin embargo, condescendiente, con benevolencia, pero seguíamos asustados. El tío Silvino se dio cuenta de que estábamos a punto de echar a correr. Tranquilos, chicos, sé que no habéis actuado con mala intención. Además, os agradezco que me hagáis hecho reír un rato. Entonces sonrió, una sonrisa llena de cariño. Anda, iros. ¡Qué críos!, y rió otra vez.

¿Puedo preguntarle una cosa?, añadí cuando ya nos disponíamos a largarnos, entre avergonzados y aliviados. ¿Qué quieres saber, muchacho? Dudé un momento si hacerle o no la pregunta, no por ser indiscreto ─concepto que, creo, todavía no había asimilado; del todo al menos─, por miedo a su reacción. Pero la curiosidad podía más. Le pregunté. ¿Entonces qué esperaba? ¿Por qué siempre que le preguntaban qué hacía contestaba que esperar? Sonrío de nuevo. Nada, hijo mío, el fin de la tristeza. Cosas mías. ¡Hala!, marchad a jugar. Y cuando queráis me traéis otra carta. Nos fuimos y él quedó allí riendo.

Al día siguiente, el tío Silvino no estaba sentado en el banco, como todos los días. Nos enteramos de que había muerto la noche anterior. ¿Lo matamos nosotros? Muchas veces nos lo preguntamos, Leo y yo, pero pocas lo comentamos, ni siquiera entre nosotros dos.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/02/17/el-tio-silvino-microrrelato/

Gigantes y cabezudos

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“El coloso (1808-1812)”, tradicionalmente atribuido a Francisco de Goya.

De pequeño, solía ir con Leo y su padre a unos bancales que este tenía en la falda de la sierra. Nos contaba historias de cuando allí habitaban unos gnomos que luchaban contra gigantes y cómo consiguieron vencerlos. Hubo un tiempo, nos decía, en que todos eran del mismo tamaño, pero unos desarrollaron más su fuerza física y no pararon de crecer hasta convertirse en gigantes. Los otros, en cambio, desarrollaron más el intelecto y no crecieron en altura. Pero su cabeza alcanzó –a ojos de los primeros– una desmesurada proporción respecto a su cuerpo y, por eso, les llamaban cabezudos.

Calzada de los Gigantes (costa nororiental de Irlanda).

Calzada de los Gigantes (costa nororiental de Irlanda).

Los gigantes dominaban todo y a todos. Se sentían amos y señores de las tierras y obligaban a los cabezudos a trabajar para ellos. Vivían rodeados de toda clase de lujos y cada vez hacían menos cosas, pasaban el tiempo tumbados, comiendo y bebiendo lo que los cabezudos les llevaban.

Poco a poco, sin darse cuenta, fueron perdiendo fuerza, no tanto la física como la de su mente, pues dejaron de leer, de escuchar música, de escribir, hasta que su memoria comenzó a olvidar incluso la manera de usar su fuerza.

Jon Hodgson (2008): “Refugio de los gnomos”, de “Beasts and Beings”. Eden/Hachette©

Jon Hodgson (2008): “Refugio de los gnomos”, de “Beasts and Beings”. Eden/Hachette©

Hartos los cabezudos de que los gigantes abusaran de ellos, se preocuparon por estudiar sus hábitos, la forma en que ejercían el poder, sus gustos y, por supuesto, sus debilidades. Además, conocían mejor el terreno, eran quienes lo trabajaban. Y, así, un buen día decidieron que no llevarían nada más a los gigantes. Estos se enfadaron y fueron en su búsqueda para castigarlos y obligarlos a que siguieran cumpliendo con sus deberes. Pero los gigantes se habían vuelto cada vez más torpes y los cabezudos excavaron túneles a través de los cuales llegaron a su poblado, rodeado con un altísimo muro. Poco a poco fueron excavando los cimientos sin que los primeros, que se creían inexpugnables, pudieran darse cuenta. Y un buen día el poblado de los gigantes se desplomó por completo. Y como habían olvidado hasta como lo habían construido, se sintieron perdidos y acabaron por marcharse. No volvieron a recuperar la memoria y finalmente se extinguieron.

¿Y dónde están ahora los cabezudos?, pregunté. Llegamos nosotros y desaparecieron, me dijo el padre de Leo. ¿Se fueron?, volví a preguntar. Eso no lo sé, pero es posible que vuelvan a estar excavando túneles. Intrigado, le dije para qué seguían haciendo túneles si los gigantes hacía tanto tiempo que habían desparecido. Por si nosotros llegamos a ser también gigantes, dijo. ¿Volverán entonces?, insistí. No lo sé, todo depende de cuánto y cómo crezcamos, concluyó.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/02/03/gigantes-y-cabezudos-microcuento/