¿Cuántas estrellas hay en el cielo?

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Muchas eran las horas que Samuel y Esclafit pasaban juntos, la mayoría de ellas en la imprenta. Hablaban de todo y de nada, y Esclafit siempre mostraba tener con sus argumentos unos conocimientos superiores. ¿Y tú cómo sabes eso?, preguntaba intrigado Samuel cuando hacía referencia a otros momentos del pasado u otros lugares del mundo. Esclafit le animaba a que aprendiera a leer y a escribir. Recordaba que Bernácer le dijo en su momento que lo consideraba un chico listo y espabilado pero necesitado de formación. Y él estaba convencido de que su amigo era más listo y espabilado todavía.

Los planes de Samuel ─sin otro horizonte que el día a día─ no contemplaban dicha opción, pero la curiosidad a veces nos conduce a sitios a los que no iríamos voluntariamente y a vivir situaciones que no esperábamos. Tantas eran las bondades que Esclafit atribuía al entendimiento de la letra impresa que una tarde que estaban juntos en la imprenta ─había nevado y Samuel se quedaría allí a pasar la noche─ este, queriendo ponerle a prueba, preguntó: A ver, tú qué dices que los libros lo saben todo, ¿cuántas estrellas hay en el cielo?, ¿cuántas caben? Esclafit empezó a rebuscar en unos libros que había en un estante. Cogió la Enciclopedia moderna de Francisco de P. Mellado, pasó rápidamente las páginas de un tomo, de otro, buscó la palabra cielo y se puso a leer en voz alta.

No pudiendo distinguir los primeros hombres las formas aparentes de las reales… ─saltó unas líneas y prosiguió mientras decía “ahora, ahora, esto”─ Las estrellas eran luces que se encendían todas las noches para alumbrar sus pasos y adornar la bóveda celeste que el sol había abandonado. Finalmente, este astro era un ser poderoso y misterioso, benéfico y terrible a la vez, que se levantaba todas las mañanas del seno de los mares, de que parecía hallarse rodeada la tierra, para volver a sumergirse por las tardes

Se detuvo. Samuel se impacientaba.

―¿Pero qué demonios dices? ¿Y las estrellas? ¿Cuántas son?

―Espera, lo estoy buscando ─y siguió pasando páginas─. Aquí, aquí, escucha ─dijo al poco exultante, pues no sabía si dichos datos estarían en el libro─. Las estrellas que se perciben a la simple vista no pasan de tres mil, pero con el telescopio

―¿Qué es un telescopio?

Esclafit se lo explicó y siguió leyendo.

―…con el telescopio se alcanzan a ver más de setenta y cinco millones. ¿Ves?

―Ya, pero no dice cuántas hay.

―¿Cómo que no? Setenta y cinco millones, te lo acabo de leer.

―No, esas son las que podemos ver, no las que hay.

Bernácer escuchaba la conversación desde la parte posterior del establecimiento, donde se ubicaba la imprenta propiamente dicha. Ajenos a su presencia, los dos amigos proseguían su trascendental charla junto al pequeño mostrador tras el cual había varios estantes con libros y objetos de papelería. Gratamente sorprendido por las palabras de Samuel, salió y sin darles tiempo a reaccionar tomó otro libro de las estanterías, un Compendio de geografía universal y leyó en voz alta: ¿Puede determinarse el número de las estrellas fijas? No, porque su inmensa distancia de la tierra nos oculta una infinidad de ellas; sin embargo, se ven con la simple vista de tres a cuatro mil.

―Ya véis, no se puede saber el número de estrellas que hay en el firmamento, es demasiado grande, tanto que escapa a nuestras ideas y concepción.

Aunque Samuel no había visto nunca a Bernácer y el rostro de su amigo reflejaba cierta incomodidad por su súbita aparición, preguntó resuelto al tanto que un tanto decepcionado.

―Cada uno dice una cosa. ¿No hay manera de saber cuántas hay?

―No por ahora.

―¿Por ahora?

―Sí, muchacho, por ahora. La ciencia no ha encontrado todavía la manera. Los telescopios son más potentes y precisos, nada tienen que ver desde que Galileo…

―¿Quién es Galileo? ─preguntó de nuevo ante la complaciente mirada de Bernácer.

Le contó muy resumidamente quien fue y la importancia de sus descubrimientos, entre los que se encontraba el telescopio, aunque antes, precisó, en Flandes…

―¿Qué es Flandes?

No había forma de avanzar en la explicación, pero a Bernácer la circunstancia, lejos de molestarle, le impulsaba a seguir. Había conseguido despertar la curiosidad de Samuel. Sus constantes interrupciones así lo mostraban. Pacientemente contestó cuantas preguntas le hizo el chico, edulcorando algunos comentarios y revistiendo otros de gestas nunca acaecidas para seguir manteniendo vivo su deseo de conocer. Su discurso mantenía en todo momento la idea de que la ciencia es la base del progreso, pues si la humanidad había avanzado se debía a las aportaciones y los descubrimientos de hombres sabios, generalmente altruistas y de firmes convicciones. Samuel fruncía la frente mientras. De su gesto, muy característico en él cuando se detenía a examinar algo nuevo que le decían, se desprendía cierto aire dubitativo.

―¿Por qué quieres saber el número de estrellas que hay en el firmamento? ¿Por qué te interesa tanto?

Samuel levantó los hombros.

―Las miro, me gusta mirar las estrellas, y quiero saber cuántas hay.

―¿Y qué más da que haya tres mil o la cantidad que sea? Bueno, sí, para satisfacer tú curiosidad. Eso está bien, pero no es suficiente. Si miras siempre el mismo cuadro acabarás aborreciéndolo, a no ser que cada día descubras cosas nuevas.

―¿Quiere decir que me cansaré de mirar las estrellas? Son muy bonitas, me gustan.

―No, chico, no es eso. Pero ¿no crees que el placer de contemplarlas será mayor si no nos conformamos con lo que parece ─enfatizando la pronunciación del vocablo─ y tratamos de averiguar más, de saber, de podernos responder a las preguntas que nosotros mismos nos hacemos? Eso, muchachos, sí es un verdadero placer, el de conocer, el de saber… Imaginaos que todos los días os cuentan la misma historia, ya sabéis el final, no hay emoción alguna, pero pensad ahora que podéis intervenir en su desarrollo y desenlace, que el final depende de vosotros, ¿no la seguiríais con mayor atención? Pues lo mismo.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/10/01/cuantas-estrellas-hay-en-el-cielo-2/

Por el largo y sinuoso camino de la vida

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“Trinchera” (1918). Otto Dix.

El [camino] que yo elegí, alguno había que coger, es evidente que no me ha llevado a parte alguna. Era, es, aunque ya estoy cansado de caminar y me he detenido no sé si para siempre en esta ciudad en la que todavía creo que estoy de paso, un camino lleno de baches imperceptibles a simple vista, con el suelo de despojos de corazones infartados e hígados hinchados, sus márgenes señalados con lápidas sin inscripción alguna y donde nunca puede saberse si hay sol o está nublado o es de noche. Un camino largo, aparentemente recto pero en realidad sinuoso y quebrado en extremo, descuidado, desnudo. Con gente, mucha gente. Caminando todos en la misma dirección. Algunos caminando en dirección contraria. Pocos. Saludos. Todo el mundo saludándose a pesar de tener las orejas cortadas. Otros la lengua. Sin ojos los más pero mirándose unos a otros. Un colchón de vez en cuando. Para descansar. O para follar. Todos los colchones iguales. Sucios, manchados de semen y de sangre. Algunos colchones con un televisor junto a ellos, en el suelo. Todos emiten siempre el mismo programa. Una mujer gorda cantando ópera, desnuda, desde lo alto de un olivo. Hay quien se masturba mirándola. Los que no tienen ojos pasan de largo, pero alguno se detiene y llora, sin lágrimas. Cuando oscurece la gente se detiene. Muchos miran absortos las estrellas, sobre todo los que no tienen ojos. De vez en cuando alguna estrella cae y mata a alguien. Risas y llantos se mezclan sin poder discernir los que ríen de los que lloran. Alguna mujer aprovecha el momento para parir. No todas paren lo mismo. Una pare un pez enorme. Le gente se lo come. Otra, una manta, con la que otros se abrigan. Nadie duerme. Cuando amanece siguen caminando. El paisaje siempre es el mismo y el camino no tiene fin. Nadie se detiene. Los niños, que todavía tienen ojos, miran hacia el suelo. De vez en cuando un señor con chistera y maletín ordena a los guardias que le acompañan que les reúna y les obliga a mirar hacia arriba cuando el sol alcanza su cénit hasta que quedan deslumbrados. Luego vuelven con sus padres. Hay un autobús que recoge a los ancianos. Los lleva a un hospital, donde los cirujanos se afanan en cortarles los pies y colocarles unas ruedas en su lugar. Una orquesta interpreta canciones para sordos, que se hacinan, borrachos, junto a una inmensa barra de bar. Después siguen caminando. Algunos descansan en los colchones sucios de semen y sangre. Muchos follan solos. Otros, los menos, acompañados. Hasta que pasa la borrachera. Siguen caminando. Un policía les ayuda. Carga con ellos sobre su espalda. A algunos los deja caer en fosas sépticas. A los que han comido mucho les obliga a vomitar para que pesen menos y los otros tengan alimento.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/09/28/por-el-largo-y-sinuoso-camino-de-la-vida/

La muerte de Roque

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“El niño enfermo” (finales del siglo XIX), óleo de Karl Kung.

Aquejado de raquitismo, Roque se había convertido en poco tiempo en un tullido de fábrica. Pronto, demasiado pronto ─si es que hay un momento adecuado para ello─ los huesos de sus extremidades se desviaron e hincharon, se ablandaron, carecían de calcio, apenas conocían el sol.

Durante las semanas siguientes Samuel cuidó de Roque. Su interés y esmero en la tarea eran las propias de un niño, es decir, mínimos, insuficientes. Miraba a su hermano como si de una atracción de feria se tratase. Los espasmos de sus músculos despertaban su curiosidad. Luego cesaban las contracciones y Roque caía en un profundo estado de sopor. Samuel trataba de espabilarlo con un vaso de vino, como había visto hacer a su madre. Si consideraba que estaba calmado bajaba a la calle, siempre llena de niños, todos menores de seis años, y niñas, ninguna mayor de ocho, descalzos, medio desnudos la mayoría, sentados sobre montones de porquería, a veces con un mendrugo de pan duro recubierto de sus propios mocos que pasaba tanto tiempo en el suelo como en las bocas. Brincaban y correteaban a su antojo. Los carros entraban y salían raudos, al compás de los pedidos. El chirriar de sus ruedas era un sonido habitual, los chavales lo percibían nada más entrar en la calle. Entonces se arrimaban a la pared, quien más y quien menos sabía de los riesgos que acarreaba desestimar el peligro de los carros y conocía a alguien lastimado a causa del continuo ajetreo de sus idas y venidas.

Al cabo de unos días Roque murió. Estaba dormido, o eso parecía, y Samuel bajó a la calle, a mitad mañana. Regresó al cabo de un buen rato, Roque continuaba en la misma postura que cuando le dejó, no se había movido, lo zarandeó pero no hubo respuesta. Se quedó mirándolo, no sabía muy bien qué estaba sucediendo, esperando alguna reacción. De vez en cuando volvía a sacudir el inerte cuerpecillo. Nada. Finalmente se durmió. Fue su madre quien le despertó al regresar de la fábrica y quien le explicó que su hermano pequeño había dejado de existir.

La muerte de Roque fue recibida con una mezcla de pesar y alivio. En todo caso era el final de una dolorosa situación. Ya no sufriría más el pequeño ─Dios así lo había querido─ ni tampoco sus padres. Samuel podría trabajar. A Samuel le resultaría difícil volver a encontrar un momento como aquel en que su madre lo cogió fuertemente de la mano en el Cantó del Pinyó resguardándole de la avalancha de gente que protestaba contra el impuesto de consumos. A los pocos días de fallecido su hermano comenzaría a trabajar y a sentir necesidad de protección, abrigo y seguridad para combatir el miedo y la soledad.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/09/22/la-muerte-de-roque/