Miedo

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Miedo a no hacer lo correcto (entre otras cosas porque no sabía qué era lo correcto). Miedo a imaginar situaciones por si su protagonista, yo, actuaba de manera inadecuada. Miedo a no comprender, por mucha voluntad que pusiera, la manera de proceder de los adultos. Culpabilidad por lo que pudiera hacer antes de haber hecho nada. El mundo se ensanchaba, mi mundo, y con él la inseguridad, pues el otro, el de afuera, el de los mayores, se alejaba cada vez más, todo eran prohibiciones y obligaciones cuya significación nadie sabía explicar. Un miedo turbio, confuso, me hizo dudar hasta de la inviolabilidad de mi imaginación. ¿No habría alguien espiando mientras jugaba solo en el jardín? ¿Serían mis juegos observados? ¿Se podría jugar solo?

No podía entender en aquellos momentos que toda autoridad tiende a homogenizar actitudes y comportamientos, que todo poder ha de instalarse en el miedo. Nada sería igual sin el temor, sin la ansiedad que se siente frente a la posibilidad de perder las dádivas por él concedidas que creemos que son nuestras, sin sobrecogerse ante las múltiples e infinitas posibilidades con que cuenta para destruirnos, sea un dios, un representante suyo, sea el dinero, o un representante suyo. Vivir con miedo es asegurarse la existencia en un mundo exageradamente timorato, asustadizo de por sí; el miedo acompaña en todas las acciones a quienes no tienen poder, a la mayoría pues; de él no se puede escapar ni en sueños, por eso todos queremos ser poderosos.

Manuel Cerdà: El viaje (2014).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/12/16/miedo-2/

Devanando hilo

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“Almacén de lino en Laren” (1887), óleo de Max Liebermann.

Samuel estuvo por primera vez en una fábrica recién cumplidos los dos meses de edad. Era a mediados de octubre de 1849 y su hermana, Marieta, lo llevaba en brazos todos los días para que su madre pudiese darle de mamar en el mismo lugar de trabajo. María marchaba de casa antes de las seis de la mañana y no regresaba hasta pasadas las siete de la tarde. Sus senos no podían contener tanta leche, muchas veces se le empapaba la ropa y se quejaba de dolor. No era, ni mucho menos, la única que se hallaba en esta situación. Algunas mujeres que no tenían con quien dejar la criatura o quien pudiese acercarla al trabajo la llevaban consigo a la fábrica o al taller. La madre le daba el pecho en las horas de las comidas y, junto a la máquina o artefacto a que estuviese adscrita, dejaba el bebé en un cajón de madera. Otras llegaban a trabajar con él en brazos y hasta le daban de mamar mientras hacían alguna tarea.

Trabajaba María de canillera en una fábrica textil. Consistía su tarea en devanar el hilo con la máquina del mismo nombre en una canilla para su posterior uso en los telares. No era complicado, pero sí cansado. Doce horas de pie, soportando el calor y la humedad. El hilo no debía romperse y puertas y ventanas estaban siempre cerradas. El aire era caliente, lleno de vapor cargado de polvo y pelusa.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/12/14/devanando-hilo/

 

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El corto tiempo de las cerezas es una novela ambientada históricamente, de 518 páginas, cuyo marco cronológico abarca desde los inicios de la industrialización hasta vísperas del estallido de la Primera Guerra Mundial.

Un límpido y soleado día, Samuel tomó la determinación de no volver a trabajar jamás en una fábrica ni a las órdenes de nadie. Tenía entonces entones trece años y vivía en la industriosa ciudad de Alcoi desde pocas semanas después de venir al mundo en 1849, al tener sus padres que abandonar el pequeño pueblo de Muro en busca de trabajo. No podía imaginar entonces que su decisión le llevaría a verse involucrado en los turbulentos conflictos políticos y sociales que desembocaron en la proclamación de la Primera República Española; a vivir la Revolución del Petróleo que tuvo lugar en Alcoi en julio de 1873; a sacar provecho de los negocios financiero-especulativos en la Barcelona del Ensanche mediante toda clase de estratagemas; a conocer los ambientes de las principales ciudades occidentales –Barcelona, París, Londres, Viena, Nueva York–, sus lujos y miserias, sus cafés y teatros; a montar su propio cabaret; a establecerse en el bohemio Montmartre; a entregarse en cuerpo y alma a la carrera artística de su hija, soprano; a timar a un príncipe ruso con la complicidad de su gran amiga La China; a enamorarse de una anarquista y de una grisette; a vivir, en definitiva, innumerables experiencias y vicisitudes en un mundo que se creía indemne a todo y parecía seguir la máxima que un día le dijo a Samuel el dueño de aquel cerezo bajo el cual tan a gusto se sentía: “aprovecha, muchacho, que el tiempo de las cerezas es muy corto”.

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