Un collar de ojos de indios peruanos

 

cap32

O fantasea cuanto quieras que la realidad siempre te superará.

6a015434a64eda970c01bb082586fa970d“Samuel apenas dominaba el inglés y sus rudimentarios conocimientos resultaban más insuficientes todavía con el acento yanqui.

 ―Traduce, traduce.

―Están hablando de moda.

―Eso ya lo sé, ¿pero por qué miran todos el escote de la señora esa? No creo que sea por sus pechos, que deben ser pasas enormes. ¿Qué tiene el collar que luce, o más bien desluce, qué piedras son esas? Anda, pregúntale.

William así lo hizo. Estaba seguro de que la respuesta no agradaría a Samuel, en absoluto, e incluso dudó transmitírsela, pero pudo más la lealtad y el respeto que sentía hacia el padre de su esposa y amigo.

―Pues… verás… Al preguntarle por el tipo de piedras me ha respondido que no eran piedras.

―¿Y qué demonios eran? Se la veía divertida. ¿Cojoncillos de sus antiguos amantes?

―Casi. Me he quedado estupefacto y no sé si decía la verdad o estaba tomándome el pelo, aunque no lo creo, pero me ha dicho que se trataba de ojos de indios peruanos, que gracias a una composición química, obtienen la dureza y el brillo del cristal. Y ha añadido que no solo es bonito sino enormemente caro, pues no es muy fácil proporcionarse ojos humanos, de personas vivas y sanas, aunque sean indias.”

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

“Concert in the Opera House Max” (1921), oleo de Max Liebermann.

“Concert in the Opera House Max” (1921), oleo de Max Liebermann.

Cuando pasé el manuscrito de El corto tiempo de las cerezas a unos pocos amigos para que dieran su opinión –algo que suelo hacer siempre que escribo una obra de ficción–, uno de ellos me dijo algo así como que el pasaje que acaban de leer puede que fuera algo exagerado. Nada más lejos de la realidad, le dije, y le expliqué –para su asombro– que en absoluto la anécdota era fruto de mi imaginación. Le aclaré entonces que el hecho que refiere está sacado de un periódico de la época. Por eso, en las notas que figuran al final incluí el siguiente comentario: “Los hechos históricos que se narran sucedieron tal los contamos. Incluso alguna de las anécdotas que figuran en la novela y pueden parecer inverosímiles están debidamente documentadas. Es, por ejemplo, el caso de la señora que luce un collar de ojos de indios peruanos en el Metropolitan Opera de Nueva York. Esta, en concreto, la sacamos de un ejemplar de la época del periódico La Vanguardia, cuya hemeroteca, excelente en contenidos y de muy fácil consulta, nos ha sido de mucha ayuda”.

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Y es que –como escribíamos en la entrada sobre los zoos humanos, las llamadas “exposiciones etnográficas” o “aldeas negras” estuvieron muy de moda en el mundo occidental desde principios de década de 1870 hasta la de 1930, manteniéndose en algunos casos hasta hace poco más de medio siglo. Estas exhibiciones coloniales mostraban aborígenes de diversos lugares del planeta colonizados por los blancos –a principios del siglo XX prácticamente no quedaba rincón alguno libre de la dominación occidental– en su “estado natural”, recreando su entorno a modo de decorados teatrales –en los que representaban sus danzas y rituales– y justificando así que fueran desnudos o semidesnudos.

1889-2París, Londres, Berlín, Bruselas, Madrid, Nueva York, fueron algunas de las capitales que ofrecían este tipo de atracciones cuyos visitantes se contaban por centenares de miles. La ocupación de vastos y lejanos territorios puso de moda lo exótico al despertar la curiosidad –el morbo si se quiere– por lo desconocido, que a los ojos de los occidentales resultaba extraño y estrafalario al tiempo que reafirmaba su superioridad. Primero se exhibieron animales. Pero pronto, avispados empresarios circenses –los encargados de proveer de animales a zoológicos y circos– descubrieron un auténtico filón con las “exposiciones etnográficas”. Para ello contaban con el beneplácito y colaboración de los gobiernos y de las principales sociedades científicas.

Carl Hagenbeck –zoólogo, domador y director de circo alemán– fue el primero en exhibir, en el zoológico de Berlín, seres humanos (hombres, mujeres y niños samoanos y lapones) en 1874. Su iniciativa obtuvo un rotundo éxito y no tardó en ser seguida por otros. El Jardín de Aclimatación de París organizó en 1877 dos “espectáculos etnológicos” con indígenas africanos de involuntarios protagonistas. El éxito fue aún mayor. Más de un millón de personas visitaron las “exposiciones”, que se prolongaron hasta 1912. La cifra no fue nada comparada con la que alcanzaron las exposiciones universales de París desde 1878, en las que uno de los platos fuertes era este tipo de muestras. Así, la 1889 –que coincidía con el centenario de la Revolución francesa (aquella de la libertad, la igualdad y la fraternidad)– presentaba una “aldea negra” con más de cuatrocientos africanos capturados a tal efecto. La de 1900 mostraba  un cuadro viviente de la isla de Madagascar que contó con más de 50 millones de visitantes. Y en la última, la de 1931, el “zoo humano” que se montó alcanzó los 34 millones de visitas.

En fin, lo dicho: fantasea todo lo que quieras que la realidad te superará siempre.

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/08/25/un-collar-de-ojos-de-indios-peruanos/

 

En San Juan Hill

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San Juan Hill en 1905.

Vivía Taylor en San Juan Hill, zona que desde finales del siglo XIX concentraba el grueso de la población negra. Aquí, como en el Lower East, como en cualquier otro rincón de Nueva York, no solían verse juntos un blanco y un negro. El asombro con que le dijo William que recibirían los emigrantes del bajo Manhattan a un negro que paseara por sus calles lo vio Samuel en San Juan Hill, donde era observado con extrañeza cuando no con desdén.

―¿Y cómo querías que te miraran? ─le dijo Taylor al comentarle este su asombro─. Aquí en Nueva York, puede que porque seamos pocos, no estamos tan mal como nuestros hermanos del Sur, donde después de la Guerra Civil dijeron los blancos que había que “reconstruir la nación” y dictaron leyes que obligan a los de mi raza a vivir apartados de ellos. Es legal, dicen. Como no pueden eliminar nuestros derechos por garantizarlos la Constitución, nos excluyen de sus vidas. Viviendas, transportes, escuelas, hoteles, restaurantes, lavabos, todo por separado, unos para blancos, otros para negros. Adivina cuáles son mejores. Pero, dicen, todos tenemos las mismas oportunidades, las mismas cosas, los mismos derechos. Somos iguales, pues, pero no nos gusta mezclarnos con ellos, ¿pasa algo? Peor que a los perros nos tratan. ¿Sabes que en algunas ciudades no podemos salir a la calle pasadas las diez de la noche? ¿Y que más de dos mil negros han sido linchados en los estados sureños simplemente por tener un color de piel distinto? Aquí sí, como te decía, las cosas están mejor, pero la segregación es mayor cada día. Ese darwinismo social en que tanto creen los blancos, los que dicen ser nativos de estas tierras olvidando que antes de ellos otros poblaron el mismo lugar y fueron exterminados, nos condena a una sempiterna inferioridad de la que, según ellos, nunca saldremos. Lo peor es que a estas ideas no es ajena la mayoría de la población que habita los distritos más pobres, pues son blancos y creen de verdad que es el color de la piel lo que nos separa, no la posición social. Eso es lo triste. Son trabajadores como nosotros, vienen aquí en busca de cualquier ocupación que les permita escapar de la sordidez de sus lugares de origen. Esta es la tierra de las oportunidades, dicen, y ellos lo creen. Luego se dan cuenta que no es tan fácil, que a mayor abundancia mayor explotación, entonces miran a su alrededor y ven que son demasiados los que se empeñan en la misma tarea, así que cuantos menos mejor. Los negros somos pocos en Nueva York, no tenemos fuerza alguna, les fue fácil “persuadirnos” para que nos trasladáramos a otras zonas, lejos de ellos.

―No entiendo cómo sigues confiando en que esta sociedad se transforme por la acción de los hombres en otra más igualitaria. Que la lucha tenga lugar entre los que más tienen y los que nada poseen no solo es comprensible, es justo, pero la animadversión de unos desdichados contra otros únicamente pone de manifiesto la ruindad del ser humano. Los pobres son pobres, y luego son irlandeses, italianos o negros.

―Por supuesto, Samuel, pero a ver cómo metes esas ideas en la cabeza de un blanco.

―Gracias, hombre, celebro esta muestra de amistad, veo que no me consideras un blanco, es decir, que me consideras igual que tú.

Fragmento de El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/08/17/en-san-juan-hill/

Cómo Samuel descubrió a La Boétie

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“El ratón de biblioteca” (1850), óleo de Carl Spitzweg.

No había en Alcoi, ni pública ni privada, una biblioteca como la de don Anselmo. Que en aquella época alguien poseyera un millar de volúmenes era ya bastante insólito, no en Alcoi, en cualquier ciudad española. Sin embargo, don Anselmo pasaba de los mil quinientos. Había libros de derecho ─muchos─, de política, historia, economía, filosofía, literatura…, la mayoría coleccionados por su padre y su abuelo. Samuel se mostraba fascinado aunque no podía disimular que, sobre todo, se sentía algo intimidado. Don Anselmo (…) advirtió enseguida el apuro por el que pasaba Samuel y comenzó a explicarle los contenidos de los distintos armarios de su biblioteca.

―Todos estos ─señalando los dos armarios que quedaban a su izquierda─ son libros de leyes, no creo que te interesen demasiado. Tampoco los de esos otros armarios ─los inmediatamente pegados al último de los anteriores─ te dirán mucho, son de cosas técnicas. En ese ─quedaban dos armarios más─ predominan los libros de historia y de política, por ahí puedes empezar, pero te recomiendo sobre todo este último, ahí encontrarás los escritos de los más grandes pensadores de la historia, los que siempre, a contracorriente la mayoría de las veces, han apostado por la razón, la ciencia y el progreso. Novelitas de esas que tanto gustan ahora hay pocas, por no decir ninguna, pero no creo que eso te importe demasiado. Tú elige el que, por las razones que sean, más te llame la atención, si no te convence pasa a otro, pero no porque no lo entiendas ¿eh?, porque no te dice nada o no estás de acuerdo. Y si ves que no te aclaras, me avisas. Lee cuanto quieras, la instrucción es el único camino para ser libre. No lo olvides, Samuel. Anda, quédate aquí todo el tiempo que quieras, cuando desees irte se lo dices a Carmelo ─su criado─ y vuelve cuando te apetezca. Yo tengo cosas que hacer. (…)

Samuel quedó a solas en aquella estancia repleta de libros. Había una gran mesa de madera repujada con cuatro sillas, otra mesa más pequeña, de escritorio, con su sillón y sus dos sillas, y un butacón, de madera también repujada, con almohadón y respaldo de cuero. ¿Y por dónde empiezo? Si hasta hay títulos que no comprendo, pensaba, que no sé qué significan. Algunos debían ser muy antiguos, estaban escritos en latín y parte de ellos a mano. Cogió uno, no entendía nada. Otro a continuación, el mismo resultado. Los dejó en su sitio. Miró en el armario por el que don Anselmo le aconsejó que empezara, donde estaban las obras con los pensamientos más sobresalientes concebidos por las mentes humanas. Empezó a leer los nombres de aquellos sabios sin cuya aportación la humanidad, como también le explicó don Anselmo, hubiese ido aún a peor: Campanella, Vico, Mayans, Voltaire, Montesquieu, Rousseau, el marqués de Argens, Burlamaqui… No conocía a ninguno de ellos. Se perdía entre las frases. Cogía uno y de pronto aparecía una maldita palabra, una expresión, que vete a saber qué significaría. Lo dejaba. Paciencia, se decía a sí mismo, cuando comenzaste a aprender a leer también te costó, los inicios siempre son difíciles. Cogía otro. Tres cuartos de lo mismo.

Empezaba a oscurecer y no se veía bien, nadie se había acercado por allí para encender una lámpara (…) Le dijo a Carmelo que debía marchar y que regresaría al día siguiente.

En cuanto le fue posible, no habían pasado ni veinticuatro horas, Samuel volvió a casa de don Anselmo. Le abrió la puerta Carmelo y le acompañó a la biblioteca. Esta vez iba provisto de una pequeña libreta y un lápiz.

Más de dos horas llevaba escudriñando en los libros de don Anselmo, sobre la mesa se apilaban unos cuantos que había empezado a leer, a ojear más bien, pero abandonado al encontrar algo que no entendía. Entonces anotaba el título en su libreta, la expresión o frase que no alcanzaba a comprender y el número de página. Ya lo consultaría en su diccionario.

―¿Todo eso es lo que estás leyendo?

Don Anselmo regresaba del Café de Oriente, de una de sus habituales tertulias.

―Usted me dijo que de ese armario fuera cogiendo libros y que los que no me interesaran los dejase, pero los que no entendiera no. Empiezo a leeros, pero me pierdo. Y escribo aquí lo que no comprendo.

―¿Para qué?

―Para averiguarlo después.

―¿Preguntándomelo?

―Pensaba primero mirar en un diccionario que tengo.

―Bien, hombre, bien. Uno por sí mismo ha de saber resolver los problemas que plantea el conocimiento. Así es como podrá hacerlo suyo, así es como podrá formarse. Lo otro sería adoctrinamiento. Pero tampoco lleves las cosas demasiado lejos, tampoco pasa nada si me preguntas. ¿De acuerdo?

―De acuerdo.

Don Anselmo se fijó entonces que junto a la libreta tenía abierto un pequeño libro, el de menor grosor de todos pero el de mayor aprecio para él.

―¿Y ese libro?

―Lo he cogido de ahí, de ese armario más pequeño, el que tiene las puertas de metal. Estaba abierto, y solo había papeles aparte del libro. ¿He hecho mal?

―En absoluto. Es que me ha llamado la atención verte con él. En ese armario que tú dices, que en realidad es una caja fuerte, guardo algunos documentos, escrituras de propiedades y otras cosas, como cartas, a las que tengo especial aprecio. Y el libro que estabas leyendo.

―Yo no quería meterme en sus asuntos.

―No te preocupes. Esta mañana buscaba la escritura de la finca de Les Carrasques. Necesito dinero, Samuel. ¡Pero no se lo digas a nadie! Mi reputación se resentiría ─dijo don Anselmo guiñando un ojo─. Me la he dejado abierta. Tampoco hay mucho que esconder.

―Yo…

―No tienes de qué disculparte.

La BoétieSamuel no había dicho toda la verdad. Cierto que la caja no estaba cerrada, pero tampoco abierta. La cerradura no estaba puesta. ¿Qué habrá ahí dentro?, se preguntaba al ver aquel pequeño armario de roble y segura de hierro forjado remachado con clavos de roseta. La curiosidad le pudo. Tiró de de la hoja y se abrió. ¡Bah!, se dijo, papeles. Iba a cerrarla de nuevo cuando vio el libro. Su encuadernación era preciosa, de piel de color rojo y estampaciones en oro formando triángulos en las cuatro esquinas de la portada, en cuyo centro, troquelado, aparecía el título: Discurso de la servidumbre voluntaria. Servidumbre voluntaria… Curiosa acepción, pensó nada más verlo. Lo cogió, lo ojeó, estaba escrito a mano pero la caligrafía era excelente, y empezó a leer. Hasta que llegó don Anselmo.

―¿Has empezado a leerlo?

―Casi lo he acabado, es corto, y se lee bien.

―¿Entiendes la letra?

―Sí, perfectamente. Es clara, y bonita. ¿Es suya?

―No, la caligrafía es de mi padre.

―¿Por qué está escrito a mano?

―Mi padre había oído hablar del libro cuando estaba en Madrid y quería tenerlo. Consiguió una edición en francés durante la que muchos llaman guerra de la independencia. ¿Independencia de qué? ¿Del progreso?, ¿de la civilización? Mi padre era un afrancesado, le daba igual que la razón la tuvieran los franceses o los chinos, es una cuestión universal. A punto, sin embargo, estuvo de costarle la vida. Pero volvamos al libro. Cuando por fin lo consiguió tenía un serio problema: no sabía francés. Pagó porque se la tradujeran, pero fue él mismo quien se encargó de escribir la traducción, el otro leía en voz alta, en castellano, y mi padre iba escribiendo lo que decía, pero nunca antes de estar convencido que lo que le dictaban era lo que realmente estaba allí escrito, nada que antes no comprendiera bien.

―Por eso me ha dicho que lo apreciaba.

―Por eso y por lo que dice La Boétie.

―¿Quién era el Boétie ese?

―La Boétie, Samuel, La Boétie. Un escritor francés que había estudiado derecho, un adelantado a sus tiempos que supo indagar en el espíritu humano y defender la libertad. ¿Sabes cuándo escribió esta obra? En 1548. Tenía dieciocho años, más joven que tú ahora. ¿Qué te parece? ¿Ves a lo que puede llegar uno cuando tiene libertad de pensamiento? Hay que pensar, Samuel, reflexionar, formarse las propias opiniones. Obviamente atendiendo la razón, nada de credos ni supercherías. Nadie podrá nunca prohibirnos pensar. Bueno, te dejo, sigue con él. Ya me comentarás qué te ha parecido cuando lo termines.

Ya en su casa, por la noche (…) Samuel se puso a repasar lo que había copiado del libro en su libreta. ¿Por qué desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes, sino serviles, no gobernados, sino tiranizados; sin poseer en propiedad ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia existencia? (…) Que dos, tres o cuatro personas no se defiendan de uno solo, extraña cosa es, mas no imposible porque puede faltarles el valor. Pero que ciento o mil sufran el yugo (…) Es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece (…) Hay una sola [cosa] que los hombres, no sé por qué, no tienen ni siquiera fuerza para desearla. Es la libertad (…) todos los seres sienten el peso de la sujeción y corren en pos de la libertad. Y puesto que hasta los animales destinados al servicio del hombre no pueden acostumbrarse a la esclavitud, antes bien declaran su deseo de sacudirla, ¿qué fatalidad pues ha podido desnaturalizar al hombre, único nacido para vivir libremente, hasta el punto de borrarle de la memoria la dignidad de su ser primitivo y el deseo de recobrarlo? (…) las primeras víctimas del despotismo lo sufren con violencia; pero los que nacen después de ellas, como no han disfrutado de la libertad, ni saben en qué consiste, sirven sin repugnancia y hacen de buena gana lo que sus pasados sólo hicieron a la fuerza (…) naciendo los hombres bajo el yugo, crecen y se desarrollan con él, no miran más adelante y se complacen en vivir como han nacido, sin pensar en otro derecho ni otra felicidad que la que han encontrado, y llegando finalmente a persuadirse de que el estado de su nacimiento es el de su naturaleza

¿Se puede ser dócil, sumiso, servil, incluso esclavo, voluntariamente? ¿Acepta el que ha nacido en un ambiente penuria y miseria su destino, la inmutabilidad de su situación puesto que siempre, cree, está convencido, ha de haber quien mande y quien se limite a obedecer, y a él le ha tocado, como a la mayoría, pertenecer a la clase de los dominados? Samuel sentía como suyas las palabras de La Boétie. A su juicio, aquellos que había conocido de pequeño en el Raval, con los que había compartido parte de su existencia, con los que había trabajado en las fábricas, no se comportaban de otro modo. A su mente regresaba la imagen de Pellerot vara en mano, la mirada gacha de sus compañeros de trabajo y ese rumor de voces apagadas que denotaban obediencia.

Manuel Cerdà: El corto tiempo de las cerezas (2015).

Publicada originalmente en: https://musicadecomedia.wordpress.com/2015/08/04/como-samuel-descubrio-a-la-boetie/